"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




1 de Septiembre, 2011


Madres con Ruedas: PIAZZA - CHIRIFE

Publicado en Sugerencias. el 1 de Septiembre, 2011, 19:53 por MScalona

Madres con ruedas

Una película de Mónica Chirife y Mario Piazza

Mónica tuvo poliomielitis a los seis años, durante una de las epidemias nacionales, en 1957. A pesar de que la enfermedad le ha dejado una severa disminución de la movilidad de sus brazos y piernas, Mónica ha tenido el espíritu para desarrollar su vida, trabajando como maestra particular de inglés, más tarde enamorándose y enfrentando el desafío de ser mamá. Tras el nacimiento de su hija, Mónica sintió la necesidad de testimoniar la experiencia de las mujeres en condiciones similares a la suya y emprendió la realización de un documental sobre sus "colegas", las "madres con ruedas", con la ayuda de su esposo cineasta. Las imágenes de ese documental se entrelazan con las de la propia vida familiar de Mónica y de la crianza de su hija.

Documental – 70′ – Argentina, 2007

Dirección: Mario Piazza y Mónica Chirife
Producción: Mario Piazza y Cine Ojo
Productora: Carmen Guarini
Productora ejecutiva: Paola Pernicone
Edición: Hernán Buffa, Carmen Guarini y Mario Piazza
Asistente de Edición: Diego Arévalo Rosconi

Con el apoyo de Centro Audiovisual Rosario / Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario / UNESCO – Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura / Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la República Argentina

Las madres con ruedas: Mónica Chirife, Eleonora Saccone, Noemí Sacchi, María Angélica Escalante, Viviana Marchetti, Mónica Chazarreta

Sus hijos: María Victoria Piazza, Emanuel Barba, Yamila Barba, Jessica Minuto, Andrés Minuto
Edgardo Sacchi, Débora Baena, Morena Baena, María Florencia Tallarico

Cámara: Mario Piazza, Mónica Chirife, Héctor Molina, Agustina Chirife, Josefina Chirife, María Victoria Piazza, Carmen Guarini, Alicia Viano, Jeannette Daumas de Piazza, Carlos Piazza

Asesores del Director: Ernesto Figge, Silvana Piazza, Marcelo Scalona, Daniel Mancini, Héctor Molina, Horacio Ríos

Productor Ejecutivo por la UNESCO: Michel F. Gélinas

Música: Improvisaciones en piano por Mónica Chirife; "El ángel misterioso" y "Ónix", de Nono Belvis, y "China Loop I", de Alejandro Franov, por El Umbral (Mariano Suárez en trompeta y flugelhorn, Luis Suárez en flauta, Nono Belvis en guitarra, y Fernando de la Riestra en bajo)

La muerte no es derrota si en vida se ha hecho aquello que la vida demanda. Mónica supo desde temprano que debía tomar su vida en sus propias manos. Cuando la ciencia de los médicos (algunos médicos) le indicaba resguardos extremos que encorsetarían su vida en nombre de la salud, Mónica eludió las prescripciones que agregaban limitación a sus limitaciones y salió al encuentro de la vida. Y agradeció especialmente la comprensión del obstetra, querido Dr. Julio, cuando supo valorar la procedencia de asumir el riesgo para su pobre físico al jugarse por un tercer embarazo –fallidos los dos anteriores- que finalmente resultó en esa maravilla de hija que lleva la victoria en su nombre. Contra los pronósticos y a fuerza de deseo, Mónica fue mamá, y para proclamarlo también fue cineasta. Y era para ella una muy especial satisfacción cuando llegaba la noticia de alguien a quien nuestra película había influenciado de algún modo: ya fuera una persona con discapacidad que se animaba a más o una persona (supuestamente) "capacitada" a la que el film le había ampliado la mirada. Es mi orgullo haber acompañado a Mónica en la valentía con la que afrontó su propia vida y en la pasión de su personal militancia.

                                     Por Mario Piazza

Contacto

www.madresconruedas.com.ar

PROYECCIÓN: 
domingo 4/09, 18 h en Sala La Capital con la presencia de Mario Piazza.

BOLAÑO por FABIÁN CASAS

Publicado en Ensayo el 1 de Septiembre, 2011, 19:38 por MScalona

 

 

 

Caminando por el lado salvaje

 

 

 

Sobre 2666, de Roberto Bolaño.

