"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Agosto del 2011


FABIÁN CASAS... acomodando a César Aira

Publicado en Ensayo el 29 de Agosto, 2011, 11:33 por MScalona

Tarde en la noche, viendo a Cortázar

Antes que nada, tengo que avisar que soy un sentimental. En el cine, cualquier escena medio lacrimógena-aunque sea malísima-me hace llorar. Por eso, resulta extraño que a veces en los velatorios de seres queridos no llore. Tal vez porque son precisamente para llorar. Soy-con el llanto- como esos tipos que se excitan para tener sexo en los lugares dónde es más difícil tener sexo (debajo de la mesa de un bar concurrido, en el pasillo de la oficina, etc.) La otra noche estaba tirado en  mi cama viendo la tele y de golpe apareció Cortázar, entrevistado por un gallego letal. Era una entrevista de fines de lo setenta, imagino. Lo primero que me vino a la mente era el recuerdo de estar volviendo del centro a mi casa, en el subte línea E, con el ladrillo negro de Rayauela recién comprado. Tenía once años y osaban las manos por el lomo del libro con la excitación en el pecho propia de los enamorados. Leía en la contratapa cosas como: <<Rayuela, exasperante contranovela, libro local, denuncia de la inautenticidad de la vida humana>>. Lo abría, lo hojeaba. Tenías un tablero de dirección con ordenación de los capítulos para leerlos de diferentes maneras.  La primera línea de la novela decía: << ¿Encontraría a la Maga?, la puta madre. Todo era críptico, prometedor, maravilloso. Me acuerdo que pensé: si me leo este libro, si lo diseco y lo metabolizo en mi porvenir, voy a ser un genio inalcanzable. Después, pasaron las lecturas múltiples de Rayuela, después pasaron los años y el libro me empezó a parecer ingenuo, esnob e insoportable, aunque jamás me pude desprender de él y ahora mora en mi biblioteca medio hecho mierda por el paso del tiempo. Hasta que finalmente llegó el día en que negué a Cortázar tres veces mientras cantaba el Gallo Airano.  Listo. Pasemos a otra cosa: primero publicar, después escribir. Sin embargo, esta noche Cortázar habla con su inconfundible acento gangoso, francés, como el zorrinito enamoradizo de la Warner. Cortázar habla de sus primeros pasos, desprecia a los escritores que no piensan hacer la revolución, defiende a los escritores de la garcha del boom, crítica su 62 modelos para armar y destroza su libro el Manuel. Yo asiento. Hable de urgencia de escribir mientras el mundo tiene que cambiar drásticamente. No hay pasión por la indiferencia: hay ingenuidad y nobleza. Me doy cuenta de que le creo todo lo que dice. Entonces, tapado por la frazada escocesa, solo con mi perra Rita a los pies, me doy cuenta de que estoy llorando. Sí, si, digo, mientras empino el quinto whisky, Cortázar tiene razón. Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones.  No esta vulgar indiferencia, esta pasión por la banalidad, esta ficcionalización con todos los tics de la peor TV de la tarde, los talk shows de Moria y toda esa mierda. Al octavo whisky lo llamo a mi amigo Santiago y le digo, medio llorando, medio exaltado: Che, Aira nos cagó, la literatura argentina cayó en la trampa de Aira, ¡es un agente de la CIA! Los escritores serios, los grandes gigantes, son mirados de soslayo: ¡reina el viva la pepa! Aira le hizo mucho mal a la literatura, la partió en dos, antes y después de él. De Operación Masacre a Operación Ja Ja.

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Ensayos Bonsai,  Ed Emecé, p. 11-13

MARINA ARP

Publicado en Aguafuerte el 27 de Agosto, 2011, 12:59 por MScalona

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Hace 15 años que voy al parque. Lo conozco con todos sus colores, sus cambios, otoño, invierno, primavera, verano y otoño otra vez, (como aquella película), gris, soleado, tormentoso, con sequía, con sus olores a pasto recién cortado, a la mugre que queda luego del fin de semana, a pororó, a lluvia, a azahar… Con sus diferentes públicos, los deportistas, los niños, las parejas, los perros, los artistas… Y mis cambios y mudanzas a través del tiempo, los comienzos festivos, la nostalgia, aquel 1º de enero desolado, las nochecitas de primavera con sabor a nuevo. El río, los follajes, los caminos de grava, la sombra bendecida, todo me es familiar y querido. Recién vuelvo y ya extraño su paz. Por suerte había poca gente y fui hasta el bar, Abril echada a mis pies, café al sol mientras se escuchaba el viento y un llamador de ángeles que alguien generosamente dejó por allí. La primavera llegó. Los azahares tienen sus botones a poco de estallar. Hay que estar atentos. Cuando se abren me acuesto entre ellos a sentir su perfume. Es una ceremonia anual que dura sólo unos días, no hay olor que se le iguale. Bajo la absolución de los árboles, dice el maestro y yo bendigo merecerla.

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                                              Marina Arp

ARIEL ZAPPA en Página/12

Publicado en General el 26 de Agosto, 2011, 19:25 por MScalona

Marque las siete diferencias

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 Por Ariel Zappa

Pareja 1

El va siempre caminando delante de su familia. Uno o dos metros de su mujer y sus tres hijos. Ya no le recrimina que camine solo. Le reprocha que no le conteste o que la subestime por las pelotudeces que, según él, ella piensa y dice. La saca de quicio que le responda a los gritos. Los pibes sólo se sueltan de la mano de mamá para pedirle que él les compre algo. Cuando se distraen, y se lo piden a su madre, ella les contesta siempre lo mismo: no llevo plata. Barriletes ya saben que no, porque están hechos para la mismísima mierda –dice él-?, y además, los que los venden son unos ladrones.

Pista: él se adelanta porque, de ese modo, puede guiñarle el ojo o hacerles señas obscenas a los hombres con los que se cruza.

Pareja 2

Para las bodas de oro, ella le pidió de regalo que le contratara un taxi boy. El tardó en decidirse. Obviamente, no pudo charlarlo con ningún amigo. Aceptó con la condición de que, en el encuentro, él estuviera presente. Trato hecho, dijo ella. Luego de buscar un tipo serio que no los comprometiera, quedaron en encontrarse en las cuatro plazas. De allí, fueron hasta un hotel en la zona de la Terminal. El tipo le salió caro porque, en el primer encuentro, no se le paró, y tuvo que citarlo otra vez. Ella se enojó mucho porque se la pasó toda la noche haciendo felatios y, a él, le dio calor recriminarle que le devolviera el dinero.

Pista: era el primer mes en que ejercía de taxi boy. Hacía dos años que buscaba laburo y, en su nuevo oficio, le costaba concentrarse en la tarea.

Pareja 3

Cada vez está más loco, dijo ella, viéndolo subirse a la copa del pino todas las siestas en busca de algún resquicio de viento fresco en el verano, o tratando de atrapar los tenues rayitos de sol en el invierno. Cuando está en lo alto, él se vuelve imperceptible por el follaje tupido. A esa altura, sobrepasa la medianera y, del otro lado, en ese mismo momento, se corre una cortina y aparece su vecina con los pechos al aire, tocándose y besándoselos con mayor intensidad a medida que él se masturba con más fuerza. Apenas lo leyó en un libro de Mempo Giardinelli, no dudó en proponérselo a su amante.

Pista: su esposa lo descubrió. No hace más que devorar libros eróticos buscando una idea superadora. Hace días, leyó uno de Anaïs Nin que la hizo sonrojar. A su cuñado, no.

Pareja 4

Los crucé tres veces en el transcurso de la mañana. Siempre recostados sobre la gramilla. El, haciendo de respaldo, de cama o de almohada. Al sol, aunque en dos oportunidades, observé que le tapaba el reflejo con la mano. El tiene el pelo rapado. En el parietal derecho se hizo un tatuaje. Ella usa el pelo suelto y no le queda mal. Lleva ropa gastada y muy colorinche para el gusto de él. Pero él, no se lo dice. Miran al cielo como si estuvieran allí, y todos los demás, fuésemos personajes de una película. El dilema, dice ella; (en realidad, yo digo dilema porque ella pronuncia otra palabra que, a la distancia, no alcanzo a percibir), es dilucidar quién de todos es el que vive en esa atmósfera paralela.

Pista: él vive en una casa tutelada por un programa de externación de Salud Mental, y ella, no.

Pareja 5

El parece estar siempre bajo un árbol (o mirando la tele). Ella parece estar siempre hablando desde la ladera de un cerro (o subida a una escalera). El pregunta y ella responde otra cosa. Y, viceversa. Aún así, crían y mantienen –porque ése es el término que ellos utilizan: criar y mantener-? a dos hijos. El tiene cinco años, y ella, siete. La rutina se altera cada tanto. Cuando ella amaga con tomarse un vaso lleno de kaotrina o él se va de cacería con los amigos.

Pista: seguirán así hasta que él se arme de coraje y le pregunte si los chicos fueron fruto de la relación que sostienen de hace once años. Hasta ahora nunca le dio el cuero.

Pareja 6

Las conoció en la isla. Corina estaba con su novia. Y, su otra amiga, Paula, con otra novia. Los cinco comenzaron a frecuentar el cine Madre Cabrini. Son cinéfilos declarados. También solían ir a un cine club de barrio Alberdi. Al tiempo, él comenzó a acostarse con Corina cada vez que la pareja, viajaba a su pueblo. Con el paso del tiempo, Corina advirtió que esperaba con impaciencia que su novia le confirmara que viajaría a visitar a su familia. La novia de Corina intuyó algo cuando ella le trajo un pasaje del Chevallier sin que se lo hubiera pedido. Corina se lo contó y su novia le rogó de rodillas que no la dejara. Hace dos años y medio que la situación no se modificó y a ninguno de los tres parece importarle. Esta semana quedaron en ver Amarcord, de Fellini.

Pista: Es al amor, estúpido.

Pareja 7.

Nunca pierde la oportunidad de mirarse el dedo índice de la mano derecha donde tiene una cicatriz que, si bien es pequeña, necesitó de nueve puntos de sutura. El médico le ha dicho un millón de veces que no puede dolerle por nada del mundo. La herida cerró bien. Nunca se le infectó. No se le olvidó ninguna aguja, pinza u otro instrumento quirúrgico adentro. Pero a él le duele mucho. Los días pesados, con mucha humedad, los padece. Así, mirándose el dedo, se distrae en los semáforos, se va por las ramas en las conversaciones, o se cuelga de la ventana cuando entra a tomar un café.

Pista: una noche discutieron y, en la algidez del contrapunto, él le pidió a su mujer que le alcanzara un cuchillo tramontina. Ella se lo pasó por el lado del filo, y cuando él ya lo había agarrado, tiró del mango.

Advertencia: la mujer que diseñó el juego me confesó que hay una trampa aunque no se vea a simple vista. Por último, me confesó que tiene dudas de que la solución aparezca en el próximo número.

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aazappa@hotmail.com

MAXIMILIANO RENDO

Publicado en relatos el 25 de Agosto, 2011, 11:28 por MScalona

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Claro que sí, claro que la vida es un lecho de rosas. ¿Usted nunca  ha agarrado una?

Yo sí. Para enamorarla a la Juanita, la vecina de la otra cuadra. Tenía los ojos más hermosos de la calle Buenos Aires. Yo era chico, entienda que si le hablo de mi querida calle Buenos Aires, me refiero al recorrido de Montevideo a Rioja, nunca más que eso. ¿Quién se animaría a ir más lejos, y además, para qué? La vida era esa: de Montevideo, por Buenos Aires, hasta los ojos de la Juanita.

Los años pasaron y anduve por otros caminos y lo reafirmo, señor: siguen siendo los ojos más hermosos que yo haya visto.

Le aseguro que el día que yo vuelva a pisar mi calle ya no habrá más penas ni olvido.

No importa, estaba contándole de la Juanita, le decía que ojos más hermosos no he visto, y es así, se lo sostengo. Con decirle que el grupo entero de mis amigos estaba enamorado de esos ojos. De la Juanita, por supuesto. No vaya a creer que la Juanita era sólo un par de ojos. No, para nada. Pero era eso lo que más nos maravillaba.

No, no éramos muchos, tres.

Déjeme contarle. Andrecito fue quien lo descubrió, dijo que cuando se sorprendía con alguna historia abría los ojos “de par en par, mostrando la totalidad de su hermosura”, así lo dijo. Y así era. No nos quedó otra más que inventar historias sorprendentes todo el tiempo, de pequeños gigantes, de infelices contentos, de suicidas narcisistas. Hasta encontrábamos rincones en casas redondas, hasta ese punto llegábamos.

Alguna que otra robábamos, no voy a mentirle justo ahora. Recuerdo una en particular que le hizo abrir los ojos como nunca, los muchachos rogábamos con que nunca los cierre. Y por las noches hasta rezábamos para que nuestra amada nunca pierda la capacidad de asombro.

Roberto hasta le recitaba poemas de Enrique Banchs que vaya a saber uno de dónde los sacaba. Ella no entendía, nosotros mucho menos, pero era en la incomprensión donde se escondía el asombro y en él sus ojos.

Le contaba de esa historia particular, alguna robábamos, ya se lo he dicho, la cuestión es que un día nos dimos cuenta que nos estaba gambeteando la creatividad. Sí, aunque usted no lo crea fue un día particular. No importa cuál día fue, hombre.

¿Es que sabe lo que pasa…? Uno siempre anda preocupado por lo que no tiene, usted lo entenderá. Fíjese que nadie lleva al supermercado una lista de lo que no le hace falta. Ni fanfarronea delante de los tomates al no necesitarlos, ni mucho menos se ríe de las bananas al no quererlas por nada del mundo.

Es así, señor, siempre andamos necesitando más y más. Yo mismo tengo en mi heladera, anotados en una hoja sostenida por imanes, libros, películas y nombres que quiero. Mientras tanto, lo que no me falta, ahí anda, repartido en la biblioteca, las estanterías, el placard, la indiferencia, el olvido.

Sí, mucho lío, no se imagina. Pero déjeme terminar de contarle.

La historia de la que le hablaba es Historia de los dos que soñaron, de Las mil y una noches,  nos gustaba llamarla por su número. “La 351”, le decíamos. Pero no trescientos cincuenta y uno. No, así no. La 3-51, así era. Como una ley. Nuestra ley.

Exactamente, así me hice lector, por una mina. Por una mina, qué digo, como si la Juanita haya sido simplemente una mina, como si no hubiera tenido dos ojos capaces de hacernos olvidar absolutamente de todo.

Sí, de todo. Hasta del pasado.

No, claro que no. No hablo del pasado que le cuento sino del que la excluye. Pero no importa, no importa qué paso. Perdóneme que no tenga fuerza para contarle, hoy no. Lo que quería decirle era simplemente es que la vida es un lecho de rosas, se lo dije, yo he agarrado una. Las rosas tienen espinas, señor. Pinchan, cortan y lastiman. Pruebe y le aseguro que será en ese instante, en que comprenderá, y tendrá inevitablemente que emprender, aun con penas, el largo y sinuoso camino al olvido.

