"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




18 de Septiembre, 2011


CARO MUSA lee en el Festival...

Publicado en Sugerencias. el 18 de Septiembre, 2011, 21:02 por MScalona

CARO lee el JUEVES 22 a las 19,30 hs en el

TEATRO PRÍNCIPE DE ASTURIAS

CCPE. en el marco del XIX Fest Internac Poesía Rosario

-

Nació en Rosario, en 1975. Licenciada en Comunicación Social, también estudió cine y museología.

Desde 2008 participa en el taller de escritura coordinado por Marcelo Scalona.

Acústico (Tropofonía, 2011) es su primer libro publicado. Tiene inéditos el conjunto de cuentos Mismo sol y el poemario Ungüentos amarillos. Su guión de largometraje Embarcación obtuvo una mención en el Programa Estímulo a la Producción Audiovisual Santafesina en 2008.

Ha participado como invitada en los ciclos de poesía Poetas del Tercer Mundo, Ocultos y Arte por la Paz; y en el Festival Internacional Semana de las letras y la lectura. Desde 2010 coordina un taller literario para niños y se dedica a la corrección y edición de textos.

 
> Poemas

21/ A Facundo Marull

Lluvia leve la distingo apenas sobre la cúpula negra recortada
entre azoteas de pensiones recicladas nuevos bares retro
ventanas de edificios asimétricos viejos ya, latosos sin brillo
manchados de óxido y humedad, Rosario
cuando lluvia leve late y palomas
trazando líneas meciéndose en el gris, en la canción disonante
de bocinas paranoicas por granizo y las siete campanadas
del reloj del Palacio Fuentes que da las siete, llueve
fina lluvia sobre motociclistas sin casco y vendedores de paraguas vociferan
PARAGUAS en las esquinas de la peatonal los incautos
VEINTE PESOS maldicen esperan taxis maldiciendo se cobijan
amontonados bajo aleros
el heladero se lamenta
la florista se lamenta el pájaro
de la plaza Pringles canta todavía la ausencia de Facundo Marull que llueve
en la lluvia leve y conversamos soplamos
las huellas de aquella ciudad en ésta
triste definitiva mira el río se levanta
sobre ruinas de trenes el ocio compaginado, los servicios,
los clubes de pesca con ascensor, Facundo
probablemente otro
poeta se rinde abrazado a tu árbol
yo misma me recuesto en un álamo los sábados fumo
a tu salud, bebo
por el infortunio de los poetas de Rosario,
por mi casa de Rosario que tampoco tengo
tres veces por la biblioteca del Paraná sentémonos Facundo acá
a deshora
a desovillar
tanta agua.

Facundo Marull, Triste.

42/

-El escarabajo es estúpido –le digo.
Y el escarabajo intenta por undécima vez
trepar el zócalo.
Vuelve a fallar.
Agita sus tres pares de patas tendido panza arriba.
Nos reímos.
-Obstinado –le digo.
Y apuro el salvataje con mi lápiz.

El espectáculo es triste, el deseo
de morirse así.

Termodinámica

Me deshueso
Me trozo, me desgraso
Me rehogo con cebollitas tiernas
Me cocino al vapor
Con arroz y cúrcuma
Me salo
Me pruebo
Me sirvo abundante en cazuelas de barro
Me comparto en la mesa
Me muerdo, me mastico, me trago
Me transformo en bolos fecales
Me expulso, yerro
Por cañerías oxidadas hasta el
Paraná
Me deshago (no tanto)
Me chupa un sábalo.
Me pesca una red.
Me vende un niño.
Me compra un hombre.
Me destripa una mujer.

Me trozo, me desgraso, me rehogo,
Y así.

Nació en Rosario, en 1975. Licenciada en Comunicación Social,

también estudió cine y museología.

Desde 2008 participa en el taller de escritura coordinado por Marcelo Scalona.

Acústico (Tropofonía, 2011) es su primer libro publicado.

Tiene inéditos el conjunto de cuentos Mismo sol y el poemario Ungüentos amarillos.

