"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




19 de Julio, 2011


4 años sin EL NEGRO...

Publicado en homenaje el 19 de Julio, 2011, 18:26 por MScalona

EL Negro

ARIEL ZAPPA en Pagina/12

Publicado en Aguafuerte el 19 de Julio, 2011, 18:16 por MScalona

Envido o muerte

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Lo que dijo, lo dijo seria. Sin escapársele una sola mueca. “Si te encuentra te mata, Miguel. ¿Qué duda te cabe? ¿Podés ser tan imbécil?”. Lo machacó toda la tarde. A mí el odio me ganaba el pecho, me trepaba la garganta y me astillaba el orgullo.

Al fin y al cabo fue su decisión. Sabrá ella qué buscaba en ese hombre ladino. Lo cierto era que el viejo se estaba avivando. Desde distintos lugares me había llegado el mismo recado: cuidate porque sospecha. Y a mí, más ganas me daban de Carina. De siesta, de noche, de escapada por el camino viejo, de parado sobre un árbol. La conocía como al cielo de la madrugada. Cada vez que salía hacía la cuadra para encender el horno, aún en el verano, sabía diferenciar ese calor de la incandescencia de su piel.

A partir de las sospechas del viejo nuestros encuentros se volvieron más furtivos. Y más de una vez me volví con un ardor a flor de deseo porque tuve que escapar. Y no era sólo el viejo. La caterva de sobones que lo rodeaba no era poca. Tenía ojos y oídos en cada rincón del campo aunque fuese vasto e inconmensurable. Un viejo latifundio que se arrastraba de herencia en herencia, de cagador en cagador. Y cada hijo nuevo que aparecía, más cagador que el anterior se volvía. Por eso mis escapadas eran mucho más que eso: una conquista tras otra conquista. Cada pedacito de piel de Carina era fiebre y victoria. Pero la novedad que ella me confió esa tarde fue un premio impensado. Dentro de ella se cocinaba una esperanza a fuego lento que se llamaría Facundo. Siempre soñé tener un chango con ese nombre, y portando el apellido del guampudo, más placer me daba.

Nunca creí lo que me contaban del viejo. De su alegría, de sus lágrimas, de su inesperada esperanza de tener un heredero a los setenta y dos años. Ni mucho menos me tragué el costillar que nos hizo a la salud de la criatura y toda esa perorata que ensayó ese domingo al mediodía. Había amanecido chispeado. Los muchachos me contaron que de temprano ya se le había calentado el pico y se abrazaba con medio mundo. Y a cada tanto lloriqueaba, viejo maricón, oligarca de mierda.

Yo casi ni había probado el vino por temor a que me fuese de lengua y la terminara pudriendo. Lo que no podía dejar de hacer era mirarla a ella sobre la mesa principal, al lado del viejo, abrazándolo como se abraza a una sombra, a un perro de la calle o a un cadáver. Con un gesto de resequedad que opaca el rostro y apaga todo destello de vida. A diferencia de cuando estaba conmigo, puro gemidos y sudor a dos cuerpos.

El cielo se empezó a nublar y el viejo boqueó para saber quién le hacía frente al truco. Yo me estaba yendo cuando la vi retirarse dándole un beso en la mejilla que me revolvió las tripas. Entonces decidí quedarme sabiendo que hacía mal. Pero el hecho de semblantearlo de cerca al viejo me llenaba la boca de un gusto a cinismo que me emborrachaba más que el vino. Y de una copa pasé a la otra así como de ronda en el torneo. Cuando quise darme cuenta estaba en las postrimerías de ganarle a mi adversario. Y lo suyo hizo el viejo.

Me di cuenta tarde cómo todos los caranchos que le oficiaban de alcahuetes nos rodearon y se sentaron alrededor con la silla al revés, el respaldo sobre el pecho. Fumando y tomando. Festejando a carcajadas de antemano, imaginando que ya tenían el chivo en el lazo.

La final se dirimía a treinta puntos. Tuve que hacer cabriolas con las manos para que no me chispearan las cartas desde atrás y se la batieran al viejo. Me tomaba todo el tiempo del mundo para orejearlas. De igual modo, nunca pude tener la certeza de que no me entregaran. Llegamos quince a doce a mi favor y grité con todo el asco que pude.

-?¡Parece que esta noche uno que yo sé duerme afuera!

Y la boca del viejo se deshizo como una galleta en el agua. Sin dejar de fumar y sin caérsele un palito de los labios me apuró cantándome mentira y rabón de un solo tiro. Tarde me di cuenta que me habían botoneado. Fue el hijo de puta del pelado Fuertes que nunca se bancó que antes, cuando entre el viejo y yo aún no había disputa, me eligiera para trabajar con los potrillos que llegaban a la estancia antes de mandarme a la panadería.