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MAXIMILIANO   RENDO

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ

Publicado en Parodias el 25 de Agosto, 2011, 10:40 por MScalona

La inmortalidad del cangrejo

         

   Há metafísica bastante em não pensar em nada.

(Alberto Caeiro)

           

            Solía pasar tardes enteras pensando. Hasta que un día dejé de pensar. Ahora es casi imposible que me sorprendan con algún pensamiento en la cabeza. Muchas veces me pasa ir caminando por la calle y que algún amigo o conocido me reconozca y empiece a llamarme, y al ver que no le respondo, me toque en el hombro, y yo recién entonces caigo en cuenta.

            -Parecías un zombie. ¿En qué estabas pensado?

            -En nada.

            Si mi amigo es una persona de aquellas que no desperdiciaron su juventud leyendo libros sobre temas que únicamente pueden interesarles a alguien que haya desperdiciado su juventud leyendo libros, lo más común es que me lo deje pasar. Ahora si mi amigo es un literato, un intelectual, un filósofo (y lamentablemente tengo muchos de estos amigos), probablemente me salga con la siguiente cuestión:

            -No podés no estar pensando en nada, en algo tenías que estar pensando.

            Claro, la mente es una máquina de movimiento continuo, que constantemente esta elucubrando nuevas respuestas a viejos problemas, que a su vez engendran nuevos problemas, que resolvemos dándoles alguna de las viejas respuestas. Creo que Aristóteles dijo algo como esto, pero no estoy seguro. En todo caso, Aristóteles estaba equivocado (si es que dijo algo como esto). Por lo menos mi mente es perfectamente capaz de mantenerse en un estado de ivernación total, sin que nada como un pensamiento la perturbe.

            Pertenezo a una agrupación universitaria, lo que podrá parecer contradictorio, pues como todo el mundo sabe, un militante de la ideología que sea no hace, en verdad, casi otra cosa que pensar. Mi falta de ideas, en contraposición con la sobreabundancia de las suyas, ha llegado a exasperar a mis cófrades, y más de una vez me sugirieron, muy amablemente, que abandonara sus filas. El problema es que, según lo veo, abandonar algo, tanto como emprender algo, requiere un mínimo esfuerzo reflexivo, y ya que soy incapaz de esto, sólo pude optar por la inercia, seguir estando allí, y participar de tanto en tanto en aquellos mitines en los que nunca tengo nada que aportar.

            -Estas nuevas medidas del rector son un ataque directo contra el pensamiento independiente en el ámbito universitario, por lo cual pienso que es nuestro deber manifestarnos en su contra, si queremos salvaguardar la integridad de la educación pública.

            Aplausos.

            Alguien al lado mío me pregunta:

            -¿Qué pensás?

            -Estoy de acuerdo.

            -No me parece- dice otro-; yo pienso que estas medidas apuntan más bien a fortalecer la educación pública, y que deberíamos apoyarlas.

            Algunos murmullos desaprobatorios.

            Otra vez la pregunta.

            -¿Qué pensás?

            -Estoy de acuerdo.

            El hecho de no pensar no me impide tener algunas opiniones. Claro que, al no haber un pensamiento propio que las sustente, éstas sólo pueden nacer del contacto más puro con la inmediatez. Soy, por tanto, e invariablemente, de cualquier opinión que escuche.

            -¡No puede ser que estés de acuerdo con todo! ¡Tenés que tener alguna opinión sobre algo!

            -Sí, tenés toda la razón.

            Mi actitud más auténtica es darle la razón, con total sinceridad, a quien quiera que me hable. Sorprendentemente, esto no siempre complace a mis interlocutores.

            -¡Decinos de una vez qué pensás!

            -Honestamente… no pienso en nada.

            Detrás de mí oigo algún que otro comentario. "Qué hijo de puta", "éste es un pelotudo". Cosas por el estilo.

            -Pienso- acota uno- que deberíamos darle al compañero la oportunidad de expresar sus opiniones con mayor libertad, en lugar de hostigarlo.     

            -Bueno, que hable entonces. ¡Dale, hablá!

            La concurrencia hace silencio.

            -Compañeros… creo que es clara la razón por la cual estamos acá reunidos. Se trata de dilucidar si las últimas medidas del rector atentan o no contra los intereses del estudiantado. Al respecto, opino, como el compañero Darío, que las medidas del rector se traducen en un alarmante vaciamiento de contenido en las carreras humanísticas, y en un empobrecimiento general en las condiciones de cursado en nuestra facultad, por lo cual deberíamos tomar acciones efectivas en el menor tiempo posible. Opino también que, como señala el compañero Sebastián, las susodichas medidas contribuyen a fomentar una estabilidad tanto política como institucional  que sólo puede favorecer a la universidad pública, por lo cual deberíamos apoyarlas incodicionalmente.

            Automáticamente, muchos de los concurrentes se levantan con la intención de insultarme, y quizás de agredirme físicamente. También mi novia, militante acérrima, me grita desde su lugar:

            -¿No estás jodiendo? ¡No dijiste nada!

            -Dije lo que pienso, ni una palabra menos.

            -No podés estar de acuerdo con ellos y con nosotros. ¿No entendés? Estamos diciento exactamente lo contrario. ¿De qué lado estás?

            -Pues si se trata de estar de un lado o del otro, entonces yo definitivamente estoy…

            Alguien grita "con el rector".

            -…con el rector.

            Alguien más grita "contra el rector".

            -… o contra el rector.

            Murmullo general.

            Poco a poco va decreciendo, hasta que la sala queda en silencio. Yo sigo en pie frente a todos, sin que un solo pensamiento se me cruce por la cabeza. Finalmente alguien habla.

            -¡Siempre es lo mismo! ¡No sé por qué seguimos trayendo a este pelotudo a las asambleas!

            -No podemos no traerlo, es el presidente del centro de estudiantes.

            Después de debatir un rato más, se acuerda disolver la asamblea en un perfecto desacuerdo. Las partes se retiran, hasta que sólo quedamos yo y algunos integrantes de mi camarilla, que me miran con un aire de reproche. Yo les devuelvo una mirada que debe parecerles tan neutra como la de un perro o un gato idiota. Ellos seguramente estarán pensando en alguna conjura; quizás esperarme a la salida y golpearme en la cabeza con algún objeto contundente, hasta matarme o por lo menos dejarme en coma por un tiempo. Yo, en cambio, no pienso en nada, o en todo caso, sigo dándole vueltas a aquel único problema que desde hace un tiempo, ocupa algo de espacio en mi mente, el único que tiene algún sentido, el de la inmortalidad de los cangrejos. Tal vez cuanto menos piense, más cerca estaré de resolverlo.

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                                                           JUAN M. RODRÍGUEZ

CLAUDIA PIÑEIRO presenta "Betibú"

Publicado en Sugerencias. el 24 de Agosto, 2011, 16:12 por MScalona

Claudia Piñeiro en Rosario. El jueves próximo, a las 19, Osvaldo Aguirre y Patricia Dibert serán los encargados de presentar Betibú, la última novela de Claudia Piñeiro. Será en Ross Centro Cultural, Córdoba 1347, con la presencia de la escritora.-

un año sin FOG... 2º parte

Publicado en De Otros. el 23 de Agosto, 2011, 12:02 por MScalona
libros
Domingo, 21 de agosto de 2011

Help a él

Hace exactamente un año, moría Fogwill. Así como había escrito algunos de los mejores cuentos argentinos de las últimas décadas, una novela emblemática sobre Malvinas (Los pichiciegos) y un puñado de novelas en las que diseccionaba con ojo sociológico el devenir de la sociedad argentina en democracia, él mismo se había ocupado de mitificar su vida: cárcel por estafa, fortunas dilapidadas, doble vida publicitaria y mucha cocaína. Durante estos doce meses, su hija Vera, que ya lo despidió en un texto memorable en este suplemento, se encargó de lidiar con su legado: sus papeles póstumos, su caótico departamento y su fantasma. Concluida la tarea, este es el texto con el que da por terminado el duelo.

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 Por Vera Fogwill

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Todo este año de mi vida se definiría desde afuera como el año de duelo. La palabra duelo tiene su origen en el latín duellum y significa “guerra”. Por lo tanto, permite hacer referencia a la pelea o al enfrentamiento entre dos personas o dos grupos. El duelo psicológico, por otra parte, según los diccionarios, es un proceso que tiene lugar tras una pérdida irreparable. El duelo es una reacción natural y necesaria ante la pérdida de un ser querido (la muerte de un familiar, un amigo, una mascota, etc.) o de un evento o condición (un divorcio, un despido laboral). En mi caso podría acercarse más al otro duelo, aquel que se disputa entre dos personas, y agregaría mundos y, agregaría, entre dos universos: el de acá y el de allá. El de “vivir afuera” o “adentro”. Yo siempre viví adentro. Silvina Ocampo dijo: “No soy sociable, soy íntima”. En esa frase me veo reflejada. Quizás mi padre lo percibió más que nadie antes y después del combate, la guerra, el duellum. En la dedicatoria de su libro Vivir afuera me escribió: “A mi hijita que vive demasiado adentro porque sabe que tal vez afuera es peor, el viejo”. La tragedia empieza antes de la tragedia y la guerra, entonces, comienza antes que se disparen las primeras armas. Me prometí que el 21 de agosto voy asesinar a mi padre y así lo haré. Quizá sea la única forma de retomar mi propia vida. Aquella que yo había elegido para mí y no la que el destino me entregó como alternativa. Mi padre hoy es esa persona que me va guiando y que dirían los yorubas tomó posesión de mí y, por ende, me ha dejado obsesiva. Pero no hay enfermedad mientras el enfermo la padece con conciencia y sabiduría. Si hubiera estado, aparentemente vivo, o aparentemente muerto, no me hubiera costado tanto.

Entré a su casa recién al mes. Antes no quise. Abrí intentando no electrocutarme con la llave de luz de al lado de la puerta, que siempre había estado en corto. Las moscas zumbaban y volaban de un lado al otro. Giro mi cabeza y veo los restos de su última cena. El plato de fideos con tuco al ajo sin lavar junto a las cacerolas habían invitado a cientos de insectos voladores, a los cuales, por una vez en mi vida, no les tuve miedo. El terror que me invadía era tan grande que nada ya podía darme pánico. A lavar los platos –me dije–. Era lo primero que supe que debía hacer, como si pudiera lavarme las manos de paso en ese hecho –y ojalá lo pueda hacer de una vez y de tantas cosas a la vez.

Dos de las muchas colecciones que Vera Fogwill encontró en la casa de su padre: los boarding pass y encendedores.

Las hijas mujeres limpiamos los restos de todo, repartimos las cosas, tiramos los calzoncillos y forros sin usar y donamos lo que queda. Menos los zapatos, si somos judías, por si el muerto sigue caminando, como dice la tradición. ¿Pero si somos solo boludas?… ¿Qué hacemos?… Todo. Todo lo que hay que hacer, más lo que harían los otros, de los otros, por las dudas y también cualquier idiotez que se te cruce en ese segundo. Porque las boludas no podemos esperar y pensamos todo al mismo tiempo. ¿Y si además de boluda sos médium?… ¿Qué hacés?… Y, te convertís en una boluda tamaño mayor, que además está psicótica. ¿Pero si en el fondo sos indispensable? ¿Qué hacés?… Hacés todo lo que les corresponde a todos los demás. ¿Y si en el fondo hay un ser humano? Te vas dando cuenta en el duellum cuando la situación es tan miserablemente triste y desencantadora que entendés que tenés una raza. Terminé de lavar los platos sin pensar en todo eso. Abrí los ventanales y los insectos huyeron de mí. ¿Y ahora? –me pregunté. Pensé en la revolución rusa, en estudiar la estrategia y el territorio, en la causa y en el efecto. Me doy vuelta y veo el campo de acción. Todo estaba ahí tal cual lo dejó en su última visita. No podía darme cuenta si fue antes o después de fallecer. Me llama una carta. Me acerco, es de la empleada y está sobre la mesa. Dice: “Señor vine pero no lo vi”. Esa nota la firma mi hermano, el que me sigue, con solo un “recibido” y la fecha. Quizá “él” pensaba que “él” era un fax. Pienso que debe haber sido cuando trajo sus pertenencias del hospital. Nadie más entró. Yo levanto el teléfono y la llamo: –Se murió. Dominga ya lo sabía por su otra patrona que lo leyó en el diario. Silencio. Tristeza. Le pregunto cuánto le debía. Sabía que mi padre dejaba grandes deudas y que esa sería pequeña. Venga mañana –le digo–. Ahora sí miro todo. Pero sólo veo botellas de agua. Ese día iba sólo por unas horas al mediodía pero terminé sin poder irme hasta la mañana siguiente. Habré tirado siete bolsas de consorcio de botellas de agua abiertas pero sin terminar. Dengue. Primero pensé en tirar el agua y guardar la botella. Después de unas horas de hacer este acto tan inútil –como otros tantos que suelo hacer– me dije: ¿Para qué voy a guardar la botella? Pensé en hacer un castillo ecológico de botellitas en la plaza para los chicos. Una vez había visto en Cabo Polonio una casa así pero de botellas de vidrio. Luego pensé que era absurdo y así tiré siete bolsas de consorcio de botellas con agua sin importarme más el dengue. También muchos frascos de vidrio de yogur y de miel y bolsas. Fogwill coleccionaba botellas, bolsas de plástico de los supermercados chinos y frascos. Eso era la parte ecológica. Todo lo reciclaba. No compraba un frasco para cereales, ponía los cereales dentro del frasco vacío de la miel. Y no tiraba nada. Fogwill coleccionaba motores de barco, discos rígidos, monedas, tickets de avión, boletos de metro europeos, tuercas, herramientas de todo tipo, cables de computadora, adaptadores, enchufes y llaves de todos los tamaños. Llaves que no abrían nada. Y sólo encontré puertas sin cerrar. Es que jamás cerraba la puerta de su casa, vivía con la puerta abierta. No era exhibicionismo era sólo el control de la vida de los otros que miraba pasar. No usaba perchas. La ropa colgaba por un sistema de sogas de barco, especialmente instaladas, en la baranda de las escaleras; o colgaban a través de un diseño exclusivo de lentes de agua, uno a otro anudados, armando una cadena de enganche para sus trajes, tapados y pilotos que nunca colgaba dentro de un placard y que planchaba colocándolos un rato dentro de la heladera. Cientos de cables de sus computadoras viejas creaban unos colgantes para los helechos que se estaban muriendo de un mes sin agua. A regarlos a partir de ahora y tres veces por semana –me ordené–. Para regarlos tenía que subir unas escaleras y poner un balde debajo porque perdían agua y arruinaban aún más el piso. Fogwill también se robó un cinturón de seguridad de un avión y lo colocó en una viga para atar una planta que colgaba. Me llevó casi dos meses desanudar todos los sistemas de enganches de cables, sogas y cinturones. Pero esa noche solo me ocupé de sacar las máscaras de oxígeno, las sondas de pierna ambulatorias, los puff de los inhaladores que habitaban todas las partes y los remedios, por si mis hermanos menores querían ir, para evitarles el escenario. Pero cuando tuve un container preferí guardar todo e inventariarlo. El inventario de medicamentos que hice tiene diez páginas. Un poco más tiene el inventario de cables. ¿Cómo explicar que me dejó tantas curitas?… Vaya ser que me lastimara. O tantos puff que coleccionaba en frascos. O respiradores. ¿Pensaba que me quedaría sin aire ya?… ¿Lo sabía?… ¿Cómo conciliaba la medicina homeopática y la alternativa con las sobredosis que se pegaba de combivent, butral salbutamol, atrvent HFA y Salbutral. El kilombo Fogwill y su orden es casi indescriptible. De cada libro se me caía una pasta diferente, un pucho roto semifumado y un forro. A los puchos los partía en la mitad y luego los pinchaba con un alfiler para que la nicotina y el alquitrán se esfumaran antes de llegar a su boca. Consejos de los cantantes de ópera. Nunca pensó en mejor dejarlos. O de un libro se resbalaba una moneda, un ticket, una nota y un fáctil. También de uno, se me cayeron sus uñas, se devela que mientras lo leía, se las había cortado. Estaría aburrido. Pero los dientes estaban en otra parte.

