"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




31 de Octubre, 2011


CAROLINA MUSA en SEÑALES

Publicado en Ensayo el 31 de Octubre, 2011, 17:55 por MScalona

Los sonidos del silencio  

por  OSVALDO  AGUIRRE
-
-

Carolina Musa (Rosario, 1975) trabaja sobre un amplio arco temático y formal.

"Después de escuchar a Hugo Gola se va a hacer un poco difícil", dijo Carolina Musa al presentarse en el último Festival de Poesía de Rosario, en alusión al acto inaugural del encuentro. Después leyó textos de Acústico, su primer libro, y otros inéditos. Y los poemas se sobrepusieron a la dificultad, y a los nervios.

Acústico incluye veintiún poemas y comienza con el que le da título, el relato de la vigilia de una mujer que deambula de noche por su casa, al acecho de cualquier ruido, "como un cazador acústico". Por su escucha, por su atención, "el sonido no es/ la frontera del espacio sino/ su espesura". Aspas de un ventilador, el viento, "gorjeos de gorriones y palomas mugrientas", la respiración de quienes duermen: esos datos dicen que el mundo y las personas están en calma, salvo quien permanece en suspenso, a la espera.

Esa misma crispación asoma en "Mecánicamente", otro notable poema del libro. "Lo que nos sostiene nos convence de la quietud/ cada mañana cada tarde", escribe Carolina Musa. Una tranquilidad aparente, a la que subyace el terror "de que las palabras se conviertan en actos y se echen a volar como aves de rapiña".

Sin embargo, los poemas también pueden recurrir a cierto humor o a la observación que rebaja o pone los pies en la tierra ante el riesgo de que la reflexión se pierda en un divague. O en una revelación ominosa, como en "A veces", donde la sospecha de una radical desconexión con el mundo revierte en una nota casi de felicidad, parecida al "fondo pintado a la acuarela" que se describe en "Instantánea" y sobre el cual se imprime el registro de una experiencia emotiva. "Poema circular", el último texto del libro, afirma a su vez un núcleo de sentido en torno al retorno y, parece, a la imposibilidad de acceder a un espacio y concluye con una referencia que llega casi como un suspiro de alivio y aligera la densidad de esa atmósfera. Esa condición circular reaparece en uno de los temas insistentes de Musa, el del cuerpo que se absorbe a sí mismo sin fin, como se lee en "Termodinámica", el cuerpo que devora y es devorado, el cuerpo como lugar de inscripción y de lectura de las marcas de la existencia.

El libro muestra un amplio arco temático y de procedimientos: poemas de impronta narrativa, referidos a la zona de Orán, en Salta, redescubrimientos algo inquietantes de la infancia, poemas concentrados en un punto de sentido, o de obsesión ("esta idea que me punza,/ la del color"), alteraciones en la disposición de los versos y el espaciado de las palabras que provocan un extrañamiento de la forma poética.

Licenciada en comunicación social, Carolina Musa (Rosario, 1975) también estudió cine y museología. Tiene inéditos el conjunto de cuentos Mismo sol y el libro de poemas Ungüentos amarillos. Desde 2010 coordina un taller literario para niños (contacto con la editorial: info@tropofonia.com.ar).

POESÍA

Acústico

de Carolina Musa. Tropofonia, Rosario, 2011, 30 páginas, $ 25.

JULIO MARTÍNEZ: Un mito familiar

Publicado en De Otros. el 31 de Octubre, 2011, 16:38 por MScalona

 

-

UN MITO FAMILIAR   (*)

 

 

 

La foto del tío Félix yace definitivamente, la ñata contra el vidrio, en el último cajón de la cómoda. No sé por qué la conservo, quizá se más difícil liquidar un mito familiar que expurgar de apócrifos los Santos Evangelios. Tío Félix permanecerá con su mirada insinuante clavada en el fondo del cajón por muchos años: si Dios quiere, espero vivir abundantemente a pesar de mis sesenta, para que siga guardada allí. Después quizá nadie lo recuerde por su nombre, o algún fisgón quiera utilizar el marco. Buen provecho, pero usalo con cuidado porque tiene su historia.

