"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




19 de Agosto, 2011


ALICIA GARCÍA CURUTCHET

Publicado en Cuentos el 19 de Agosto, 2011, 14:59 por MScalona

La última estación

Hacía años que el ferrocarril había dejado de pasar por el pueblo. Dijera un hombre de la empresa por la radio: “El ramal es deficitario; hemos hecho grandes esfuerzos para mantenerlo en funcionamiento, pero la realidad es que el cierre es la única solución.” Los habitantes escucharon atentamente la noticia, y muchos pensaron que al final nada iba a suceder, pero en pocos meses comenzaron a sentir en carne propia la crueldad del desamparo. Por eso la mayoría abandonó el pueblo en busca de mejores horizontes. Los pocos obstinados que se quedaron fueron testigos de la caída de la antigua estación, en cuya vereda vegetaban, desmañados y enfermos, al menos veinte paraísos. Siempre oportunistas, los chimangos anidaban en los huecos de los troncos, desde donde vigilaban lo poco que aún quedaba para vigilar. Esa noche, los últimos pajarracos que se negaban a abandonar el pueblo vieron una silueta avanzar hacia lo profundo del pajonal como alma que lleva el Diablo. Vieron al hombre llegar y frenar en seco. Una segunda figura vestida de negro salió a su encuentro desde los fondos del último andén. No hubo saludos, apenas unas palabras que sonaron vacilantes.

-          Tenés que ayudarme, Gringo…-  La voz de la Lucecita hizo que el corazón del peón diera un respingo. Los chimangos abrieron grandes los ojos y prestaron atención.

-         Viniste…-

-         ¿Cómo no iba a venir? –

-         Como la última vez… -

-         Sos rencoroso, che. – La Lucecita sonrió desplegando los artilugios estudiados que siempre le habían dado resultado; miraba al piso mientras se acariciaba las trenzas, y con el pie derecho pisoteaba un yuyo aplanando un poco la tierra. – Yo te avisé que no iba a poder venir, el papá me vigilaba. Y por eso te quiero hablar, me tenés que ayudar…-

-         No, no me avisaste. – dijo el Gringo amargamente. Y en el momento en que el reproche salía de su boca, por la cabeza le iba pasando una sucesión de imágenes como naipes mal barajados, que saltaba de una a otra y se detenía en la visión anhelada de la Lucecita bajo su cuerpo, en medio del pajonal, los dos removiendo la tierra con el deseo cruel de la pampa.

-         Bueno, pero tuve la intención. ¿O vos pensás que soy mala? No, yo no soy mala, tengo miedo nomás. Miedo porque veo cómo todo se complica y no soy dueña de vivir mi vida, de poder hacer lo que yo quiera; siempre vigilada, siempre pensando en las cosas que se andan diciendo por ahí. A mí no me gusta vivir así, Gringo. Yo no quiero vivir así.- hizo una pausa y clavó el verde de sus ojos en el pardo oscuro de los del Gringo. – Y yo sé que vos me querés, me querés bien. Por eso te pido ayuda, porque sola no puedo hacer nada… –

-         ¿Y yo qué puedo hacer? Si no soy nadie. – la voz del Gringo ya no tenía la firmeza y convicción de siempre, en cada palabra había un poco de tristeza y amargura que formaban, en el conjunto total, una desolación profunda. – Yo no puedo hacer nada, Lucecita, más que soportar…-

-         Gringo, yo te conozco. Y no soy tonta, aunque parezca. Yo sé que no sos el simple peón que decís, y sé muy bien que escondés algo mucho más peligroso que la habilidad con la guitarra. Si hay alguien que puede hacer algo acá, sos vos, ¿me entendés? No tengas miedo, yo necesito un hombre con coraje ahora, no un miedoso. –

La cara del Gringo se transformó. La amargura mutó en fiereza contenida y los ojos pardos brillaron en la oscuridad que cubría los alrededores de la abandonada estación. Ahora las imágenes en su cabeza corrían veloces como un tren fantasma. Una tras otra las estaciones se sucedían en los pensamientos del Gringo pero todas eran fugaces; los vagones traqueteaban por una vía que él mismo creía ya abandonada y fuera de servicio, pero a medida que los rieles tomaban temperatura el tren aceleraba y aceleraba, revolvían en su interior los recuerdos más secretos. La voz de la hija de Barzola lo sacó del vértigo justo en el momento en que la formación se detenía de golpe en la estación más ominosa y lo volvió a la realidad con un susurro extorsivo.