Su guión de largometraje Embarcación obtuvo una mención en el Programa Estímulo

a la Producción Audiovisual Santafesina en 2008.

Ha participado como invitada en los ciclos de poesía Poetas del Tercer Mundo,

Ocultos y Arte por la Paz; y en el Festival Internacional Semana de las letras y

la lectura. Desde 2010 coordina un taller literario para niños y se dedica a la corrección

y edición de textos.

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POEMAS

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21/ A Facundo Marull

Lluvia leve la distingo apenas sobre la cúpula negra recortada
entre azoteas de pensiones recicladas nuevos bares retro
ventanas de edificios asimétricos viejos ya, latosos sin brillo
manchados de óxido y humedad, Rosario
cuando lluvia leve late y palomas
trazando líneas meciéndose en el gris, en la canción disonante
de bocinas paranoicas por granizo y las siete campanadas
del reloj del Palacio Fuentes que da las siete, llueve
fina lluvia sobre motociclistas sin casco y vendedores de paraguas vociferan
PARAGUAS en las esquinas de la peatonal los incautos
VEINTE PESOS maldicen esperan taxis maldiciendo se cobijan
amontonados bajo aleros
el heladero se lamenta
la florista se lamenta el pájaro
de la plaza Pringles canta todavía la ausencia de Facundo Marull que llueve
en la lluvia leve y conversamos soplamos
las huellas de aquella ciudad en ésta
triste definitiva mira el río se levanta
sobre ruinas de trenes el ocio compaginado, los servicios,
los clubes de pesca con ascensor, Facundo
probablemente otro
poeta se rinde abrazado a tu árbol
yo misma me recuesto en un álamo los sábados fumo
a tu salud, bebo
por el infortunio de los poetas de Rosario,
por mi casa de Rosario que tampoco tengo
tres veces por la biblioteca del Paraná sentémonos Facundo acá
a deshora
a desovillar
tanta agua.

Facundo Marull, Triste.

42/

-El escarabajo es estúpido –le digo.
Y el escarabajo intenta por undécima vez
trepar el zócalo.
Vuelve a fallar.
Agita sus tres pares de patas tendido panza arriba.
Nos reímos.
-Obstinado –le digo.
Y apuro el salvataje con mi lápiz.

El espectáculo es triste, el deseo
de morirse así.

Termodinámica

Me deshueso
Me trozo, me desgraso
Me rehogo con cebollitas tiernas
Me cocino al vapor
Con arroz y cúrcuma
Me salo
Me pruebo
Me sirvo abundante en cazuelas de barro
Me comparto en la mesa
Me muerdo, me mastico, me trago
Me transformo en bolos fecales
Me expulso, yerro
Por cañerías oxidadas hasta el
Paraná
Me deshago (no tanto)
Me chupa un sábalo.
Me pesca una red.
Me vende un niño.
Me compra un hombre.
Me destripa una mujer.

Me trozo, me desgraso, me rehogo,
Y así.

NATALIA MASSEI

Publicado en Cuentos el 18 de Septiembre, 2011, 12:12 por MScalona

TRAVESTI

 

Natalia Massei

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
les souvenirs et les regrets aussi.

J. Prévert

 

 

Trescientos cincuenta y dos proyectores y veinte mil lámparas encienden la torre Eiffel sobre el fondo nocturno de Paris. La ciudad es un telón negro interminable detrás de la pirámide de hierro. A pesar del encandilamiento es fácil imaginarse toda Paris iluminada por el resplandor: los picos, los techos, las antenas, las chimeneas, los gallos en las veletas... Una fisura oxidada interrumpe el trazo de luces a la altura de uno los cuatro pilares de acero. El cartel se ha resquebrajado en uno de sus extremos: Florería de Paris. Av. Francia 1986. Justo al lado del cementerio. Otro letrero ubicado sobre la puerta del local -una vista panorámica de la avenida de Champs Élysées- indica que la florería fue fundada en 1965. Dudo que los clientes se detengan en las gigantografías parisinas y mucho menos que noten la grieta, antes de entrar a comprar flores para un finado.