Esa noche, tomé la decisión de ir a visitarlo día tras día. Entrar, sentarme en su butaca de madera y mimbre a mirar, a leer, a pensar, a encontrar, a tirar, a guardar. Los primeros meses me quedé simplemente sentada sin saber cómo empezar abrumada por su universo. En realidad estaba aplastada no sentada. Ahí se me apareció, al poco tiempo. Era una noche de tormenta y me imaginé que se inundaba su casa, cosa que sucedía con la lluvia. Fui. Barrí la pileta que se había creado en la terraza y saqué las hojas de la canaleta apurada. Bajé empapada las escaleras caracol y lo vi. Estaba riéndose en su sillón recostado, con el dedo pequeño introducido en su boca y cantando su pipi-piiipi –que era un loop, de dos negras, una blanca con puntillo y otra negra, más un silencio de semicorchea, que desde que había dejado de fumar (decía él) funcionaba como una palilalia que no podía evitar y que, para peor, se le pegaba a todo el mundo. Hasta mi hijo hace ese pipi-piiipi el día de hoy. Allí estaba él, tirado, contento, regocijándose en que su hija finalmente estaba ahí, ordenándole todo, como cuando era una nena. Tenía ocho años y llegaba a su casa el sábado a la mañana y me dirigía a limpiar la cocina de toda su semana: los platos y los restos de sus tertulias con amigos. Dejaba todo impecable y a eso de las cuatro de la tarde lo despertaba para una reunión importante a la que él finalmente no asistía y seguía durmiendo hasta las seis o siete. Antes de despertarse siempre gritaba como un moribundo “aguaaa”. Y ahí estaba él, sonriendo. Help a él. Eran las nueve de la noche. Y no tuve miedo. Más bien me confirmó lo que intuía. Era mi guía. El y yo habíamos tenido experiencias mediúmnicas juntos. Veinte años atrás ambos vimos a mi abuela la misma noche vestida igual pero treinta años más joven de cuando se fue. Sin embargo, yo se lo confesé tiempo después, para explicarle claramente que su hija desvariaba y él me dijo que no, que él la vio vestida igual, de la misma manera, esa misma noche, confirmándome que desvariábamos los dos. Silencios. Es una habilidad que no practico. Llega. No la ejecuto. Me obliga. Y ciertos libros de ejercicios espirituales que ambos estudiamos en silencio me lo comprueban. Libros que aconsejan golpearse con cinturones de noche hasta sangrar para resistirse a las visiones. Pero estoy segura de que ninguno tuvo que practicarlos. Las torturas nos llegaron de la vida solas sin tener que hacer ningún esfuerzo y sangraron solas también y ya ni duelen pero tampoco cicatrizan. Ese poder Fogwill lo usó para combatir su adicción a la cocaína. Como hizo la carrera de medicina, aunque jamás ejerció de médico más que suyo, fue dejándola. Durante diez años fue graduando paulatinamente la dosis hasta llegar a estar limpio. Debía tomar algo como para evitar la agresividad y violencia que lo poseían sin motivos más que un ruido o una pregunta tonta de otro. Sus últimos diez años era un santo y hasta naturista. Ni rasgos de aquél.

Y así, durante casi un año él me diría qué hacer, cómo y dónde. Al muerto le llegaban mes a mes sus tarjetas, llegaban las cuentas de banco, los créditos pedidos meses antes de irse. Varias cuentas de banco para ceros centavos. Y ahí estaba la poseída, sentada con su abogado o visitando bancos y a los encargados de cuentas, cerrándolas y enterándome de sus movimientos, del dinero que pidió solo meses antes de irse para comprarse una digna computadora nueva. Pero eso no es nada. Los hackers para desentrañar sus diferentes contraseñas de banco, de mail, de web, de computadora para la privacidad de sus trabajos. Los detectives que me iban dando las claves. Y así. Un día –el primero y último– que entré en una de sus cuentas de mail encuentro una carpeta que decía locos. Decido empezar por ahí, ni lo dudo, es un mensaje. Abro el primer mail de la carpeta. Una joven de nombre desconocido para mí le escribía: “¿Y Fogwill?… ¿Quién va limpiar y ordenar tu casa cuando te mueras?” Parecía un chiste de mal gusto suyo. Faltaba su risita. Desistí. Yo no voy a leer sus mails para informar a la familia de tal o cual cosa, no voy a encontrar lo que falta, no voy a esclarecer las dudas. Si, digo la familia y no me involucro. Es que es la familia y yo. Yo no formo parte de ninguna otra familia más de la que elegí. Tengo hermanos que amo. Pero es mi papá y el de ellos. Todos hemos sido hijos únicos. Nada me ha unido a mi hermano pianista, ni a mi otro hermano que vive afuera, cerca, pero afuera. O a los otros, tan chicos que directamente tuvieron otro padre, otra persona, tan distinta a la que era. Un padre con treinta años de padre y errores para mejorar. Un padre mejor. Y todos vivenciamos su muerte de manera distinta. Así llamé a una amiga historiadora que admiro mucho y le propuse que haga el archivo. Los mails que los lea ella –me dije. Cuando Vero entró, ya tenía todo delimitado: “Ahí están las fotos, los contratos, ahí sus trabajos de publicidad, eso es tal cosa”. Yo me había abocado a saber qué había y dónde y por consejos de ella no había movido absolutamente nada. El catálogo de cómo dejó todo, dónde y por qué. Esa imperiosa necesidad que tienen los archivistas de meterse en la mente del otro a través de cómo hacían sus cosas y cómo ubicaban las cosas. Vero abrió sus cuadernos y yo también los había abierto. Pero dice: “Todos sin terminar. Escribía la mitad y empezaba otro”. A mí me dejaba sin cuidado, a ella no. También me habló de la repetición. Para mí era natural, debo ser parecida. Una foto impresa veinte veces y puesta en veinte lugares diferentes, señales. El problema sería con sus inéditos que están guardados aproximadamente diez veces con el mismo nombre y treinta veces por cambio, lo que implicaba leer cada versión, adivinar la fecha (porque en su computadora tenía desconfigurada la hora, el día y el año) y adivinar cuál fue primero, si quitó el segundo final o decidió agregarlo o al corregir en realidad lo quitó, o decidió seguir poniendo y esas cien páginas leerlas más o menos mil veces para desentrañar alguna verdad que solo él tiene y darse cuenta que sólo lo guardó repetido por las dudas y que no había ningún cambio. Supe que Verónica ya estaba en el universo Fogwill cuando lo saludaba al entrar y se despedía de él al salir o cuando le preguntaba: “Quique: ¿dónde dejaste tu partida de nacimiento?…” Y segundos más tarde se dirigía a algún cajón, agarraba una carpeta específica y aparecía lo que ella buscaba en vano durante semanas sin preguntarle o pedirle permiso. Cuando ya estábamos vaciando su casa yo sentí que se había ido con su cama. Pero Vero me dijo que no, que andaba todavía por ahí. No sé aún a cuál objeto está aferrado. Pero Verónica parece tenerlo claro. Y él parece estar demasiado contento con Verónica. Y no se fue. Sigue. Va guiando. Elegí al azar por Internet una baulera judicial para guardar temporalmente su biblioteca y algunos de sus objetos de colección mientras se defina la situación de la fundación. Lleno el formulario en Internet para solicitar un presupuesto. Minuto después me llama el dueño conmovido. Era un amigo suyo, nadaban en el club y hablaban de autos y relojes. Me hace un precio. Demasiadas coincidencias. Hasta de lo que me quise escapar terminé teniendo que hacer. No hubo caso. Nadie pudo nada. Nadie de la familia tiene un rato para dedicarle a esto. Son todos importantes y hacen cosas muy importantes. Antes de que mi papá parta yo me estaba dando el alta en terapia. En mi caso, el alta siempre se lo da el paciente. Nunca el analista. Pero en la última sesión lo internaron. Y, por supuesto, tuvo que dilatarse el alta. Luego supuestamente murió y también no era el momento. Un mes después, yo insistía en que no podía ingresar a su casa y tenía los tickets para irme a vivir por fin afuera con mi familia y deseaba eliminarme del listado de herederos, aunque el abogado insistía que dicho derecho era ilegal, cuando por fin mi terapeuta me avisa que mi papá tenía muy claro que yo me ocuparía de todo y por eso dejó todo así. Me fui enfurecida jurando no regresar más. Y no regresé a terapia. No tuve tiempo. Tenía razón mi querido Luis. ¿Cuánto debo pagar para vivir? Aún no lo sé. Y así yo me di el lujo de leer todos sus inéditos como si fuera una lectora más, como cuando aunque tuviera cinco años la entrega del primer libro era para mí.

Un día se roban la lápida del cementerio. Fue él, estoy segura. Nunca tuvo nada que no se le rompa o se le pierda una parte, nada. Vivía en un departamento de mi hermano. Nada funcionaba sin él. El calefón lo prendía con un golpe con una pinza muy pesada para mí. Todo desarmado: los aires acondicionados y las estufas sin carcasa, la computadora sin funcionarle las teclas con un teclado anexo y unos cables especiales para que el visor y el teclado pudieran estar muy lejos. ¿Cómo escribía un escritor así?… No era dejadez, era desinterés. Siempre fue así. O interés por los circuitos. Una vez no me andaba una computadora, estaba él y me la arregló, la desarmó toda. Fenómeno. Pero… ¡papá! ¡ahora armala! No, si anda, ¿para qué la voy a armar?. ¿Por qué perdió barcos, colecciones de autos antiguos, casas, bibliotecas enteras, muebles, obras de arte y ninguna carta de un amigo?… ¿Por qué están mis cuentos de cuando ni siquiera sabía escribir y sólo los dibujaba porque eran orales y no está el departamento que tenía que heredar, que nos dejó mi abuelo a mi hermano mayor y a mí?… Porque él encontraba valor, mucho más valor a todo eso y yo desgraciadamente también. Por eso no tengo nada. Partes del todo, su título nos describe perfectamente. Partes del todo. Y así, todo este año fueron engranando las partes para que llegue a ser nada. Nada para mí. Mucho para todos.

Sentí desde el momento que entré que le debía algo. Su vida fue la literatura, el pensamiento, la evolución y yo como hija tenía ese deber moral de dejar su vida en el patrimonio de la literatura universal. ¿Cómo haría esto?… Haciendo todo para que su obra esté al alcance de todos y su vida, que es una obra, también suya. Más de cuatrocientas cartas con escritores como Osvaldo Lamborghini, Juan José Saer, Héctor Viel Temperley… Verdades, profundidades, libros sin editar, novelas, cuentos, ensayos, poemas, chistes y adivinanzas u oráculos de bazooka sin imprimirse aún. Sus chistes. Los que nos hizo comer él. O se va de una vez o debo asesinarlo, no hay salida. Sólo quiero que sus libros tomen posesión y se instalen en las mentes de miles de otros, ya no mías. Mi responsabilidad si la tenía ya supongo que la cumplí. Hasta me ocupé de restaurarle la casa que mi papá no pudo evitar destrozar a mi pobre hermano, a quien además le cayó un embargo de cinco cifras por ser su garante alguna vez. Igual nosotros somos como él, eso significa que sabemos, en el fondo, que nada de eso es importante. Pero en el equilibrio de las cosas uno pone la guita y el otro pone el cuerpo. Los demás no existen. Y el costo mental es igualmente difícil para ambos. Pero pienso que mi tiempo no me lo devuelve nadie. El dinero ya está regresando con sus derechos. Pero el tiempo es un tiempo perdido y quién sabe ganado. ¿Qué es más importante que elaborar la muerte? Nada, se está entendiendo la vida. Ahora yo voy a descansar en paz. Y creo que mi padre también.

Un año sin FOG...

Publicado en homenaje el 21 de Agosto, 2011, 22:41 por MScalona

Un año sin Fogwill

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para recordarlo esta maravillosa nota de LEILA GUERRIERO

del año 2003.-

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Saber contar y no saber hacer nada
sección Suplemento Cultura | fecha de publicación 30.03.2003
Por Leila Guerriero
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De la Redacción de LA NACION
Buenos Aires, 2003

El nene y el padre están quietos, mojados apenas por las estrías líquidas de sol que se dibujan en el pi-
so. El nene tiene seis años, ojos grandes, el brazo de su padre sobre el hombro como quien dice cuida-
do. .-Hola, dice Fogwill. .-Hola, dice el hijo de Fogwill. .Y se sientan. El bar del Malba (Museo de Arte
Latinoamericano de Buenos Aires) flota en un murmullo de música incolora. El nene acaricia la cabeza
del padre, enreda los dedos cortos en los rulos canosos de Fogwill. Fogwill se deja, como un león do-
méstico. .-¿Sabías que el mejor hermano del mundo es de él y se llama Francisco? .El nene dice que sí.
Que el mejor hermano del mundo es de él y se llama Francisco.
-Le regaló una Play Station. Y el otro hermano le va a regalar un Explorer Cherokee. .El nene abre los
ojos.
Fogwill tuvo su primera moto en 1953, a los doce años, pero una camioneta para un chico de seis pare-
ce una exageración. .-La camioneta de Andrés. Dijo que va a ser para vos. Pero recién cuando tengas
15, hijo. Y vos nos llevarás a todos. .
Fogwill, cara de lobo, intenciones geriátricas. .-Pero vos vas a morir -dice el nene. .-¿Yo voy a morir? ¿Y
cuándo, calculás? .-Cuando yo tenga quince. .-Está bien, una buena edad. .Dice Fogwill. El nene, sim-
plemente, dice: .-No. .
Runa es una urna .
Algunos días atrás, Fogwill decía esto por teléfono: "Ah, sí, mi última novela. ¿Y cuál de las tres?"
El año pasado, Mondadori publicó en España las novelas La experiencia sensible y En otro orden de co-
sas y, por estos días, lanzó al mercado una más: Urbana . En otro orden de cosas acaba llegar cual no-
vedad a la Argentina y Runa , una novela difícil de clasificar, será lanzada aquí en abril por el nuevo sello
editorial Interzona. Runa transcurre en el neolítico, está estructurada en sesenta y un capítulos que pue-
den leerse al azar (o no), y consiste en un largo monólogo en el que un informante narra a un interlocutor
que permanece oculto (y se incorpora de a poco) el mito constitutivo de su cultura. ."Terminé de escribir
Runa en diciembre pasado, el mismo día que murió Ivan Illich, el ecologista. Yo había pensado mucho
en Ivan Illich escribiendo este libro. El libro ataca el absolutismo del relativismo cultural. Yo me formé en
ciencias humanas en la época del famoso relativismo cultural, éramos todos iguales y buenos. No creo
para nada en eso. Creo que nosotros somos los malos... Los hombres escritos , los cultivados,somos los
malos. Yo creo que el neolítico está muy cerca. Lo que queda por saber es si entraremos en él como es-
pecie o como mutación de la especie que fuimos. Tenemos un mundo, como dice el informante, de gente
que sabe contar cómo es todo, pero que no sabe hacer nada. ¿Vos sabés domar un caballo, ordeñar
una vaca? A mí me dan una vaca llena de leche y me pongo a llorar a la par de la vaca. Me dan un potri-
llo y lo crío como un perrito. El mundo salvaje desmiente las mitologías contemporáneas de la disconti-
nuidad entre alimentación, amor, familia, trabajo, intercambio, política y guerra." 

