"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




C O P I .-

Publicado en De Otros. el 8 de Julio, 2011, 21:09 por MScalona

           

LA TRAVESTI Y EL CUERVO

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El día en que María José se dio cuenta de sus poderes se produjo un giro decisivo en su vida. Única superviviente de un accidente de aviación, se despertó quince días después en la habitación de una clínica parisiense. Le dijeron que padecía un traumatismo craneal. Le habían levantado la tapa de lo sesos, y pocos días más tarde le colocaron otra, de metal esta vez, que le recosieron por debajo del cuero cabelludo, una vez debidamente rasurado; su cabello, luego, volvió a crecer tan crespo y espeso como antes. No era ésta primera la intervención quirúrgica que sufría María José. Había nacido en el norte de la Argentina, en la provincia de Misiones, de sexo masculino, dieciocho años atrás, como último retoño de una familia de veinticinco hermanos y hermanas, cada uno de un padre distinto. Había sido educada por su hermano mayor, que la vestía de chica, y lo prostituyó a los seis años. Eran varios los que en su misma favela estaban en similar situación. Era el sino de los hijos menores de las familias pobres: mestizos de indios, negros, blancos y asiáticos, descendientes de esclavos importados por los jesuitas, más los aborígenes y los mismos jesuitas. El mestizaje en cascada previsto por los jesuitas, después de seis generaciones, producía niños de una belleza inaudita, que hacían las delicias de los pedófilos del mundo entero. Charters de ancianos de ralos cabellos teñidos y dentaduras deslumbrantes llegaban desde Munich, Boston y Viena al aeropuerto de Misiones, convertido en burdel de niños. José María fue vendido a la edad de quince años por la bonita suma de cien mil dólares, a Louis du Corbeau, un riquísimo coleccionista de arte de nacionalidad francesa. Para celebrarlo, Pedro, el hermano mayor de José María, gastó una buena parte de la dote en dejar pasmada a la favela. Después de danzar la macumba toda la noche, y ebrio de cachaça y de marihuana, José María se marcó aún unos pasos de samba en la escalinata del avión que había de alejarlo de Misiones para siempre. Louis du Corbeau poseía un pequeño château en el Berry, cerca de la clínica donde José María se transformó en María José, después de una docena de delicadas operaciones quirúrgicas. A los diecisiete años se había transformado ya en una radiante criolla de puntiagudos senos, y dotada de un sexo femenino en el que Louis du Corbeau podía incluso introducir su dedo índice. Por otra parte, ello no le procuraba el menor placer a María José. Conocía bien su destino poco común, y el placer que de tal conciencia extraía nada tenía que ver con el sexo. Reinaba en su château del Berry sobre una docena de criados blancos, a los que martirizaba hasta donde se lo permitía la ley francesa. Louis du Corbeau la adoraba hasta la locura, y no le permitía salir nuca del castillo. Sólo el médico que había practicado el cambio de sexo, y la anciana hermana de Louis du Corbeau, superiora de las carmelitas de un vecino convento de clausura, y que nada sospechaba del asunto, estaban autorizados a penetrar en el castillo. Una vez por semana, Louis du Corbeau la llevaba en su avión particular, que piloteaba él mismo, a París, donde pasaban uno o dos días, alojados en el Hotel Ritz, de la Place Vendôme. María José, siempre acompañada por Louis recorría los establecimientos de los grandes proveedores de fruslerías de este mundo, donde podía escoger lo que quisiera sin límites de precio. En una ocasión, llegó a adquirir toda la colección de Dior y todo el escaparate de Cartier, para poder elegir con tranquilidad en su château del Berry, delante del espejo, y con la ayuda de su cuñada carmelita, Anne du Corbeau. Está sentía una inmensa alegría por el acto de caridad que había realizado su hermano al casarse con una pobre desheredada, por cuyas venas, sin lugar a dudas, corría sangre de jesuita. Louis du Corbeau le ofrecía una vez al mes una cena en Maxim´s, seguida de un baile en los salones del Ritz, donde recibían a sus amistades, a las que jamás invitaban a su casa. María José pudo así hablar de moda con Saint-Laurent, de cine con Sofía Loren y de política con Jackie Onassis. Su belleza indiscutible dejaba en un segundo plano a su inteligencia. La elegancia con que podía llevar un corpiño enteramente recamado de diamantes con un armiño y una pamela de plumas de ave del paraíso para subir las escaleras de la Opera la hacían figurar de manera completamente natural como uno de los integrantes del jet-set. Aquel lunes, María José se aburría mortalmente en su château del Berry, e insistió para convencer a Louis de pegarse un salto hasta París, con ocasión del Catorce de Julio. Louis du Corbeau, que detestaba las muchedumbres parisinas, le negó tal capricho. Ella lo amenazó por vez primera con dejarlo. Louis du Corbeau consintió en pilotear su avión hasta París, pensando ya en desembarazarse de aquella joven esclava que en menos de tres años se había transformado en una esposa tiránica. Pero María José fue mucho más rápida en su instinto criminal, movida sin duda por mayores motivaciones. En pleno vuelo, lo noqueó con un bastón de criquet y tomó su lugar al mando del avión, que acabó estrellándose contra una autopista, un segundo después de haber saltado sobre el arcén central. Pero el destino hizo que un coche que venía en sentido contrario, para evitar el avión, se metiera por el arcén. De ahí su traumatismo craneal y la adquisición de sus nuevos poderes. Esto fue algo que no llegó a advertir de inmediato. Apenas vuelta en sí, lo primero que vio, inclinada sobre ella, fue el rostro de madre Anne du Corbeau, la hermana de Louis.