 

Tengo atragantado un cuento que empieza así pero no sé cómo sigue. Nada. Ni un conflicto, ni un personaje. Sólo este punto de partida: Paris de noche en un cartel, una florería, el cementerio. Busco la intersección donde vibra el nudo de una historia.

 

Lo primero es la alucinación de Paris. Me pasa todo el tiempo, escucho una canción y me trasporto. Si el tema es viejo y con fritura de fondo, mucho mejor.

 

Sur les quais du vieux Paris,
le long de la Seine
le bonheur sourit,
sur les quais du vieux Paris,
l'amour se promène
en cherchant un nid.[*]

 

Es una suerte de idilio, nada original, que tengo desde chica reforzado por mi profesión de profesora en francés. Idilio no es lo mismo que idealización aunque se rocen. Hay cosas que jamás haría, como pegar calcomanías de la bandera francesa en mi agenda; conversar en francés con otros profesores que hablan el español argentino como lengua materna; saludar a los estudiantes fuera del aula con un bonjour; traducir mi nombre y convertirme en Nathalie cuando doy clases.

 

Paris es aquí una foto sobre un chapón. Un cementerio es la realidad lindera a mi fantasía donde el relato encalla. Froto las teclas con las yemas de los dedos, les doy golpecitos como si escribiera pero sin presionar. Estoy seriamente paralizada. Reviso mi correo electrónico, ingreso a Facebook para distraerme. En este punto doy con la primera intersección, el primer encuentro movilizador: una actualización de estado de Marcelo Enrique Scalona. Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe vida (o algo así) después de la muerte. La mala es… Suficiente. No termino de leer la frase (que nadie se ofenda, es Facebook). La cita es de Roberto Bolaño, un cuento suyo: El Retorno. Ya sé lo que tengo que hacer.

 

//////////

 

Empecé a visitar el cementerio invocando a Bolaño. Que apareciera en mi cuento y me brindara el giro necesario para resolver la historia como lo hace en la novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina. No la leí pero me contaron que hace eso y es justo lo que necesito. Se me ocurrió mientra leía El Retorno: un muerto que piensa, siente, habla, se compadece. Marcelo me había ayudado a dar el primer paso para desentrañar esta historia: perseguir el espíritu de Bolaño. Sé que la pretensión es ambiciosa.

 

La primera visita fue un sábado a la tarde, mientras en casa dormían la siesta. Esperé durante veinticinco minutos un colectivo que por fin me dejó en la puerta del Salvador, por calle Ovidio Lagos. Bajé detrás de una señora de cabello muy blanco, elegantísima con un blazer violeta y perfume dulzón. Crucé la calle en línea recta mirando el asfalto y me persigné antes de entrar aunque yo no soy católica. Avancé un poco por la calle 6, entre los mausoleos más ostentosos. Me recordaron un poco a las fotos que había visto del cementerio Père Lachaise en Paris. Se me aflojaron las piernas enseguida. Tuve que retroceder y volver a tomar impulso para desviarme hacia una galería de nichos laterales. No pude subir los tres escalones que accedían a un extenso pasillo de sepulturas verticales. De reojo vi pasar a la señora del colectivo que ahora llevaba un ramo de flores. Empecé a caminar detrás de ella a una distancia respetuosa. Atravesamos la calle hasta el otro extremo: un edificio de nichos en el que entró. No la seguí, no me pareció correcto. Recién ahí noté que me había adentrado por completo en el laberinto de tumbas. Busqué la salida apurando la respiración, sobre la mitad del camino empecé a correr.

 

Fui varias veces más. Casi siempre entrando por avenida Francia. La entrada por Francia es una experiencia más administrativa y terrenal que la de Lagos con su fachada blanca de 1888, construida en estilo dórico. En el extremo opuesto: el paredón de ladrillos con sus puestos de flores a lo largo, los vendedores sobre la vereda que toman mate y escuchan cumbia; el ingreso de edificio público: paredes lisas y puertas de vidrio. La Florería de Paris al lado y el ritmo periférico de la avenida con sus galpones, sus dependencias municipales, la circulación de colectivos y de camiones que pasan a alta velocidad dejando detrás de sí un eco de carga pesada.