La tía y el revólver .Fogwill se llamaba Rodolfo Enrique, pero dejó caer el Rodolfo y mucho, mucho
antes, el Enrique. "Si dicen Fogwill, seguro saben que soy yo. Además, tengo un tío que se llama Ro-
dolfo Fogwill, igualito, vive en España y tiene 73 o 74 años. Está mejor que yo, y yo tengo sesenta y
monedas. Era el hermanito menor de mi papá. Era mi protector. Me hizo los regalos de mi vida. De chico
me regaló una pelota de fútbol de cabritilla, cuando empecé a fumar me regaló un encendedor Monopol.
Después unas antiparras alemanas." .
Fogwill era hijo único. Vivía en Bernal. Tenía padre, madre, tío Rodolfo. Y la tía del revólver. "Era una
loca -cuenta-. Me regaló un revólver calibre 32 cuando yo tenía diez años. Me lo regaló sin balas, pero yo
compraba las balas y tiraba en mi habitación. Hacía fardos con los diarios que leía mi viejo y tiraba a los
fardos. Mis viejos me regalaron una moto en 1952, cuando yo tenía once años, y en 1955, auto y regis-
tro." .A los ocho años escribió su primer poema: "A Nuestra Señora de Fátima en la Entronización de Su
Imagen Divina en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Quilmes". De chico, tenía problemas motri-
ces con las piernas. "Los sigo teniendo, ahora más graves - explica-. No jugaba al fútbol, ni al básquet,
pero me dedicaba a nadar. Hacía natación a río abierto. El sueño del niño era llegar al canal, y a los diez
años llegué. Después empecé a remar, a los doce a navegar a vela, y me la pasé navegando hasta los
veinte." .A los quince terminó el colegio secundario y entró en la facultad de medicina. "Terminé el se-
cundario, me quedé perplejo, y estudié medicina, desde los 16 hasta los 19. Pero no tenía madurez, ne-
cesitaba dormir doce horas por día y para estudiar medicina tenías que levantarte a las siete de la ma-
ñana, ir a los prácticos todos los sábados. Era un infierno. Banqué todo lo que era física, química, ana-
tomía, histología, me interesaba como curiosidad científica, como si hubiera estudiado astrología o vete-
rinaria. Pero empezar a pensar en curar gente no me interesaba nada. Antes de rajar de Medicina entré
en Filosofía para estudiar Letras. Cuando vi la materia prima de profesores y alumnos... ni loco. La fauna
era imbancable. Y la de ahora... la de ahora tampoco me la bancaría. Pero si fuera me pedirían autógra-
fos. Los mismos imbancables." .-

Ahora sos un escritor de culto. 
-No sé. Son rachas. Se les va a pasar. Cuando yo entré a Letras, las estúpidas que daban el curso de
ingreso eran cortazarianas. Después aparecieron los puigianos. Después, los piglianos. Después, los
saerianos. Ahora son fogwillianos aireanos. .-
¿Te producen desprecio? .
-Y bué, no sé. Prefiero a los neolíticos. .A los 23 años Fogwill se recibió del oficio de su vida: sociólogo.
Desde entonces trabaja, con más y menos suerte -en empresas propias antes, ajenas ahora- en marke-
ting , desarrollo de producto e investigación de ofertas y demandas y consumos y mercados y hábitos y
marcas. Tan sólo a los 38 publicó su primer libro. .-Yo quería ser cualquier cosa, y además publicar li-
bros. No sabía, te lo juro, no sabía que existían los escritores. Para mí Sartre era un filósofo. Cortázar no
me gustaba, pero era un traductor. Borges era un viejo oligarca. Bertrand Russell, un filósofo. No se me
ocurría que había un oficio de escritor. Hoy mismo tengo vecinas que le dedican a cuidar las plantas del
balcón más tiempo que el que yo dedico a la literatura. 
Ultimos movimientos
En 1979 Fogwill ganó el Premio Coca Cola con su libro Mis muertos Punk . En 1982 escribió Los Pichi-
ciegos , una novela sobre Malvinas que terminó en tres días y medio y fue publicada en 1983. Hasta
1986 fue una máquina de muchas cosas. De publicar y aparecer en los medios entre otras. De esos
años son Música japonesa , Ejércitos imaginarios , Pájaros de la cabeza . Las fotos de entonces lo
muestran con la cara de asustar, delgado y furioso, el pelo en cresta como ramillete de tsunamis. .-Esa
imagen, ¿la pensaste? .-Sí. La pensé. La pensé, pero la sentí. Me producía y me sigue produciendo
hostilidad el sistema del libro mercancía y todo el aparato de prensa que hay alrededor de eso. Preferiría
no hacerlo. Pero me volví cuidadoso porque vos pensá: en 1985 se pagaba por un libro un anticipo que
era el equivalente a lo que yo ganaba en tres días. Ahora siguen pagando lo mismo, pero la diferencia es
que yo gano muy poco, entonces ese adelanto es mi salario de tres meses. Empecé a cuidar la fuente de
trabajo. .Pero antes, entre 1985 y 1990, Fogwill dejó de publicar, por decisión propia y juramento públi-
co. "Me hizo muy bien poder escribir libros fuera del sistema de la literatura. Había ocupado demasiados
lugares públicos ridículos. Columnista en todos los medios. Ya no sabía cuándo estaba pensando yo y
cuándo estaba pensando para... Fueron cinco años de paz." .Cuando volvió, volvió prolífico: escribió
Partes del todo , La buena nueva , Una pálida historia de amor , Vivir afuera , Lo Dado . Se hicieron re-
ediciones ampliadas de sus libros de cuentos y después, hace poco, llegó lo de la publicación en España
y una pequeña legión de fanáticos lectores al otro lado del océano. .-Antes, cuando iba con manuscritos
a las editoriales, nadie me quería publicar. Me pedían plata para publicarme. Una vez hice una recopila-
ción de relatos y los llevé a una editorial. Yo tenía mucha plata, realmente, y me pidieron plata para pu-
blicarlos. Entonces le dije al tipo: "Mirá, para gastar plata me compro tu editorial". Yo tenía una agencia
grande de investigación de mercado y una de publicidad. Pero después me fundí y perdí el arte de tener
guita. Volví a ganar muchas veces plata, a ganar mucho, pero perdí el arte de guardarla, cuidarla. No me
preocupa. Me preocupa cuando pienso en los chicos, en lo que cuesta la educación, pero yo qué sé, la
vida es así. Ahora asesoro empresas. Desarrollo de producto, marketing . Y me gusta. Me gusta mucho.
Pero me cuesta cada vez más. Cuando yo empecé a trabajar en marketing tenía 25 años y mis clientes
tenían 45. En el auge de mi carrera, yo tenía 30 años y mis clientes tenían 45, y yo estaba muy avejen-
tado. .-Por el sol... .-Y por la droga. Así que éramos iguales. Y ahora mis clientes tienen 23 o 30 y yo 60
y monedas. Laburan de ocho de la mañana a ocho de la noche y después van a cenar. Y yo extraño mi
siestita, la vuelta por Palermo, la caminata, los chicos. Es difícil seguirle el tren al ritmo mental que tie-
nen. Son muy inteligentes, absolutamente ignorantes, y tienen un arte para el zapping que yo no tengo. 
.-¿Fuiste corredor de bolsa? .
-¡No! No. Operador de bolsa. Timbero de bolsa. Tenía información interna y gané muchísima plata mien-
tras tuve buena información. Y ahora estoy en la miseria completa. No tengo casa, no tengo auto, no
tengo barco, no tengo seguro médico. No tengo biblioteca. Tengo 180 libros. En 1964 decidí que no que-
ría tener más biblioteca. Regalé todo. En algún momento empecé, con autores como Arturo Carrera, Viel
Temperley, Leónidas Lamborghini, Girri, a aplicar un sistema, que consistía en pegarlos tapa contra con-
tratapa. Cuando venía alguien a pedirme un libro prestado le decía "No, no te lo puedo prestar porque te
tengo que prestar un estante entero". Con mis propios libros empecé a hacer lo mismo, pero después
venía alguien y me decía "Che, necesito tal cuento tuyo para la revista tal" y entonces arrancaba un ca-
chito del libro, y al final al diablo también con eso. .El hijo de Fogwill juega con el tenedor aplastando las
moras y los arándanos de un postre con frutos del bosque. El padre sugiere que suba al Museo, a ver los
Monstruos de Berni: "Andá, que después te muestro los cuadros caros, los que cuestan un millón de dó-
lares". El nene se va. .
-¿Tendrá idea de cuánto es un millón de dólares?
-Sí. El único estúpido que no sabía cuánto era un millón de dólares cuando lo tenía, era yo. .Fogwill mira
las enormes paredes vidriadas del museo. Habla de su memoria monstruosa que le permite recordar los
nombres de las cosas más variadas y extrañas, de sus cinco hijos, de sus libros nuevos. Escribe dos de
poemas ( Canción de paz en Parkingon´s Avenue , Ultimos movimientos del señor Fogwill ) y corrige
una novela, Ejercicios de riesgo . .-Hay un poema en Ultimos movimientos... que, en realidad, estaba de-
dicado a una chica de LA NACION que me emocionó. Nora BŠr se llama, pero no la conozco. Ella hizo
una nota sobre las vacas clonadas, que me puso la carne de gallina. Parece que en la Argentina clona-
mos tres vaquitas. Son vaquitas jersey, vaquitas para producir leche, pero una viene con un gen hu-ma-
no, que produce la hormona de crecimiento, entonces, la sangre y la leche de esa vaca van a ayudar a
los petizos a crecer. Y dije yo, en el poema: "¿Buena noticia para los enanos? No. Para los padres de
enanos. Porque los enanos nunca quieren crecer. Los enanos quieren ser directamente otros, como to-
dos nosotros". 
Dice Fogwill y muerde una mora. Un pequeño ganglio dulce que permanece un instante atrapado entre
sus dientes, y después desaparece. .Por Leila Guerriero De la Redacción de LA NACION
Buenos Aires, 2003 .

ALICIA GARCÍA CURUTCHET

Publicado en Cuentos el 19 de Agosto, 2011, 14:59 por MScalona

La última estación

Hacía años que el ferrocarril había dejado de pasar por el pueblo. Dijera un hombre de la empresa por la radio: “El ramal es deficitario; hemos hecho grandes esfuerzos para mantenerlo en funcionamiento, pero la realidad es que el cierre es la única solución.” Los habitantes escucharon atentamente la noticia, y muchos pensaron que al final nada iba a suceder, pero en pocos meses comenzaron a sentir en carne propia la crueldad del desamparo. Por eso la mayoría abandonó el pueblo en busca de mejores horizontes. Los pocos obstinados que se quedaron fueron testigos de la caída de la antigua estación, en cuya vereda vegetaban, desmañados y enfermos, al menos veinte paraísos. Siempre oportunistas, los chimangos anidaban en los huecos de los troncos, desde donde vigilaban lo poco que aún quedaba para vigilar. Esa noche, los últimos pajarracos que se negaban a abandonar el pueblo vieron una silueta avanzar hacia lo profundo del pajonal como alma que lleva el Diablo. Vieron al hombre llegar y frenar en seco. Una segunda figura vestida de negro salió a su encuentro desde los fondos del último andén. No hubo saludos, apenas unas palabras que sonaron vacilantes.

-          Tenés que ayudarme, Gringo…-  La voz de la Lucecita hizo que el corazón del peón diera un respingo. Los chimangos abrieron grandes los ojos y prestaron atención.

-         Viniste…-

-         ¿Cómo no iba a venir? –

-         Como la última vez… -

-         Sos rencoroso, che. – La Lucecita sonrió desplegando los artilugios estudiados que siempre le habían dado resultado; miraba al piso mientras se acariciaba las trenzas, y con el pie derecho pisoteaba un yuyo aplanando un poco la tierra. – Yo te avisé que no iba a poder venir, el papá me vigilaba. Y por eso te quiero hablar, me tenés que ayudar…-

-         No, no me avisaste. – dijo el Gringo amargamente. Y en el momento en que el reproche salía de su boca, por la cabeza le iba pasando una sucesión de imágenes como naipes mal barajados, que saltaba de una a otra y se detenía en la visión anhelada de la Lucecita bajo su cuerpo, en medio del pajonal, los dos removiendo la tierra con el deseo cruel de la pampa.

-         Bueno, pero tuve la intención. ¿O vos pensás que soy mala? No, yo no soy mala, tengo miedo nomás. Miedo porque veo cómo todo se complica y no soy dueña de vivir mi vida, de poder hacer lo que yo quiera; siempre vigilada, siempre pensando en las cosas que se andan diciendo por ahí. A mí no me gusta vivir así, Gringo. Yo no quiero vivir así.- hizo una pausa y clavó el verde de sus ojos en el pardo oscuro de los del Gringo. – Y yo sé que vos me querés, me querés bien. Por eso te pido ayuda, porque sola no puedo hacer nada… –

-         ¿Y yo qué puedo hacer? Si no soy nadie. – la voz del Gringo ya no tenía la firmeza y convicción de siempre, en cada palabra había un poco de tristeza y amargura que formaban, en el conjunto total, una desolación profunda. – Yo no puedo hacer nada, Lucecita, más que soportar…-

-         Gringo, yo te conozco. Y no soy tonta, aunque parezca. Yo sé que no sos el simple peón que decís, y sé muy bien que escondés algo mucho más peligroso que la habilidad con la guitarra. Si hay alguien que puede hacer algo acá, sos vos, ¿me entendés? No tengas miedo, yo necesito un hombre con coraje ahora, no un miedoso. –

La cara del Gringo se transformó. La amargura mutó en fiereza contenida y los ojos pardos brillaron en la oscuridad que cubría los alrededores de la abandonada estación. Ahora las imágenes en su cabeza corrían veloces como un tren fantasma. Una tras otra las estaciones se sucedían en los pensamientos del Gringo pero todas eran fugaces; los vagones traqueteaban por una vía que él mismo creía ya abandonada y fuera de servicio, pero a medida que los rieles tomaban temperatura el tren aceleraba y aceleraba, revolvían en su interior los recuerdos más secretos. La voz de la hija de Barzola lo sacó del vértigo justo en el momento en que la formación se detenía de golpe en la estación más ominosa y lo volvió a la realidad con un susurro extorsivo.

