"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




23 de Julio, 2011


MARCELA GONZÁLEZ GARCÍA

Publicado en Cuentos el 23 de Julio, 2011, 13:49 por MScalona

ENIGMA EN LA MORGUE

     Recuerdo aquella mañana en la que, sin previa notificación, el Director de la Morgue, Dr. Ernesto Juárez, no se presentó a trabajar. Si bien al comienzo el hecho fue subestimado por todos, ya que el Dr. Juárez no era un adicto al  trabajo y solía llegar con demora, al transcurrir las horas y no haber noticias de él, comenzaron a circular los rumores.

    Cerca del mediodía, el Secretario de la Institución, el Dr. Tortone, hombre bueno, pero de poco carácter y menos ejecutividad, previa consulta al plantel médico respecto a si el Director había debido ausentarse de la ciudad o asistir a los Tribunales para alguna Junta Médica, y ante la respuesta negativa por parte de los mismos, decidió llamarlo al celular. Me comentó, desolado, que lo había atendido la afeminada y casi servil voz de su superior (él no le lo expresó con estas palabras, pero su imitación fue casi perfecta), invitándolo a dejar un mensaje. Desalentado, Tortone colgó. A esta altura del día el Director había sido reclamado por tres jueces diferentes, pero lo más urgente para el pobre Secretario era dar alguna respuesta a su mujer, quien lo rastreaba en forma metódica, conocedora de las frecuentes aventuras extramatrimoniales de su marido.

Que alguien me diga si ha visto a mi esposo, preguntaba la Doña.

Se llama Ernesto y tiene cuarenta años.

Llevaba pantalón negro y camisa clara…

    Ante la ausencia de noticias sobre el paradero de Juárez, se decidió que los Dres. Monti y Cerdeña se repartirían las tareas del día, ya que el desaparecido estaba de guardia esa jornada. La Dra. Bianchi, la cuarta integrante del Cuerpo Médico Forense, había dado parte de enferma. En cuanto a mi,  hacía tiempo que nadie me consideraba  para dar una mano.   

    La mañana siguiente se repitió la ausencia, agravada por el hecho de tener que atender a la esposa de Juárez, quien, presa de un ataque de histeria, declaraba que su esposo no había ido a dormir la noche anterior.

   Viejo conocedor de nuestro director, no me sorprendió en lo absoluto, pero Tortone tuvo que enfrentar la situación y con el consentimiento de la Sra. de Juárez, dio parte a la policía. En poco más de media hora, se encontraba reunido con ellos el comisario Alberto Márquez, quien, con absoluto desgano, comenzó el interrogatorio de rutina. Nunca imaginé que ese incidente sería el comienzo de mi amistad de tantos años con Alberto. Tal vez es excesivo titularla como amistad, palabra que usamos frecuentemente con demasiada soltura, pero sí se convirtió en uno de los puntales de  mi solitaria vejez.

    Márquez conocía desde hacía varios años al forense por haber compartido varias investigaciones criminales, y estaba convencido, al igual que yo, de que el galeno y funcionario debía estar borracho y retozando con alguna amiga de turno. Así lo insinuó a sus interlocutores y, tras sugerir que esperaran otras 24 horas, se despidió, no si antes entregar con cordialidad su tarjeta a la esposa del desaparecido.

     Se sintió realmente sorprendido cuando, transcurrido el siguiente día, fue otra vez  requerido por Tortone: Juárez seguía sin aparecer y sin dar noticias de vida. Más tarde me contaría que, mientras se dirigía a la Morgue, realizó en su mente una lista de sospechosos. ¿Quiénes podían ser enemigos potenciales de Juárez?, y que se estremeció al pensar que en realidad todo el mundo tenía motivos para odiarlo. Había alcanzado el cargo de Director mediante sobornos, siendo desleal con sus colegas, era desconsiderado con el secretario Tortone y con todos sus empleados, acosaba al género femenino, era infiel consuetudinario con su esposa. En fin: eran muchos los que se alegrarían y beneficiarían con la muerte del médico. Incluso el mismo comisario había sido suspendido en un par de ocasiones por presuntos vicios procesales denunciados por Juárez.