 

De Bolaño, nada, ni siquiera un atisbo de inspiración. Hasta que conocí a Susi. La había visto antes, lo sé porque figuraba entre mis notas, pero no había reparado en ella, ni se me hubiese ocurrido hablarle. En realidad, yo intentaba pasar desapercibida y no me hubiera atrevido a hablar con nadie. En general, hacía mis anotaciones en una libreta cuando ya me había alejado del cementerio. Tampoco me había animado a utilizar la cámara fotográfica que llevaba en la cartera. Usaba siempre anteojos oscuros para neutralizar la expresión del rostro y, en la medida de lo posible, la identidad. Tenía pensado qué decir si un vigilante me interrogaba sobre el motivo de mis reiterados paseos. Aunque no había podido decidirme por una de las dos explicaciones que tenía preparadas: soy estudiante de arquitectura y estoy haciendo un trabajo para la facultad; soy escritora y estoy escribiendo un cuento que transcurre en el cementerio. Ambas me daban pudor. Hay gente que visita ese lugar para encontrarse con el rastro de un ser amado. Sin embargo, cuando Susi me abordó, a pocos metros de la entrada, perdí los reflejos. Estaba apoyada contra el paredón, justo antes de los puestos de flores: ¿A quién venís a ver, hija?

 

Susi es una travesti robusta. Aproximadamente metro setenta y cinco con tacos. Una melena sedosa, negro azabache. El maquillaje alineado y fresco. Un tono de voz amable, trabajado. Entre cuarenta y cinco y cincuenta años de edad. Estoy buscando un fantasma, le dije e inmediatamente sonreí para mostrarme cuerda. Como todo el mundo, nena, incluso los que vienen a las visitas guiadas.

 

Enseguida se presentó y a mí me dio un escalofrío porque mi mamá se llama igual. Susana también se llamaba su madre fallecida. El nombre lo había elegido por ella. [Por fin, doy con la intersección: descarga nerviosa]. Entramos y me llevó hasta la sepultura de su madre en un panteón social de siete plantas. Subimos en ascensor hasta el piso cinco.  

 

Susana Ramos de Rodríguez

1932 - 2007

Vivirás siempre en el recuerdo de tu hijo.

 

 

Cuando falleció yo todavía trabajaba acá. A ella la enterré yo. Y después no vine más. Recibí un telegrama por abandono de trabajo. Sin indemnización. Diez años había laburado en esto y ya venía sintiendo que no me daba más el cuero. Con mamá acá, no podía seguir sepultando muertos.

Había empezado de joven. Al laburo lo conocía por mi viejo que llegó a jubilarse de sepulturero. Cosa rara. El trabajo es pesado y hay que tener estómago. Él era un tipo callado y áspero de temperamento y de piel. No sé si por efecto del oficio o si era su forma de ser.

Cuando volví a visitarla, me puso contenta que los muchachos la hubieran cuidado. El mármol estaba lustrado y le habían dejado un ramito de flores. Ellos no sabían que yo iba a aparecer. No tenían ninguna obligación de ocuparse. Yo creo que las flores las deben haber manoteado por ahí, pero era lo de menos. Al principio no me reconocieron. Les tuve que decir yo quién era. Se cayeron de culo.  

 

 

Antes de la muerte de su madre sólo se vestía de mujer para salir de noche. Nunca en el barrio, ni el trabajo. De día jamás. Tampoco tomaba hormonas. Era vestirse y maquillarse para salir y nada más. A su mamá la despidió con una carta donde le contaba que le gustaba eso, que se iba a quedar con algunos vestidos suyos de cuando era joven, collares, anillos, el vestido de novia, y que se haría llamar Susi, como ella. Cuando volvió del entierro se duchó un rato largo, tiró la ropa sucia en una bolsa de consorcio, se calzó una tanga del último cajón y se tiró a dormir un poco incómodo porque todavía no se había acostumbrado a andar así todo el día. 