-Estás viuda, mi pobrecita niña –sollozó a monja-. ¿Qué será ahora de ti? ¡Tendrás que venirte conmigo al convento! –María José cayó en un profundo sueño, con la sonrisa dibujada en los labios. Se despertó bien entrada ya la noche. Se hallaba sola en su habitación de la clínica, todo estaba en silencio. Sentía sed. Se giró para ver si había una botella de agua sobre su mesilla de noche; ni rastro de botella.

La puerta de la habitación se abrió, y un vaso lleno de agua, posado sobre una bandeja, penetró por sí solo en la habitación y fue a posarse sobre la mesilla de noche. Creyó que se trataba de una alucinación, producto de la fiebre. Extendió la mano por si acaso y tomó el vaso que era perfectamente real. En cuanto al agua fresca, jamás en su vida había bebido una que calmara tan bien la sed. Era pues la única heredera de Louis du Corbeau, propietario de las más completa colección del mundo de arte precolombino, sin contar los Rubens y los Géricaults que tapizaban las paredes del château del Berry. Se preguntó qué podría hacer con su fortuna. Ahora Louis ya no estaba allí para poner freno a sus caprichos. ¿Continuar frecuentando el gran mundo de Maxim´s sin Louis? Sin duda sería la viuda más codiciada del jet-set, ¿pero total para qué? ¿Para encontrar un marido tan rico como el que acababa de perder? No, eso nunca. ¿Y un amante? Obligada a practicar la sexualidad desde su infancia, su frigidez era total, y el cambio de sexo no había mejorado las cosas. Consideraba a su cuerpo del mismo modo que el titiritero considera a sus títeres, objeto de fascinación y turbio deseo para el espectador, pero con un alma alojada en realidad en el arte digital del maestro de títeres. Sus recientes poderes le parecían, por tanto, naturales, como extraídos de la fuente misma de su personalidad. Dedicó un pensamiento enternecido a Louis du Corbeau; lo iba a echar de menos en los pequeños detalles de la vida diaria. Si, por ejemplo, siguiera aún vivo, su habitación de la clínica estaría en aquel momento llena de ramos de flores. Al instante, vio entrar por la puerta varias docenas de jarrones llenos de soberbios arreglos florales, que se colocaron por sí solos en torno del lecho, entrechocando contra las baldosas al posarse en el suelo. Al poco, oyó pasos que se acercaban por el pasillo. Una enfermera hizo su aparición. Permaneció inmóvil en la puerta durante algunos segundos, asombrada por la radiante sonrisa que mostraba una enferma hasta hacía apenas media hora sumida en un profundo coma.

-¿Así que se ha despertado usted?

Y se acercó a tocarle la frente. La fiebre había descendido considerablemente.

-¿Pero quién le ha traído esas flores? ¿Ha venido alguien a hacerle una visita?

Una mano invisible agarró a la enfermera por los cabellos y la levantó del suelo unos cincuenta centímetros. La mujer lanzó un grito que hubiera podido despertar a todo el hospital, antes de caer al suelo, lastimándose un tobillo. La habitación se llenó inmediatamente de enfermeras, y María José se hizo la dormida.