   Pero Alberto no es un hombre prejuicioso y vale aclarar que tampoco es un tipo venal. Así que, decidido a no dejarse llevar por preconceptos, bajó de su coche y entró a la Morgue. Durante los días siguientes comenzó la agotadora tarea de interrogar a todos y cada uno de sus compañeros de trabajo. Tal como suponía Márquez, la animadversión contra el Director era general y compartida por todos, incluida su esposa, quien adoptaba una postura de viuda compungida, pero no dejaba de coquetear con el Dr. Monti, varios años menor que ella. Dado lo engorroso de la toma de declaraciones, Márquez se abocó a ellas en forma personal y exclusiva, delegando el resto de las tareas investigativas a sus colaboradores más directos, incluidas las pocas relaciones sociales que el Director tenía fuera de su ámbito de trabajo. Nadie parecía saber nada respecto al destino del cuestionado médico, que seguía sin aparecer, pero tampoco ocultaban las diferencias, presentes y pasadas, con el mismo, por lo que casi todos los entrevistados podían tener un móvil para el eventual homicidio: Tortone, el secretario, había sido denigrado en forma sistemática durante años por su superior y éste nunca había usado sus influencias para lograr el nombramiento efectivo del Secretario, la Dra. Bianchi había sido desplazada mediante malas artes del cargo de directora que le hubiera correspondido por su antigüedad, el Dr. Cerdeña había sido víctima de la usurpación de varios trabajos científicos y de investigación, que habían aparecido publicados en Revistas de la especialidad, adjudicándose la autoría de las mismas a Juárez. Los empleados administrativos no perdonarían jamás al Director el no haberlos defendido en su lucha por lograr que su actividad fuera considerada insalubre, y le reprochaban que los obligara a estar presentes en las autopsias para tomar notas, incluidos los fines de semana. Sumado a esto, las empleadas Scopini y Cárdenas eran sistemáticamente acosadas. Ni qué hablar del Dr. Monti, que además de compartir los pobres conceptos que sus colegas tenían de Juárez, flirteaba cada vez más en forma más descarada con la mujer del desaparecido y, según intuíamos Alberto y yo, la ayudaba a disfrutar de la pequeña fortuna que éste le había dejado. Todos ellos, en definitiva, parecían tener un motivo para actuar en contra de Juárez, y ninguno lucía preocupado por su paradero, desconocido desde hacía ya más de tres meses.

-Hagamos estudios de inmunomarcación para descartar que el hijo del empresario no haya muerto de gripe A-

-¿Para qué gastar en estudios inútiles? El chico era un adicto reconocido y no tenía ningún síntoma sugestivo de gripe-

-Dra. Bianchi, el padre del pibe es un hombre influyente. Puede sernos útil en alguno momento. ¿Acaso no se gastan fortunas haciendo inútiles estudios de ADN a esqueletos viejos?-

(No puedo creer lo que estoy oyendo. Este facho de mierda se caga en todo. Sólo le interesa la figuración y coquetear con los poderosos. ¿Dónde se habrá metido este arribista? ¿Será que llegó el momento de mi revancha y de ocupar el cargo que me corresponde por legítimo derecho?)

Adonde van los desaparecidos

Busca en el agua y en los matorrales.

Y por qué es que se desaparecen:

Porque no todos somos iguales…

-¿Qué quiere que haga, Cerdeña? Si Juárez no aparece tienen que cubrirlo. Sé que usted no es el director, pero la Dra. Bianchi se niega terminantemente a ocupar el cargo, aunque sea en forma  temporaria-

-Por lo menos tiene más  dignidad que usted, Tortone, acólito y chupahuevos de un ladrón que nunca lo apoyó. ¡Deje que estalle el quilombo, así desenmascaramos a este hijo de puta frente a la Corte!-

-Elena, no se aflija. Ya va a aparecer. No es la primera vez que esto pasa.-

-Es que, querido Monti, han pasado muchos días y tengo un mal presentimiento. Es cierto que el inútil suele mandarse sus macanas, pero siempre me avisa, aunque sea con una excusa pueril-

-¿Su marido tiene sus papeles en regla?

-Por supuesto, Jorge. No soy idiota. Las cuentas bancarias están a mi nombre, igual que la caja de seguridad y las inversiones en el extranjero-

-Eso la convierte en una mujer aún más interesante-

-¡No me diga que sólo le interesa mi dinero, Jorge! Aún no es el momento oportuno-

-Lo que me sobra es paciencia, Elena-

Yo trataba de permanecer ajeno a la locura que se había desatado en la morgue y, mientras esperaba con absoluta paciencia mi jubilación, me afanaba en organizar los frascos del museo con las distintas piezas anatómicas de interés médico legal, tarea a la que he sido relegado desde hace algún tiempo, ya que mi vista se deteriora día a día y mis pericias como patólogo ya no resultan muy confiables.

¿Por qué preocuparme por él?- pensaba el viejo González- Es un hombre grande y si ha sobrevivido hasta ahora es por mérito propio. Agradezco al director el haberme delegado alguna función en esa Institución, a la que llevo dedicada la mitad de mi vida.

Soy un sobreviviente más. He logrado un lugar en este mundo, aunque ya no me interese. Podría decirse que soy un sobreviviente antifisiológico. No es natural sobrevivir a los hijos y, sin embargo, aquí estoy. Treinta años sin mi Agustín. Cada caso trágico en que está involucrado un joven me lo evoca. Tampoco puedo reprochar a Juárez que no haya fogoneado la investigación de restos. ¡Son tantos los desaparecidos y tan pocos los éxitos en la identificación! Tal vez podríamos haber aprovechado mis contactos con el Equipo Argentino de Antropología Forense. Ellos han recuperado trescientos cuerpos y han devuelto cincuenta a sus familiares. Pero, ¿realmente quiero el cuerpo de mi Agustín, como una confirmación irremediable del horror? ¿O prefiero imaginarlo vivo, en algún lugar, a salvo?