-          Sacame de acá, Gringo. Si me librás de todo esto puedo ser tuya para siempre. Vámonos de acá, dejemos este pueblo atrás. –

La luz entre ambos cuerpos se apagó de repente. La Lucecita avanzó hasta palpar los brazos acerados del peón, quien de haber intuido cuánto daño le haría esa mentira se habría apartado en el instante. Pero la carne es blanda. La Lucecita le desabrochó dos botones de la camisa, le besó el pecho y siguió subiendo por el sudoroso cuello hasta las orejas con los labios entreabiertos. Alterado, jadeante como un perro con sed, el Gringo parecía echar luz por la piel. Estaba listo para descender a los infiernos y vencer a Satanás en su propia salamanca si era necesario. Su boca se había inundado de una saliva espesa que asomaba hecha espuma por las comisuras de sus labios. Así y todo se besaron por un instante, hasta que la diestra del Gringo comenzó a levantarle muslo arriba la falda a la muchacha. Pero la Lucecita se apartó violentamente, acomodándose la ropa, las trenzas y el pañuelo que llevaba al cuello.

-         No, Gringo. No te apures. Es mejor que me vaya…tengo que volver antes de que el papá descubra que no estoy. Ya sabés cómo es él, tarde o temprano lo va a averiguar, lo nuestro, digo… Pensá bien lo que te dije. -

Los extensos terrenos del ferrocarril se desplegaban ante el Gringo como una sábana blanca bajo la luna. Habían adquirido una nueva fisonomía en la cual ahora podía reconocer no sólo sombras, sino también claridades. No hubo despedidas. La muchacha giró y sin más emprendió el regreso. Él la acompaño con la mirada hasta que en la distancia su ropa negra la disimuló en la oscuridad. El hombre se arremangó, la sangre le hervía en las venas. No traía reloj, pero sabía que el tiempo había pasado sin clemencia. Andar por las calles a esa hora sería tan desaconsejable como volver a su rancho y meter al Pichón en sus propios problemas. En poco tiempo llegaría el alba, y las tareas en la estancia comenzaban siempre al cantar el primer gallo. Al rojo como una fragua, el Gringo emprendió la caminata. Le quedaban quince kilómetros y mucha oscuridad para enfriarse y pensar qué hacer con Barzola, con la Lucecita y con su vida. Algunos trenes hay que tomarlos una sola vez en la vida, pensaba. O a lo mejor no. A un costado, refugiados por los paraísos, los chimangos lo vieron irse con su paso enérgico, agitaron un poco las plumas y cerraron los ojos esperando el amanecer.

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La culpa no es del toro

 

No solamente niebla había traído la primavera, sino también una seca brutal que de a poco fue convirtiendo al arroyo en un alambre de vidrio. Entre las costras desordenadas del lecho marrón, la vida y la muerte se las arreglaban para seguir adelante. Y los chimangos, de parabienes. Pajarracos de porquería. Con ojos turbios y desafiantes calculaban el resultado de la deprimente ecuación; mucho animal sediento, poco pastizal en pie, apenas yuyos… mucha víbora. No era raro que en ocasiones, al irse la niebla, quedara a la vista alguna osamenta de vaca desparramada sobre la tierra. Desorientadas, pisaban a las cruceras; al rato flaqueaban las patas y se recostaban suavemente sobre un costado. Se entregaban mansas e ignorantes a la muerte lenta. Después, los gases de la pudrición las inflaban, las deformaban, las transformaban en carroña. Un espectáculo feo para cualquiera, salvo para los chimangos que esa mañana amanecieron alrededor del cuerpo helado del peón Juan Gauna.

Al mediodía el aire estaba limpio y no había nubes que se animaran a tapar el sol, como si la niebla se hubiera retirado de golpe para facilitar el hallazgo macabro.

-        ¿Ve usted lo que yo, comisario?-

-        Yo estoy viendo lo que usted verá en un rato, Carlini.-

Justo Becerra y el oficial Carlini bajaron por la pendiente. Carlini seguía al comisario un par de pasos atrás, un poco porque iba anotando prolijamente sus observaciones y otro tanto porque que era cortito como tranco ‘e pollo. Ambos sabían que la naturaleza tenía sus propias leyes, seguramente cercanas a las de Dios, si es que éste existía. No poseían el espíritu rústico de la gente del campo, aunque sí un olfato muy delicado al momento de rastrear a quienes se apartaban de las leyes del Hombre. Odiaban el haberse mojado los zapatos, las medias y los pantalones del uniforme con el pasto aún húmedo, pero no lo hablarían hasta llegar al patrullero, en privado. Los sabuesos tenían un motivo muy poderoso para estar ahí: el segundo cadáver que en pocos días había aparecido en la órbita de la estancia. Al llegar al potrero de los toros, un hombre con cara de pocos amigos los recibió con la diestra extendida.

-        Barzola, a sus órdenes. -  Antes de las presentaciones de rigor, los oficiales cruzaron una mirada inequívoca.

El lote estaba vacío. Carlini echó un vistazo rápido y comenzó a caminar meditando cada pisada. Avanzaba dos pasos, se detenía, miraba el cielo, anotaba en la libreta, daba un paso más, volvía la vista hacia Becerra y Barzola, avanzaba. Le llevó cinco minutos llegar hasta el esquinero contra el que estaba apoyado el cadáver. Era evidente que lo habían movido hasta allí, nadie se muere de una cornada de toro y queda acomodado de manera tan gentil. Hasta Carlini sabía eso. El pobre Gauna tenía la espalda apoyada contra el esquinero y la cabeza ladeada como tomando una siesta contra el alambre de púa. Carlini espantó con un gesto a dos chimangos irrespetuosos que le picoteaban la cara. Uno de ellos se alejó con un aleteo desprolijo; de su pico colgaba la gelatina albiceleste que Gauna solía llevar por ojos. Bichos de mierda, pensó Carlini. Miró el cuerpo del peón sin emoción alguna, no era el primer muerto que le tocaba inspeccionar. Sobre el pecho descubierto de Gauna se veía la cornada limpia y brutal; tenía la camisa pegoteada con tierra y sangre, varios rasguños en los brazos y los puños apretados. El ojo izquierdo, que se había salvado del saqueo de los pajarracos, sostenía una expresión que Carlini no pudo evitar reconocer. Mientras el comisario y el capataz seguían hablando desentendidos, se puso a inspeccionar, usando el lápiz como herramienta forense, las evidencias que el cuerpo ya tieso de Gauna le brindaba.

-        Espesa la niebla… – dijo Becerra mirando fijo a los ojos de Barzola. –

-        Ajá. – respondió Barzola secamente. – A mí no me disgusta del todo, lo que tiene de malo es que en mañanas así la peonada se me resiste a arrancar. Les falta coraje, se ve. –

-        Parece que a éste no le faltaba. Pero ahora no le quedó nada, le falta todo. –

-        Ah, el pobre Gauna, la excepción a la regla. Un tipo diferente a las otras lacras. Una lástima. –

-        Una lástima, pero lo mandaron a arreglárselas a tientas con animales tan peligrosos. – retrucó Becerra sin bajar la mirada. – ¿No le parece, mi amigo? –

-        Cosas del patrón… y del agrónomo. Yo obedezco nomás. De lo único que entiendo es de órdenes, no de propósitos, comisario. El patrón no está, pero si quiere le llamo al ingeniero. – Barzola extrajo de su campera un cigarro armado y le dio mecha con un encendedor de bronce algo desvencijado.

-        ¿Y el toro? – preguntó Becerra ignorando las últimas palabras del capataz.

-        Andaba nervioso, así que tuvimos que llevarlo con los demás al lote del fondo. Si estuviera acá ni usted, ni el inspector, ni yo estaríamos conversando tan tranquilos. Martínez es una fiera. –

-        ¿Martínez? -

-        Así se lo llama. No me mire raro, yo no le puse ese nombre. –

-        Al oficial Carlini y a mí nos gustaría verlo más de cerca… – arremetió Becerra mirando con ojos entrecerrados para el lote del fondo, donde la torada se mantenía todavía ajena a la tragedia.

-        Como guste, ya le mando un peón para que los acompañe. Yo debo disculparme, pero un asunto urgente me reclama. Si no tienen más dudas…-

Barzola se dio vuelta y levantando los brazos llamó a uno de sus hombres. En ese momento, Carlini se acercó hasta los dos hombres. Se paró a la par del comisario y sin que Barzola lo notara le puso algo en la mano a Becerra. Éste lo palpó con la palma y las yemas, pero ni siquiera amagó mirar de qué se trataba. Entre los dedos agarrotados del cadáver de Gauna, la pericia de Carlini había descubierto un pedazo de piolín de unos treinta centímetros de largo; su olfato para aquellos asuntos le decía que se trataba de una pieza importante para entender el accidente entre el malogrado Gauna y el angus reproductor.

-        No por ahora. Vaya nomás. – dijo el comisario, expeditivo.

-        Por acá estaremos. – respondió el capataz.

Los tres hombres se estrecharon las manos como estudiándose la fuerza y la astucia. El peón que había llamado Barzola llegó hasta ellos.

-        Acá está… – comenzó a decir Barzola, pero el comisario lo interrumpió sin que pudiera terminar la frase.

-        El Gringo. Ya nos hemos visto las caras.-

-        Buenos días. Comisario, oficial…- la voz reposada del Gringo llevaba la misma serenidad del primer interrogatorio, tras el homicidio del Lorenzo.

-        Acompañe a los oficiales al lote cuatro, a ver a Martínez. – Barzola finalizó la conversación y apurando el tranco por la pendiente se alejó del potrero.

Una hora más tarde, Becerra y Carlini se quitaban los zapatos y las medias empapadas dentro de la relativa comodidad del patrullero. Habían hablado con el Gringo sin poder obtener mayores detalles. Si bien parco, el hombre parecía sincero en su desconocimiento de los hechos. Al menos, esa era la impresión que le había causado a Carlini y que quedara registrada en su libreta de notas, además de una disquisición  humanizada del instinto asesino de un Martínez que lamía de su cuero la sangre seca de Gauna. De todas maneras, se le recomendó que no se alejara de la estancia. El comisario, ensimismado, pensativo, escuchó el informe preliminar de Carlini mientras jugueteaba con el piolín, estimando su resistencia y olfateándolo de a ratos. Cuando el oficial hubo terminado, Becerra levantó la mirada, arrojó la prueba sobre la libreta y poniendo en su voz un tono afectado por la soberbia dijo:

-         Si mi olfato no me engaña, hemos estado hablado con el asesino.

 

 

ALICIA GARCÍA CURUTCHET

 

KATHERINE MANSFIELD, prefacio a DIARIOS

Publicado en Ensayo el 19 de Agosto, 2011, 0:39 por MScalona

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PREFACIO A SUS DIARIOS

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            Katherine Mansfield (Katherine Middleton Murry, de soltera Kathleen Beauchamp) nació en Wellington, Nueva Zelanda, el 14 de octubre de 1888. Era la tercera de una familia de cinco hijos. Los Beauchamp llevaban tres generaciones en Australia y Nueva Zelanda. Katherine Mansfield pasó la mayor parte de su infancia en una pequeña aldea llamada Karori, a pocas millas de Wellington, donde había una única escuela, en la que compartió las clases con el hijo del lechero y las hijas de la lavandera (véase “La casa de muñecas”). Está documentado que a los nueve años le aceptaron su primer relato –recuerdo haberla oído decir que apareció en una revista llamada The Lone Hand- y que, a esa misma edad, ganó el primer premio de redacción de la escuela de la aldea. El tema fue “Un viaje marítimo”.

         A los trece años la enviaron a estudiar a Inglaterra, al Queen’s Collage, en Harley Street, donde permaneció hasta los dieciocho años, y se encargó de la edición de la revista escolar. Como otros jóvenes de su generación, su libertad intelectual despertó gracias a su admiración por Oscar Wilde y por los “decadentes” ingleses, pero su interés derivó pronto de la literatura a la música. Se convirtió en entusiasta y excelente intérprete del violonchelo.

         En contra de su voluntad volvió a Nueva Zelanda y pasó los dos años siguientes en rebelión casi constante contra lo que entonces ella consideraba la estrechez de miras y el provincianismo de una ciudad colonial lejana. Como es natural, Londres le parecía el centro vital de toda actividad artística e intelectual. Una familia de Wellington dedicada a la música, íntimos amigos suyos, que eran para ella un oasis en lo que le parecía entonces un desierto intelectual, dejaron Nueva Zelanda para instalarse en Londres. Su partida la desesperó, y se enroló en una dura expedición a la selva neozelandesa. A su vuelta a casa, convenció a sus padres para que le permitieran vivir en Inglaterra con una pequeña asignación económica.

         Poco después, abandonó definitivamente la música por la literatura. Sin descanso y sin éxito empezó a enviar manuscritos a los editores y, en su esfuerzo por sobrevivir, vivió una serie de experiencias variadas como intérprete de papeles menores en compañías de ópera itinerantes y otros trabajos de este estilo, hasta que el editor de The New Age reconoció la calidad de sus escritos, de modo que entre 1909 y 1911 colaboró con bastante asiduidad en el periódico. En 1911 publicó En una pensión alemana, una serie de relatos que había escrito para The New Age, basados en su convalecencia en Alemania. El libro se ganó el inmediato reconocimiento. Había alcanzado su tercera edición cuando las ventas se vieron desastrosamente interrumpidas por la quiebra inesperada del editor. La autora recibió un adelanto de quince libras esterlinas a cuenta de los derechos de En una pensión alemana, que naturalmente nunca llegaron.

La conocí en diciembre de 1911, en casa del novelista W.L. George. Yo era entonces estudiante de Oxford y editor, junto con Michael Sadleir de una revista literaria juvenil llamada Rhythm. Katherine Mansfield empezó a escribir para relatos para ella con regularidad. El primero, “The Woman at The Store”, de escaso éxito. Katherine Mansfield y yo coeditamos los tres últimos números de la revista Rhythm, que duró aproximadamente un año más, y pasó a titularse The Blue Review. La mayor parte de los relatos que escribió para la revista, a veces dos al mes, volvieron a publicarse en Algo infantil y otros cuentos.