Anagrama, Barcelona, 2004.

 

 

 

 

Parece que la cosa fue así: La parca le golpeó la puerta a Roberto Bolaño y éste la hizo pasar y

le empezó a contar historias -algo que aprendió a hacer mientras desempeñaba múltiples oficios- con la

secreta ambición de que la huesuda se cansara de esperar y dejara la abducción del novelista para otro momento.

Pero no fue suficiente. Y Bolaño murió de una enfermedad hepática. Su libro- ahora publicado póstumo- es 2666.

Un mamotreto de más de mil cien páginas que puede servir para inflar los músculos de los brazos

y también para cambiar la percepción de realidad, si uno se anima a dejar el tiempo ordinario para embarcarse

en la lectura de esta obra maestra. Obra maestra no precisamente por la perfección -de hecho, su novela más

perfecta parece ser Estrella distante- sino por la valentía del escritor a la hora de contar historias y producir  poesía.

Porque los libros de Bolaño no sólo son <<Físicos>> por la cantidad de páginas, sino también por la empatía que produce esa máquina de narrar que es el chileno. Parece que Bolaño empezó teniendo en su norte a los escritores del boom latinoamericano, de esa admiración salió la que tal vez sea su novela más famosa: Los detectives salvajes.

Pero lo que en los detectives no despegaba del todo -tal vez por cierto estereotipo de esas malas novelas de Cortázar-,

en 2666 se vuelve una narración alucinante. Como decía Schopenhauer:  la primera- y casi la única- condición de un buen estilo es tener algo que decir. Y Bolaño lo tiene: la novela esta dividida en cinco libros con dos ejes centrales que los atraviesa a todos:  la misteriosa vida del narrador alemán Beno Von Archimboldi, por un lado.

Y por el otro, los asesinatos de mujeres que se vienen produciendo en Ciudad Juárez,

una localidad onírica y fronteriza del estado mexicano. Se sabe que Roberto Bolaño pensaba dejar estos

cinco libros para que se editaran por separado. Pero sus editores  y sus herederos decidieron publicarlos

en una sola edición. Y, la verdad, acertaron. Tal vez el segundo relato del libro, <<La parte de Amalfitanos>>,

no se podría defender bien estando sola. En cambio dentro del magma de  2666 se deja leer porque negocia

y resignifica las otras secciones.

El libro empieza con la peregrinación de tres críticos tras los pasos de Archimboldi -de quien, se dice, estaría viviendo en Santa Teresa, el nombre con el que se oculta en la novela Ciudad Juárez-. El recurso de migrar en busca

de un autor mítico ya había sido usado por Bolaño en Los detectives salvajes. En esa novela,

dos escritores lúmpenes iban tras los pasos de Cesárea Tinajero, una poetisa líder de un movimiento

radical llamado el Realismo Visceral. Pero esa vez había un error: la encontraban. En 2666, en cambio,

nadie encuentra a nadie. Con la inmensidad del desierto de fondo, una caterva de personajes memorables

van tomando el libro de a poco y hacen metástasis: así está el cronista de boxeo que termina peleándose a

golpes con mafiosos mexicanos, una diputada que trata de averiguar qué hay detrás de los crímenes de mujeres, 

los críticos que practican tríos sexuales, en una repetición demoledora, la descripción de los cadáveres que

aparecen sin ton ni son en los baldíos de un pueblo que tiene todos los ingredientes de las películas de David Lynch.

En esa frontera mexicana, y en la basura industrial que arrojan las maquiladoras donde las mujeres

que van a morir trabajan, parece estar para Bolaño, el signo de los tiempos. Basura que no puede abandonar el planeta, pájaros carroñeros volando a la espera de picar algo, detectives con nombres de famosos poetas chilenos

-Juan de Dios Martínez- y una mujer que, cuando se quiebra, dice:

<<Estoy harta de los mexicanos que hablan y se comportan como si todo esto fuera Pedro Páramo>>.

El epígrafe de 2666 es de Baudelaire y reza así: <<Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento>>.

Con esta sensación en la cabeza, Bolaño armó el bolso y, antes de partir, nos dejó este libro monumental.

 

 -

 

                                                                FABIÁN CASAS

Ensayos Bonsai,  Ed. Emecé.

