"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




10 de Septiembre, 2011


NICOLÁS FOPPIANI

Publicado en relatos el 10 de Septiembre, 2011, 17:19 por MScalona

 

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Cenizas

 

 

Era media mañana de un sofocante miércoles de febrero cuando el viejo Ford gris enfiló hacia la entrada vehicular del cementerio, deteniéndose ante el control de ingreso.

El policía apostado en la garita se acercó a la ventanilla. Antes de que llegase a preguntar nada, le fue exhibida la pesada placa de bronce que  informaba que ese era un Falcon asignado a un juez de la Nación. Sin mediar palabra, levantó la barrera, franqueándonos la entrada.

Nos internamos por una calle interna rodeada de tumbas para los muertos sin obra social. De algunas cruces de madera blanca colgaban rosarios, en otras había pegadas estampitas del Gauchito Gil.

Al final del camino dejamos el Falcon a la sombra del único árbol que encontramos. Ya desprotegidos del aire acondicionado del auto –una rareza reservada a la versión de lujo– el calor del verano nos recibió con una brisa dulzona y pegajosa. Un perro recostado junto a un tapial nos lanzó un par de ladridos de compromiso, sin siquiera levantarse.

El crematorio era una construcción regular de paredes de ladrillo sin revocar, un poco menos lúgubre de lo esperado. El ingreso conducía a una sala donde se apilaban varios ataúdes de distintos tamaños esperando su turno. En el rincón opuesto había, arrumbadas, unas bolsas con una fecha y un nombre escritos con tinta indeleble. La fecha parecía corresponder a la reciente incineración, el nombre, a su contenido.

Al final de la sala, una pesada puerta de hierro ocultaba el lugar donde todo sucedía. Con sus ladrillos refractarios gruesos como adoquines y el techo abovedado, el gigantesco horno me recordó al de una panadería.

Llevábamos una carretilla con varias cajas llenas de remedios adulterados para incinerar. La causa judicial se había cerrado hacía años, pero los cientos de frascos y blisters de pastillas habían quedado olvidados por la burocracia en un depósito de la policía, que las devolvió al juzgado porque las botellas se reventaban y perdían, “poniendo en peligro la seguridad de la dependencia”. Despedían un olor insoportable.

Una vez informado acerca del motivo de nuestra inusual presencia, el encargado del horno llenó un par de grandes bandejas metálicas con los medicamentos. Con un largo atizador las empujó hasta el medio del horno, trancó la puerta, y con una palanca encendió los quemadores como si pusiera en marcha una locomotora infernal.

A través de una pequeña claraboya pudimos ver como los chorros de fuego azotaban las cajas de pastillas y los frascos de jarabe. Cartón y plástico se achicharraron casi instantáneamente mientras las botellas de vidrio oponían una inútil resistencia.

El municipal explicó que las bandejas de acero inoxidable servían para recoger allí todas las cenizas, que luego se entregaban a los parientes del cremado, y que el horno era tan fuerte que en una hora reducía cualquier cuerpo a nada, incluidos huesos y dientes, con ataúd y todo. Me pregunté qué harían con los crucifijos y molduras de bronce que adornaban los cajones, sin atreverme a trasladarle mi duda al anfitrión. Dijo también que a veces quedaban prótesis e implantes de titanio sin quemar. Tampoco me atreví a preguntarle qué hacían con ellos.

Mientras cavilaba estas dudas, empezó a sentirse el sordo estallido de algunas botellas dentro del horno, quizás de las más pequeñas. Nos miramos con el secretario del juzgado y reconocimos un atisbo de alarma en nuestras caras. El municipal fumaba sin mosquearse, acodado en la palanca de mando. Nadie dijo nada.

Al cabo de unos segundos que parecieron eternos, los químicos de los remedios vencidos empezaron a reaccionar en cadena al ataque de las llamas. Las explosiones se sucedían con creciente virulencia, como petardos acercándose al cambio de año. Noté que la transpiración comenzaba a empapar mi camisa.