-          Sacame de acá, Gringo. Si me librás de todo esto puedo ser tuya para siempre. Vámonos de acá, dejemos este pueblo atrás. –

La luz entre ambos cuerpos se apagó de repente. La Lucecita avanzó hasta palpar los brazos acerados del peón, quien de haber intuido cuánto daño le haría esa mentira se habría apartado en el instante. Pero la carne es blanda. La Lucecita le desabrochó dos botones de la camisa, le besó el pecho y siguió subiendo por el sudoroso cuello hasta las orejas con los labios entreabiertos. Alterado, jadeante como un perro con sed, el Gringo parecía echar luz por la piel. Estaba listo para descender a los infiernos y vencer a Satanás en su propia salamanca si era necesario. Su boca se había inundado de una saliva espesa que asomaba hecha espuma por las comisuras de sus labios. Así y todo se besaron por un instante, hasta que la diestra del Gringo comenzó a levantarle muslo arriba la falda a la muchacha. Pero la Lucecita se apartó violentamente, acomodándose la ropa, las trenzas y el pañuelo que llevaba al cuello.

-         No, Gringo. No te apures. Es mejor que me vaya…tengo que volver antes de que el papá descubra que no estoy. Ya sabés cómo es él, tarde o temprano lo va a averiguar, lo nuestro, digo… Pensá bien lo que te dije. -

Los extensos terrenos del ferrocarril se desplegaban ante el Gringo como una sábana blanca bajo la luna. Habían adquirido una nueva fisonomía en la cual ahora podía reconocer no sólo sombras, sino también claridades. No hubo despedidas. La muchacha giró y sin más emprendió el regreso. Él la acompaño con la mirada hasta que en la distancia su ropa negra la disimuló en la oscuridad. El hombre se arremangó, la sangre le hervía en las venas. No traía reloj, pero sabía que el tiempo había pasado sin clemencia. Andar por las calles a esa hora sería tan desaconsejable como volver a su rancho y meter al Pichón en sus propios problemas. En poco tiempo llegaría el alba, y las tareas en la estancia comenzaban siempre al cantar el primer gallo. Al rojo como una fragua, el Gringo emprendió la caminata. Le quedaban quince kilómetros y mucha oscuridad para enfriarse y pensar qué hacer con Barzola, con la Lucecita y con su vida. Algunos trenes hay que tomarlos una sola vez en la vida, pensaba. O a lo mejor no. A un costado, refugiados por los paraísos, los chimangos lo vieron irse con su paso enérgico, agitaron un poco las plumas y cerraron los ojos esperando el amanecer.

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La culpa no es del toro

 

No solamente niebla había traído la primavera, sino también una seca brutal que de a poco fue convirtiendo al arroyo en un alambre de vidrio. Entre las costras desordenadas del lecho marrón, la vida y la muerte se las arreglaban para seguir adelante. Y los chimangos, de parabienes. Pajarracos de porquería. Con ojos turbios y desafiantes calculaban el resultado de la deprimente ecuación; mucho animal sediento, poco pastizal en pie, apenas yuyos… mucha víbora. No era raro que en ocasiones, al irse la niebla, quedara a la vista alguna osamenta de vaca desparramada sobre la tierra. Desorientadas, pisaban a las cruceras; al rato flaqueaban las patas y se recostaban suavemente sobre un costado. Se entregaban mansas e ignorantes a la muerte lenta. Después, los gases de la pudrición las inflaban, las deformaban, las transformaban en carroña. Un espectáculo feo para cualquiera, salvo para los chimangos que esa mañana amanecieron alrededor del cuerpo helado del peón Juan Gauna.