Yo tenía siete años cuando falleció mamá, pero todavía veo si imagen contra el resplandor de la ventana, sentada en su sillón favorito, las manos cruzas sobre la rodilla. Mirándome. Es uno de los pocos eslabones que me quedan con el pasado. Mejor que una foto, más puro y luminoso. Siete años, y me arrinconé durante la agonía, velorio y entierro contra la pared,  abandonada como un paraguas.

Después pasaron no sé cuantos días sin que papá se dignara recordarme hasta que, a instancias de sus hermanas-nunca me acostumbré a llamarlas tías, tan viejas y feas, tan lobizónicas como la abuela de Caperucita- me reintegró, junto con mis hermanos, al universo privilegiado de su atención.

Tal vez porque yo era la menor y sintió algo así como piedad, o porque quiso animarse, ese día me vistió personalmente. Me puso el mejor vestidito, el de corderoy azul, y las botitas de gamuza, como si fuéramos a una fiesta. Me sirvió el café en el inagotable tazón de loza, mi preferido, e incluyó un paquete de galletitas. Vamos a revisar la casa, a ver qué dejó mamá, porque mamá está muerta  y ya nunca más va a volver. Esa fue la única explicación que recibí sobre el misterio de la muerte, cómo no voy a rechazarla ahora, si casi no me lahan presentado.

Realizamos la requisa pieza por pieza. Mi padre cargaba una enorme caja de cartón donde iba a echando todo lo inservible, según su criterio utilitario y macho. Yo llevaba una caja más pequeña para lo que él quería rescatar y una bolsita donde atesoraba aquello que mi padre descartaba y que a mí me gustaba. Para la muñeca, gritaba excitada por ese súbito enriquecimiento.

Así, en el peregrinaje por el dormitorio, cocina, comedor, se fueron llenando las cajas, hasta que llegamos a la piecita de costura, reducto maternal por excelencia. Allí me vi agradablemente sorprendido por una avalancha de retazos, una lluvia de lanas y botones, y oh, sorpresa, por la solemne entrega del equipo completo de bordar de mamá. Cuídalo como ella, me dijo papá mirándome por primera vez desde la catástrofe, y otra vez lo sentí vivo. 

Cunado vaciaba el cajoncito de la máquina de coser-una Singer a pedal heredada de su madre y que ahora tengo yo para escándalo de los míos por que no cabe en el departamento- lo sentí endurecerse y dudar. Sus dedos habían olisqueado algo. Retiró con parsimonia el cajoncito y metiendo la mano en el hueco arrancó una foto pegada en el fondo mediante una contra adhesiva. Era un imagen tamaño seis, de fondo blanco, que mostraba el rostro barbilampiño de un hombre de bigotes bien recortados, pelo muy ondulado, frente algo estrecha, corbata, alfiler presuntuoso y, sobre todo, una giocóndica sonrisa y una mirada soñadora de galán de radioteatro. Eso lo digo, por supuesto, desde mi perspectiva actual, entonces para mí era un señor lindo, nada más.

Papá se quedó observando la foto un largo rato. El ceño fruncido, como queriendo recordar algo. La boca cómicamente torcida en si afán de morderse el bigote y unos ojos que se movían por los límites de la foto, recorriéndola una y otra vez, como queriendo medirla. De pronto me le extendió y me preguntó si lo conocía. Yo a mi vez repetí el ritual de la contemplación cuidadosa y severa- es increíble el poder de mimesis de la infancia- y se la devolví muy seria arguyendo mi ignorancia.

La foto circuló por el ámbito familiar más estricto-tías y abuelas sobrevivientes- sin que papá aclarara su origen. Incluso mintió, para gran escándalo mío. Dijo que la había encontrado mezclada en un montón de papeles del abuelo, recientemente fallecido, y que podía ser algo importante porque la acompañaba un pagaré lleno, peo sin firmar, por una gruesa suma. No tenía valor legal, adujo, pero sería interesante conservar con ese señor, por las dudas.

Nadie reconoció al carilindo, todos se reconcentraban frente al altar de la foto, y después de encogerse de hombros movían la cabeza rítmicamente. Era hasta cómica la repetición del gesto con la misma expresión, misterios del aire de familia. Cuando terminó la infructuosa recorrida, papá murmuró un debe ser el tío Félix, el hijo natural del viejo. Hubo un embarazoso silencio y allí finalizó todo por un tiempo.

