"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




28 de Julio, 2011


LAUTARO COSSIA

Publicado en Cuentos el 28 de Julio, 2011, 16:52 por MScalona

 

Langostas

 

 

 

El último en entrar fue el doctor Castillo. Hacia un rato largo que la misa había comenzado, así que mojó la punta de sus de dedos en la pila de agua bendita,  se persignó y fue a apoyarse sobre la arcada del campanario tratando de divisar un espacio vacío; recién cuando los fieles se sentaron caminó unos pasos por el pasillo de la crucifixión. Al verlo, Andrada, un gringo huesudo que envejecía como peón de estancia, le hizo una leve reverencia y corrió su culo flaco resbalando unos centímetros por la madera. El doctor asintió el gesto y se sentó, pero enseguida giró la cabeza, disimulando la incomodidad y el crujir de las coyunturas. Su mirada se encontró entonces con el hijo de Dios, rumbo al calvario, rodeado de fariseos, cargando una cruz descascarada. Abajo, sobre la piedra tallada leyó, Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos. Perché con la tua Santa Croce, hai redento il mondo!, pero antes de asociar alguna idea el Padre Rafael ordenó ponerse de pie. Recién en ese instante los cuerpos se aflojaron.  

Queridos Hermanos, dijo el Padre sin severidad mientras caminaba hacia el pulpito, arrastrando la casulla y descubriendo, a cada paso, un par de dedos martillos que desbordaban la hebilla plateada de las sandalias. Antes de citar a San Mateo repitió la pose, ésta vez como un aviso: Queridos hermanos. A Jesús le fue traído un endemoniado, ciego y mudo, y le sanó, aunque los herejes aún desconfiaron de él. Y agregó Jesús: Pero si Yo, por el Espíritu de Dios, expulso a los demonios, ha llegado a vosotros el reino de Dios. Y al que hable contra el Espíritu Santo, hermanos míos, no le será perdonado, ni en éste siglo ni en el venidero. El doctor hizo los cálculos mentales y sintió que su cuerpo no resistiría cuarenta y cinco años más, así que prefería que el Señor ajuste rápidas cuentas con el Diablo. Es palabra de Dios. Amén. Amén. mén. ennn. El eco fue interrumpido por el estallido unánime de puertas y ventanas. Se sacudieron los floreros de petunias y temblaron los vitro y las campañillas chirriaron a los pies de un monaguillo. Don Altuna, próximo al pórtico principal, comprobó que la salida estaba atrancada por fuera; lo mismo se dijo de las salidas laterales que llevan al santuario y a la sacristía. El Padre Rafael se acercó al altar y permaneció allí unos instantes, ligeramente recostado sobre su lado izquierdo, en una imagen simulada del Santo de cera erguido en la hornacina que se encontraba a sus espaldas.

Un coro de voces superpuestas, ¿qué hacemos Padre?; sí Padre; ¿qué hacemos?, incrédulas y balbuceantes, ¡Mi Santo Dios!; ¡Marta, vení para acá!; Padre!!!; Padre!!!?; el grito de la viuda de Bartolucci, sentada en la primera fila, devolvió las miradas al altar, donde el Padre Rafael salía del trance. Primero amagó una respuesta, pero prefirió continuar su homilía, esperando que el Cielo y la presentación de las ofrendas y la consagración de Cristo ofrezcan el milagro. Antes de rezar el Padre Nuestro tuvo que llamarles la atención al sordo Gil y a Cuello, que seguían murmurando, y habló de la sabiduría de Dios y de los sagrados sacramentos, pero los corridillos continuaron, y notó que la hija menor de Altuna miraba de soslayo a Bruno y el doctor se las había ingeniado para acomodarse adelante, bien cerca de la viuda, a la que le susurraba explicaciones que confundían ciencia, política y religión. Cuando el Padre dio por terminada la misa a nadie pareció importarle que no hubieran comulgado.       

La estampida fue previsible. Se armó un pequeño alboroto que terminó con la viejita Márquez en el suelo y pisotones sin consecuencias. No más, aunque el Padre Rafael levantó la voz. Luego fue a testificar lo ya conocido y, con pausa, miró por el ojo de la cerradura. Si no fuera por el borracho que dormía al pie del busto hembra, Dios misericordioso tuya la Justicia Divina, lo que se veía no presentaba nada extraño. La hilera de adoquines llegaba hasta el barro acumulado por las últimas lluvias, mientras la cola roja de un caballo entraba y salía de escena y, más allá, el centro de la plaza, el mástil, entornado por algunos fresnos y un pino al que no se le veía la copa, y un fondo de nubes negras cabalgando sobre el convento de pupilas. Por los ventanales que daban al patio algunos parroquianos también intentaban develar el misterio, pero las imágenes lacradas apenas permitían distinguir unas siluetas amorfas y distorsionadas por la luz del mediodía.