 

Una vez me preguntó a qué me dedicaba. Era raro que preguntara. En general, ella hablaba y yo escuchaba y tomaba notas. Profesora de francés, le dije y se le encendió la mirada: ¡Mamá era fanática de todos: Charles Trenet, Yves Montand, Juliette Gréco, Édith Piaf… todos los franceses! No conozco pero es como si hubiera ido mil veces…

 

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
Les souvenirs et les regrets au
ssi
Et le vent du nord les emporte
Dans la nuit froide de l'oubli.
Tu vois, je n'ai pas oublié
La chanson que tu me chantais.[†]

 

Buscando el espíritu de Bolaño, encontré a Susi. No dejo de visitarla intentando hilvanar este relato inconcluso. Una imagen de Paris iluminada sobre el fondo negro de un cartel de chapa es la mejor manera que se me ocurre de empezar a contar esta historia de cruces sutiles que tendrá como título una sola palabra.

 

 



[*] En los muelles de Paris/ a lo largo del Sena/ la felicidad sonríe,/ en los muelles de Paris/ se pasea el amor/ buscando un nido.

 

[†] Las hojas muertas se juntan con la pala/ Los recuerdos y los pesares también/ Y el viento del norte se los lleva/ Hacia la noche fría del olvido/ Ya ves, no he olvidado/ La canción que me cantabas.

ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 18 de Septiembre, 2011, 12:08 por MScalona

Paisaje

 

I

Hoy han confirmado en el noticiero que esa casa existe. La única pista que tenían la aportó un turista. Allí vivía una persona que tuvo en vilo a toda una comunidad y se cansó de estropear vidas. Busqué el lugar por Internet. Fui por Google Maps y, ¡oh sorpresa!, lo hallé. No satisfecho, enseguida eché mano a Google Earth y pude verlo más de cerca. ¿Por qué desechar herramientas eficientes que el desarrollo tecnológico ha puesto a nuestro servicio?

Es verdad que desde la imagen que me ofrece el software, la casona luce un poco más desangelada que en la foto, y que si uno echa mano al zoom de acercamiento parece divisarse un punto uniforme deslizándose por el camino hacia una especie de mancha gris que bien puede ser un lago. La foresta está un poco seca dado que ya se perciben las consecuencias de los primeros copos de nieve. Otro dato que se suma es la leña acumulada en derredor de la casa. No se ven postes de luz ni otro servicio a menos de cincuenta kilómetros a la redonda: eso lo supe porque pude medirlo con otra herramienta de un programa que en este momento no puedo recordar. Tampoco se ven vehículos ni estaciones de servicio cerca (tuve el infeliz arrebato de decir “gasolinera”, pero pude, afortunadamente, detenerlo a tiempo).

Eso es todo.

Pensar en que una mente ominosa pueda vivir en un lugar tan bello como ese me acarrea solo unos minutos, y listo. Y tener hijos, vecinos, enemigos, alcaldes, animales domésticos… La conmoción me dura muy poco. Lo  mismo que una canción de Arcade Fire que suena en mi reproductor de MP3 llamada “In the backseat” del álbum “Funeral”, el primero de su discografía, de septiembre de 2004.

No creo que esa canción tenga algo que ver con ello, pero inconscientemente, se me adosa cada vez que sueño la posibilidad de salir de mi cama, de mi dormitorio, alejarme de mi casa y darle una orden indeclinable a mi cerebro para que mis piernas echen a andar.  

 

El lugar tiene las características de la geografía de montaña: escarpado, agreste, muy poco accesible. Aún así, imagino todo el esfuerzo que haría para llegar hasta él y gastar sus senderos con mis pasos.

