"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan slo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




RAFAEL IELPI

Publicado en De Otros. el 24 de Junio, 2011, 16:57 por MScalona

No juegues con gitanas

 覧覧覧-

Rafael Ielpi

 覧覧蘭

Nunca iba al centro los s畸ados a la maana. Tengo alergia a las multitudes y los s畸ados la peatonal se llena de gente de todo pelaje: mirones, amas de casa, adolescentes que todo lo atropellan, algunos turistas escasos con caras de turistas y un mar de vendedores ambulantes que inundan la zona con sus caballetes, mesas, mesitas, manteles sobre la veredas, en los que acumulan pelapapas m疊icos, artesanas de dudosa artesana, aparatitos para hacer pompas de jabn, medias de Taiw疣, paraguas: chafalona.

Pero ese s畸ado me arrastr la inercia y tom el mnibus hacia all. Me toc ventanilla y pude ir mirando a trav駸 de un vidrio lleno de marcas de dedos, de polvo acumulado, de pegotes de caramelos de leche, cmo una parte de la ciudad empezaba a desperezarse a las nueve de la maana. Las verduleras haban desparramado ya los cajones en las veredas: naranjas, mandarinas, manzanas, coliflores, apios. Una parafernalia vegetal y tentadora. Cuando me d cuenta, casi habamos entrado en el centro.

Estuve dando vueltas de aqu para all cerca de una hora y media; tomando un cafecito en el Savoy, leyendo el diario, mirando las vidrieras de las libreras, toqueteando las bateas de discos sabiendo que no comprara ninguno. A eso de las once decid el futuro: era buen momento para pararse a mirar las mujeres en la puerta del Sorocabana. Una pr當tica que haba adquirido haca mucho y que comparta una legin de tipos: solitarios como yo, que vivan en pensiones oscuras; solterones irremediables; melanclicos, violadores frustrados, tmidos sin redencin.

En esos menesteres estaba cunado se me acercaron sin aviso. Eran dos: una gorda con los ojos rodeados de ojeras pronunciadas, y otra muy joven, hermosa, que mostraba sus brazos dorados apenas cubiertos por un vello rubio, brillante.

La gorda fue la primera en abordarme. Las trenzas oscuras le salan del pauelo que le cubra la cabeza y tena una cara quemada por el sol, con pequeas arrugas a los costados de los ojos. Sus dientes relucan al sonrer mientras me intimaba:

-Lindo muchacho ソayuda a una pobre gitana?

La otra se haba quedado un paso m疽 atr疽 y me miraba con ojeadas que parecan desnudarme. Una especie de sonrisa tipo Gioconda jugueteaba en sus labios y en un momento 僕o juro- la punta de una lengua rosada apareci en un costado de su boca y volvi a esconderse igual que un chico asustado. Mientras tanto, la gorda me haba tomado de la manga y tironeaba hacia ella, tratando de acercarme un poco m疽 a su cuerpo. Tena un olor raro, mezcla de sudor y perfume perverso, de talco y caramelos. Me resist un poco.

-ソTen駸 miedo? 卜e pregunt con su acento extranjero. Su mano haba comenzado a acariciarme las costillas, debajo del saco. Eran como alfileres que se me metan en la piel haci駭dome dar saltitos en la vereda. La muchacha se rea ya sin ningn disimulo, casi como burl疣dose.

-No tengo miedo 謀ije-. Pero no me gustan los gitanos.

La mujer retir sus dedos de mi flanco. Se le haban oscurecido los ojos y todo presagiaba una tormentosa respuesta. Me arrepent, pero era tarde.

-ソQu dijo? ソQu dijo? 僕e preguntaba la gorda a la joven, ignor疣dome olmpicamente, como si yo nunca hubiera estado a su lado, roz疣dola como haca un momento.

-Tranquila, Ivana, tranquila 謀ijo la muchacha. Ahora ella la que haba comenzado a acariciar a su compaera, con un gesto que la iba aquietando poco a poco.

Yo la miraba buscando atraer sus ojos, por ella segua en su tarea de pacificacin. La gorda iba cediendo en su enojo y al final fue ella la que dio un paso atr疽, con aprensin, como dolida por mi desaire.

-No le gustan los gitanos 謀ijo la muchacha inexpresivamente, sin agregar matiz alguno a la aseveracin. La gorda pareci removerse como para volver a la carga, pero una mirada de la otra la llam de nuevo a quietud.

-Bueno-yo segu mir疣dola con insistencia hasta que logr que me clavar sus ojos claros-: no quise decir eso

-ソUsted siempre dice lo que no quiere decir? 撲tra vez tena esa sonrisa giocondina. Los labios estaban hmedos y tentadores, pero no se me ocurri ninguna idea sobre eso. Slo quera escapar airoso del paso.

-Los gitanos no son demasiados confiables 僕e inform. Nunca haba tenido ninguna experiencia que avalara semejante hiptesis pero la frase me sali como si lo pensara de verdad.

La gorda peg unas pataditas en el suelo. Haba comenzado a hablar r疳idamente en un idioma ininteligible; yo no comprenda absolutamente nada pero algo me deca que me insultaba con total entusiasmo. Mova las manos llenas de pulseras doradas y al agitar la cabeza de un lado para otro, los grandes aros se balanceaban como badajos azorados, sin campana. La otra pareca no escucharla siquiera. Me miraba.