Hasta el municipal se sobresaltó cuando un estruendo hizo vibrar las ventanas. Un poco tarde ya, nos preguntó si había algún líquido inflamable entre la mercadería. Por supuesto que no teníamos la menor idea. Lo único que nos interesaba, a la policía, al juez, y a nosotros, era sacarnos de encima esa porquería lo antes posible.

En un instantáneo acuerdo tácito decidimos salir del crematorio ante el temor de que la puerta nos reventase encima. Una vez afuera, alcanzamos a ver que el perro que antes descansaba junto al tapial se alejaba a la carrera, con la cola entre las piernas. Me dieron ganas de seguirlo.

El municipal puteaba. Nos puteaba. A la luz del día me pareció que era bastante parecido al cantante de Los Palmeras. No se lo mencioné.

La tormenta de bombazos duró varios minutos que parecieron horas, pero finalmente amainó hasta silenciarse por completo. Dejamos que el municipal ingresara primero a ver cómo estaba todo. Al parecer el horno había resistido.

Pudimos constatar por la claraboya que de los remedios secuestrados sólo quedaba una masa amorfa y negra pegada al fondo de las bandejas, de la que emergían algunas burbujas de lava plástica aún candente.

El municipal operó en sentido inverso las palancas. Antes de abrir la puerta, accionó un extractor que ventiló el horno y enfrió bastante la indefinible cosa que quedó donde antes habían estado los medicamentos.

Con un par de golpes de atizador despegó los restos, y con una pala los metió en una bolsa que nos ofreció, y que el secretario gentilmente rechazó, autorizándolo a tirarla a la basura.

De la destrucción total de los efectos secuestrados se dejó constancia en un acta, que firmaron el municipal y yo, como testigos de rigor.

Volvimos al Falcon con la satisfacción del deber cumplido.

 

 

                                                           NICOLÁS  FOPPIANI

NICOLÁS AIMETTI

Publicado en Cuentos el 10 de Septiembre, 2011, 12:45 por MScalona

Cetribæ

Esa tarde me tocaba leer a mí. Eran unas veinte personas escuchando sentadas, expectantes, inútiles; al fin y al cabo no eran ella.

Comencé a leer. La historia empezaba en el jardín de infantes. Unos ojos verdes, ese verde que luego se va perdiendo con el tiempo, ese verde que la vida va apagando y es imposible encontrar en los adultos. Ella tenía ojos así de verdes, el pelo oscuro, unas manitos que se perdían en los pliegues de su guardapolvo azul, como todos los otros guardapolvos azules, aunque ninguno tenía esas manos, ni esa boca breve, esos labios que nunca sonrían, salvo, a veces, cuando se perdía en sus pensamientos.

Diez líneas arriba dije que no iba a describirla, que era inútil, qué no había palabras que alcanzasen, pero sus imágenes vuelven todo el tiempo, y ni bien me distraigo van poblando todo lo que encuentran a su paso.

Había nueve escuchando. Mujeres. En el grupo eran diez, pero a Laura no la habían dejado salir; no estaba tomando lo que le daban. Yo me decía que la boca de Miriam, no toda, sino un gesto cuando se enojaba –yo siempre le hacía comentarios enojosos– se parecía a la de ella. Paula tenía el mismo pelo; Eugenia usaba un perfume, o una colonia, que me recordaba a su olor; Cintia algo de su risa; Julia las mismas tetas, no en tamaño, sino en como se le marcaban los pezones a través de la ropa, iguales que en esa foto con sus amigas, vestidas para salir de noche. Esa era mi manera de soportar, de hacer más interesante a la gente. Ver en qué se le parecían. Buscar algo de ella en sus gestos, su carne, sus aromas. Igual las partes nunca hacen el todo, y yo quería todo, y todo era solamente ella.