Y entonces ocurrió la segunda muerte d mamá. Desde ese momento desaparecieron misteriosamente sus fotos de casamiento y de primera comunión, así como otros rastros de su existencia. Hasta su nombre llegó a ser áspero, sin que mediara prohibición explícita de usarlo. Bastaba ver la expresión de papá-tristeza, nos mentíamos- para que nos fuéramos desanimando en su uso hasta transformarlo en un incluso <<ella>>. Papá pareció sobrevivir y su actividad recobró el empuje de antes, pero yo desde mi atalaya, usando como cobertura mis flamantes aros de bordar, vigilaba todas las tardes la lucha silenciosa que lo minaba.

Casi un mes estuvo papá con los puños en la frente y la mirada acorralada en el recuerdo de la imagen maldita.  Pero esa mirada era cada vez más dura y astuta, más implacable. Sólo pocas veces había yo descubierto ese gesto: cuando discutía sobre la herencia con sus hermanos, o cuando perseguía con sus manías, que yo entonces creía leyes, a la acosada mamá. Siempre el mismo ceremonial. Traía la pava y el mate preparado, tomaba dos o tres y después se pasaba las horas haciendo que trabajaba en los libros de contabilidad. Pero le dedicaba frecuentes y anda amistosas miradas a la foto. Yo, a fuerza de carajos, había aprendido a no mencionarla; así adquirí los principios de la discreción y las voluptuosidades del espionaje morboso.   

Un día por fin se decidió a actuar. Lo adiviné por el endurecimiento brusco e sus hombros y su postura, por su cabeza echada hacia atrás, por la súbita afirmación de sus facciones. Se levantó llevándose la foto, tomo su sombrero  y su paraguas- llovía, recién ahora lo advierto, qué urgente debió ser su compulsión- y salió. A los tres días se apareció con la foto ampliada a tamaño natural, levemente pintada y enmarcada en madera lustrosa. El cuadro fue colgado en la sala, frente a la puerta cancel, a la vista de todo el que entrara. Imposible pasarlo por alto. Era el tío Félix, se dictamino a todos los habitantes de la casa. Era el tío y está en Europa. Era el hijo mayor del abuelo, ustedes no lo conocen, pero lo queremos mucho y pronto volverá.

Desde ese día hasta la muerte de papá permaneció el cuadro de guardia frente a la puerta principal, allá quedó la mancha blanquecina para atestiguarlo. Era el tío Félix para todos, menos para mí. Yo sabía porque estaba allí, en exhibición, a la vista de todo el mundo, como saludando al que llegaba. Era un cebo: lo supe cuando sorprendí una noche a papá  limpiando la pistola, la vieja Browning del abuelo, que dormía olvidada arriba del ropero. Hubo una mano que la despertó, la desnudó, la aceito, probó su peso y su gatillo, desechó las viejas balas y llenó su cargador con otras flamantes de puntas aplanadas y prometedor brillo niquelado. Desde entonces la pistola durmió, alerta como un perro, en el mismo cajón donde estaba la foto y papá contemplaba ambas, todas las tardes, con las mismas ansias. La escena del acecho se repetía cada vez que un conocido entraba en casa. Papá lo dirigía paso a paso –yo advertía su agitación de cazador- delante del retrato y después le preguntaba inocentemente si no habría conocido a ese señor. Si no era reconocido – y adelanto que nuca lo fue-, soltaba el cuentito del tío Félix en Europa y suspiraba de alivio y decepción.

Hubo un último intento, un nuevo rebrote de rebeldía. Una mañana, tras una noche de insomnio que mantuvo  en vilo a toda la familia, papá me vistió y me llevó con él, como si nuevamente necesitara un testigo, hasta la redacción del diario local. Llegaba la foto original envuelta con cuidado en un papel de seda y la entregó, acompañada de una suma de dinero. Parecía sereno, un avisador dominguero, pero sus manos temblaban de excitación mientras recibía el vuelto. A la mañana siguiente lo vi levantarse varias veces, hasta que llegó el diario. Más tarde hurgué entre las páginas revueltas y allí estaba el tío Félix de cara presente,  con un <<se gratificará cualquier noticia… llamar al teléfono…>> Pero los días transcurrieron en vano, salvo las infaltable llamadas de los bromistas.