Que alguien me diga si han visto a mi hijo
es estudiante de pre-medicina
se llama Agustín y es un buen muchacho
a veces es terco cuando opina
lo han detenido, no sé que fuerza
pantalón claro, camisa a rayas
pasó anteayer

    El comisario Márquez continuaba las investigaciones, sin éxito.  Para agravar la situación, el cadáver de Juárez no aparecía y al no contar con el cuerpo del delito, se complicaba la elaboración de una hipótesis factible.

    Siguieron transcurriendo las semanas, y resultaba casi escandalosa la relación de Monti con  Elena García, ex de Juárez, y la algarabía de todos los profesionales y empleados al enterarse del nombramiento interino en la Dirección de la Dra. Bianchi, quien en forma inmediata elevó a su compañero Cerdeña al cargo de Jefe del Departamento de Investigación.

    Sin novedades que activaran el caso, ante la ausencia del cuerpo del desaparecido y el poco entusiasmo de sus allegados por recuperarlo, el caso fue siendo olvidado, poco a poco, y finalmente cerrado. Todos parecían felices con el desenlace, sin siquiera preocuparles  qué ocurriría si alguna vez Juárez reapareciera.

    El Comisario nunca pudo resignarse a la idea de su fracaso. El misterio le quitaba el sueño. Intuía un complot entre varios de los integrantes de la Morgue, pero carecía de las pruebas mínimas contra alguno de ellos para inculparlos.

   De tanto en tanto volvía a la Morgue, con la excusa de visitar al patólogo, el Dr. González, con quien había trabado una buena relación. Pero, más allá de la simpatía que el viejo le despertaba, su verdadero objetivo era seguir investigando, descubrir rastros sutiles, pistas escondidas.

 -¿Cómo anda, González? ¿Disfrutando la inminencia de la jubilación?

-A mis años, Márquez, y en condiciones normales, se disfruta cada mañana en que se puede abrir los ojos. En mi caso, hace mucho que desistí de todo disfrute.

-¡Pero tendrá proyectos para transitar estos últimos años!

-No me quedan muchas opciones, Comisario. Ni siquiera la posibilidad de alguna visita ocasional al cementerio. ¿Sabe usted? La vida es enigmática y caprichosa. Siempre pensé que moriría joven, intoxicado de formol y tragedia. Y sin embargo, aquí estoy. Viejo pero entero, mientras mi hijo está muy probablemente muerto y ni siquiera puedo recoger sus pedazos…

     Había ya pasado más de un año de la desaparición de Juárez, cuando llegó la  jubilación al viejo González. Al enterarse, Márquez lo visitó en el Museo de la  Morgue para saludarlo. Al verlo llegar el viejo dejó de acomodar los polvorientos frascos conteniendo vísceras y muestras, y lo atendió con la simpatía de costumbre. Hablaron de bueyes perdidos, de la jubilación, del corto futuro  y de la eterna muerte. Cuando se dieron cuenta, había transcurrido la mañana.

     El viejo y cansado patólogo se levantó con dificultad y recogió un maletín lleno de revistas y publicaciones de su especialidad, algunas fotos amarillentas de su familia y otras más recientes de sus compañeros de trabajo. El Comisario se ofreció a ayudarlo y llevarlo hasta su casa.

    Aparecieron en la puerta del museo los Dres. Monti, Bianchi y Cerdeña, y en un segundo plano, varios de los administrativos y evisceradores con un enorme cartel de despedida. El viejo agradeció el gesto y los aplausos. De a uno se acercaron para saludarlo y rendirle su homenaje.

    Cuando el improvisado acto finalizó y todos se fueron retirando, el Comisario tomó al Dr. González de un brazo para ayudarlo a salir. Desde la puerta y en presencia del policía, Cerdeña, Monti y Bianchi le guiñaron un ojo con picardía, gesto que el viejo no advirtió por su incipiente ceguera o pretendió no advertir.

     Ya en la puerta, pidió al comisario Márquez que lo dejara sólo unos segundos para despedirse de su reducto. Los otros bajaron la mirada con una sonrisa cómplice y apartaron al Comisario hacia las escaleras.

      González volvió por última vez sus gastados ojos hacia los estantes del Museo.             

      Entre otros frascos reconoció sus últimas creaciones: un cráneo con fracturas conminutas secundarios a un traumatismo, el corazón de un hombre adulto perforado por un proyectil de arma de fuego, dos pulmones enfisematosos, cargados de nicotina y hollín, un estómago, estaqueado sobre una plancha de corcho a fin de mostrar las numerosas úlceras que alguna sustancia cáustica ingerida había producido en su mucosa, todos ellos flotando en el líquido fijador que los mantendría incólumes por muchos años.  No sin cierta nostalgia, y en absoluto silencio, los miró con un dejo de agradecimiento y se despidió de su antiguo Jefe, que tan prolíficamente había contribuido a incrementar las piezas de su Museo.

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Marcela González García.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-