A menudo, en las noches de invierno, me destapo hasta sentir que el frío gana mi cuerpo. Me imagino en ese lugar yendo a acarrear leña, buscando un gorro de lana para abrigar mi cabeza y una campera gruesa con relleno de guata. (He visto que en las películas que se filman en lugares montañosos, los lugareños las usan siempre, y suelen colgarlas en el perchero cercano a la puerta como lo hace el marido que contrata por encargo a un par de mercenarios para secuestrar a su esposa y pedir rescate al suegro, en Fargo, de los hermanos Cohen)

Una amiga me contó que siempre le ocurre lo mismo cuando viaja a un lugar como ese:   piensa en caminar por las mañanas, perderse en algún sendero serpenteante, quizás zambullirse desnuda en un lago, -si es que la temperatura se lo permite- para volver al lugar donde se hospeda al límite de sus fuerzas y dormir la siesta. Pero lo que sucede es que se queda casi todo el tiempo adentro, levantándose tarde y preguntando todos los días al personal del hotel cuál será el menú por la noche. Al llegar el último día, se desgrana en lamentos que se estrellan contra el vidrio de su ventana maldiciéndose por el tiempo que perdió sin salir a caminar, sin realizar las excursiones que tenía pensadas. Y se deprime al calcular lo que falta para sus próximas vacaciones. La última vez, me contó que esa tristeza no la abandonó por un tiempo prolongado. Recurrió a terapia y estuvo dándole vueltas a ese tema por más de tres años. Salía de terapia y lloraba. Y la llamaba a su analista por teléfono cuatro veces por día. Y comía. Al llegar el fin de semana alquilaba un montón de películas para encerrarse, de las cuales veía una sola, a lo sumo, dos.

Me resultó curioso porque yo hago lo mismo. O mejor dicho, fantaseo con hacer lo mismo. El monitor de mi notebook hace de ventana y por allí me voy, imaginando que camino despreocupado o ando en bicicleta. Quizás con una caña de pescar o con los pertrechos de arquería, practicando tiro en alguno de esos lugares donde no hay gente, tomando todas las precauciones para que nadie salga lastimado. Con todo el tiempo del mundo para pensar si elegiré el arco recurvo, que se usa en las olimpíadas, o el compuesto que trae mira y poleas y permite ahorrar fuerzas a la hora de tensar la cuerda y disparar. Supongo que para esa fecha ya me habré comprado un par de flechas de mejor calidad: carbono y aluminio. Y andaré gastando la luz y el aire del lugar discurriendo con un amigo acerca de la velocidad del viento y su injerencia al momento del disparo.

Nos reíamos con mi amiga porque seguro que yo haría lo mismo: volvería con la caña sin tocar, las flechas sin estrenar y mi arco aún dispuesto en su estuche de madera. Y sobre el final de la conversación, esa utopía recurrente: que bueno sería mudarse a un lugar así.

-¿Aunque viva un asesino serial, - pregunté yo?

Y reímos por un largo rato, repitiéndonos al unísono: “¡que mierda nos importa!”.

Por las dudas, guardé la foto en mi notebook aunque nada de eso ocurra. Las coordenadas ya las tengo y la ensoñación de transitar ese paisaje bucólico, también. Yo seguiré escuchando canciones de ese grupo y pasándole cada tanto a la superficie del monitor un paño con un líquido semejante al que se usa para limpiar los vidrios de las ventanas.

 

II

Suena el timbre de casa y por la ventana veo que es Paquito, mi dealer. Debe andar necesitado de plata, llegó rapidísimo. Tuve que llamarlo porque hace frío y no me dejan salir por orden médica: cuando las temperaturas son tan bajas temen que me pesque una pulmonía. Y mi amiga, la que se queda con ganas de salir a caminar cada vez que va a la montaña, hoy no me podía hacer el favor de ir a buscarla porque tenía que entregar un práctico en la facultad de derecho. Voy a pedirle a mi hermana que baje a recibirlo. Le mostraré el paisaje y le contaré que allí vivió un tipo desalmado. Paquito no es como los otros dealers, le interesa este tipo de cuestiones. Aunque dudo que alguna vez haya escuchado Arcade Fire.

 

 

         -

                                                                 Ariel  Zappa

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-