MARISOL BALTARE

Publicado en relatos el 1 de Septiembre, 2011, 14:33 por MScalona

SOLOS Y SOLAS

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¿Usted viene siempre acá? Claro, porque la primera vez que lo veo… aunque yo debe ser la segunda. Pero soy muy fisonomista ¿vio? Y qué quiere que le diga… a estas reuniones yo vengo obligada. Y sí… los organizadores son conocidos, casi de la familia, y me insisten: dale Solita, vení que vos sos tan carismática y convocante. Y vengo, bah… vine una o dos veces para cumplir, pero a buscar pareja, no. Ojo, no critico a quién lo hace ¿pero sabe cuándo…? Si es hombre.

           El baño dice usted? No, ni idea dónde está. Creo que no hay.  

Sin ir más lejos las chicas de yoga me viven invitando para ir a bailar con ellas, porque dos o tres se separaron o en fin, están solas, pero nooo les digo, vayan y diviértanse ustedes. Mire si yo a esta edad voy a hacer el ridículo de ponerme una pollerita y salir a la pista a bailar. Nooo. Dale… si sos flaca me dicen y es verdad, toda la vida tuve una figurita envidiable. Uhhhh… las veces que estuve a punto de salir Reina, pero la altura no me daba, igual manejaba los tacos que era un espectáculo. Pero cada cosa a su tiempo.

               Yo enviudé hace años y para ser honesta, le digo que prefiero pecar de ermitaña que de cargosa. O soy poco sociable, o bien demasiado franca, pero amigas, lo que se dice amigas, no tengo.  Sabe que pasa? Que hablar como quien dice al cuete o como decía mi padre largar las palabras como el burro los pedos es algo que conmigo no va.

                   Usted pensará que soy anticuada y disculpe que lo corrija, pero soy educada que es muy distinto.

                Si es una urgencia vaya… pero yo, en su lugar, lo pensaría dos veces antes de levantarme de la mesa… No le digo, mire  !ahí vienen los mozos sirviendo!

                  Además yo siempre digo que nada mas molesto que hablar con alguien que cada dos frases mete una muletilla, ¿no sé si me entiende? O los que salen diciendo una cosa que no tiene pie ni cabeza con lo que uno les venía contando. Ni hablar de los que hablan ellos solos. Fíjese que yo creo que el diálogo es lo que arruina a la pareja…

                 ¿La falta de diálogo dice usted?  Sí, sí, lógicamente, a eso me refería y casi casi  me atrevo a decir que afecta las relaciones humanas en general. ¿O estoy equivocada? Ah bueno… No sé como salió el tema pero resulta que el otro día acompañé a mi nuera a una reunión en la escuela, por las notas de los chicos y hablábamos de cómo se desubica la gente… Es que se ha perdido el verdadero sentido de la vergüenza y el respeto tuve que decir casi gritando y con un golpe en el pupitre porque entre las madres y la maestra ni me escuchaban, siendo que uno cuenta con la autoridad que nos dan los años, ¿o no?

                   Ay… pero peor me pasó la otra vez que voy a hacerme un estudio de glándulas y cuando entro al consultorio me doy con un mocoso que podía ser mi nieto, haciéndose el que él era el especialista. Pedazo de alcornoque, se habrá creído que yo le iba a dar mi tiroides para que él se ponga a jugar.

                    Bueno… vaya, vaya tranquilo al baño que yo vigilo que el mozo le deje su casata y mientras, charlo con el muchacho, aunque parece que ya encontró compañía. ¿O me equivoco?      La humedad me ha puesto el pelo a la miseria y este clima para colmo que no ayuda, un horror… son las seis de la tarde y ya casi de noche. Bah… será que yo aborrezco el invierno, vaya uno a saber ¿no?

                       Disculpe que interrumpa la charla pero me preocupa el señor que estaba sentado aquí… no por mí, pero se le está derritiendo todo el helado.

¡Mozo! ¿Sería tan amable de fijarse si en el baño de caballeros hay alguien descompuesto? 