Al mediodía el aire estaba limpio y no había nubes que se animaran a tapar el sol, como si la niebla se hubiera retirado de golpe para facilitar el hallazgo macabro.

-        ¿Ve usted lo que yo, comisario?-

-        Yo estoy viendo lo que usted verá en un rato, Carlini.-

Justo Becerra y el oficial Carlini bajaron por la pendiente. Carlini seguía al comisario un par de pasos atrás, un poco porque iba anotando prolijamente sus observaciones y otro tanto porque que era cortito como tranco ‘e pollo. Ambos sabían que la naturaleza tenía sus propias leyes, seguramente cercanas a las de Dios, si es que éste existía. No poseían el espíritu rústico de la gente del campo, aunque sí un olfato muy delicado al momento de rastrear a quienes se apartaban de las leyes del Hombre. Odiaban el haberse mojado los zapatos, las medias y los pantalones del uniforme con el pasto aún húmedo, pero no lo hablarían hasta llegar al patrullero, en privado. Los sabuesos tenían un motivo muy poderoso para estar ahí: el segundo cadáver que en pocos días había aparecido en la órbita de la estancia. Al llegar al potrero de los toros, un hombre con cara de pocos amigos los recibió con la diestra extendida.

-        Barzola, a sus órdenes. -  Antes de las presentaciones de rigor, los oficiales cruzaron una mirada inequívoca.

El lote estaba vacío. Carlini echó un vistazo rápido y comenzó a caminar meditando cada pisada. Avanzaba dos pasos, se detenía, miraba el cielo, anotaba en la libreta, daba un paso más, volvía la vista hacia Becerra y Barzola, avanzaba. Le llevó cinco minutos llegar hasta el esquinero contra el que estaba apoyado el cadáver. Era evidente que lo habían movido hasta allí, nadie se muere de una cornada de toro y queda acomodado de manera tan gentil. Hasta Carlini sabía eso. El pobre Gauna tenía la espalda apoyada contra el esquinero y la cabeza ladeada como tomando una siesta contra el alambre de púa. Carlini espantó con un gesto a dos chimangos irrespetuosos que le picoteaban la cara. Uno de ellos se alejó con un aleteo desprolijo; de su pico colgaba la gelatina albiceleste que Gauna solía llevar por ojos. Bichos de mierda, pensó Carlini. Miró el cuerpo del peón sin emoción alguna, no era el primer muerto que le tocaba inspeccionar. Sobre el pecho descubierto de Gauna se veía la cornada limpia y brutal; tenía la camisa pegoteada con tierra y sangre, varios rasguños en los brazos y los puños apretados. El ojo izquierdo, que se había salvado del saqueo de los pajarracos, sostenía una expresión que Carlini no pudo evitar reconocer. Mientras el comisario y el capataz seguían hablando desentendidos, se puso a inspeccionar, usando el lápiz como herramienta forense, las evidencias que el cuerpo ya tieso de Gauna le brindaba.

-        Espesa la niebla… – dijo Becerra mirando fijo a los ojos de Barzola. –

-        Ajá. – respondió Barzola secamente. – A mí no me disgusta del todo, lo que tiene de malo es que en mañanas así la peonada se me resiste a arrancar. Les falta coraje, se ve. –

-        Parece que a éste no le faltaba. Pero ahora no le quedó nada, le falta todo. –

-        Ah, el pobre Gauna, la excepción a la regla. Un tipo diferente a las otras lacras. Una lástima. –

-        Una lástima, pero lo mandaron a arreglárselas a tientas con animales tan peligrosos. – retrucó Becerra sin bajar la mirada. – ¿No le parece, mi amigo? –

-        Cosas del patrón… y del agrónomo. Yo obedezco nomás. De lo único que entiendo es de órdenes, no de propósitos, comisario. El patrón no está, pero si quiere le llamo al ingeniero. – Barzola extrajo de su campera un cigarro armado y le dio mecha con un encendedor de bronce algo desvencijado.