Cuando todo el mundo hubo salido de nuevo, llevándose los jarrones de flores, se durmió de verdad en el colmo de la dicha. La obligaron a permanecer aún tres días más en la clínica, ya que su repentina recuperación intrigaba a los médicos. No comprendían que pudiera encontrarse en tan perfecta forma después de haber sufrido una trepanación que había durado seis horas, y sin necesitar siquiera de calmantes. Pero ignoraban que María José era una asidua de los quirófanos. Se obligó a sí misma a no exhibir sus poderes en público, por más que se sirviera de ellos cuando estaba a solas, para vestirse e incluso para trasladarse de una habitación a otra. Nunca más volvió a pisar el Berry, del mismo modo que nunca había vuelto a Misiones. Convocó en el Ritz al asesor financiero de Louis du Corbeau, quien le comunicó que podía firmar talones hasta un total de quinientos mil dólares al mes, sin tener que tocar su capital, invertido en las cuatro esquinas del mundo. Lo despidió rápidamente, y por primera vez se vio a solas en su suite del Ritz. Era a principios de agosto, y todos sus conocidos habían abandonado París para las vacaciones de verano. Se hizo subir la cena, y durante un rato se divirtió arrojando compota de manzana contra los candelabros, pero pronto se aburrió de este tipo de juego. Tenía clara conciencia de que no podía desear nada que no poseyera ya, y el espectáculo del mundo la dejaba más bien indiferente. Eran las nueve y media de la noche. París estaba vació aquel viernes quince de agosto. Se puso un vestido de noche de seda blanca, con el escote ribeteado de pequeña perlas, y se envolvió en un chal de suave pelo vicuña. Se decidió por unos aretes de esmeralda –el color de sus ojos- y un bolso de cocodrilo blanco, el mismo color que sus sandalias de cabritilla. Mandó llamar un coche con chofer. Este, un hombre de sesenta años, se vio sorprendido ante la pregunta:

-¿En qué sitio de París puedo encontrar clientes?

-¿Ya lo ha intentado usted en el bar del Ritz? Tal vez encuentre usted mejor clientela en el George V. ¿Quiere que la lleve allí?

-¡Yo no soy una pauta, soy yo la que paga!

El chofer recibió en la cara un puñado de billetes de quinientos francos. Marcel, el chofer, creía conocer toda clase de gentes raras en París, pero esto lo desbordaba…

-Si quiere hacer el recorrido turístico de París, puedo llevarla. ¡Conozco a todos los porteros de los cabarets de Pigalle!

¡Pigalle! María José soñaba con Pigalle desde su infancia, porque para ella era mucho más París que el Ritz o Chez Cartier. Pero Louis du Corbeau le había prohibido siempre pasar por allí, aunque fuera en coche. Ahora era la ocasión soñada. Marcel,  chofer nocturno desde hacía veinte años, y homosexual también, había olisqueado a la travesti por debajo de su apariencia de rica criolla. Conocía un turbio cabaret en la Rue des Martyrs, cuyo propietario, antiguo presidiario, había sido un compañero de la cárcel.  Aún era temprano para “La Cagnotte du Sexe”, un local donde los travestis brasileños nostálgicos del samba, junto con otros nostálgicos de la danza del vientre, venían a desmelenarse después del duro trabajo nocturno. La entrada olía a meados y a éter. En el salón propiamente dicho, una vieja travesti negra roncaba tirada sobre un banco. El lugar no era del todo sórdido. En un ángulo, al lado de la barra, se alzaba un minúsculo teatrillo, donde los travestis montaban pequeños espectáculos. Lulú, el propietario, besó la mano de María José y los hizo sentar a una mesa. María José se preguntó si resistiría mucho tiempo en aquel antro. Le molestaba sobre todo verse sentada al lado de un taxista tan popular en todo Pigalle. Les trajeron una botella de champán de garrafón, y Julio Iglesias empezó a sonar en el juke-box. Lulú, el dueño, se excusó repetidamente por la poca animación que mostraba el local a aquellas horas, aunque aseguró que la clientela chic no tardaría en hacer su aparición. Entretanto, intentaría despertar a la travesti negra para que les hiciera un número en play-back, pero la negra dormía como un tronco. María José, de pronto, se sintió a sus anchas, como si recuperara su infancia de la favela de Misiones. Marcel y ella rieron de buena gana al ver las inútiles patadas que Lulú le propinaba en el culo a la travesti, que seguía durmiendo como si tal cosa.  Entre ronquido y ronquido, pudo oírse que decía:

-¡Patrón de mierda!

