"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GUILLERMO MARTÍNEZ

Publicado en De Otros. el 6 de Septiembre, 2011, 10:24 por MScalona

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Entré en la casa, di un vistazo rápido al cuarto y volví a la sala. Antes de que pudiera juntar los papeles de mis clases que habían quedado esparcidos sobre la mesa, escuché dos golpes apagados. La hice pasar y se quedó por un momento con la espalda apoyada en la puerta, mirándolo todo, como si la hubiera acometido un acceso de timidez. En el auto se había acomodado el pelo, que le caía en dos mitades simétricas y lustrosas. Se veía terriblemente joven. Me acerqué y la besé contra la puerta. Su cuerpo se separó para apretarse contra el mío, como si se hubiera deshecho de una última prevención. Su boca cedía y aceptaba, cada vez más apremiante. Extraña adicción del beso, que se multiplica a sí mismo y sólo quiere llegar más profundo. En cada brevísima separación nos reconocíamos y nos volvíamos a hundir. Aun así, yo no había cerrado los ojos y espiaba sobre el borde de su nariz las largas pestañas, su cara arrebatada, el juego movedizo de la lengua, la palpitación de su garganta. Escuché en un momento el ruido metálico de su bastón, que apoyó contra la pared para pasar por detrás de mi espalda su otro brazo. Su mano subió hasta mi cuello y yo pasé la mía bajo su blusa y desprendí y liberé del corpiño su pequeño pecho. Le solté el segundo botón de la blusa y lo tuve frente a mí, un cono muy blanco alargado en un pezón rosado y casi infantil. Cuando lo llevé a mi boca Jenny se apretó contra mí y sentí el soplo de su aliento en mi cuello. Subí con mi mano entre sus piernas, separé la bombacha y deslicé un dedo, que entró profundamente. Ella gimió y se apretó todavía más, casi a horcajadas, como si fuera a subirse sobre mí. Pasé un segundo dedo y pude llegar más adentro en esa cavidad estrecha que sin embargo cedía y palpitaba y aceptaba. Estaba muy mojada y empezó a moverse sobre mi hombro para ahincarse cada vez más en mi mano. Apreté más fuerte su pezón en mi boca, sin dejar de avanzar con mis dedos dentro de ella. Sentí de pronto un temblor y un espasmo que le sacudió la espalda. Su boca se abrió como si buscara aire y se hundió otra vez en mi cuello. Quedo inmóvil, muy apretada contra mí, con el cuerpo laxo.

-¿Acabaste? –le pregunté.  

Se separó y me miró extrañada.

      -Por supuesto que acabé –y rió, con un resoplido en el aire, como si necesitara refrescarse. Tenía las mejillas muy rojas y los ojos dilatados. -¿No se notó acaso?

-Es que ni nos sacamos la ropa –dije, riendo.

-No te preocupes –me dijo-. Ya me mostraste la sala, ahora quiero ver tu cuarto.

 

 

Cuánto podré recordar ahora de lo que siguió, de ese tiempo breve y aun así fulgurante, cuánto lograré reconstruir del pasaje ensimismado de los cuerpos, siempre sorprendente, que de la nada llega a todo. Y aun así, ¿podrá la sucesión entrecortada, la lenta y trabajosa excavación de la memoria, la mera coreografía del sexo, traérmela otra vez entera, viva? ¿Podrá llevarme allá, transportarme? Habíamos llegado al cuarto y Jenny, que estaba apoyada en mi hombro y con la blusa abierta, dio una exclamación admirada al ver la cama inmensa y se sentó rebotando en el borde, como si fuera una niña. Cuando me acerqué a ella tuvo otro acceso de timidez intrigante y me pidió que apagara la luz y sólo dejara encendido el velador. Pasé una mano detrás de su corpiño. Sácate todo esto, le dije. Primero tú, me dijo y se echó un poco hacia atrás sobre los codos para mirarme. Me saqué la camisa y ella se sonrió para sí, se puso de pie y apoyó la cabeza por un instante en mi pecho, mientras sus manos acariciaban por atrás mi espalda en círculos estremecidos. Mi profesor, susurró, desde que entraste en el aula quería hacer esto, por eso estaba tan distraída. Se separó otra vez  y me miró críticamente. Me llevé dos dedos a los costados de la cintura, en un movimiento defensivo. Voy a necesitar mucho más gimnasio para deshacerme de esto. Oh no, dijo ella, nada de eso, me encanta: the handles of love. Y ahora el resto, dijo. Se sentó otra vez sobre la cama, mirándome hacia arriba, y tocó la hebilla de mi cinturón. Me bajé el pantalón y con más lentitud el calzoncillo. Mi miembro se liberó por sí solo, con un movimiento de péndulo, y en la misma oscilación, como una vara zahorí, se irguió y se estiró con vida propia hacia su boca. Lo imaginaba exactamente así, dijo ella, casi podía verlo en tu pantalón, esto también me tenía distraída. Lo rodeó con una mano. ¿Con cuál? Otro punto ciego. Lo que sí recuerdo es que me miró antes de llevárselo a la boca, y que lo fue introduciendo de a poco, sin dejar de mirarme. Se lo sacó por un instante y le pasó la lengua con un movimiento largo y blando por el costado, dejando un rastro brillante, hasta llegar otra vez a la punta, como si quisiera tomar aire para sumergirse de nuevo. Ahora había dejado de mirarme, y estaba concentrada en llevárselo cada vez más adentro, absorta en el mecanismo íntimo de su garganta, como si hubiera pasado a ser un asunto estrictamente entre ella y esa parte de mí que aparecía y desaparecía en su boca. Yo veía  sus rasgos que se deformaban bellamente, la nueva protuberancia rítmica como un latido en su mejilla, su avance orgulloso, cada vez más profundo. Sé lo saqué cuando estaba a punto de lograrlo, y me miró con sorpresa. ¿No está bien? me preguntó preocupada, con los labios todavía muy cerca de la punta vibrante. Está demasiado bien, le dije y toqué su pollera. Sacate ahora el resto. Se acostó entonces en la cama, se tapó con la sábana e hizo aparecer con una mano primero la pollera y un instante después la bombacha. Quise tirar de un borde de la sábana para descubrirla pero ella la aferró con las dos manos. No, por favor, que estoy todavía muy gorda. Ven aquí, me dijo. Me acosté desnudo a su lado y ella alzó la sábana para cubrirnos a los dos. Abrió después su cartera, que había dejado sobre la mesa de luz, y rasgó con los dientes el cuadradito antipático de un preservativo. Antes de que pudiera decir nada lo enfundó hábilmente, paso con cuidado su pierna operada sobre mí, sostuvo con dos dedos mi miembro recién embutido y se lo clavó de a poco, sentándose con los ojos cerrados y la respiración contenida. Después: ahondamiento y gemidos. Su cara arrasada de calor. Palabras en inglés entrecortadas y por dentro una segunda boca precisa, deliberada, inesperadamente sabia, que apretaba y encontraba el vaivén de una succión indetenible. Mis manos aferradas a sus hombros, hundiéndola y hundiéndome en el abismo. El centelleo líquido y fibrilante. Dolor, escalofríos y espasmo. La muerte pequeña. Y ella todavía montada sobre mí, absorta en su propio orgasmo, con los ojos cerrados, hasta caer a mi lado.   

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YO TAMBIÉN TUVE UNA NOVIA BISEXUAL

Ed. Planeta p. 70-75

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-