Una tarde nos escapamos a un depósito donde estaba la caldera. Íbamos a robar tizas. A veces la maestra nos mandaba a buscar, estaba lleno de cajas, tizas de todos colores. Nos las escondíamos entre la ropa para que no se den cuenta, y en eso le vi la bombacha. Ella me dijo que no valía, que ahora yo le tenía que mostrar mi calzoncillo. Así que se lo mostré. Entonces fue que me dijo que si yo le mostraba abajo, ella después me mostraría a mí. No fue algo rápido. Nos quedamos en silencio, varios minutos enfrentando la vergüenza,  tomando y volviendo a soltar la ropa, hasta que respiré hondo y le mostré. Ella detuvo su mirada por un segundo y luego miró hacía otra parte. Entonces se dio vuelta, se bajó un poco la bombacha y me mostró la rayita del culo, rápido, apenas si pude ver algo. Rió nerviosa y corrió hasta el patio donde se mezcló con las otras chicas. Ese no había sido el trato.

Al otro día faltó o, mejor dicho, me empezó a faltar. La señorita dijo que su familia se mudaba a Buenos Aires.

Usted no entiende, Doctor. Yo no puedo matarme. Eso sería suicido, iría directo al segundo anillo del séptimo circulo. La perdería para siempre. Como bien dije, nada de este mundo me interesa, pero eso no significa que haya dejado de buscarla.

Estoy acá, les había dicho antes de empezar a leer, porque quiero salir. No porque quiera hablar de ella ni nada. Pero si me piden que hable, hablo de ella, porque de otra cosa no puedo. Cuando conté lo de la bombacha recordé el odio. El odio porque otra vez la estaba compartiendo, el odio porque a algunos les dio gracia, porque otros sintieron pena, porque algunos habrán pensado mal, miraron con ojos libidinosos, desearon su limpio, su frágil, su suave y tibio cuerpo. Pero yo seguí leyendo: entonces todos en el jardín le andaban atrás y, ahora que ya no estaba, no hacían más que hablar de ella. Yo era el único que no hablaba. Cada palabra que decían la insultaba. Ellos no la amaban. Les gustaba porque era la más linda, la querían por eso. Sólo la deseaban.

Realmente piensa que a mí me interesan las drogas. No, Doctor, usted sigue sin entender nada. ¿Cuántas veces se lo tengo que explicar? ¿Hizo lo que le dije? ¿Leyó la Divina Comedia?

Como todos la querían, sabía que no iba a ser fácil que se fijara en mí. Desde esa edad, los cinco años, tracé el plan que  cumpliría a rajatabla durante toda mi vida, hasta que volví a encontrarla.  Ya de joven procuré ser el mejor en todo lo que hiciera. Destacar por sobre todos, ser el hombre qué toda mujer desearía. La distancia, entonces, nos separaba, pero debía estar listo para cuando volviéramos a encontrarnos. No fue fácil todo ese tiempo sin saber nada de ella. A veces desesperaba por no tener siquiera una dirección de correo a donde escribirle. Una vez, llamé a la operadora y pregunté por su apellido, uno bastante común, y más en una ciudad como Buenos Aires. Quizás sabiendo el nombre del padre podría haberla encontrado, pero llamar a Buenos Aires era caro y  tuve que desistir.

Lo cierto es que la conocía y, si bien no sabía nada de ella, podía imaginarla, y sabía que ella también estaría pensando en mí. Nuestro encuentro en el depósito no había sido fortuito, de eso estaba seguro; ella sabía que se marchaba y, todo lo que había hecho, lo había hecho para que no la olvidara.

Un solo error cometí en mi vida, Doctor. Todo lo demás lo hice adrede. ¿Quiere que le diga cuál fue mi error? Mi error fue esperar demasiado. Tendría que haberla buscado antes, Doctor,  pero pensé que aún no estaba listo, no quería presentarme hasta no estar completamente preparado. Tardé, porque quería lo mejor para ella. Pero se ve que ella no aguantó tanto, seis meses antes de empezara a buscarla, había muerto.   Así y todo, éste, creo yo, no es un error irremediable. No es la primera vez que pasa algo así, y seguro no será la última. Sospecho, incluso, que al cambiar nuestro devenir terrenal por un amor intemporal salimos ganando.