-        ¿Y el toro? – preguntó Becerra ignorando las últimas palabras del capataz.

-        Andaba nervioso, así que tuvimos que llevarlo con los demás al lote del fondo. Si estuviera acá ni usted, ni el inspector, ni yo estaríamos conversando tan tranquilos. Martínez es una fiera. –

-        ¿Martínez? -

-        Así se lo llama. No me mire raro, yo no le puse ese nombre. –

-        Al oficial Carlini y a mí nos gustaría verlo más de cerca… – arremetió Becerra mirando con ojos entrecerrados para el lote del fondo, donde la torada se mantenía todavía ajena a la tragedia.

-        Como guste, ya le mando un peón para que los acompañe. Yo debo disculparme, pero un asunto urgente me reclama. Si no tienen más dudas…-

Barzola se dio vuelta y levantando los brazos llamó a uno de sus hombres. En ese momento, Carlini se acercó hasta los dos hombres. Se paró a la par del comisario y sin que Barzola lo notara le puso algo en la mano a Becerra. Éste lo palpó con la palma y las yemas, pero ni siquiera amagó mirar de qué se trataba. Entre los dedos agarrotados del cadáver de Gauna, la pericia de Carlini había descubierto un pedazo de piolín de unos treinta centímetros de largo; su olfato para aquellos asuntos le decía que se trataba de una pieza importante para entender el accidente entre el malogrado Gauna y el angus reproductor.

-        No por ahora. Vaya nomás. – dijo el comisario, expeditivo.

-        Por acá estaremos. – respondió el capataz.

Los tres hombres se estrecharon las manos como estudiándose la fuerza y la astucia. El peón que había llamado Barzola llegó hasta ellos.

-        Acá está… – comenzó a decir Barzola, pero el comisario lo interrumpió sin que pudiera terminar la frase.

-        El Gringo. Ya nos hemos visto las caras.-

-        Buenos días. Comisario, oficial…- la voz reposada del Gringo llevaba la misma serenidad del primer interrogatorio, tras el homicidio del Lorenzo.

-        Acompañe a los oficiales al lote cuatro, a ver a Martínez. – Barzola finalizó la conversación y apurando el tranco por la pendiente se alejó del potrero.

Una hora más tarde, Becerra y Carlini se quitaban los zapatos y las medias empapadas dentro de la relativa comodidad del patrullero. Habían hablado con el Gringo sin poder obtener mayores detalles. Si bien parco, el hombre parecía sincero en su desconocimiento de los hechos. Al menos, esa era la impresión que le había causado a Carlini y que quedara registrada en su libreta de notas, además de una disquisición  humanizada del instinto asesino de un Martínez que lamía de su cuero la sangre seca de Gauna. De todas maneras, se le recomendó que no se alejara de la estancia. El comisario, ensimismado, pensativo, escuchó el informe preliminar de Carlini mientras jugueteaba con el piolín, estimando su resistencia y olfateándolo de a ratos. Cuando el oficial hubo terminado, Becerra levantó la mirada, arrojó la prueba sobre la libreta y poniendo en su voz un tono afectado por la soberbia dijo:

-         Si mi olfato no me engaña, hemos estado hablado con el asesino.

 

 

ALICIA GARCÍA CURUTCHET

 

KATHERINE MANSFIELD, prefacio a DIARIOS

Publicado en Ensayo el 19 de Agosto, 2011, 0:39 por MScalona

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PREFACIO A SUS DIARIOS

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            Katherine Mansfield (Katherine Middleton Murry, de soltera Kathleen Beauchamp) nació en Wellington, Nueva Zelanda, el 14 de octubre de 1888. Era la tercera de una familia de cinco hijos. Los Beauchamp llevaban tres generaciones en Australia y Nueva Zelanda. Katherine Mansfield pasó la mayor parte de su infancia en una pequeña aldea llamada Karori, a pocas millas de Wellington, donde había una única escuela, en la que compartió las clases con el hijo del lechero y las hijas de la lavandera (véase “La casa de muñecas”). Está documentado que a los nueve años le aceptaron su primer relato –recuerdo haberla oído decir que apareció en una revista llamada The Lone Hand- y que, a esa misma edad, ganó el primer premio de redacción de la escuela de la aldea. El tema fue “Un viaje marítimo”.