Tragué saliva y empecé a transpirar feo. Si no me concentraba era candidato firme a tiro al pichón. Como acomodándome la rastra me tanteé si tenía el bufoso en regla y livianamente intenté quitarle el seguro. El viejo chucaro no levantaba la vista de los naipes. Le tocaba dar a él. Quise disiparme contando un cuento cuando, al pasar, me di cuenta que me había carteado. La sola mención hizo que todos sus vigilantes se pararan para amasijarme. El viejo los paró en seco y ofreció dar de nuevo. Le dije que no. Que de ninguna manera.

-?Como usted quiera ?-fue toda su respuesta.

El mundo empezó a dar vueltas y una ráfaga de odio me nubló el entendimiento. Me tocaba dar a mí. Lo hice sin quitarle los ojos de encima. Al orejearlas no lograba contener la respiración por la cantidad de tantos que había ligado: treinta y tres de espada. Desde las tripas le eché la falta sin esperar. Y de yapa, cuando el viejo sobrador me contestó gritando “¿comadrejo?”, la completé con “falta envido o muerte”.

Los ojos se le pusieron como puñalada en una lata de arveja. Se tomó todo el tiempo del mundo para cantar “quiero” y yo apuré mis treinta y tres con el mismo regocijo que siento cuando la penetro a Carina o ella se arrodilla ante mí hasta hacerme desfallecer de temblor. Tras un segundo, en la sonrisa aviesa del viejo reconocí mi error por atropellado. Sus cartas no terminaban de caer nunca. Flotaron hasta tocar el mantel y alcanzar la misma cifra que la mía. Caí en la cuenta que el viejo era mano y yo su presa. No debo haber jalado bien el seguro porque mi disparo nunca salió, y yo, sí escuché un estruendo a corta distancia. Luego vinieron otros por detrás y de costado.

El viejo se levantó despacio de la silla y ordenó que me tiraran sobre la ventana del dormitorio que compartía con Carina. Y antes que nadie dijera nada, gritó que si ella lloraba o preguntaba, le respondieran que había muerto por no saber mentir. Que si no estaba seguro de saber mentir, no tenía que jugar al truco. Que me dedicara a otra cosa.

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aazappa@hotmail.com

NATALIA MASSEI en Pagina/12

Publicado en Aguafuerte el 19 de Julio, 2011, 18:07 por MScalona

Patio de comidas

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 Por Natalia Massei

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En fila india, como en un hormiguero, por los senderos estrechos entre las mesas avanzamos. Emma delante, Marcos detrás, sosteniendo una bandeja repleta de porquerías. En sentido contrario, una banda de adolescentes salidos de un video de Wisin & Yandel. La música proveniente de sus teléfonos completa la performance:

¡Latinos!

Nuevamente el dúo dinámico haciendo historia apunta otro palo, One million, en el libro de Guinness.

Jajaja…

El Capitán Yandel en Sociedad con W… (W!), los vaqueros, la sociedad del dinero…

¡Oye! ¡Una organización creada sin fines de lucros controlando los masas y las avenidas!

Los chicos doblan justo una mesa antes de impactar con nosotros. Por la derecha se acerca un grupo de floggers como bandada de mariposas. Un shock de estímulos visuales. Por fin encontramos una mesa vacía.

Literalmente. Recolectamos tres sillas en los alrededores. Muy cerca, una señora de labios voluptuosos ?-ensanchados con colágeno (¿o Botox?)-? saca leche en polvo de un tupper y prepara una mamadera para el bebé que espera en su coche Chicco. La chica de al lado exhibe botas Ricky Sarkani y maquillaje profesional que combina con el tono de su campera de cuero beige. Detrás, una familia numerosa ha unido tres mesas y gasta parte del aguinaldo a cuenta. Comen con entusiasmo y casi no conversan. No muy lejos, una joven, aguarda cruzada de brazos a que su esposo (supongamos que es su esposo), mayor y excedido en alhajas masculinas, termine su hamburguesa. La cara larga de la mujer es prominente. ¿La habrían engañado las joyas? ¿Habría soñado con otro futuro al lado de ese hombre ostentoso? ¿Todo para terminar aquí? Una niña de doce años camina detrás de su madre, llevándose todo por delante, mientras habla por celular. De pie, en medio del gentío, diviso a mis vecinos, matrimonio tipo de mediana edad, esperando que se libere alguna mesa. Durante este breve lapso saludo, en total, a dos colegas.

En el centro de mi escena estamos nosotros: Marcos, Emma y yo. Sin embargo, los veo borrosos. No logro focalizar. Ellos ya abrieron sus envoltorios de comida rápida. Yo sigo sin decidirme: Arabian’s Kingdom, Ronny Lomito, Pizza Hut, Burger Kong, Ave Cesar.

Nuestro punto de llegada había sido Mac Donald, por el pelotero que resultó estar cerrado. Según una de las empleadas del local: tiraron la bola. La explicación bien vale un paréntesis: la bola es una parte del juego, una esfera de plástico, elevada a un metro y medio de altura, donde algunos niños entran mientras otros corretean por debajo. Tiraron es la tercera persona del plural, conjugada en pretérito indicativo del verbo tirar. El sujeto tácito se refiere a los niños. Si la empleada hubiese elegido la tercera persona del singular del verbo caer en su forma pronominal (se cayó la bola) el responsable tácito hubiera sido la empresa. Fin de la digresión.