María José se sobresaltó al reconocer la expresión y la voz. ¡Era su hermano mayor, Pedro, el asqueroso hermano que la había prostituido desde su más tierna infancia y la había vendido a Louis du Corbeau! Había venido a engrosar las filas de los travestis del Tercer Mundo que adornan las aceras de Pigalle, en su mayoría fornidos mancebos a los que unos médicos carniceros castraban sin más contemplaciones, hinchándoles luego los pechos con parafinas, antes de soltarlos, para que se las arreglaran como mejor supieran, con una jeringa de hormonas en una mano y una jeringa de heroína en la otra. María José se pregunto si el odio que sentía por Pedro no habría jugado algún papel en la consumación de su atroz destino. Tal vez poseía más poderes de los que sospechaba. ¿Por qué, si no, de todos los lugares donde hubiera podido recalar en París había ido a dar precisamente a aquel antro? Por un momento sospechó que Marcel, el taxista, fuera el auto de todo aquel montaje. Pero era absurdo, ¿cómo podía él conocer el parentesco entre aquel horrible travesti y la hermosa María José? La coincidencia, con todo, era demasiado grande, y el azar nunca hace tan bien las cosas. La puerta del bar se abrió en aquel momento, y Louis du Corbeau hizo su aparición. Marcel y Lulú se inclinaron hasta el suelo.

-Te entrego en manos de tu hermano mayor, que es donde te encontré. Puedes quedarte con los aretes y con el dinero que llevas encima.

Había un cuchillo de cortar el pan sobre la barra. María José se concentró en su deseo de verlo hundirse en el corazón de Louis du Corbeau, pero nada de esto ocurrió. Había perdido sus poderes. Pasó el resto de sus días trabajando en la Rue des Martyrs al lado de su hermano Pedro, y murió de una sobredosis en los retretes de “La Cagnotte du Sexe”, a la edad de veintiséis años.