No he sido el primero en ver morir a su amada. Tampoco seré el primero que va en su busca. La lista es larga, quizás hasta  infinita. ¿Habrá sido Orfeo el primero en bajar al Hades buscando a su amada? Acaso por esa época no fueron miles de aqueos a ese otro infierno, la guerra de Troya, en busca de Helena, a la que luego buscaría también, ya muerta, el doctor Fausto. Sin embargo, con quién siempre me he identificado es con Dante. Dante, que al igual que yo se enamoró de Beatriz en su tierna infancia, que al igual que yo la vio morir demasiado joven, que al igual que yo, no contento con su destino, atravesó el Infierno y el Purgatorio para reencontrarse con su amada en el Cielo. Fue Dante también quien me abrió los ojos, quien me mostró la forma de reencontrarme con mi amada.

Dejé de leer y miré a cada uno detenidamente. Me pregunté quiénes serían los que la habían conocido. Matías, estaba desde hace bastante, aunque difícilmente recordara. Laura, estaba desde  antes que Matías y por ser mujer, seguramente la habría conocido.

No fue fácil, seguí leyendo, la vida que le tocó vivir. Me duele pensar en cuánto me habrá extrañado, en lo difícil que se le debe haber hecho el tener que estar sin mí. Estoy prácticamente convencido de que fue eso lo que la hizo caer en las drogas a tan temprana edad.

Yo no podía hacer como Dante, ni como Orfeo, Doctor. Quién sabe hoy día dónde se encuentra la entrada al infierno. Bueno, en realidad todos sabemos donde se encuentra la entrada, lo que nadie sabe es dónde está la salida, no sé si me entiende. ¿Va comprendiendo, Doctor? Si quiero estar con ella, la única forma es morir. Pero como le decía, no es tan fácil el asunto. No todos están juntos en el cielo. Cada cual tiene su lugar en la eternidad. La Luna, o el primer cielo, se reserva a los espíritus débiles, aquellos que más allá de su buena voluntad no pudieron cumplir con todos sus votos. El cielo de Mercurio es para quienes alcanzaron la gloria y la fama terrena, así como a Venus se dirigen las almas de los fieles amantes. ¿Va entendiendo como es la cosa? Al cuarto cielo van los sabios; al quinto quienes lucharon por la Fe; y el sexto es la casa de los justos. Pero no lo quiero aburrir con detalles, Doctor.

¿Sigue sin entender por qué los engaños, las orgías, incluso ese acceso de violencia doméstica? Yo no odiaba a mi padre, Doctor, pero hay cosas que deben hacerse. Debía seguir sus pasos, es la única forma que tengo de encontrarla. Es más, sabe algo, Doctor, ella también pasó por aquí. Quizás, usted también la haya conocido.

Fue su madre quién me dio la noticia, tardé tres meses en encontrarla. Su padre también había muerto. Fue una gran tristeza. Estuve deprimido por varios meses hasta dar con la solución: me encontraría con ella en el más allá. El único problema, era asegurarme que luego de muerto, fuera a parar al mismo lugar que ella en el Cielo. De nada serviría si yo terminaba en Júpiter y ella estaba en Saturno. Fue por eso que empecé a investigar su vida.

Fue así que me enteré de sus coqueteos con el alcohol; su moral más bien liviana; los problemas de conducta por los cuales terminaron echándola, primero de la secundaría, luego de su casa. Sus amoríos con un dealer; su incipiente adicción a las drogas duras; la orgía en que participó a los dieciocho; su paso por la cárcel luego de un intento de robo; sus estafas a jubilados; las peleas con sus padres; el período de rehabilitación en la clínica; sus ocupaciones como ramera;  las complicaciones de salud; en sí, su vida.

Una cosa es segura, Doctor, no es en el Cielo donde nos encontraremos.

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                                               Nicolás  Aimetti

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-