Así pasaron los años, con el tío siempre ahí arriba. Tan prominente que pasó a convertirse en leyenda. El lejano tío buscavidas que regresaría algún  día con las valijas repletas de soluciones para los problemas económicos de los sobrinos. Mientras tanto la casona se llenó de nietos- la crisis de la vivienda- y el viejo de arrugas y canas y achaques, ahora físicos. El temblor nervioso de sus manos se hizo permanente, empezó a arrasar los pies y su carácter se ablandó, como las comisuras de sus labios.

Pero el cambio total lo provocó un hecho nimio… Una primita segunda o tercera vio la foto y aventuró un parecido con el cantor de boleros Fulano, ahora olvidado, pero que había tenido alguna fama en la época de mamá. De inmediato alguno creyó recordar también la semejanza, y después, en los días siguientes, ante mi intencionada pregunta a todos los visitantes de si  << la foto no es igual a la del conocido antor Fulano>>, éstos asentían calurosamente, como para probar sus culturas artísticas. Yo veía que papá iba armando en silencio conjeturas y coartadas y cambiando su rostro contraído de resentido paranoide por la bobalicona expresión de un hombre feliz.

En el aniversario de cumpleaños de mamá reaparecieron misteriosamente las fotos de casamiento y comunión y las alabanzas a su belleza y bondad. Y desde entonces se habló con libertad de ella y se rastrearon en los rincones nuevas pruebas de su existencia. Todos querían saber de pronto algo sobre la nona muerta tan joven y le tocó a papá el turno de representar el mejor papel, de centralizar otra vez la atención general contando la elegía de un matrimonio ejemplar. Todos contribuimos en lo posible a ese reencuentro y al remiendo del tejido desgarrado, y los nietos terminaron la labor de ablande.

Al final de su existencia, de su arteriosclerosis, papá no hacía sino hablar, con lágrimas en los ojos, de mamá y de su feliz matrimonio, y a veces de un error que le había amargado la existencia. Lamentablemente no pude seguirlo por ese camino de tolerante mansedumbre, porque mi memoria es aún lo bastante buena como para recordar el día del descubrimiento de la foto y su gesto de estupor horrorizado mientras borraba febrilmente las palabras escritas detrás del cartón.      

 

-

-

Julio Martínez es el padre del escritor argentino GUILLERMO MARTÍNEZ y este relato abre el libro homónimo de cuentos, de Edit. Planeta.-

VOLVER (siempre) a ONETTI

Publicado en Ensayo el 31 de Octubre, 2011, 12:33 por MScalona

Volver a Onetti

Juan Cruz - 10/11/2007

La literatura del autor uruguayo remite cada vez más al sustantivo genio. Vargas Llosa escribe un libro sobre él y Círculo de Lectores y Punto de Lectura recuperan sus obras, mientras un grupo de escritores recuerda al creador de ese territorio llamado Santa María, donde se puede vivir feliz sin motivo.

Esa cabeza de caballo triste", apoyada en la almohada de su cama, en la penumbra del cuarto que tenía en la casa donde vivió en el exilio de Madrid, albergaba "la mejor literatura de la segunda mitad del siglo XX". Era la cabeza del uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994) y en ese primer puesto de la clasificación le coloca José Manuel Caballero Bonald. "Sabías que era un genio antes de leerlo: su aspecto, su huida violenta de la vida social".

    -

    "Nunca se fue; es un genio, está y estará siempre presente",

    afirma Antonio Muñoz Molina

    "Mirá vos, Mario, vos tenés una relación conyugal con la literatura. Yo tengo la relación de un amante"

    Para Caballero Bonald, ese universo "existencialista" que edifica Onetti condensan la vida

    A Dolly le dedicó 'La cara de la desgracia': "Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha"

    Lo dicen muchos. Mario Vargas Llosa reclamó en 1967 (cuando recibió en Caracas el Rómulo Gallegos) que quien debería ser premiado en América Latina era "el gran Onetti". Juan José Millás: "Y nadie nos indujo a leerlo, se impuso su genio; mientras otros venían con brío él nos dio la lección de su sigilo". Antonio Muñoz Molina, a quien Onetti defendió -como a Julio Llamazares- de las dentelladas de Cela, cuando el elegido Nobel arremetió contra ellos, nos dijo cuando le preguntamos por el regreso de Onetti: "Nunca se fue; es un genio, está y estará siempre".

