"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




7 de Octubre, 2011


IVÁN LIMANOVSKY

Publicado en Nuestra Letra. el 7 de Octubre, 2011, 19:24 por MScalona

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Flor de jacaranda

Otro jacaranda florecido, no importa la calle que tome, ellos siempre están ahí, dispuestos a hacerme recordar. No sé si lo soñé o lo viví, ella escondida detrás de uno, asomando sus ojos verdes para espiarme, mientras una flor caía en su mejilla.

Esa imagen se me venía a la mente varias veces al día, y me llenaba de una gran felicidad. Pero eso fue antes de los gritos, de los golpes, de los rasguños y besos, de los mechones de pelo arrancados, de los vidrios rotos y el sexo desenfrenado.

Pero estamos en esta época del año en que los jacarandas parecerían ponerse de acuerdo en florecer todos juntos. Y la imagen es la misma, a pesar de los mares de lágrimas que me separan.

Paso rápido cada vez que veo uno, sin embargo giro después de pasar, porque todas las sombras son ella, escondida, desnuda, mirándome. Aunque sé que no está ahí, aunque sé donde está, y siempre lo mismo, -si una flor me tocase, aceleraría las dos ruedas a ella, sin detenerme en ninguna esquina-, la preferencia de lo inconcluso debido a mi cráneo sobre el asfalto; como el dolor de lo perfecto.

Pero cada tanto una de esas flores me roza, las veo caer lentamente desde la copa, intento esquivarlas, pero las sombras me distraen, y a menudo me dan en la frente. Recuerdo la promesa, enciendo un cigarrillo y sigo torturándome, lento y prestando atención en cada esquina.

La vida se me va morosa, derivada entre inviernos de pulóveres azules violetas y veranos de flores asesinas. Solo puedo descansar por las noches, cuando de sus troncos aparecen las ninfas que los habitan.

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                                                                               Iván Limanovsky

MATÍAS SETTIMO

Publicado en Nuestra Letra. el 7 de Octubre, 2011, 19:07 por MScalona

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                                                                                                                  A Josefina

Fui para cumplir. No tenía ganas. ¿Pero cómo se le dice que no a una madre que perdió su hijo?

El clima era raro, cuando la vi empezó a llorar, si bien con cortesía disimulaba las lágrimas lo entendí enseguida: le hacía acordar a él, a Leo, a su hijo, a su muerte. En mí veía la edad que él nunca iba a tener. Me preguntó si seguía escribiendo, si había publicado, lo que la mayoría de la gente me pregunta cuando no le intereso para nada. Me habló de los amigos que con Leo teníamos en común, a los que yo tampoco había vuelto a ver, y de los que no tenía noticias. Me pareció horrible no saber qué decirles de ellos, así que les inventé un porvenir en base a lo que era previsible: Manuel se recibió, y  puso su estudio, le va bien, pero está empezando. Gabriela se fue a España, y labura haciendo traducciones, y -ya falto de inventiva agregué: Guido, como siempre, ese no cambia más.

La miré bien a los ojos. Tenía una suerte de guirnalda que agiornaba su tristeza, recorriéndole el rostro. ¿Sería eso la resignación?  ¿Podía la resignación tomar la forma de una costra, tan notoria? Soy muy culposo y es por eso que fui, me tomé el colectivo y llegué a San Nicolás. Pero lo hice por culpa, ni por Leo, ni por su madre, ni por mí. Si no por culpa. Ana, la madre, siempre me cayó mal. Es algo instintivo, no sé, no la puedo ni ver sin que me nuble la mirada. Es una persona despreciable, y ahí estaba yo, ejercitando la misericordia, jugando a ser el Dalai Lama Latino, y contrariando mi deseo punzante de irme de allí corriendo.

Me molestaba su estricta cortesía, ella me enseñó que a veces los buenos modales son la cara visible de la agresión. Porque había -y lo hubo siempre- un destello de navaja escondido en el filo de su sonrisa. No sé por qué despierta esa mujer lo peor de mí. Tal vez porque ella y yo nos parecemos demasiado, debe ser por eso, sí, los dos somos la misma cosa puesta en distintos cuerpos, y yo nunca tuve una buena relación conmigo. Como sea, me parece despreciable.

Te hice scones, porque me acordé que te gustaban. ¿Te siguen gustando los scones, no? Ah, qué suerte, porque dan un trabajo. No le contesté, asentí con el mentón, de decir algo hubiera dicho qué hago acá, pero me callé. Me contó que soñó algo anoche, un sueño raro, dijo, que estaba acostada en el pasto, y que la revoloteaban cientos de mariposas, muchas, miles. Que del pecho le salían mariposas oscuras, ¿negras? -le pregunté a propósito- sí, negras -me contestó mirándome fijo. ¿Qué significa el sueño? La pregunta no era inocente, ella sabe que soy psicólogo. Las interpretaciones no sirven de nada, le dije para no decirle, y hablé de los paraísos, que estaban grandes, y ella mirándolos perdida, asentía.

Me sirvió más té, nuestras miradas se encontraron otra vez.

Me dio un abrazo que me tomó por sorpresa, me sentí muy incómodo como si  un murciélago se me hubiera enredado en el pelo. Ella perdió su hijo, me repetía, por no decirme no seas tan hijo de puta y abrazala; yo perdí mi sábado, me autocontesté. Por fin se cansó de mi frialdad y me soltó. Alabado sea Alá, pensé, hasta que la vi llorar otra vez. No le dije nada, pero porque no sabía qué decirle. La sostuve e intenté abrazarla con la mirada, contenerla. Pero siempre supe que no podía más que eso, que no podía decirle otra cosa. Porque yo tampoco puedo dejar de llorar desde que pasó lo de Leo, y su dolor, sí, lo entiendo, pero el mío, no lo puede entender nadie. El mío es incomparable con el de ella. El mío pasa por otro lado, mi dolor es inimaginable.

-Te quiero decir algo, Matías, por eso te llamé. Estoy segura de que Leo no se suicidó, para mí a Leo lo mataron. En su departamento.

Y en una avalancha vinieron a mí el humo del cigarrillo de Leo, la billetera de cuero, el libro de tapas duras que le había prestado, la boleta del gas, el comentario sobre José, su queja por el cansancio, mis reclamos, su risa, mi determinación, la bestia que se montó sobre mis hombros, la picazón en mis brazos, mi ceguera.

Me fui de su casa más tranquilo, y hasta con dos certezas: sabía que a Ana nunca más la volvería a ver, como pasó con Leo, y que la misericordia nunca sería mi fuerte.             

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Matías Nicolás Settimo 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-