                        No no… ¿Cómo que le hice servir los platos de mi compañero y nunca nadie los tocó? No le niego que la entrada apenas si la picoteó, pero entienda que a un señor elegante como es él no le van hacer pasar paleta por jamón cocido, y si el sobretodo no está en el respaldo de la silla, es porque nunca se lo quitó de los hombros… será friolento como yo… no sé…

                        Es de gusto. Esta gente no está sola porque enviudó o por tener carácter fuerte como yo, es porque están locos. Y el mozo… ¡pobre muchacho! Se vende por unos pesos más que le untarán estas desgraciadas cuando llega una rival competente para que la haga pasar por chiflada. Así como a mí me dicen que le hablé todo el tiempo a una silla vacía, a otra estúpida le dirán que repitió seis veces el mismo plato.

                        Una pena perderse el brindis este señor y yo no ganarme un enredo con su antebrazo -pienso- pero ya ni lo digo, igual sonrío. Los miro correr las sillas para ponerse a bailar y empiezo a tener esa misma sensación de cuando estoy en casa sentada en la cocina. Me quedo quieta y miro fijo algo que es nada. Así pasaría horas, días o lo que me queda de vida. Es como si el alma se me fuera por un rato del cuerpo sin morirme. Como un anticipo del descanso eterno, porque junto con el alma se me van los deseos y las nostalgias. Hasta las manías incluso. Ni ganas de hacer cartel me dan. Sola como loca mala.

                   No es que pierda la noción de las cosas pero todo me importa menos o nada, como ahora. Lo que más me alivia es que no me importe.

Sorbo con cucharita la casata derretida mientras los otros solos ya se empiezan a ir, cada uno del brazo de la maldad que les cayó en gracia. Y yo con tanta falta de todo y ningún deseo de nada… pero a lo mejor es porque es domingo o porque ya se termina.  

                   Desde el fondo a la derecha un señor se encamina hasta donde sigo sentada, pero ya sé que tampoco él me haría feliz.

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                                                        MARISOL

LUCÍA ANDREOZZI

Publicado en Parodias el 1 de Septiembre, 2011, 13:54 por MScalona

  

  

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Mario Alberto y la prima Laura


            Mi prima de Santa Fe había venido de visita, y desde que con mamá la fuimos a buscar a la Terminal no paró un segundo de nombrarlo. Cualquier edificio, calle u objeto de esta ciudad, ella lograba, mediante intrincadas conexiones, relacionarlo con Mario Alberto. Mario Alberto, sí… todo completo marioalberto dice. Al bajar del trolebús ya sentí una ira asesina brotando de mi ser, no la soporté más. Pasaron quince minutos desde que llegó y ya quiero que se vaya, con marioalberto a cuestas si es posible. Caminamos los escasos metros que separan mi casa de la parada de la K, y creo que Laura llegó a  mencionarlo unas trece veces más.

Yo ya me iba imaginando la cara de papá, fanático enfermo de Newells Old Boys, que esos días andaba preocupado: decía que iban a probar un cuatro-tres-tres o algo así y que Montes estaba camino a conseguir el Metropolitano, y otro par de cosas que yo no entendía. Así que imaginé que papá le iba a hablar de fútbol, de estrategias y formaciones, y finalmente después de un monólogo encendido, comprendería  que a mi prima Laurita sólo le importaban los rulos de Mario Alberto Kempes. Al llegar, por suerte papá no estaba. Cuando entramos, Laura dejó la valija en mi dormitorio y antes de que me diera cuenta estaba descuartizando la revista Gente, recortando las fotos desesperadamente. Dejó la revista hecha tiras inservibles de papel, pero yo siempre había pensado que la Gente era inservible desde el mismo instante en que la tinta pegada a la hoja veía la luz, así que no me molestó.