    Están pensando en hacer una película a partir de Para esta noche; en Buenos Aires tienen en escena una obra teatral que parte de sus textos y del cuento Onetti a las seis, de una especialista en su obra, Liliana Díaz Mindurri. Muñoz Molina tiene notas para un libro sobre él. Y Vargas Llosa trabaja en una obra que tiene como protagonista a ese hombre que en La vida breve desgrana frases que parecen cristales de su figura: "Esa cabeza de caballo triste", "de ojos cansados, semidisueltos, salientes", incapaz de luchar "contra aquella tristeza repentinamente perfecta"...

    No quería saber nada ni de su fama ni de la calle, y se pasó acostado una década, acaso por la nostalgia de la infancia. Escribió en un cuento sobre el padrinazgo de su ahijada, a quien llaman Biche, una frase que vale una autobiografía: "Ya en la calle vi empañarse mis lentes; estaba mezclando a la hija ausente con mi única ahijada. Y recordé que ambas iban a crecer y perder para siempre el paraíso de la infancia". 'La hija ausente', Isabel María recuerda con emoción esas líneas.

    Él buscaba no perder el paraíso de la infancia; nos dijo un día que no se levantaba "para que Biche [así llamó a su perra] no me muerda las canillas", pero nos dijo también que seguía en la cama, porque así no perdía el contacto con la cuna que le albergó en ese paraíso irrecuperable.

    ¿Presencia? Ahora Punto de Lectura publica en bolsillo la mayoría de sus libros (comienza con El pozo, Tierra de nadie, La vida breve, Para esta noche, Los adioses) y Círculo de Lectores agrupa su obra completa, de la que ya han salido dos tomos; al frente de esta última aventura esta Hortensia Campanella, que siempre vio en Onetti "la conciencia de la muerte"; de eso trata su obra. Su compatriota la poeta y narradora Cristina Peri Rossi, que eligió el mismo camino del exilio en España, ve en Onetti "a uno de los pocos existencialistas en lengua castellana"; el existencialismo sartreano llegó a Uruguay por la influencia de tanto emigrado de la última guerra mundial, se impregnó en "el concepto trágico de la existencia de Onetti", consciente de que ya el nacer es el gran error, que se confunde con el error de la muerte... Para Caballero Bonald, ese universo "existencialista" que edifica Onetti "es un mundo tan fascinante, tan alejado de un realismo pueril; condensa la vida", y desemboca en la tristeza "del tango", como dice Peri Rossi. Lo dice su viuda, Dolly: "Uno de sus grandes tangos es Sus ojos se cerraron", un tango que se lee como si fuera una banda sonora onettiana.

    Millás dice que la clave de la presencia de Onetti "es la capacidad de llegar a lo cotidiano por la puerta de atrás". Y eso se advierte en su sentido del humor, que domina como una carcajada sus artículos de prensa. "Era sarcasmo", dice Félix Grande. El poeta era director de Cuadernos Hispanoamericanos cuando Onetti fue encarcelado por la dictadura uruguaya en 1974, y fue él quien recogió firmas de escritores para presionar a los secuaces de Bordaberry, y Onetti vino a España, exiliado, en 1975, con su mujer, Dorotea Muhr, a quien todo el mundo llama Dolly; a Dolly le dedicó La cara de la desgracia con esta inscripción tan onettiana: "Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha".