Al volver a la sede el Padre Rafael ya tenía tomada una decisión. Ordenó a los presentes que permanecieran en sus lugares y que, a viva voz, se vayan contando. Uno, dos, dos, dos, tres, tres; la ansiedad exigió que el recuento se repita varias veces. Ciento cuarenta y tres feligreses, cincuenta y ocho mujeres, treinta y nueve hombres, diecisiete jóvenes y diecinueve niños según los números del censo. Las mujeres con hijos, por orden del Padre, subieron a la parte superior de la iglesia por la escalera ubicada en la parte izquierda de la nave. A las ancianas le fueron reservados los asientos traseros y las pocas solteras presentes quedaron encargadas de los niños sin madre o paganitos, según la caracterización que hizo el propio Padre al descubrir que la mayoría de ellos no estaban bautizados. Por último, reservó una tarea especial para el alemán Korn, presidente de la Sociedad Rural, Cartetti, director de la Escuela Nacional, unos pocos comerciantes del pueblo y el doctor; el resto de los hombres buscaría la manera de forzar las salidas. Habían pasado tres horas desde aquel soplo extraño, y en lo alto comenzaban la segunda ronda del Rosario.

Las tareas de rescate fueron sumando fracasos, haciendo que las alternativas sean más temerarias. García propuso derribar las puertas con la cruz de madera que adornaba el ambón, lo cual fue aprobado por unanimidad pero vetada por el Padre Rafael, quien tres años atrás había inspirado esa obra para recordar los cuatrocientos sesenta años de la evangelización cristiana. También se descartó romper los vitrales del ventanal dado que las barras de hierro hubieran hecho absurdo el sacrilegio. La moción final fue propuesta por el Padre Rafael, aunque sufrió el apoyo en disidencia del doctor. Dos grupos cincharon hasta desprender la primera hilera de bancos, corrieron a las ancianas que dormitaban en las cercanías del pórtico y comenzaron una serie acompasada de golpes que el Padre dirigía con gestos orquestales. Luego repitieron el intento usando el podio del coro. En ambos casos la tarea fue desgastante pero inútil.

Con la caída de la tarde la circulación adquirió cierta anarquía. Ya no se rezaba y los pasillos se convirtieron en un campo de juego que mezclaba niños guerreros, empuñaduras de madera y madres y comadres dispuestas a reprimir con bofetadas. El Padre Rafael miró por última vez a través de la cerradura, y si no fuera porque el borracho se había marchado y porque las colas de caballo eran cuatro y descansaban inmóviles sobre el barro seco, hubiera creído que el tiempo estaba detenido. Una paloma que se posó sobre el rodete cincelado de la efigie le dio movimiento a la escena, mientras la noche comenzaba a caer sobre las ramas de los fresnos. En ese instante sintió hambre y, también, ganas de orinar, pero no pudo reprimir una mueca imaginando a los fieles meando por los rincones, convirtiendo a la Iglesia en una laguna caliente. Se reunió con Korn y Carletti, y escuchó las demandas que sumaron algunos chismosos que se habían acercado al convite; luego comunicó la estrategia diseñada: los dos confesionarios serían llevados al campanario para usarse como baños, mientras que la patena y el incensario harían de sumideros, sacrificio que mereció un Ave María y la bendición de los objetos litúrgicos. Tres hombres y tres mujeres, en turnos rotativos, se encargarían de vaciarlos por uno de los ventanales que da al patio, rajado durante la cinchada. Por su parte, la esposa de Korn sería la encargada de administrar el acetre, único recipiente del que se bebería agua. Agua bendita.

Mientras lo anunciaba, El Padre tuvo el instinto de dirigir la mirada al cáliz y comprobó que la sangre de Cristo se había evaporado. En las vinajeras tampoco quedaban restos de agua ni de vino y de los panes de hostias sólo el rastro de una dentellada que había partido al hijo de Dios en mitades simétricas. Tampoco había rastros de las ofrendas y sobre los escalones que llevan a la sacristía vio como se disimulaban unos soretes infantiles, apenas cubiertos por las algunas hojas azarosas de la Biblia. El Padre recogió los restos del libro santo y los guardó en el sagrario para evitar que se conviertan en una tentación higiénica. En ese instante, por segunda vez en el día, mientras se disponía la nueva arquitectura, sintió que tenía hambre; y acaso por eso anunció un ayuno obligatorio. Hasta nuevo aviso, dijo, fuera de todo protocolo.