         A los trece años la enviaron a estudiar a Inglaterra, al Queen’s Collage, en Harley Street, donde permaneció hasta los dieciocho años, y se encargó de la edición de la revista escolar. Como otros jóvenes de su generación, su libertad intelectual despertó gracias a su admiración por Oscar Wilde y por los “decadentes” ingleses, pero su interés derivó pronto de la literatura a la música. Se convirtió en entusiasta y excelente intérprete del violonchelo.

         En contra de su voluntad volvió a Nueva Zelanda y pasó los dos años siguientes en rebelión casi constante contra lo que entonces ella consideraba la estrechez de miras y el provincianismo de una ciudad colonial lejana. Como es natural, Londres le parecía el centro vital de toda actividad artística e intelectual. Una familia de Wellington dedicada a la música, íntimos amigos suyos, que eran para ella un oasis en lo que le parecía entonces un desierto intelectual, dejaron Nueva Zelanda para instalarse en Londres. Su partida la desesperó, y se enroló en una dura expedición a la selva neozelandesa. A su vuelta a casa, convenció a sus padres para que le permitieran vivir en Inglaterra con una pequeña asignación económica.

         Poco después, abandonó definitivamente la música por la literatura. Sin descanso y sin éxito empezó a enviar manuscritos a los editores y, en su esfuerzo por sobrevivir, vivió una serie de experiencias variadas como intérprete de papeles menores en compañías de ópera itinerantes y otros trabajos de este estilo, hasta que el editor de The New Age reconoció la calidad de sus escritos, de modo que entre 1909 y 1911 colaboró con bastante asiduidad en el periódico. En 1911 publicó En una pensión alemana, una serie de relatos que había escrito para The New Age, basados en su convalecencia en Alemania. El libro se ganó el inmediato reconocimiento. Había alcanzado su tercera edición cuando las ventas se vieron desastrosamente interrumpidas por la quiebra inesperada del editor. La autora recibió un adelanto de quince libras esterlinas a cuenta de los derechos de En una pensión alemana, que naturalmente nunca llegaron.

La conocí en diciembre de 1911, en casa del novelista W.L. George. Yo era entonces estudiante de Oxford y editor, junto con Michael Sadleir de una revista literaria juvenil llamada Rhythm. Katherine Mansfield empezó a escribir para relatos para ella con regularidad. El primero, “The Woman at The Store”, de escaso éxito. Katherine Mansfield y yo coeditamos los tres últimos números de la revista Rhythm, que duró aproximadamente un año más, y pasó a titularse The Blue Review. La mayor parte de los relatos que escribió para la revista, a veces dos al mes, volvieron a publicarse en Algo infantil y otros cuentos.

         Cuando, en julio de 1913, desapareció The Blue Review, Katherine Mansfield se quedó sin un lugar donde escribir. Todos los editores a los que envió el bellísimo relato “Algo infantil pero muy natural”, escrito en París en diciembre de 1913, lo rechazaron sin excepción. No hubo manera de colocar ninguno de sus relatos hasta el invierno de 1915, cuando ella, D.H. Lawrence y yo preparamos tres números de una pequeña revista, escrita enteramente por nosotros tres, llamada The Signature. La revista desapareció a los dos meses, y de nuevo Katherine Mansfield se quedó sin lugar donde escribir hasta que me convertí en editor de The Atheneum, en 1919. En 1918 algunas revistas inglesas publicaron tres de sus relatos. “Felicidad” en The English Review; “Cine” y “El hombre apático” en Art and Letters. En 1917, sin embargo, Hogarth Press publicó Preludio y otros relatos en forma de pequeño libro azul, y en 1918 mi hermano y yo editamos Je ne parle pas français para distribuirlo en privado.