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              Copi   *

LA TRAVESTI Y EL CUERVO

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El día en que María José se dio cuenta de sus poderes se produjo un giro decisivo en su vida. Única superviviente de un accidente de aviación, se despertó quince días después en la habitación de una clínica parisiense. Le dijeron que padecía un traumatismo craneal. Le habían levantado la tapa de lo sesos, y pocos días más tarde le colocaron otra, de metal esta vez, que le recosieron por debajo del cuero cabelludo, una vez debidamente rasurado; su cabello, luego, volvió a crecer tan crespo y espeso como antes. No era ésta primera la intervención quirúrgica que sufría María José. Había nacido en el norte de la Argentina, en la provincia de Misiones, de sexo masculino, dieciocho años atrás, como último retoño de una familia de veinticinco hermanos y hermanas, cada uno de un padre distinto. Había sido educada por su hermano mayor, que la vestía de chica, y lo prostituyó a los seis años. Eran varios los que en su misma favela estaban en similar situación. Era el sino de los hijos menores de las familias pobres: mestizos de indios, negros, blancos y asiáticos, descendientes de esclavos importados por los jesuitas, más los aborígenes y los mismos jesuitas. El mestizaje en cascada previsto por los jesuitas, después de seis generaciones, producía niños de una belleza inaudita, que hacían las delicias de los pedófilos del mundo entero. Charters de ancianos de ralos cabellos teñidos y dentaduras deslumbrantes llegaban desde Munich, Boston y Viena al aeropuerto de Misiones, convertido en burdel de niños. José María fue vendido a la edad de quince años por la bonita suma de cien mil dólares, a Louis du Corbeau, un riquísimo coleccionista de arte de nacionalidad francesa. Para celebrarlo, Pedro, el hermano mayor de José María, gastó una buena parte de la dote en dejar pasmada a la favela. Después de danzar la macumba toda la noche, y ebrio de cachaça y de marihuana, José María se marcó aún unos pasos de samba en la escalinata del avión que había de alejarlo de Misiones para siempre. Louis du Corbeau poseía un pequeño château en el Berry, cerca de la clínica donde José María se transformó en María José, después de una docena de delicadas operaciones quirúrgicas. A los diecisiete años se había transformado ya en una radiante criolla de puntiagudos senos, y dotada de un sexo femenino en el que Louis du Corbeau podía incluso introducir su dedo índice. Por otra parte, ello no le procuraba el menor placer a María José. Conocía bien su destino poco común, y el placer que de tal conciencia extraía nada tenía que ver con el sexo. Reinaba en su château del Berry sobre una docena de criados blancos, a los que martirizaba hasta donde se lo permitía la ley francesa. Louis du Corbeau la adoraba hasta la locura, y no le permitía salir nuca del castillo. Sólo el médico que había practicado el cambio de sexo, y la anciana hermana de Louis du Corbeau, superiora de las carmelitas de un vecino convento de clausura, y que nada sospechaba del asunto, estaban autorizados a penetrar en el castillo. Una vez por semana, Louis du Corbeau la llevaba en su avión particular, que piloteaba él mismo, a París, donde pasaban uno o dos días, alojados en el Hotel Ritz, de la Place Vendôme. María José, siempre acompañada por Louis recorría los establecimientos de los grandes proveedores de fruslerías de este mundo, donde podía escoger lo que quisiera sin límites de precio. En una ocasión, llegó a adquirir toda la colección de Dior y todo el escaparate de Cartier, para poder elegir con tranquilidad en su château del Berry, delante del espejo, y con la ayuda de su cuñada carmelita, Anne du Corbeau. Está sentía una inmensa alegría por el acto de caridad que había realizado su hermano al casarse con una pobre desheredada, por cuyas venas, sin lugar a dudas, corría sangre de jesuita. Louis du Corbeau le ofrecía una vez al mes una cena en Maxim´s, seguida de un baile en los salones del Ritz, donde recibían a sus amistades, a las que jamás invitaban a su casa. María José pudo así hablar de moda con Saint-Laurent, de cine con Sofía Loren y de política con Jackie Onassis. Su belleza indiscutible dejaba en un segundo plano a su inteligencia. La elegancia con que podía llevar un corpiño enteramente recamado de diamantes con un armiño y una pamela de plumas de ave del paraíso para subir las escaleras de la Opera la hacían figurar de manera completamente natural como uno de los integrantes del jet-set. Aquel lunes, María José se aburría mortalmente en su château del Berry, e insistió para convencer a Louis de pegarse un salto hasta París, con ocasión del Catorce de Julio. Louis du Corbeau, que detestaba las muchedumbres parisinas, le negó tal capricho. Ella lo amenazó por vez primera con dejarlo. Louis du Corbeau consintió en pilotear su avión hasta París, pensando ya en desembarazarse de aquella joven esclava que en menos de tres años se había transformado en una esposa tiránica. Pero María José fue mucho más rápida en su instinto criminal, movida sin duda por mayores motivaciones. En pleno vuelo, lo noqueó con un bastón de criquet y tomó su lugar al mando del avión, que acabó estrellándose contra una autopista, un segundo después de haber saltado sobre el arcén central. Pero el destino hizo que un coche que venía en sentido contrario, para evitar el avión, se metiera por el arcén. De ahí su traumatismo craneal y la adquisición de sus nuevos poderes. Esto fue algo que no llegó a advertir de inmediato. Apenas vuelta en sí, lo primero que vio, inclinada sobre ella, fue el rostro de madre Anne du Corbeau, la hermana de Louis.

-Estás viuda, mi pobrecita niña –sollozó a monja-. ¿Qué será ahora de ti? ¡Tendrás que venirte conmigo al convento! –María José cayó en un profundo sueño, con la sonrisa dibujada en los labios. Se despertó bien entrada ya la noche. Se hallaba sola en su habitación de la clínica, todo estaba en silencio. Sentía sed. Se giró para ver si había una botella de agua sobre su mesilla de noche; ni rastro de botella.