    A Félix Grande le avisó Rafael Conte del genio que se avecinaba en la literatura en español: "Si quieres conocer qué es el infierno lee La vida breve. Una obra maestra". Después vino el episodio militar que perturbó (aún más) el descreimiento vital de Onetti. En Madrid hizo de su casa un santuario de su peregrinaje, por la amistad y por las lecturas. Grande y su esposa, la también poeta Paca Aguirre, fueron habituales, como lo fue su paisano Mario Benedetti... Su hijo Jorge, escritor como él, fallecido en 1998, a los 66 años, prologó una colección de sus artículos y en ese texto dejó una descripción que ya podría inscribirse como el retrato que su padre quiso dejar de sí: "Puedo volver a verlo. El torso desnudo en aquel pegajoso domingo de verano, apresado en su departamento del barrio Sur de Buenos Aires tan mezquino de espacio que le apretaba en las sisas y la entrepierna. Un habitáculo, no mayor que el pozo de Eladio Linacero, donde Jota Carlos Onetti -así prefería el sonido de su nombre-, yacente y silente, era sólo un hombre solitario amputado de paisajes que leía y fumaba indiferente a ese lugar de la ciudad como a cualquier otro del mundo o del universo".

    Ahí Onetti se revolvía entre lo que su hijo llamaba ataques. "... Se levanta súbito, abalanzándose sobre el escritorio de colegial al que se sienta. El lomo curvado como el de un oso sobre su presa: un cuaderno o unos cuantos folios en blanco y un manojo de lápices con puntas quirúrgicas. El cigarrillo humea olvidado. Me atrapa la certeza de que, si es perturbado, dará dentellada por respuesta. Se había convertido en un zombi total porque, cuando escribía para él, no existía nadie: ni el lector ni el crítico de la familia".

    Él era un lector. En ese libro de artículos aparecen algunos de sus monstruos sagrados, y aquellos que se le iban evaporando, como Hemingway. William (Bill) Faulkner siempre estuvo en primer plano; puso su foto en todas sus casas (tenía muchas fotos, que iban turnando, desde Raymond Chandler a Humphrey Bogart, pasando por la Reina Sofía); "también él [Faulkner] supo mucho de ironía y de piedad". Borges le parecía una palabra mayor. Y en su diccionario estaban en primer término Balzac, Cervantes, Shakespeare, Dostoievski. No vivía para escribir, escribir le sobrevenía; pero había aprendido de don Pío Baroja que "con sangre no se hacen novelas, sólo morcillas". Era desdeñoso con los monigotes hinchados por la vanidad y le hubiera gustado, seguro, que le pasara lo que pedía Bill Faulkner: "Espero ser el único individuo del mundo que no haya dejado huellas de su paso". Le regocijaba recordar lo que de veras sucedió cuando murió su maestro: los escaparates de los negocios de su pueblo, Oxford, en el profundo sur americano, pusieron este cartel: "En memoria de William Faulkner este negocio permanecerá cerrado desde las 2.00 hasta las 2.15 p.m. Julio de 1962". "Es decir, ¡quince minutos sin ganar un mísero cent!", escribió Onetti, para añadir: "El muerto no podría imaginar un homenaje mayor y más sacrificado que éste de los pequeños gold diggers de su país".

    Era un bromista; con la cara de Buster Keaton ("esa cabeza de caballo triste") gastaba bromas sin cesar. A Ramón Chao (que escribió un libro sobre él, Un posible Onetti, y que le hizo un documental importante para la televisión francesa), le recibió de uñas porque llegó tarde con su equipo. "Perdón, perdón, perdón", le decía el periodista gallego, implorante. "¿Me lo pides humildemente?" "Sí". "Si es humildemente, que pase tu equipo". A una ayudante de Chao le dijo: "¿Te fijás que tengo un solo diente? Pues te advierto que tengo una dentadura perfecta, pero se la he regalado a Mario Vargas Llosa". Félix Grande le discutió la primacía tanguera de Carlos Gardel; él se levantó de la cama, acudió al pasillo, seguido por el poeta, a quien le mostró la salida: "Si usted ningunea a Gardel, hágame el favor de salir de inmediato de aquí". Y luego lanzaba una carcajada que era también el último estertor de una sonrisa.

    Una vez, ya cerca de su muerte (que fue en mayo de 1994, a los 84 años) este montevideano que desde el exilio tuvo dificultad para escribir la palabra Uruguay, llamó por teléfono a la escritora argentina Liliana Mindurri. Ésta había ganado el Premio Rulfo de cuentos creado por Chao en París, con un relato titulado Onetti a las seis. "¿Qué hora es en Buenos Aires?". Liliana creyó que era un bromista, y a pesar de la insistencia divertida de su ídolo colgó el teléfono sin creerse que era Onetti quien le estaba llamando. Dolly le comentó meses después del fallecimiento del escritor quién había sido el insistente bromista.