         Preludio marca el principio de la fase final del desarrollo artístico de Katherine Mansfield. Como a otros muchos autores de su generación de menor talento que el de ella, la guerra le produjo un gran impacto interior. Durante bastante tiempo se vio superada por el caos al que estuvieron sometidos sus pensamientos, sus ideales y propósitos. Lentamente empezó a pensar en su primera infancia como una forma de vida al margen y no contaminada por la civilización mecánica que había desencadenado la guerra. El momento clave llegó en 1915 cuando su muy querido hermano menor llegó a Inglaterra para alistarse como oficial en el ejército inglés. El encuentro con él fue el núcleo en torno al que cristalizaron sus cambios de actitud. Ambos hablaron sobre su infancia durante largas horas, y Katherine Mansfield decidió dedicarse a recrear su pasado tal como lo había vivido y sentido en Nueva Zelanda. La muerte de su hermano un mes después la confirmó en su propósito y muy poco después se instaló en Bandol, en el sur de Francia, y empezó a trabajar en un relato largo sobre su infancia llamado “The Aloe”, que se publicó en forma abreviada como Preludio.

Cuando apreció Preludio como un libro azul, no despertó interés alguno. La mayoría de los periódicos a los que se envió no le dedicaron ningún comentario y los dos que los mencionaron no vieron en él nada excepcional. Pero Katherine Mansfield tuvo su momento de éxito cunado el impresor local de cuyos talleres salió el libro, al leerlo, exclamó: << ¡Vaya! Pero, ¡si estos niños son reales! >> Katherine prefirió siempre las alabanzas de la gente sencilla, no literaria, a las de las personas cultas y a las de los críticos; esta preferencia se intensificó con el tiempo, cuando, tras la publicación de Felicidad, empezó a recibir cartas de personas sencillas a las que había gustado la obra, sobre todo el personajes de la niña Kezia. Se sentía responsable ante este tipo de lectores y creía que estaba obligada a decirles la verdad y solo la verdad. Su preocupación por la verdad, tanto en su narrativa como en su propia vida, se convirtió en una pasión devoradora en sus últimos años. Mansfield se aparto de la literatura moderna: solo le parecía <<verdad>> una parte muy pequeña de ella. <<Los escritores no son humildes>>, solía decir; no estaban al servicio de las grandes causas a las que se debe la literatura.

Entretanto Preludio no pasaba de ser un succés d´estime, si es que llegaba a serlo. Su calidad verdaderamente original y única no se valoró de verdad hasta que apareció como primer relato de Felicidad.

En diciembre de 1917, justo al terminar le revisión del manuscrito de Preludio previa a la impresión, Katherine Mansfield sufrió un ataque serio de pleuresía. La tristeza y depresión de un Londres sin sol, ensombrecido en ese momento por la guerra, afectaron profundamente a una persona como ella, que había pasado su infancia en un clima más benigno. Añoraba el sol; confiaba en que con solo volver a Bandol, la aldea al sur de Francia que tanto amaba, se repondría inmediatamente. Abandonó por tanto Inglaterra a principios de enero de 1918, pero en aquel último año de guerra las condiciones para desplazarse por Francia habían empeorado tanto que las dificultades del viaje (que tuvo que realizar sola) perjudicaron su salud. Para su desilusión, la misma ciudad de Bandol había cambiado totalmente, también la guerra la había echado a perder. En cuanto llegó, enferma y sola, le entró un gran deseo de regresar a Inglaterra. La mala suerte se tiñó de tragedia al impedirle su regreso inmediato. Las autoridades tardaron semanas en concederle permiso para volver, el día en que llegó por fin a París, debilitada y muy enferma, se inicio el largo bombardeo de la ciudad y se suspendió el tráfico civil entre Inglaterra y Francia. Los sufrimientos del viaje a Francia transformaron su pleuresía en tuberculosis.

