"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




25 de Agosto, 2011


MAXIMILIANO RENDO

Publicado en relatos el 25 de Agosto, 2011, 11:28 por MScalona

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Claro que sí, claro que la vida es un lecho de rosas. ¿Usted nunca  ha agarrado una?

Yo sí. Para enamorarla a la Juanita, la vecina de la otra cuadra. Tenía los ojos más hermosos de la calle Buenos Aires. Yo era chico, entienda que si le hablo de mi querida calle Buenos Aires, me refiero al recorrido de Montevideo a Rioja, nunca más que eso. ¿Quién se animaría a ir más lejos, y además, para qué? La vida era esa: de Montevideo, por Buenos Aires, hasta los ojos de la Juanita.

Los años pasaron y anduve por otros caminos y lo reafirmo, señor: siguen siendo los ojos más hermosos que yo haya visto.

Le aseguro que el día que yo vuelva a pisar mi calle ya no habrá más penas ni olvido.

No importa, estaba contándole de la Juanita, le decía que ojos más hermosos no he visto, y es así, se lo sostengo. Con decirle que el grupo entero de mis amigos estaba enamorado de esos ojos. De la Juanita, por supuesto. No vaya a creer que la Juanita era sólo un par de ojos. No, para nada. Pero era eso lo que más nos maravillaba.

No, no éramos muchos, tres.

Déjeme contarle. Andrecito fue quien lo descubrió, dijo que cuando se sorprendía con alguna historia abría los ojos “de par en par, mostrando la totalidad de su hermosura”, así lo dijo. Y así era. No nos quedó otra más que inventar historias sorprendentes todo el tiempo, de pequeños gigantes, de infelices contentos, de suicidas narcisistas. Hasta encontrábamos rincones en casas redondas, hasta ese punto llegábamos.

Alguna que otra robábamos, no voy a mentirle justo ahora. Recuerdo una en particular que le hizo abrir los ojos como nunca, los muchachos rogábamos con que nunca los cierre. Y por las noches hasta rezábamos para que nuestra amada nunca pierda la capacidad de asombro.

Roberto hasta le recitaba poemas de Enrique Banchs que vaya a saber uno de dónde los sacaba. Ella no entendía, nosotros mucho menos, pero era en la incomprensión donde se escondía el asombro y en él sus ojos.

Le contaba de esa historia particular, alguna robábamos, ya se lo he dicho, la cuestión es que un día nos dimos cuenta que nos estaba gambeteando la creatividad. Sí, aunque usted no lo crea fue un día particular. No importa cuál día fue, hombre.

¿Es que sabe lo que pasa…? Uno siempre anda preocupado por lo que no tiene, usted lo entenderá. Fíjese que nadie lleva al supermercado una lista de lo que no le hace falta. Ni fanfarronea delante de los tomates al no necesitarlos, ni mucho menos se ríe de las bananas al no quererlas por nada del mundo.

Es así, señor, siempre andamos necesitando más y más. Yo mismo tengo en mi heladera, anotados en una hoja sostenida por imanes, libros, películas y nombres que quiero. Mientras tanto, lo que no me falta, ahí anda, repartido en la biblioteca, las estanterías, el placard, la indiferencia, el olvido.

Sí, mucho lío, no se imagina. Pero déjeme terminar de contarle.

La historia de la que le hablaba es Historia de los dos que soñaron, de Las mil y una noches,  nos gustaba llamarla por su número. “La 351”, le decíamos. Pero no trescientos cincuenta y uno. No, así no. La 3-51, así era. Como una ley. Nuestra ley.

Exactamente, así me hice lector, por una mina. Por una mina, qué digo, como si la Juanita haya sido simplemente una mina, como si no hubiera tenido dos ojos capaces de hacernos olvidar absolutamente de todo.

Sí, de todo. Hasta del pasado.

No, claro que no. No hablo del pasado que le cuento sino del que la excluye. Pero no importa, no importa qué paso. Perdóneme que no tenga fuerza para contarle, hoy no. Lo que quería decirle era simplemente es que la vida es un lecho de rosas, se lo dije, yo he agarrado una. Las rosas tienen espinas, señor. Pinchan, cortan y lastiman. Pruebe y le aseguro que será en ese instante, en que comprenderá, y tendrá inevitablemente que emprender, aun con penas, el largo y sinuoso camino al olvido.

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MAXIMILIANO   RENDO

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ

Publicado en Parodias el 25 de Agosto, 2011, 10:40 por MScalona

La inmortalidad del cangrejo

         

   Há metafísica bastante em não pensar em nada.

(Alberto Caeiro)

           

            Solía pasar tardes enteras pensando. Hasta que un día dejé de pensar. Ahora es casi imposible que me sorprendan con algún pensamiento en la cabeza. Muchas veces me pasa ir caminando por la calle y que algún amigo o conocido me reconozca y empiece a llamarme, y al ver que no le respondo, me toque en el hombro, y yo recién entonces caigo en cuenta.

            -Parecías un zombie. ¿En qué estabas pensado?

            -En nada.

            Si mi amigo es una persona de aquellas que no desperdiciaron su juventud leyendo libros sobre temas que únicamente pueden interesarles a alguien que haya desperdiciado su juventud leyendo libros, lo más común es que me lo deje pasar. Ahora si mi amigo es un literato, un intelectual, un filósofo (y lamentablemente tengo muchos de estos amigos), probablemente me salga con la siguiente cuestión:

            -No podés no estar pensando en nada, en algo tenías que estar pensando.