                 El almuerzo transcurrió en un franco aumento de la tensión por parte de mamá. Laura le explicaba que sabía donde vivía marioalberto, que no estaba lejos, y que iría a estaquearse frente a la puerta hasta poder verlo. Laura se declaró como la más ferviente admiradora. No quedaban dudas. Mamá le dijo algo así como que la admiración estaba un peldaño por encima de la seducción, a Laura y a mí con nuestros dieciséis años no nos entraba una idea medianamente interesante en la cabeza, así pues mamá hablaba sola y siguió desarrollando un concepto, que años después intenté reconstruir sin éxito. Así es la vida.
                  Dado que Laura se mostraba intransigente, bajo pena de gamulanes, porque mamá dijo "sin ponerse los gamulanes no van ni a la esquina", partimos caminando por calle Mendoza hacia la residencia del  Matador. Yo odiaba  a Laura, porque hacía frío y ahora no paraba de decir que el gamulán la hacía ver como una vaca inmunda. Yo en mi cabeza le contestaba, pero ¡Andate con la camiseta de Central y cruzate el parque Independencia! ¡Vas a ver cómo le parecés seductora a todos!. Pero no lo dije. Más aún, comencé a pensar que la policía podía preguntarnos qué hacíamos estas tres mujeres paradas frente a un edificio, mirando fijamente la puerta de entrada y aunque Laura y yo vivíamos metidas en una maraña de rulos (ella en los de marioalberto y yo en los de mi novio), podíamos oír esos sonidos provenientes de las alcantarillas que nos decían que pasaba algo más. Así que no eran tiempos de andarse con actitudes sospechosas. El frío y el odio a  Laura me hicieron olvidar, y seguí caminando, pero ahora con las manos bien escondidas en los bolsillos de mi gamulán.

                    Llegamos al edificio que Laura nos venía señalando, creo yo, desde que salimos de casa, y eso que no se veía aún al salir. Eran unas torres en calle Pellegrini pasando Francia, que por suerte estaban emplazadas en un pequeño parquecito, con banquitos de cemento. Mamá y yo nos quedamos de pie. El banco, que en principio se presentó como un alivio, era en verdad un bloque de hielo gris. Laura se sentó, yo creo que no sentía el frío. Y cuando algunas personas comenzaron a salir del edificio, mi prima empezó a realizar unos movimientos repetidos, primero abría los ojos, después soltaba la mandíbula, el cuerpo comenzaba a subir a ritmo constante desde el banquito de hielo, para finalmente desplomarse sobre él, al comprobar que era una señora gorda, o un par de chiquitos con una pelota, los que salían del lugar. Llevábamos más de cuarenta y siete minutos de esta actividad infructuosa, mamá miraba los movimientos espasmódicos de mi prima, y llegué a pensar que la estaba hipnotizando. Pero no. De pronto, mamá caminó decidida y directa hacia la puerta del edificio. Laura y yo nos miramos presas del terror. Corrimos detrás de ella, y cuando estuvimos a su lado vimos cómo presionaba el botón del portero eléctrico. Una voz de señora le preguntó quién era. Así, mamá, con toda paciencia y delicadeza, relató las peripecias de Laurita, su sobrina de Santa Fe, algo adornadas por cierto. Luego se oyó un silencio largo y metálico. Mi prima comenzó a palidecer. La señora pidió que la esperásemos un instante, que ya bajaría a abrirnos. Creo que Laura entró en un trance.

                    El trayecto en el ascensor pareció eterno. Mi prima agazapada en un rincón, bajo la luz blanca del tubo miraba fijamente a la señora de la casa, mientras ella dialogaba con mi mamá como si fueran vecinas de toda la vida. Yo miraba a Laura y a las señoras, y pensaba: ahora mamá tendrá que hacer lo mismo conmigo y con Guillermo Vilas. Esta Laura siempre tenía suerte.

                   Al llegar al departamento me sorprendió que fuera tan común, incluso tenían un centro de mesa exactamente igual al nuestro.  Yo investigaba el comedor y espiaba la cocina, a mi lado Laura permanecía inmóvil. La señora y mamá seguían hablando de los precios del mercado de ahí cerca y otros temas domésticos. Entonces, la escena  se detuvo y la señora le pidió a Laura que la siguiera Luego, mamá y yo las seguimos de más atrás. Laura como si fuera hacia el cadalso avanzaba lento pero firme.

          Kempes tenía el pijama a rayas. Y. tenía que ser así. No podía ser de otra forma, pensé. Laura había despertado de su sueño profundo, nada más y nada menos que al Matador, quién después de refregarse los ojos, despertar, y entender que había tres mujeres desconocidas en su habitación, la saludó, le firmó el consabido autógrafo y le hizo un par de preguntitas de tono social.

          Laura caminaba mientras apretaba fuerte el pequeño papel contra el pecho. Durante el trayecto a casa y finalmente, en toda su estadía en Rosario, mi prima no volvió a nombrar a marioalberto. Mamá había logrado lo impensado.






                                                                            Lucía  Andreozzi

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-