La puerta de la habitación se abrió, y un vaso lleno de agua, posado sobre una bandeja, penetró por sí solo en la habitación y fue a posarse sobre la mesilla de noche. Creyó que se trataba de una alucinación, producto de la fiebre. Extendió la mano por si acaso y tomó el vaso que era perfectamente real. En cuanto al agua fresca, jamás en su vida había bebido una que calmara tan bien la sed. Era pues la única heredera de Louis du Corbeau, propietario de las más completa colección del mundo de arte precolombino, sin contar los Rubens y los Géricaults que tapizaban las paredes del château del Berry. Se preguntó qué podría hacer con su fortuna. Ahora Louis ya no estaba allí para poner freno a sus caprichos. ¿Continuar frecuentando el gran mundo de Maxim´s sin Louis? Sin duda sería la viuda más codiciada del jet-set, ¿pero total para qué? ¿Para encontrar un marido tan rico como el que acababa de perder? No, eso nunca. ¿Y un amante? Obligada a practicar la sexualidad desde su infancia, su frigidez era total, y el cambio de sexo no había mejorado las cosas. Consideraba a su cuerpo del mismo modo que el titiritero considera a sus títeres, objeto de fascinación y turbio deseo para el espectador, pero con un alma alojada en realidad en el arte digital del maestro de títeres. Sus recientes poderes le parecían, por tanto, naturales, como extraídos de la fuente misma de su personalidad. Dedicó un pensamiento enternecido a Louis du Corbeau; lo iba a echar de menos en los pequeños detalles de la vida diaria. Si, por ejemplo, siguiera aún vivo, su habitación de la clínica estaría en aquel momento llena de ramos de flores. Al instante, vio entrar por la puerta varias docenas de jarrones llenos de soberbios arreglos florales, que se colocaron por sí solos en torno del lecho, entrechocando contra las baldosas al posarse en el suelo. Al poco, oyó pasos que se acercaban por el pasillo. Una enfermera hizo su aparición. Permaneció inmóvil en la puerta durante algunos segundos, asombrada por la radiante sonrisa que mostraba una enferma hasta hacía apenas media hora sumida en un profundo coma.

-¿Así que se ha despertado usted?

Y se acercó a tocarle la frente. La fiebre había descendido considerablemente.

-¿Pero quién le ha traído esas flores? ¿Ha venido alguien a hacerle una visita?

Una mano invisible agarró a la enfermera por los cabellos y la levantó del suelo unos cincuenta centímetros. La mujer lanzó un grito que hubiera podido despertar a todo el hospital, antes de caer al suelo, lastimándose un tobillo. La habitación se llenó inmediatamente de enfermeras, y María José se hizo la dormida.

Cuando todo el mundo hubo salido de nuevo, llevándose los jarrones de flores, se durmió de verdad en el colmo de la dicha. La obligaron a permanecer aún tres días más en la clínica, ya que su repentina recuperación intrigaba a los médicos. No comprendían que pudiera encontrarse en tan perfecta forma después de haber sufrido una trepanación que había durado seis horas, y sin necesitar siquiera de calmantes. Pero ignoraban que María José era una asidua de los quirófanos. Se obligó a sí misma a no exhibir sus poderes en público, por más que se sirviera de ellos cuando estaba a solas, para vestirse e incluso para trasladarse de una habitación a otra. Nunca más volvió a pisar el Berry, del mismo modo que nunca había vuelto a Misiones. Convocó en el Ritz al asesor financiero de Louis du Corbeau, quien le comunicó que podía firmar talones hasta un total de quinientos mil dólares al mes, sin tener que tocar su capital, invertido en las cuatro esquinas del mundo. Lo despidió rápidamente, y por primera vez se vio a solas en su suite del Ritz. Era a principios de agosto, y todos sus conocidos habían abandonado París para las vacaciones de verano. Se hizo subir la cena, y durante un rato se divirtió arrojando compota de manzana contra los candelabros, pero pronto se aburrió de este tipo de juego. Tenía clara conciencia de que no podía desear nada que no poseyera ya, y el espectáculo del mundo la dejaba más bien indiferente. Eran las nueve y media de la noche. París estaba vació aquel viernes quince de agosto. Se puso un vestido de noche de seda blanca, con el escote ribeteado de pequeña perlas, y se envolvió en un chal de suave pelo vicuña. Se decidió por unos aretes de esmeralda –el color de sus ojos- y un bolso de cocodrilo blanco, el mismo color que sus sandalias de cabritilla. Mandó llamar un coche con chofer. Este, un hombre de sesenta años, se vio sorprendido ante la pregunta:

-¿En qué sitio de París puedo encontrar clientes?

-¿Ya lo ha intentado usted en el bar del Ritz? Tal vez encuentre usted mejor clientela en el George V. ¿Quiere que la lleve allí?

-¡Yo no soy una pauta, soy yo la que paga!