         Cuando, en julio de 1913, desapareció The Blue Review, Katherine Mansfield se quedó sin un lugar donde escribir. Todos los editores a los que envió el bellísimo relato “Algo infantil pero muy natural”, escrito en París en diciembre de 1913, lo rechazaron sin excepción. No hubo manera de colocar ninguno de sus relatos hasta el invierno de 1915, cuando ella, D.H. Lawrence y yo preparamos tres números de una pequeña revista, escrita enteramente por nosotros tres, llamada The Signature. La revista desapareció a los dos meses, y de nuevo Katherine Mansfield se quedó sin lugar donde escribir hasta que me convertí en editor de The Atheneum, en 1919. En 1918 algunas revistas inglesas publicaron tres de sus relatos. “Felicidad” en The English Review; “Cine” y “El hombre apático” en Art and Letters. En 1917, sin embargo, Hogarth Press publicó Preludio y otros relatos en forma de pequeño libro azul, y en 1918 mi hermano y yo editamos Je ne parle pas français para distribuirlo en privado.

         Preludio marca el principio de la fase final del desarrollo artístico de Katherine Mansfield. Como a otros muchos autores de su generación de menor talento que el de ella, la guerra le produjo un gran impacto interior. Durante bastante tiempo se vio superada por el caos al que estuvieron sometidos sus pensamientos, sus ideales y propósitos. Lentamente empezó a pensar en su primera infancia como una forma de vida al margen y no contaminada por la civilización mecánica que había desencadenado la guerra. El momento clave llegó en 1915 cuando su muy querido hermano menor llegó a Inglaterra para alistarse como oficial en el ejército inglés. El encuentro con él fue el núcleo en torno al que cristalizaron sus cambios de actitud. Ambos hablaron sobre su infancia durante largas horas, y Katherine Mansfield decidió dedicarse a recrear su pasado tal como lo había vivido y sentido en Nueva Zelanda. La muerte de su hermano un mes después la confirmó en su propósito y muy poco después se instaló en Bandol, en el sur de Francia, y empezó a trabajar en un relato largo sobre su infancia llamado “The Aloe”, que se publicó en forma abreviada como Preludio.

Cuando apreció Preludio como un libro azul, no despertó interés alguno. La mayoría de los periódicos a los que se envió no le dedicaron ningún comentario y los dos que los mencionaron no vieron en él nada excepcional. Pero Katherine Mansfield tuvo su momento de éxito cunado el impresor local de cuyos talleres salió el libro, al leerlo, exclamó: << ¡Vaya! Pero, ¡si estos niños son reales! >> Katherine prefirió siempre las alabanzas de la gente sencilla, no literaria, a las de las personas cultas y a las de los críticos; esta preferencia se intensificó con el tiempo, cuando, tras la publicación de Felicidad, empezó a recibir cartas de personas sencillas a las que había gustado la obra, sobre todo el personajes de la niña Kezia. Se sentía responsable ante este tipo de lectores y creía que estaba obligada a decirles la verdad y solo la verdad. Su preocupación por la verdad, tanto en su narrativa como en su propia vida, se convirtió en una pasión devoradora en sus últimos años. Mansfield se aparto de la literatura moderna: solo le parecía <<verdad>> una parte muy pequeña de ella. <<Los escritores no son humildes>>, solía decir; no estaban al servicio de las grandes causas a las que se debe la literatura.

Entretanto Preludio no pasaba de ser un succés d´estime, si es que llegaba a serlo. Su calidad verdaderamente original y única no se valoró de verdad hasta que apareció como primer relato de Felicidad.

En diciembre de 1917, justo al terminar le revisión del manuscrito de Preludio previa a la impresión, Katherine Mansfield sufrió un ataque serio de pleuresía. La tristeza y depresión de un Londres sin sol, ensombrecido en ese momento por la guerra, afectaron profundamente a una persona como ella, que había pasado su infancia en un clima más benigno. Añoraba el sol; confiaba en que con solo volver a Bandol, la aldea al sur de Francia que tanto amaba, se repondría inmediatamente. Abandonó por tanto Inglaterra a principios de enero de 1918, pero en aquel último año de guerra las condiciones para desplazarse por Francia habían empeorado tanto que las dificultades del viaje (que tuvo que realizar sola) perjudicaron su salud. Para su desilusión, la misma ciudad de Bandol había cambiado totalmente, también la guerra la había echado a perder. En cuanto llegó, enferma y sola, le entró un gran deseo de regresar a Inglaterra. La mala suerte se tiñó de tragedia al impedirle su regreso inmediato. Las autoridades tardaron semanas en concederle permiso para volver, el día en que llegó por fin a París, debilitada y muy enferma, se inicio el largo bombardeo de la ciudad y se suspendió el tráfico civil entre Inglaterra y Francia. Los sufrimientos del viaje a Francia transformaron su pleuresía en tuberculosis.

Pasó el verano de 1918 en Looe, en Cornualles, y regresó a una casa nueva en Hampstead para pasar el invierno. En la primavera de 1919 me hice cargo de la publicación de la revista The Atheneum, y ella empezó con sus críticas de novelas, colaboraciones semanales que firmaba con sus iniciales, K.M., y que no tardaron en hacerse famosas. Poco después pasó a escribir un relato mensual para la revista. Pronto algunos editores le pidieron, por primera vez, que publicara sus relatos compilados y a principios de 1920 apareció Felicidad por la que le pagaron cuarenta libras esterlinas.

Antes de que apareciera el volumen, se vio obligada a abandonar Inglaterra a causa de su enfermedad. Pasó el invierno de 1919-1920 en Ospedaletti y Mentone, donde le llegó la noticia del éxito de su libro. Volvió a Hampstead en verano, y en septiembre se dirigió de nuevo a Mentones, de donde partió en mayo de 1921 para trasladarse a Montana, en Suiza.

En el otoño de 1921 terminó Fiesta en el jardín y otras cuantos, que se público en la primavera de 1922 mientras la autora estaba en París, adonde acudió en febrero para recibir un tratamiento especial. Tras la publicación de Fiesta en el jardín y otros cuantos fue considerada la autora inglesa más destacada de su generación.

Pero ya en 1922 escribir le resultaba una lucha casi imposible, no solo por la enfermedad, sino por la convicción interna de que antes de seguir escribiendo, antes de merecer expresar toda la verdad que su imaginación era capaz de comprender, le era imprescindible someterse a un proceso de purificación interior. En julio 1922 terminó <<El canario>>, el último relato completo que escribió. En el mes de octubre de ese mismo año abandonó la escritura, temporal e intencionadamente, y se retiró a Fontainebleau, donde murió repentina e inesperadamente la noche del 9 de enero de 1923.

Me resulta difícil intentar valorar críticamente el trabajo de Katherine Mansfield. Durante años estuve implicado en él. Creí en él, lo publiqué, y en algún caso esporádico lo imprimí con mis propias manos. Y ahora, y siempre, me es y me será imposible distanciarme de él. Solo puedo decir que su trabajo me parece de una finura y pureza superior a la de sus contemporáneos. Es más espontáneo, más vivido, más delicado y más hermoso. Katherine Mansfield respondió a la vida más intensamente que cualquier otro escritor que yo haya conocido, y el efecto de la intensidad de su respuesta está en su obra.

Es más afín a la de los poetas ingleses que a la de los autores en prosa. No se la puede relacionar con ningún autor en prosa inglés. La revolución que Katherine Mansfield introdujo en el arte del relato corto en Inglaterra fue tontamente personal. Son muchos los autores que han intentado continuar su trabajo; ninguno ha alcanzado un resultado medianamente comparable. Su secreto desapareció con ella. Y los numerosos críticos que han intentado definir las cualidades de su trabajo y lo que lo hace imposible de imitar  se han visto obligados a renunciar a su empeño, desesperados. Es digno de consideración, sin embargo, que la admiración más incondicional por su trabajo proceda sobre todo de los autores de relato breve más destacados de Inglaterra: H.G Wells, John Galsworthy, Walter de la Mare, H.M. Tomlinson, Stacy Aumonier, Barry Pain, Ethel Clburn Mayne. Estos autores la aclaman con una sola voz como Hors concours, aunque, como a cualquier crítico, les resulta muy difícil decir en que radica su superioridad. Tal vez el hecho más destacado es que sus obras han alcanzado un éxito popular poco común. Seguramente por tratarse de un arte de índole extrañamente instintivo,  muchas personas sencillas leen y adoran sus relatos, y reconocen en sus personajes una realidad viva muy poco frecuente en la literatura. Y es posible que la crítica más sencilla sea la más verdadera, y que el juicio más adecuado sobre su escritura sea la del impresor que ya he citado: <<Pero 1si estos niños son reales>>!

A quien, como yo, la conoció íntimamente, y (en cierto sentido) trabajó con ella durante la mayor parte de su carrera de escritora; a quien copió y puntuó y critico sus relatos mientras los estaba escribiendo, le resulta imposible silenciar un aspecto de su naturaleza que, en mi opinión, fue clave para comprender una cualidad muy particular de su trabajo: solo se me ocurre describir esta extraña cualidad como una clase de pureza. Es como si el espejo a través del que contemplaba la vida hubiera sido diáfano como el cristal. Y esta cualidad de su trabajo se correspondió con una cualidad de su vida. Katherine Mansfield fue natural y espontánea como ninguna otra persona que yo haya conocido. Parecía adaptarse a la vida como una flor se adapta a la tierra y al sol. Sufría intensamente y gozaba enormemente; pero su sufrimiento y su gozo no eran nunca parciales, llenaban todo su ser. Fue completamente generosa, completamente valiente, cuando se entregaba a la vida, al amor, a aquel espíritu de la verdad al que servía, lo hacía con la grandeza propia de una reina.  Amaba la vida- con toda su belleza y su dolor-; aceptaba la vida es su totalidad  y tenía derecho a aceptarla porque había soportado todo el sufrimiento con el que la vida es capaz de castigar a una sola persona.

He redactado este breve esbozo biográfico para informar a las numerosas personas que me han preguntado sobre los detalles de la vida de Katherine Mansfield. Lo incluyo aquí como telón  de fondo de Diario y de los dos volúmenes de cartas que estamos preparando para su edición. En cuanto al Diario, el texto exige también unas pocas palabras introductorias. En varios momentos de su vida Catherine Mansfield consideró escribir para su publicación <<una especie de libros de notas detallado>> (véase la entrada del 22 de enero de 1916). Sus manuscritos demuestran que la aurora intentó en tres ocasiones poner en práctica   su proyecto, y en una incluso llego a pedirme que buscara un editor que lo publicara. Las notas para ese <<libro de notas>> procederían de entradas en su diario. En unos pocos casos, en mayo de 1919, por ejemplo, la entrada original del Diario y la nota constan en el texto, una junto a otra.

El resto del material que compone el Diario es diverso: notas breves (y a veces difíciles) para relatos, fragmentos de diarios cartas no enviadas y confesiones dispersas por sus manuscritos. En estos casos he añadido una explicación mínima para hacer los comprensibles.

A excepción de una única entrada, el Diario empieza en 1914. <<Los enormes  y quejosos diarios>> a los que se refiere Katherine Mansfield (14 de febrero de 1916) se destruyeron todos los Mansfield era implacable con su pasado, y no me cabe duda de que ha sobrevivido es casi totalmente lo que, por la razón que fuera, ella quiso que sobreviviera.      

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JOHN MIDDLETON MURRY

Esposo, editor, co-autor de K.M.

otra fiesta literaria

Publicado en Sugerencias. el 19 de Agosto, 2011, 0:07 por MScalona

mañana viernes, 21,30 hs. 

VIAMONTE   1111- Rosario

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MAÑANA  21:30pm - 

Location
Centro Cultural Panta Rei

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Poesía, teatro, performance, intervenciones, fotografía, música, ruido, furia, paisajes, ball…enas, guardianes, centeno, algodón, carretera, ¡y nada nada de ley seca!

¡Vendría Bukowsky! ¡Vendría Hemingway! ¡Vendría Faulkner! ¡Vendría Salinger!

Carla Saccani, Maia Morosano, Rocío Muñoz, Luis Alberto Steinmann, Corina Moscovich, Gonzalo García, Gina Coeli, Fede Rodríguez… ¡Y más y más!

Carrusel de homenajes a los textos norteamericanos desde la mezcla de las artes.

Música norteamericana toda la noche: jazz, rock, grunge, punk…

¡Vení si sos un bit! ¡Vení si andás por la generación perdida! ¡Vení si te graznan los cuervos o te maúllan los gatos de Poe! ¡Vení si sos una gata sobre un tejado de zinc caliente! Si sos la reina del baile! ¡Si sos un adolescente rebelde! ¡Vení si "has visto a los mejores cerebros de tu generación destruídos por la locura! ¡Vení! ¡Vení aunque te digas "preferiría no hacerlo"! No importa, ¡vos vení de todas formas!

Precio de la entrada: 10 pesos, ¡para que la Editorial Espiral Calipso pueda seguir apostando por la literatura nueva!

Si querés colaborar con tu propio homenaje no dudes en contactarnos: espiralcalipso@yahoo.com.ar

¡Los esperamos!

                         M A I A

el sábado, libro, ensayo y fiesta del taller...

Publicado en Sugerencias. el 16 de Agosto, 2011, 15:10 por MScalona

yo hablaré del libro, JUAN PABLO HUDSON expondrá un microensayo sobre "Qué es escribir"

y el autor, FRANCISCO, leerá un relato del libro. Después tenemos la música en vivo de la

FLYING DODO SOCIETY y la fiesta...  los esperamos  !!!!!!!!!!!   Marce

SUSANA PAGANINI

Publicado en Cuentos el 11 de Agosto, 2011, 23:40 por MScalona

a  Ale  (hp)  

 

 

Puzzle

 

 

Julia abrió la puerta. Su voz chillona ocultaba tristeza, - o así lo quise suponer-. Con un único gesto de su brazo me invitó a seguirla por ese pasillo largo antes de entrar a la casa.

Hacía frío afuera pero el living comedor estaba calentito, me senté pidiendo permiso -ella no paraba de emitir sonidos que impactaban en mi piel, otros me atravesaban hasta escaparse sin posibilidad alguna de que pudiera retenerlos como palabras: la comida para el gato que aumenta, sus cosas, el cambio del clima, lo que dijo Cristina, acostumbrarse a Su ausencia, la cuenta de la luz, no se puede salir a la calle sin salir herido. Todos dichos de la tele repetidos sin filtro.-

No sé si fue mi silencio sostenido articulado a mi cara de desconcierto , quizás el nudo que se me ató en la garganta -ahora visible a sus ojos - o la foto en de El, testigo de mi malestar, en la pared pero de repente se quedó callada.

Sentí su mirada fija en mí  con una vocación indagatoria, adivinadora de pensamientos.

-Te sirvo un whisky, supongo que es lo que tomás.

Supuso mal pero  yo no estaba en condiciones de contrariarla, Amarillo maíz, en el vaso ancho medio lleno.

Así que lo sostuve hasta   dejarlo cerca en la mesa. El calor del primer trago atravesaba ya mi interior mientras el nudo se teñía con el líquido hasta suavizarse. Lo sentí adentro confuso, conmigo y yo con él.