Con los baños inaugurados los esfínteres cedieron. Se formó una fila de hombres y otra de mujeres cuyos órdenes eran alterados a cada instante de acuerdo con las urgencias declaradas. El primero en hacer uso de las instalaciones fue el Padre Rafael; luego las bendijo y salió del campanario cruzando miradas con Marta, quien días atrás se había sentado en los flamantes mingitorios. Padre, he pecado. Yo, a mí, eh, eh, a mí me gusta un hombre Padre, pero él está casado Padre, y, eh… La fidelidad, hija mía, es un principio que… si, ya sé Padre, pero, no… Dios juzga el adulterio, hija mía, los deseos, hija mía… si Padre, los deseos… El Padre, aquella tarde, observó a Marta a través de las mirillas del confesionario, secaba sus manos, un suspiro, pero recién ahora comprendía que con diez Ave Marías y un credo no podía resolverle los enigmas de la carne.

En el pasillo tropezó con un niño guerrero; al levantar la vista observó el cerco formado por la doble fila de desesperados, dispuestas en direcciones contrarias pero unidas en el vértice opuesto de la Iglesia, donde la oscuridad era plena. Al segundo paso reconoció la silueta del doctor en las penumbras proyectadas por las velas del oratorio bautismal. Estaba rodeado por un grupo de mujeres a las que como todo consuelo divertía. Con la mano derecha hurgaba los dedos sudorosos de la viuda, pero la llegada del Padre desanudó el hechizo. Padre, ¿qué hacemos? Esta vez la muletilla de la deuda sonó desgarbada y el Padre prefirió redireccionar la consulta. No sé; a usted que le parece doctor, ¿la ciencia tiene alguna solución para estos casos? No hubo tiempo de respuestas, el Padre les ordenó que recen el último Rosario y se preparen para una noche larga. Miró al doctor, sabor oporto en sus labios, y se manchó. Empezaba a llover y la luminosidad de un rayo no alcanzó a impactar sobre los resabios atrasados.  

La madrugada continuó fatigosa, perdida entre los rumores del diluvio. El llanto de los niños se intercalaba con ronquidos y babeos y el delirio de doña Mercedes, víctima del ensueño y el Alzheimer. El Padre Rafael permaneció en duermevelas, certificando las postas del baño y el acetre, mediando en las rapiñas del espacio nocturno. Vigilante ante la posibilidad de un gemido insidioso. Las primeras luces del amanecer llegaron cargadas de agua y el hedor creció por los ojos. Un par de paganitos comenzaron a chapotear sobre la patina amarillenta; otros fabricaban tortitas con los restos desprendidos de las pelelas de oro. Un humedal de estiércol, sin tierra que abonar, entre zombis amuchados en los bancos o huyendo al refugio más alto por la crecida del río.

Las tripas del Padre Rafael crujieron inequívocas, así que saltó del presbiterio y a sola declaración jurada ganó posiciones en la fila de coléricos. Por tercera vez sintió hambre, y al entrar al campanario se cruzó con el doctor, sin tiempos para guiños o reproches. Levantó con destreza la casulla y el alba e hizo blanco en el orificio del incensario pensando en los sorbos de agua bendita y en cómo detener la hemorragia. En el suelo del confesionario encontró un par de páginas bíblicas. Las tomó por sus zonas secas y antes de convertirlas en papel pintado leyó un trozo arrugado pero legible: …y se oscureció el sol y el aire por el humo del pozo, 9:3 Y del humo salieron langostas sobre la tierra; y se les dio poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra; 9:4 Y se les mandó que no dañasen a la hierba de la tierra, ni a cosa verde alguna, ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en sus frentes. Se persignó en el aire y limpió sus partes pudendas, con el rostro beato de quien es consiente de la epifanía del instante.

Al salir tropezó nuevamente con un grupito de niños exploradores, pero no detuvo su marcha hasta el ojo de la cerradura. Su mirada recorrió los adoquines, la tierra mojada y fértil, el coleteo de los caballos, el mástil, los fresnos reverdecidos, sus flores de primavera, el pino incompleto, la fachada del convento, y la mañana teñida de humo oscuro. A sus oídos llegaba el aleteo de ese maná que atravesaba el horizonte, zigzagueante en la cortina de fuego y azufre que iba dejando a su paso. Por el aire serpenteaban los tormentos anunciados, castigo y redención, aunque el pozo del abismo se abriera en el lugar equivocado.

 

 

 

LAUTARO  COSSIA

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-