El chofer recibió en la cara un puñado de billetes de quinientos francos. Marcel, el chofer, creía conocer toda clase de gentes raras en París, pero esto lo desbordaba…

-Si quiere hacer el recorrido turístico de París, puedo llevarla. ¡Conozco a todos los porteros de los cabarets de Pigalle!

¡Pigalle! María José soñaba con Pigalle desde su infancia, porque para ella era mucho más París que el Ritz o Chez Cartier. Pero Louis du Corbeau le había prohibido siempre pasar por allí, aunque fuera en coche. Ahora era la ocasión soñada. Marcel,  chofer nocturno desde hacía veinte años, y homosexual también, había olisqueado a la travesti por debajo de su apariencia de rica criolla. Conocía un turbio cabaret en la Rue des Martyrs, cuyo propietario, antiguo presidiario, había sido un compañero de la cárcel.  Aún era temprano para “La Cagnotte du Sexe”, un local donde los travestis brasileños nostálgicos del samba, junto con otros nostálgicos de la danza del vientre, venían a desmelenarse después del duro trabajo nocturno. La entrada olía a meados y a éter. En el salón propiamente dicho, una vieja travesti negra roncaba tirada sobre un banco. El lugar no era del todo sórdido. En un ángulo, al lado de la barra, se alzaba un minúsculo teatrillo, donde los travestis montaban pequeños espectáculos. Lulú, el propietario, besó la mano de María José y los hizo sentar a una mesa. María José se preguntó si resistiría mucho tiempo en aquel antro. Le molestaba sobre todo verse sentada al lado de un taxista tan popular en todo Pigalle. Les trajeron una botella de champán de garrafón, y Julio Iglesias empezó a sonar en el juke-box. Lulú, el dueño, se excusó repetidamente por la poca animación que mostraba el local a aquellas horas, aunque aseguró que la clientela chic no tardaría en hacer su aparición. Entretanto, intentaría despertar a la travesti negra para que les hiciera un número en play-back, pero la negra dormía como un tronco. María José, de pronto, se sintió a sus anchas, como si recuperara su infancia de la favela de Misiones. Marcel y ella rieron de buena gana al ver las inútiles patadas que Lulú le propinaba en el culo a la travesti, que seguía durmiendo como si tal cosa.  Entre ronquido y ronquido, pudo oírse que decía:

-¡Patrón de mierda!

María José se sobresaltó al reconocer la expresión y la voz. ¡Era su hermano mayor, Pedro, el asqueroso hermano que la había prostituido desde su más tierna infancia y la había vendido a Louis du Corbeau! Había venido a engrosar las filas de los travestis del Tercer Mundo que adornan las aceras de Pigalle, en su mayoría fornidos mancebos a los que unos médicos carniceros castraban sin más contemplaciones, hinchándoles luego los pechos con parafinas, antes de soltarlos, para que se las arreglaran como mejor supieran, con una jeringa de hormonas en una mano y una jeringa de heroína en la otra. María José se pregunto si el odio que sentía por Pedro no habría jugado algún papel en la consumación de su atroz destino. Tal vez poseía más poderes de los que sospechaba. ¿Por qué, si no, de todos los lugares donde hubiera podido recalar en París había ido a dar precisamente a aquel antro? Por un momento sospechó que Marcel, el taxista, fuera el auto de todo aquel montaje. Pero era absurdo, ¿cómo podía él conocer el parentesco entre aquel horrible travesti y la hermosa María José? La coincidencia, con todo, era demasiado grande, y el azar nunca hace tan bien las cosas. La puerta del bar se abrió en aquel momento, y Louis du Corbeau hizo su aparición. Marcel y Lulú se inclinaron hasta el suelo.

-Te entrego en manos de tu hermano mayor, que es donde te encontré. Puedes quedarte con los aretes y con el dinero que llevas encima.

Había un cuchillo de cortar el pan sobre la barra. María José se concentró en su deseo de verlo hundirse en el corazón de Louis du Corbeau, pero nada de esto ocurrió. Había perdido sus poderes. Pasó el resto de sus días trabajando en la Rue des Martyrs al lado de su hermano Pedro, y murió de una sobredosis en los retretes de “La Cagnotte du Sexe”, a la edad de veintiséis años.

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*      Raúl Damonte Botana

Buenos Aires 1939 - París-1987

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-