            Claro, la mente es una máquina de movimiento continuo, que constantemente esta elucubrando nuevas respuestas a viejos problemas, que a su vez engendran nuevos problemas, que resolvemos dándoles alguna de las viejas respuestas. Creo que Aristóteles dijo algo como esto, pero no estoy seguro. En todo caso, Aristóteles estaba equivocado (si es que dijo algo como esto). Por lo menos mi mente es perfectamente capaz de mantenerse en un estado de ivernación total, sin que nada como un pensamiento la perturbe.

            Pertenezo a una agrupación universitaria, lo que podrá parecer contradictorio, pues como todo el mundo sabe, un militante de la ideología que sea no hace, en verdad, casi otra cosa que pensar. Mi falta de ideas, en contraposición con la sobreabundancia de las suyas, ha llegado a exasperar a mis cófrades, y más de una vez me sugirieron, muy amablemente, que abandonara sus filas. El problema es que, según lo veo, abandonar algo, tanto como emprender algo, requiere un mínimo esfuerzo reflexivo, y ya que soy incapaz de esto, sólo pude optar por la inercia, seguir estando allí, y participar de tanto en tanto en aquellos mitines en los que nunca tengo nada que aportar.

            -Estas nuevas medidas del rector son un ataque directo contra el pensamiento independiente en el ámbito universitario, por lo cual pienso que es nuestro deber manifestarnos en su contra, si queremos salvaguardar la integridad de la educación pública.

            Aplausos.

            Alguien al lado mío me pregunta:

            -¿Qué pensás?

            -Estoy de acuerdo.

            -No me parece- dice otro-; yo pienso que estas medidas apuntan más bien a fortalecer la educación pública, y que deberíamos apoyarlas.

            Algunos murmullos desaprobatorios.

            Otra vez la pregunta.

            -¿Qué pensás?

            -Estoy de acuerdo.

            El hecho de no pensar no me impide tener algunas opiniones. Claro que, al no haber un pensamiento propio que las sustente, éstas sólo pueden nacer del contacto más puro con la inmediatez. Soy, por tanto, e invariablemente, de cualquier opinión que escuche.

            -¡No puede ser que estés de acuerdo con todo! ¡Tenés que tener alguna opinión sobre algo!

            -Sí, tenés toda la razón.

            Mi actitud más auténtica es darle la razón, con total sinceridad, a quien quiera que me hable. Sorprendentemente, esto no siempre complace a mis interlocutores.

            -¡Decinos de una vez qué pensás!

            -Honestamente… no pienso en nada.

            Detrás de mí oigo algún que otro comentario. "Qué hijo de puta", "éste es un pelotudo". Cosas por el estilo.

            -Pienso- acota uno- que deberíamos darle al compañero la oportunidad de expresar sus opiniones con mayor libertad, en lugar de hostigarlo.     

            -Bueno, que hable entonces. ¡Dale, hablá!

            La concurrencia hace silencio.

            -Compañeros… creo que es clara la razón por la cual estamos acá reunidos. Se trata de dilucidar si las últimas medidas del rector atentan o no contra los intereses del estudiantado. Al respecto, opino, como el compañero Darío, que las medidas del rector se traducen en un alarmante vaciamiento de contenido en las carreras humanísticas, y en un empobrecimiento general en las condiciones de cursado en nuestra facultad, por lo cual deberíamos tomar acciones efectivas en el menor tiempo posible. Opino también que, como señala el compañero Sebastián, las susodichas medidas contribuyen a fomentar una estabilidad tanto política como institucional  que sólo puede favorecer a la universidad pública, por lo cual deberíamos apoyarlas incodicionalmente.

            Automáticamente, muchos de los concurrentes se levantan con la intención de insultarme, y quizás de agredirme físicamente. También mi novia, militante acérrima, me grita desde su lugar:

            -¿No estás jodiendo? ¡No dijiste nada!

            -Dije lo que pienso, ni una palabra menos.

            -No podés estar de acuerdo con ellos y con nosotros. ¿No entendés? Estamos diciento exactamente lo contrario. ¿De qué lado estás?

            -Pues si se trata de estar de un lado o del otro, entonces yo definitivamente estoy…

            Alguien grita "con el rector".

            -…con el rector.

            Alguien más grita "contra el rector".

            -… o contra el rector.

            Murmullo general.

            Poco a poco va decreciendo, hasta que la sala queda en silencio. Yo sigo en pie frente a todos, sin que un solo pensamiento se me cruce por la cabeza. Finalmente alguien habla.

            -¡Siempre es lo mismo! ¡No sé por qué seguimos trayendo a este pelotudo a las asambleas!

            -No podemos no traerlo, es el presidente del centro de estudiantes.

            Después de debatir un rato más, se acuerda disolver la asamblea en un perfecto desacuerdo. Las partes se retiran, hasta que sólo quedamos yo y algunos integrantes de mi camarilla, que me miran con un aire de reproche. Yo les devuelvo una mirada que debe parecerles tan neutra como la de un perro o un gato idiota. Ellos seguramente estarán pensando en alguna conjura; quizás esperarme a la salida y golpearme en la cabeza con algún objeto contundente, hasta matarme o por lo menos dejarme en coma por un tiempo. Yo, en cambio, no pienso en nada, o en todo caso, sigo dándole vueltas a aquel único problema que desde hace un tiempo, ocupa algo de espacio en mi mente, el único que tiene algún sentido, el de la inmortalidad de los cangrejos. Tal vez cuanto menos piense, más cerca estaré de resolverlo.

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                                                           JUAN M. RODRÍGUEZ

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-