Pasó el verano de 1918 en Looe, en Cornualles, y regresó a una casa nueva en Hampstead para pasar el invierno. En la primavera de 1919 me hice cargo de la publicación de la revista The Atheneum, y ella empezó con sus críticas de novelas, colaboraciones semanales que firmaba con sus iniciales, K.M., y que no tardaron en hacerse famosas. Poco después pasó a escribir un relato mensual para la revista. Pronto algunos editores le pidieron, por primera vez, que publicara sus relatos compilados y a principios de 1920 apareció Felicidad por la que le pagaron cuarenta libras esterlinas.

Antes de que apareciera el volumen, se vio obligada a abandonar Inglaterra a causa de su enfermedad. Pasó el invierno de 1919-1920 en Ospedaletti y Mentone, donde le llegó la noticia del éxito de su libro. Volvió a Hampstead en verano, y en septiembre se dirigió de nuevo a Mentones, de donde partió en mayo de 1921 para trasladarse a Montana, en Suiza.

En el otoño de 1921 terminó Fiesta en el jardín y otras cuantos, que se público en la primavera de 1922 mientras la autora estaba en París, adonde acudió en febrero para recibir un tratamiento especial. Tras la publicación de Fiesta en el jardín y otros cuantos fue considerada la autora inglesa más destacada de su generación.

Pero ya en 1922 escribir le resultaba una lucha casi imposible, no solo por la enfermedad, sino por la convicción interna de que antes de seguir escribiendo, antes de merecer expresar toda la verdad que su imaginación era capaz de comprender, le era imprescindible someterse a un proceso de purificación interior. En julio 1922 terminó <<El canario>>, el último relato completo que escribió. En el mes de octubre de ese mismo año abandonó la escritura, temporal e intencionadamente, y se retiró a Fontainebleau, donde murió repentina e inesperadamente la noche del 9 de enero de 1923.

Me resulta difícil intentar valorar críticamente el trabajo de Katherine Mansfield. Durante años estuve implicado en él. Creí en él, lo publiqué, y en algún caso esporádico lo imprimí con mis propias manos. Y ahora, y siempre, me es y me será imposible distanciarme de él. Solo puedo decir que su trabajo me parece de una finura y pureza superior a la de sus contemporáneos. Es más espontáneo, más vivido, más delicado y más hermoso. Katherine Mansfield respondió a la vida más intensamente que cualquier otro escritor que yo haya conocido, y el efecto de la intensidad de su respuesta está en su obra.

Es más afín a la de los poetas ingleses que a la de los autores en prosa. No se la puede relacionar con ningún autor en prosa inglés. La revolución que Katherine Mansfield introdujo en el arte del relato corto en Inglaterra fue tontamente personal. Son muchos los autores que han intentado continuar su trabajo; ninguno ha alcanzado un resultado medianamente comparable. Su secreto desapareció con ella. Y los numerosos críticos que han intentado definir las cualidades de su trabajo y lo que lo hace imposible de imitar  se han visto obligados a renunciar a su empeño, desesperados. Es digno de consideración, sin embargo, que la admiración más incondicional por su trabajo proceda sobre todo de los autores de relato breve más destacados de Inglaterra: H.G Wells, John Galsworthy, Walter de la Mare, H.M. Tomlinson, Stacy Aumonier, Barry Pain, Ethel Clburn Mayne. Estos autores la aclaman con una sola voz como Hors concours, aunque, como a cualquier crítico, les resulta muy difícil decir en que radica su superioridad. Tal vez el hecho más destacado es que sus obras han alcanzado un éxito popular poco común. Seguramente por tratarse de un arte de índole extrañamente instintivo,  muchas personas sencillas leen y adoran sus relatos, y reconocen en sus personajes una realidad viva muy poco frecuente en la literatura. Y es posible que la crítica más sencilla sea la más verdadera, y que el juicio más adecuado sobre su escritura sea la del impresor que ya he citado: <<Pero 1si estos niños son reales>>!