Continúa el relato: amagamos con irnos pero Emma ya estaba pegada al exhibidor que promociona la cajita feliz. No nos quedó más remedio que hacer la cola y esperar nuestro turno, aún sabiendo que el juguete que ella eligiese no estaría disponible como en cada una de las ocasiones que habíamos venido a este lugar. Nos atendió una joven de dieciocho años que meses atrás había sido escolta de la bandera en el colegio. Lo sé porque fue alumna mía y sacó más de un diez. Emma terminó optando por un koala en una canastita, en lugar de un armadillo en un carrito. Marcos por un Big Mac.

En mi caso, la decisión fue más difícil pero finalmente me quedé con Ronny Lomito, uno de los locales más poblados del patio de comidas. Mientras esperaba, noté que el rostro del cajero me resultaba familiar. En realidad, no su rostro sino sus ojos. Me recordaban a los de un joven haitiano que había sido alumno mío poco más de un año atrás. Sus facciones, sin embargo, no coincidían en nada con la imagen que yo guardaba de aquel muchacho. Su cabello rapado debajo de la gorra de la empresa, en lugar de las rastas que yo le había conocido, también me llevaba a pensar que no se trataba de la misma persona. No obstante, sus ojos eran los de aquel.

Frente a la caja, antes de ordenar directamente un especial me animé a un hola. Reconozco que no siempre lo hago en estos casos, la última vez que había abundado en palabras en un fast?food había resultado más o menos así:

-Hola, ¿me podrías dar dos conitos por favor?

-Dártelos no puedo. Te los tengo que vender.

Entendí que el concepto de rapidez implicaba también simplificación de los intercambios. En este contexto, la explicación desorienta y la amabilidad sobra. Al menos esa era la teoría que había podido elaborar por entonces.

-Comment allez-vous madame?

La respuesta a mi saludo neutro y en español, me desconcertó. Aunque mi memoria no había fallado. Recién en ese momento logré recordar su nombre.

-Albert?

-Oui

Respondió relajado como si no hubiese habido una fila de veinte personas detrás de mí aguardando su atención. Le pregunté por los estudios, me contó que pensaba rendir más adelante.

-Boisson?

No le entendí. Seguí hablando de la facultad.

-¿Bebida?

Ahora era yo quien se encontraba perdida en la superposición de lenguas y registros.

-Coca Zero.

-$30, 25.

-Está justo.

-Merci, au revoir!

Vuelvo a la mesa, mastico apurada el lomo especial, aunque ya perdí el apetito. Marcos y Emma terminaron hace un rato. Me levanto, una vez más, para recorrer el salón de punta a punta. Quiero contar las mesas. Calculo unas trescientas, quizás sean más. Alrededor de mil personas. ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuántos serán habitúes y cuántos se sentirán outsiders como yo? ¿Importa? Recojo un individual de papel que encuentro en el piso (es de cafetería, no está engrasado). Me siento un poco mareada. Comienzo a tomar notas desordenadas sobre el mantel descartable. Marcos me mira sin impacientarse. Entiende que no hay conversación ni lazo posibles. O quizás está tan disperso como yo. Emma juega con su koala.

-¿La llevo a los juegos?

-Dale.

Enseguida aparecen nuevos cazadores recolectores y se llevan las dos sillas desocupadas. Mientras los veo alejarse me prometo no volver a este lugar. Escribo como loca. En medio de la marea de luces, sonidos, gente, voces, música, ringtones, olores, emerge un recuerdo como una caja negra.

Desarrollo una clase de historia francesa. Explico en qué había consistido el llamado comercio triangular: barcos zarpando desde Europa hacia Africa, trasportando mercaderías que serían intercambiadas por esclavos trasladados luego a América para ser vendidos a los colonos. Con el producto de dicha venta se compraban artículos tropicales que posteriormente eran comercializados en Europa. Antes de completar la exposición Albert me corrige con tino: des hommes devenus esclaves. Hombres esclavizados, no esclavos. Es evidente, pero jamás había reparado en ello. Agradezco, incómoda pero sinceramente, la observación. Voy a la biblioteca, mientras transcribo. Releo mis fuentes. Googleo comercio triangular. El término que nombra a aquellos hombres, en todos los casos, es el mismo: esclavos, donde debería decir hombres esclavizados. Otra vez el lenguaje: una elección oculta un sentido y crea otro inaugurando una larga cadena de implicancias. El recuerdo de esa escena, en ese marco, completaba el escenario agobiante abriendo una salida.

Se me termina el individual de La Cafetería. Observo, desde lejos, por última vez a Albert que ingresa cifras en la caja registradora levantando la mirada de vez en cuando, ampliando la perspectiva. Del otro lado, el mundo de luces intermitentes y melodías superpuestas creado para divertimento de los niños, hacia donde me dirijo para contemplar la cara de alegría de mi hija cada vez que el vaivén de la calesita la ubica por un momento frente a mí.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-