Fue la anestesia necesaria para poder agradecer a Mabel su atención.

Ya me había arrepentido de haber cruzado ese umbral ahora tan lejano. Ansiaba salir corriendo. Ella siguió hablando con renovado coraje seguramente al verme algo recuperada. Lo que pude escuchar y ahora en mi recuerdo dudo si efectivamente ocurrió, fue que se levantó rápidamente de la silla y me dijo:

-Bajá : Lo vas a encontrar. Salgo un minuto antes que cierre la panadería.

Días atrás la había llamado por teléfono con la escusa de ir a recuperar mi ´Mil mesetas.´

Hacía tiempo que entraba al taller, sin embargo lo percibí una vez más como una especie de abismo ordenado: algunas de las pinturas estaban apiladas en el piso, otras desplegadas como capas de cebollas sobre las paredes, muchas colgaban del techo. Las fui reconociendo a través de los fragmentos que veía. Cada una me arrojaba a un recuerdo que se hacía presente en una sucesión  de fotos que se iban superponiendo a otras como capas de un hojaldre, hasta sentirme nerviosa, rara. En un rincón se acurrucaba el viejo sofá, tan largo como él, termo, mate sobre una banqueta, parecían estar a la espera.

Me costó encontrar la biblioteca, la descubrí escondida detrás de un par de cuadros. Intuí un orden en esa apariencia aleatoria en la disposición de los libros , jugué a adivinar cuál sería: por autor, por género, por fecha , por lenguas o  país, por la relación entre su vida y ellos, por la fecha en que los leyó. Quizás organizados en forma  decreciente desde los más amados , -le pregunta Él vos nunca se llevaron bien: -Limitan, me explicaba. Quizás entonces estuvieran allí sólo dispuestos en ese espacio común del mueble. Y supe con  placer masoquista que me iba a llevar más de una visita encontrarlo. Decidí concentrarme en mi tarea y no caer en mi propia trampa, convencida temporalmente de que de verdad había ido a buscar el libro. Elegí sentarme a cierta distancia implorando coraje, conté los estantes, los grafiqué en mi cuaderno, prolijamente dejé indicado por dónde iniciaba la búsqueda. Todos ellos estaban cubiertos con un poco de tierra también en partes atrapados por algunas telarañas.

Me animé con un par de tragos abundantes para disfrutar mi perspectiva, aunque no estaba acostumbrada a tomar bebida blanca.

Entonces los ví: me sorprendió el dibujo en el caballete. Hacía tiempo que su ventana se había trasladado al piso, que las telas grandes habían pasado a ser parte de su escenario. -´El problema del cuadro son sus bordes,´ me enseñaba ampliando las fronteras.

Sumó a los pinceles brochas, escobas, mangas de repostería, trapos, esponjas hasta hacerlos actuar sobre la tela horizontal.

Tan distinto a este otro hecho a trazos simples con  lápices de colores. Quedaban huecos en el papel, espacios vacíos. Algo de trampa había en él, me seducía porque era uno pero a la vez muchos. Como una especie de puzzle abierto las piezas se articulaban unas con otras desde sus límites. Se conectaban a partir de esa primera relación de proximidad y juntura. Pero era inevitable quedar atrapada en otras miradas -en una pesquisa impuesta por él mismo: ofrecía datos , señales, aparentes relaciones inconexas. Capas superpuestas se disponían  en otras tramas desbordando la finitud de las piezas hasta que la mirada muy cercana rompía  esa dureza: la precisión que definía sus límites tampoco  era tal. Desaparecía su unidad, su contundencia, vuelta filigrana, inmaterial. Se tornaban tan fluidos como difusos los bordes: zona de contaminación y mezcla, de mixtura y mestizaje entre las piezas del rompecabezas.

 Conmovida, me pareció oír un ruido, me ayudé con otro trago deteniendo mi vista en la escalera. Lo volví a mirar: era el mismo, pero diferente.

Gamas de azul y naranja, rojos, magentas, amarillos y verdes, una y otra vez. El dibujo parecía reinventarse en cada mirada mía. Empecé a pensar que esa hija de puta se estaba vengando, que me había puesto un veneno en el whisky que antes de morir te provocaba alucinaciones. A punto de paralizarme de miedo ya con el vaso vacío sentí su presencia. Como un rato antes al tragar, ahora  el y yo éramos lo mismo. Misma espesura de fluidos mezclados : cóncavo y convexo , el derecho y el revés. La materia de mis sueños fue encontrarlo en el sofá acostado boca arriba, igual que cuando lo vi por ultima vez en el sanatorio, y no me animé a tocarlo, ni rozarlo, y reprimí mis ganas de saltar arriba suyo para comerlo a besos en la cara, en el cuello, en sus canas, su cuerpo. Temí quedar pegada a Él, abotonada. –Ahora me reprocho no haberlo hecho-. Me acerqué sin despertarlo, y me fui.

Esta vez no dudé. Mi pollera larga de gajos de jean se abría lo suficiente. Me saqué la bombacha y le desprendí el pantalón, la camisa después. -Despacio que no hay apuro, esperamos tanto. Tantas veces en las comidas, a la salida de la Escuela quedábamos necesariamente juntos y nos comíamos con los ojos sin atrevernos.

Como aquel día, después de la muestra que llovía a cántaros, y habíamos tomado tanto vino. Había perdido todas las discusiones muy enojada, ofuscada y en la vereda bajo el agua tuvimos un beso cliché por única vez en la vida.

O cuando mareados por el premio entre el humo me dijo: -Te quiero coger. Me escapé corriendo de aquel otro sótano de Barcelona, huí de El con pánico y como Forest Gump no pude detenerme por mucho tiempo. O esa última en el bar de 27 cuando les conté que me estaba divorciando, y me sirvió la comida, se puso triste, me llenó de ternura y también me fui, - esta vez  sin querer- cuando me llamaron porque  la nena tenía un ataque de asma .

Cuando me desperté, tenía mi mano derecha acalambrada, la boca pastosa, una sensación de extrañamiento, desconocí el lugar hasta que fui recomponiendo las imágenes en el recuerdo.

Julia me miraba desde el pie de la escalera con los brazos cruzados. Como Alicia en el pozo, el viaje se me presentaba  lento pero no menos incierto.

Todo lo que sucedió a continuación fue una concatenación de pequeñas acciones que me llevaron rápidamente hasta la salida.

Aunque no encontré el libro, no me sentía muy segura de querer volver.

 

 

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                                                            SUSANA  PAGANINI

LUCÍA ANDREOZZI: el taller

Publicado en Ensayo el 11 de Agosto, 2011, 18:00 por MScalona

BEATRIZ VIGNOLI reseña LA COSA MÁS...

Publicado en Ensayo el 10 de Agosto, 2011, 11:48 por MScalona

CULTURA / ESPECTACULOS › 

LA COSA MAS AMARGA, DE LA ROSARINA PATRICIA SUAREZ

Acidez y nihilismo para esta ciudad

por Beatriz Vignoli

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El deseo, o cierto modo contemporáneo de entenderlo a partir de la vulgata lacaniana silvestre, es el tema de una sátira picaresca de impiedad dieciochesca en La cosa más amarga, la breve y ágil novela cargada de entretenidas peripecias que Patricia Suárez (Rosario, 1969) presenta este viernes en su ciudad. La cita es a las 19.30 en el auditorio de la librería y editorial Homo Sapiens (Sarmiento 829), que editó el libro en la colección Ciudad y Orilla cuyo director, Marcelo Scalona, lo presentará junto a la autora y esta cronista.

"Hasta la cosa más amarga, al cabo de un tiempo, se vuelve cosa de risa", reflexiona uno de los personajes de esta comedia negra, o tragicomedia de enredos, donde la escritora rosarina hace reír a carcajadas a costa de cosas como un pedófilo, un caníbal que es dejado en libertad, la acosadora madura que a su vez persigue al joven pedófilo, la desquiciada familia de la niña que es perseguida por el pedófilo, y las consecuencias fatales para la frustrada acosadora de que su presa esté ocupada depredando. Un teléfono celular va y viene entre la locura de los personajes descalabrándolo todo aún más, como una valija extraviada en una película de hoteles de los años sesenta.

Saberes como el cine, el psicoanálisis, el hatha yoga y la revista Burda, o consejos de casamenteros inescrupulosos y canciones sentimentales cantadas por mariachis malos, son las improbables brújulas con las que grotescos antihéroes creen hallar el rumbo de sus vidas hacia la dicha o la gloria y encallan en la mediocridad. El control que Patricia Suárez mantiene sobre este caos es admirable.

La voz de la narración en tercera persona se aferra con constancia a un registro cómicamente devaluador de todo lo que narra o describe. "El padre era churrero en invierno y heladero en verano. Pedaleaba en una bicicleta que se caía a pedazos y tocaba en una corneta que, si el ángel exterminador llegara a usar para anunciar el juicio final, la gente seguiría lo más bien en sus tumbas". Tanto lo vertiginoso del relato como el humor entre ligero y macabro evocan a J. P. Donleavy en Cuento de hadas en Nueva York, sólo que aquí se filtra con mayor densidad la amargura del título. Bajo la superficie de hipérboles graciosísimas que se suceden una a otra en catarata imparable, se dejan leer tristes verdades: "Edit Morante no le interesaba a nadie, una triste verdad". La ciudad universitaria de la UNR donde Suárez cursó estudios inconclusos de Psicología, popularmente conocida como La Siberia, retorna rebautizada como "el antro" y poblada por profesores que parecen los villanos de El señor de los anillos. "Lo que [Edit Morante] no lograba a fuerza de seducción o sexo lo lograba aplastando cabezas".

Bajo la mirada nihilista y ácida de Suárez, el universo ficcional de La cosa más amarga es una ciudad de Rosario reconocible hasta por los nombres de sus calles, pero transfigurada en aquel "lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme".

NATALIA MASSEI en Página/12

Publicado en General el 9 de Agosto, 2011, 14:18 por MScalona
 

CONTRATAPA

Sesenta gotas

-

 Por Natalia Massei

Miro el bolso, los guantes encima. Todo listo. Quisiera quedarme un rato más aquí. Saco un vaso del secaplatos. Lo apoyo sobre la mesada y lo lleno con agua de una botella de plástico que quedó fuera de la heladera. Hasta la mitad, para diluir el fitoterápico contra la gripe y los resfríos. Cuento sesenta gotas.

Una. El sol se anticipa a través de la hoja derecha de la ventana pero todavía no calienta.

Dos. A la mañana siempre te extraño.

Tres. Me gustaría escribir esto pero tengo que trabajar. Salir.

Cuatro. Capturar el instante para cuando regrese.

Cinco. Sé que entonces será tarde. Otro texto que nunca escribiré.

Seis. Estoy mareada.

Siete. ¿Me tomo un ibuprofeno?

Ocho. ¿Para qué? Si no me duele nada en este momento.

Nueve. 7 y 20. Diez minutos.

Diez. Quizás estoy embarazada.

Trece ? catorce ? quince. A veces pierdo la cuenta.

Dieciséis. Ahora quiero escribir poesía.

Diecisiete. Ahora quiere escribir poesía.

Dieciocho. Y que la publiquen.

Diecinueve. Y que me publiquen.

Veinte. Quiere todo.

Veintiuno ? veintidós ? veintitrés. Quiero todo.

Veinticuatro. Nos amamos sin límites y no alcanzó.

Veinticinco. No sabíamos.

Veintiséis. Que el amor era esto. Todos los días se parecen.

Veintisiete. Pero estamos juntos.

¿Treinta? Llego tarde.

Treinta y uno. Mejor no tomo nada, por las dudas.

Treinta y dos. La duda.

Treinta y tres ? treinta y cuatro ? treinta y cinco ? treinta y seis. Heladera vacía: pasar por el super.

Treinta y siete ? treinta y ocho ? treinta y nueve. Hermoso texto de Lorena. Lo leí dos veces.

Cuarenta y uno ? cuarenta y dos. Un poco se me impregnó. Y ahora tengo que salir.

Cuarenta y tres. Houellebecq también.

Cuarenta y cuatro. Ojalá pudiese quedarme leyendo en bombacha.

Cuarenta y cinco. Extrañarte hasta la noche.

Cuarenta y seis. ¿Hice las copias?

Cuarenta y siete ? cuarenta y ocho ? cuarenta y nueve. ¡Mierda! Me olvidé.

Cincuenta. Yo en el reflejo ocre del vidrio.

Cincuenta y uno. La vincha me hace parecer anticuada.

Cincuenta y dos. ¿O queda retro adrede?

Cincuenta y tres. Me da frío lavarme la cabeza. Por eso.

Cincuenta y cuatro. ¡Qué mareo!

Cincuenta y cinco. En la imagen de la ventana no se nota.

Cincuenta y seis. La tristeza tampoco.

Cincuenta y siete. El apuro sí, un poco.

Cincuenta y ocho. Debe ser la gripe. Me tomo un ibuprofeno...

Cincuenta y nueve. O mejor no.

Sesenta. La novela de Houellebecq abierta sobre la mesa me arranca de mí.

Debe ser algo poderoso la literatura.

El amor también, a pesar de todo.

SANDRA FABI

Publicado en Poemitas. el 7 de Agosto, 2011, 12:01 por MScalona

MUJERES

I

Con las manos sobre el mantel

amontona miguitas de  grisines

como atolón blanco.

El agua salada azul lágrima

humecta la arena de glúten

traga y abre los ojos de vidrio negro

respira

las palabras se rompen /        igual

hay que seguir tragando, cree que no hay derecho

a este llanto    aquí

entonces

lo posterga para más tarde

en las sábanas enormes. Lo adivino.

Ahora tose el catarro.

Pienso decirle que cuando llegue el momento

con un pie se acaricie el otro pie

y se envuelva con sus propios brazos.

Que somos eso.

Sin embargo

me toco los aros con forma de libélula.

No hablo.

II

La llaman, hola sí sí

Sí.

Lee, escribe (en el teclado imposible

de números y 4 letras por tecla)

una respuesta de muchos si

sin anteojos.

Guarda el teléfono

en la cartera gastada

sigilosa        se va otra vez

Cada viernes

la secuestra una pantalla.

III

La servilleta de papel

con un sol rojo y un pino verde

sirve para

descorchar  el  María helado.

No cambiamos las copas

(manchadas de malbec)

nos reímos, miramos las burbujas

“no son del pecedor” habría dicho

Mauro mil años antes,

“tienen gusto a pie dormido”, dijo el nene de Daniel C.

“lo curé… ahora me puedo morir” chocó la flaca

la primera copa

(ruido opaco a vidrio de 12 $ chin chin)

“por la cura de Renzo”;

“por el cumple de Mecha y Giselle”

“no me quiero morir, por eso proyecto proyectos”

“creo que la energía no se apaga cuando morís

si no ¿para qué?”

“¿alma?”

“Si, o espíritu,

o energía cósmica”

“¿y la reencarnación?”

Tomamos el champán helado.