A quien, como yo, la conoció íntimamente, y (en cierto sentido) trabajó con ella durante la mayor parte de su carrera de escritora; a quien copió y puntuó y critico sus relatos mientras los estaba escribiendo, le resulta imposible silenciar un aspecto de su naturaleza que, en mi opinión, fue clave para comprender una cualidad muy particular de su trabajo: solo se me ocurre describir esta extraña cualidad como una clase de pureza. Es como si el espejo a través del que contemplaba la vida hubiera sido diáfano como el cristal. Y esta cualidad de su trabajo se correspondió con una cualidad de su vida. Katherine Mansfield fue natural y espontánea como ninguna otra persona que yo haya conocido. Parecía adaptarse a la vida como una flor se adapta a la tierra y al sol. Sufría intensamente y gozaba enormemente; pero su sufrimiento y su gozo no eran nunca parciales, llenaban todo su ser. Fue completamente generosa, completamente valiente, cuando se entregaba a la vida, al amor, a aquel espíritu de la verdad al que servía, lo hacía con la grandeza propia de una reina.  Amaba la vida- con toda su belleza y su dolor-; aceptaba la vida es su totalidad  y tenía derecho a aceptarla porque había soportado todo el sufrimiento con el que la vida es capaz de castigar a una sola persona.

He redactado este breve esbozo biográfico para informar a las numerosas personas que me han preguntado sobre los detalles de la vida de Katherine Mansfield. Lo incluyo aquí como telón  de fondo de Diario y de los dos volúmenes de cartas que estamos preparando para su edición. En cuanto al Diario, el texto exige también unas pocas palabras introductorias. En varios momentos de su vida Catherine Mansfield consideró escribir para su publicación <<una especie de libros de notas detallado>> (véase la entrada del 22 de enero de 1916). Sus manuscritos demuestran que la aurora intentó en tres ocasiones poner en práctica   su proyecto, y en una incluso llego a pedirme que buscara un editor que lo publicara. Las notas para ese <<libro de notas>> procederían de entradas en su diario. En unos pocos casos, en mayo de 1919, por ejemplo, la entrada original del Diario y la nota constan en el texto, una junto a otra.

El resto del material que compone el Diario es diverso: notas breves (y a veces difíciles) para relatos, fragmentos de diarios cartas no enviadas y confesiones dispersas por sus manuscritos. En estos casos he añadido una explicación mínima para hacer los comprensibles.

A excepción de una única entrada, el Diario empieza en 1914. <<Los enormes  y quejosos diarios>> a los que se refiere Katherine Mansfield (14 de febrero de 1916) se destruyeron todos los Mansfield era implacable con su pasado, y no me cabe duda de que ha sobrevivido es casi totalmente lo que, por la razón que fuera, ella quiso que sobreviviera.      

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JOHN MIDDLETON MURRY

Esposo, editor, co-autor de K.M.

otra fiesta literaria

Publicado en Sugerencias. el 19 de Agosto, 2011, 0:07 por MScalona

mañana viernes, 21,30 hs. 

VIAMONTE   1111- Rosario

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Time
MAÑANA  21:30pm - 

Location
Centro Cultural Panta Rei

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Poesía, teatro, performance, intervenciones, fotografía, música, ruido, furia, paisajes, ball…enas, guardianes, centeno, algodón, carretera, ¡y nada nada de ley seca!

¡Vendría Bukowsky! ¡Vendría Hemingway! ¡Vendría Faulkner! ¡Vendría Salinger!

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¡Vení si sos un bit! ¡Vení si andás por la generación perdida! ¡Vení si te graznan los cuervos o te maúllan los gatos de Poe! ¡Vení si sos una gata sobre un tejado de zinc caliente! Si sos la reina del baile! ¡Si sos un adolescente rebelde! ¡Vení si "has visto a los mejores cerebros de tu generación destruídos por la locura! ¡Vení! ¡Vení aunque te digas "preferiría no hacerlo"! No importa, ¡vos vení de todas formas!

Precio de la entrada: 10 pesos, ¡para que la Editorial Espiral Calipso pueda seguir apostando por la literatura nueva!

Si querés colaborar con tu propio homenaje no dudes en contactarnos: espiralcalipso@yahoo.com.ar

¡Los esperamos!

                         M A I A

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-