    Dolly lo cree: su marido era un humorista; su sarcasmo partía de sí mismo, y se proyectaba en los demás, y en sus libros, pero sobre todo en sus artículos. Perseguía "aquella tristeza repentinamente perfecta", pero se reservaba el humor para los suyos. Su hija Isabel María, hija de la holandesa Isabel, de la que Onetti se separó en 1952, hablaba inglés desde la infancia, y fue profesora de su padre. "Me engañaba, hacía como que todo lo entendía al revés. Y yo me decía: ¿puede haber un hombre tan bruto como éste?". Litti (a quien Onetti dedicó Una tumba sin nombre) estuvo años "ignorando ser su hija"; pero hace cuatro años le pidieron en Colonia que interviniera en un homenaje, "y a partir de entonces lo he ido reconstruyendo dentro de mí, desde mi propia madurez". Ahora recuerda que la relación en la niñez "era cariñosa, distante, irónica. Pero luego nos escribimos, y ahora veo que nos hemos escrito mucho. Yo le decía que tenía dentro de mí muchas máscaras, y él me pedía que me las quitara. Lo que he sabido luego, ahora mismo, es que tengo muchas de las cosas que significan su actitud ante la vida. ¿Leíste El pozo? Pues yo también soy ese personaje al que le resulta difícil encontrar un alma ante la que desnudarse. El otro día mi hija de 22 años me preguntó por él, y qué debía leer suyo. Le leí entero El pozo, de un tirón, y luego me pregunté cómo será la vida a los 22 años después de leer El pozo. ¿Tú crees que hice bien?".

    Isabel María tiene ahora 57 años, representa en Buenos Aires a la Universidad de Cambridge. Y Liliana, casi su contemporánea, a los 54 años, que nunca conoció a Onetti, a veces juega con ella a ser la otra hija de Onetti. Como a Muñoz Molina, como a Vargas Llosa, como a muchos de los que consultamos para este escrito sobre el solitario de la Avenida de América, a Liliana le parece que "Onetti es un resplandor; habla sobre montículos de basura, pero de ese montículo sobresale siempre la belleza". No, qué va, no era un hombre triste, dice Dolly. "Si vieras las cosas que me decía cuando me escuchaba ensayar con el violín; a veces salía del cuarto, enseñándome sus garras, simulando que era un ratón que me iba a devorar por hacer ruido a cualquier hora. '¿Por qué estudiás tanto?', me decía. 'Yo te compro un disco con aplausos, vos tocás y te pongo los aplausos, y así te quedás feliz'. Cuando se puso tan enfermo, lo metimos al hospital, y cuando mejoró el médico le fue a dar el alta; él lo atajó: 'No me quiero ir hasta que no termine de leer esta novela".

    Mario Vargas Llosa, que ahora escribe un libro sobre él, lo vio, en Uruguay, como un hombre huraño, "sumido en una especie de meditación"; y luego esa relación fue creciendo, hasta que en otro encuentro le dijo el uruguayo al peruano: "Mirá vos, Mario, vos tenés una relación conyugal con la literatura. Yo tengo la relación de un amante". Vargas Llosa lo ha redescubierto; "es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura. Los que no le lean se pierden la modernidad que él inauguró en un territorio donde, con la excepción de Borges, dominaba el costumbrismo".

    Onetti, dice Vargas Llosa, como dice Carmen Balcells, su agente, a la que dedicó su última novela, Cuando ya no importe, ha superado la prueba del tiempo. Balcells: "Muchos están destinados a desaparecer. Él va a quedar intacto la vida entera". Muñoz Molina cree lo mismo. "Onetti es una epifanía, la celebración de la belleza, la emoción y la ternura. ¿Que vuelve? Si no ha dejado de estar".

    Ahora, dice Antonio Muñoz Molina, se lee su obra como el resultado de un proyecto, "como si lo tuviera todo en la cabeza; no pretendió ser monumental, ni grandilocuente, pero alcanzó una obra insuperable".

      
    Autores
    María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-