Nos decidimos por las

amebas, cloanoflagelados y foraminíferos.

Eso queremos ser después

del brindis insistente.

Bailamos en las sillas como si

el mar / la vida

nos arrastrara

en vaivén.

-

                                                      Sandra Fabi -    agosto 2011

ARIEL ZAPPA: Hipertexto.

Publicado en Cuentos el 6 de Agosto, 2011, 13:28 por MScalona

NO ESTOY HABLANDO DE AMOR

Los ojos de la bestia abarcan la palabra locura:

ni Auschwitz, ni la tortura, ni el genocidio en Palestina.

Es en sus ojos que late el exterminio.

La palabra locura la incluye a ambas:

a la bestia y a sus ojos.

                                               Alfred Weanhou, “Memoria del tormento”

(Polonia, 1927-1979) 

 

Prólogo

Arturo llegó temprano. Una mochila pequeña: poca ropa. Y llegó con la tranquilidad de haber reservado tres cabañas, en distintos complejos, con características similares: salamandra, ventanal a la montaña, televisión por cable. Arribó hasta ese paisaje ínfimo con una decisión meditada y firme: suicidarse. Esa era la razón por la cual viajó hasta ese lugar y alquiló esas cabañas: vivir sosegado sus últimos tres días, saboreando el profundo sabor que tiene el abismo. Las horas de cada uno de esos días las destinó en recordar y escribir cómo ese derrotero vertiginoso fue, durante esa parte de su vida, su execrable herencia.  

 

día 1. (Año 1990)

Rebeca fue un lienzo: mi lienzo. Pasiva, sufriente. Así la sentí desde el primer vistazo. Un paño sobre el cual arroparme los días de furia. “Venga mi gatito”, me decía ella. Y yo, me arremolinaba por sus piernas, su vientre, untándola con las cremas que dejaba al pie de la cama o sobre la cómoda. Se echaba en la cama y, según el ardor que manifestara, comenzaba a masturbarse. Cuando me sumaba al juego, la ataba a las patas de la cama. Al comienzo siempre de espalda. Y la penetraba con los objetos que seleccionaba  con ingenio de corte personal.

Me figuraba creciendo desde la raíz como una madreselva o una hiedra, invadiendo sus venas, sus capilares, abarrotando su espalda de verdín. Cada noche, en renovada epifanía, gozaba ese goce despiadado, un albor diferente. Las agujitas de marihuana, los espejos poblados de lagartos y el whisky o el licor de chocolate para ella.

Fue una de esas noches que, al entrar al baño, encontré a Elisa, su hija, bañándose. No noté en su semblante una mueca de vergüenza o de miedo. Y no habría porqué, pensé.

Salió desnuda del cubo de vidrio esmerilado que cubría del agua al resto del baño y  mientras elegía las toallas para secarse el pelo, me preguntó si su madre dormía. Respondí que sí. Se cubrió parte del cuerpo con dos toallas, no sin antes, acariciarme el pene flácido, gesto que, en un primer momento, me desubicó. Llegó a la puerta y se detuvo. Le acaricié el culo con mi mano levantándole la toalla. Sólo dio un paso hacia la puerta para vigilar que su madre no se haya levantado, sin percatarse que Rebeca aún estaba atada.

No deben haber pasado más de tres minutos, –el tiempo, esa talla de relatividad tan absoluta-  que se disolvió en una turbulencia. La abracé por detrás. Al hacerlo, noté el roce de mi pene tieso sobre su espalda. El segundo estertor sobrevino a los pocos minutos, la boca de Elisa acoplada al vaivén de mi cintura. Despejándole el pelo de la cara cada tanto,  para adivinarle esos ojitos, esa mirada mientras me la seguía mamando.

Me higienicé primero. Luego fue Elisa la que se lavó la cara, las manos y el pelo pegoteado. Cuando salió, vio a su madre desnuda, atada a la cama. Le escuchó decirme que me fijase en el piso para saber si quedaba algún juguete sin usar. Mientras se iba, la escolté con la mirada, y muy lejos de lo que creía, no bajó la vista hasta que entró a su habitación.   

 

día II (Año 1994)

La AFIP denunció penalmente a empresas fantasmas

Según detalló el organismo, las empresas constituyeron una asociación ilícita” por emitir facturas apócrifas con el objetivo de proveer de crédito fiscal ilegítimo a diferentes contribuyentes. Con estas operaciones habrían evadido 40 millones de dólares en concepto de IVA y Ganancias. En las maniobras, están involucradas empresas vinculadas a la extracción y servicios de petróleo, hotelería, transporte y logística. Además, el ente recaudador investiga tres casos más en Córdoba, San Juan y San Luis, donde la estafa alcanzó los 350 millones de pesos, por lo que ya realizó denuncias penales.

La Jornada de Córdoba, viernes 15 de julio.

 

diario de una adolescente

Sábado 23 de Febrero: Arturo no puede disimular la envidia y la bronca cuando salimos de vacaciones y yo traigo un noviecito nuevo. Responde a dos razones: 1° nunca va a dejar a mi mamá, y 2° (donde los dos coincidimos) me coge mucho mejor cuando tiene celos.

Lunes 25 de noviembre: Anoche salimos a comprar helado, muy tarde, después de la cena. Tuvimos poco tiempo porque todavía había gente en la playa y terminamos como pudimos con toda la paranoia en el garaje de la casa.

Martes 26 de diciembre: Hoy fue de apuro a la hora de la siesta: cortos y frenéticos. Anoche fue re-fuerte: nos metimos en el baño: él, a peinarse, y yo a retocarme el maquillaje. Me cogió sin bajarse el pantalón mientras yo mantenía firmes las dos manos sobre el lavatorio con la minifalda levantada (esta vez me avivé y no me puse bombacha). Me acordé de la última peli que vimos con las chicas: Pasión Turca, con esa mina española que canta a dúo con el esposo, en la escena que hace el amor en el baño, y el collar con una cruz como colgante, choca contra el espejo del baño cada vez que él se la pone y ella jadea como una perra…para mí que esa escena es en serio o sino esa mina es re puta.

 

Una noche de vacaciones le propuse contratar a una mujer. Rebeca me miró seria y calló. Supe que aceptaría. Una morena repartió toda la noche -en todas y cada una de las hendiduras de Rebeca-, frutillas con crema que fue devorando de manera estridente, mientras yo la penetraba con un consolador o un envase de desodorante. Luego fue el turno de la mujer. Se calzó un arnés en la cintura con un pene de silicona notablemente grande (le juré que, a más tardar en la semana, iba a pedirle una entrevista a un cirujano amigo). Y Rebeca no quería por el culo y gritó más de la cuenta y llegaron los golpes. Y, lejos de amedrentarse, la mujer no paró de penetrarla, yo de golpearla y Rebeca de pedir cocaína.

Fue una noche larga. A la mañana siguiente, aturdida de analgésicos, Rebeca decidió quedarse y no llegar hasta la playa. Y fue esa mañana que acompañé a los chicos hasta la playa y hubo viento y el novio de Elisa aprovechó para surfear, perderse en la seda crispada del mar y nosotros detrás de un médano.

Y no usé forro. En todas las vacaciones no usé un solo forro.

Y no fueron pocas las veces.

 

día III (Año 1999-2002)

            El sentido y el dolor hicieron las veces de brújula.

            La dirección.

            ¿Qué dirección?

            La única dirección en la que creí, fue ir contra el viento.

            No hay mucho más que eso.

            ¿Debo pensar?

            ¿Detenerme a pensar justo ahora?

            Los navegantes no escuchan consejos.

            Nacen a la luz prematura de las velas y viajar es su sino.

            En barcos: no hay huellas.

            Sólo la brizna que acompaña y el surco arado, nimio, ínfimo

            …y las olas que resuellan su alma al arbitrio del sonar.

            No hay presente ni ausencia.

            Finitud…

            Un velero ladeado por dioses

            fraguados al calor de la indecencia.

            Y las tardes, que caen

            como pétalos de rosas descascaradas…

 

Crece la oferta para someterse a cirugías en las zonas íntimas.

Las operaciones de vagina son cada vez más comunes gracias al uso del láser y el post-operatorio más rápido. Las ofrecen para mejorar las relaciones sexuales y por cuestiones estéticas. “Al hacérselas, ellas se ven mejor”, sostuvo Ever Peto, especialista en rejuvenecimiento vaginal. La labioplastia reductora, se realiza cuando las mujeres sienten vergüenza por tener los labios muy grandes, afirmó el doctor Peto.

El problema en los tratamientos para hombres es que las publicidades juegan con ideas erróneas: la mayoría piensa que tiene un pene muy pequeño, señaló Michael Noseläve, director del Instituto Médico Especializado. El urólogo explicó que “se considera un pene pequeño al que, en erección, mide menos de 7 centímetros y, en estado de flacidez, menos de 3 centímetros”. Para quienes deciden engrosarlo o alargarlo, las propuestas son variadas. Algunos las aceptan, como el mediático Jacobo Winograd, quien a principio de mes, pasó por el quirófano para conseguir 3 centímetros adicionales con el implante de grasa que le extrajeron del cerebro.

La Trompeta, jueves 30 de enero de 1998.

 

Llegué hasta la playa y me tiré a pensar, con la resaca del whisky y colgado en ácido: ¿micropunto?... no me acuerdo. Sé que me lo trajo un amigo desde Europa: España o Inglaterra. Que me cuidó toda la noche mientras yo naufragaba en la cabaña tratando de descolgar la ropa de una soga del patio, y en verdad, tironeaba de las manchas blancas en el cuero de una vaca.  

 

Elisa abriendo sus piernas bronceadas. Agachada ante el rey, enrollándome la víbora. Me imagino a Adán con Eva desnuda diciéndole “dale papito”. Adan, Eva, Perón, Isabel y yo enfiestados en la casa de Gaspar Campos 1065. El brujo espiándonos mientras nos cogemos e incluyéndonos en el listado de la Triple A.

Elisa abierta, las piernas, las víboras que ahora me trepan, me rodean el cuello. La cabeza de Elisa es el sol. Ahora el sol mea sobre mi cabeza y de su abdomen nace el hijo que siempre quise tener con Sigourney Weaver. Un alien que se parezca a mí o un Darth Vader para que un día pueda confesarle: ¡Soy tu padre!

 

Como no tenía papel para armar, usé el resultado. El papel era grueso, no clasificaba, pero me salvó. Luego, me tiré al agua. Tras de mí, llegó la pavura que se me mezcla con la inmensidad de la montaña. Y la voz de Elisa ocupando tres llamados seguidos en el celular: dio positivo… positivo… dio positivo…

Tenía la lengua doblada, trabada, que sé yo… El Alien me preguntó y yo le dije que los dos. Y el Alien abrió los ojos como dos huevos. ¿El de embarazo?, y más tarde ¿el vih…?

Como tres meses más tarde...

 

Epílogo

Hizo bien en llegar hasta allí. Saberse ido tiene ese otro magnetismo. Tan pronto escuche las sirenas, echará mano al asunto. Hizo todo lo que pudo y todo lo hizo mal. (De esto último, no está tan seguro). No llegó hasta allí para que lo encuentren. Hay tantos lugares donde se puede alquilar cabañas con salamandras, ventanal a la montaña y televisión por cable para seguir pensando en qué se equivocó…

 

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                                                                               ARIEL  ZAPPA

JUAN GELMAN

Publicado en De Otros. el 5 de Agosto, 2011, 11:54 por MScalona

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Cerezas

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                                                                                    a Elizabeth

-
esa mujer que ahora mismito se parece a santa teresa
en el revés de un éxtasis/hace dos o tres besos fue
mar absorto en el colibrí que vuela por su ojo izquierdo
cuando le dan de amar/

y un beso antes todavía/
pisaba el mundo corrigiendo la noche
con un pretexto cualquiera/en realidad es una nube
a caballo de una mujer/un corazón

que avanza en elefante cuando tocan
el himno nacional y ella
rezonga como un bandoneón mojado hasta los huesos
por la llovizna nacional/

esa mujer pide limosna en un crepúsculo de ollas
que lava con furor/con sangre/con olvido/
encenderla es como poner en la vitrola un disco de gardel/
caen calles de fuego de su barrio irrompible

y una mujer y un hombre que caminan atados
al delantal de penas con que se pone a lavar/
igual que mi madre lavando pisos cada día/
para que el día tenga una perla en los pies/

es una perla de rocío/
mamá se levantaba con los ojos llenos de rocío/
le crecían cerezas en los ojos y cada noche los besaba el rocío/
en la mitad de la noche me despertaba el ruido de sus cerezas
creciendo/

el olor de sus ojos me abrigaba en la pieza/
siempre le vi ramitas verdes en las manos con que fregaba el día/
limpiaba suciedades del mundo/
lavaba el piso del sur/

volviendo a esa mujer/en sus hojas más altas se posan
los horizontes que miré mañana/
los pajaritos que volarán ayer/
yo mismo con su nombre en mis labios/

-

                            JUAN  GELMAN, Arg. 1930

JOYCE: cartas de amor a NORA...

Publicado en De Otros. el 4 de Agosto, 2011, 11:59 por MScalona

  Nora

Cartas de Amor

JAMES JOYCE a NORA BARNACLE

 

 

 

 

 

15 de junio de 1904

 

 

60 Shelbourne Road

 

Debo estar ciego. Durante largo rato estuve mirando una cabeza de cabello castaño rojizo y después decidí que no era la suya. Volví a casa muy abatido. Me gustaría concertar una cita pero quizás no sea conveniente para usted. Espero que sea tan amable de fijarla usted misma, si es que no me ha olvidado.

 

 

 

8 de julio de 1904

 

(Dublín)

 

Pequeña Nora iracunda, (no) puedo encontrarte esta noche, pues tengo que ir a Sandymount donde cierto italiano desea verme. Espérame en la esquina de Merrion Square mañana a las ocho y media. Adiós, querida cabecita castaña.

 

                                                                                                  J.A.J.

 

 

 

 

(¿12 de julio de 1904?)

 

 

60 Shelbourne Rd, Dublín

 

Mi querida Lindos Zapatitos Marrones, olvidé que mañana (miércoles) no puedo verte, pero sí el jueves a la misma hora. Espero que pongas mi carta en la cama debidamente. Tu guante a mi la lado toda la noche está sin abotonar: por otra parte, se comporta muy decentemente  como Nora. Por favor, quítate ese corsé, pues no me gusta abrazar un buzón. ¿Oyes ahora? (Ella se echa a reír). Mi corazón, como dices, sí, de acuerdo.

Un beso de veinticinco minutos en tu cuello.

 

                                                                                          AUJEY

 

 

21 DE JULIO 1904

 

60 Shelbourne Rd.

 

Querida Nora, perdóname por el papel. Dado que intercambio no es robo, acepta, por favor, ésta. ¿Nos veremos mañana por la tarde a las ocho y media? Espero que mi carta duerma bien toda la noche. El guante se comporta mejor todavía.

 

                                                                                       AUJEY

Artículos anteriores en Agosto del 2011

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-