-Dame la mano 卜e pidi imperativamente. Haba vuelto a acerc疵seme y casi me rozaba con su cuerpo. Se la tend y ella la tom entre las suyas. Las tena calientes, afiebradas, pero la piel era suave. Algunos que pasaban por la vereda del Sorocabana nos miraban ri駭dose. Otro incauto, le coment el quiosquero a uno de sus compradores, seal疣dome con la cabeza. No le contest.

La muchacha haba abierto mi mano y la estudiaba atentamente; de vez en cuando, con la punta de una ua filosa, la recorra haci駭dome sentir unos escalofros en la espalda, como si me pasaran cubitos de hielo. Despu駸, volva a examinarla tocando las lneas de la palma con la yema del dedo ndice. Yo esperaba en silencio.

-Usted nunca ha estado con gitanos 紡firm tajante.

-Es cierto 睦econoc avergonzado. La cara se me haba puesto colorada, como cuando era chico. Me observ con los ojos entornados. La mirada se le volvi ahora calculadora, como constatando las posibilidades de ir m疽 all con aquel inesperado adversario que yo era.

-ソCmo sabe que no son confiables, entonces? 朴regunt, otra vez agresiva.

No supe qu contestarle. ソDe dnde sali una gitana como 駸ta?, me estaba preguntando, pero no encontr la respuesta. Adem疽, me haba distrado mirando cmo  la gorda parloteaba fren騁icamente con el quiosquero: se haba desprendido el botn de la blusa y una enorme teta morena pugnaba por asomarse del todo. El tipo se volva loco mir疣dola mientras ella iba embolsando en sus amplias polleras coloridas caramelos, chocolatines y cuanto estaba al alcance de sus manos veloces. El quiosquero no se daba cuenta de nada. Incauto tu abuelo, pens vengativo, pero tuve que dejar de lado la escena: las uas afiladas haban recomenzado su tarea de rascada en la palma de mi mano. Me pona los pelos de punta y empec a sentir una excitacin importante. La gitana haba dejado de investigarme la palma y ahora se dedicaba a tocarme el pecho, palpando y araando, como comprobando vaya a saber qu.

            -ソQuer駸 venir con nosotros? 朴regunt por fin, acerc疣dome la boca a la oreja. Me sopl un vientito c疝ido que me entr igual que una r畴aga de fuego, haci駭dome encoger los hombros y sacudir la cabeza.

            -ソAdnde? 僕as palabras me salieron medio estranguladas.

            -A las carpas 卜e contest. Haba terminado la revisacin de mi pecho y pareca satisfecha: me tom el brazo. La gorda, terminada la incursin punitiva contra el quiosco, estaba otra vez a nuestro lado. Me sonrea ahora, con una inesperada calidez. Habl con la muchacha otra vez, en aquella jeringoza infernal; las frases le salan como furiosas de la boca de grandes labios pintados. No est mal la gorda, pens, recordando el seno monumental. La otra le contestaba riendo, con una o dos palabras apenas. De repente, se pusieron de acuerdo y empezaron a caminar. Senta el brazo c疝ido de la gitana apretado contra el mo. La miraba de reojo tratando de no aparecer demasiado interesado, pero no poda sacar los ojos de sus pechos: tambi駭 los tena hermosos y parecan realmente invencibles. Ella me sonrea de vez en cuando, como d疣dome 疣imo. La gorda abra la marcha contorneando el cuerpo voluminoso pero agradable. Canturreaba en su idioma y de tanto en tanto agitaba los brazos como para iniciar una danza. Nosotros, a la zaga, nos entretenamos con ella. Cuando me d cuenta, habamos dejado la peatonal y lleg畸amos a la Plaza Sarmiento.

            -ソDnde queda? 朴regunt.

            La gitana gorda dio vuelta la cara para echarme una mirada. Me reprendi cariosamente moviendo una mano, como hacen las madres con los hijos traviesos.

            -Muchacho tiene miedo 膨oment ri駭dose. La muchacha tambi駭 se ri, sin dejar de agarrarme el brazo. Volvi a soplarme en la oreja.

            -No lejos, no lejos 謀ijo la gorda. Ella no dijo nada: me miraba con los ojos brillosos.

            En la plaza, donde tenan la parada la mayora de los colectivos, la gente se amontonaba en los refugio, protegi駭dose del sol del verano. Otra buena cantidad estaba sentada en los viejos bancos, debajo de los grandes palos borrachos florecidos. Era un verdadero carnaval: gritos de vendedores, bocinas, ladridos de perros, peleas de chicos, la msica estridente de una cumbia que llegaba desde una disquera cercana. Dos o tres tipos que estaban tirados en el c駸ped nos miraron fijamente, pero m疽 a la muchacha. Los ojos se les pusieron opacos. La gorda los insult y sac otra vez el pecho gigante y le apunt con 駘. Los hombres dejaron de mirar.

            El camioncito se destacaba en el estacionamiento; tena un toldo a rayas de colores que le cubra la parte trasera, como una precaria techumbre, y en esa caja se acomodaban como podan unos veinte gitanos y gitanas que armaban un jaleo tremendo de gritos, cantes y palmas. Cuando nos divisaron, el lo aument de volumen.

            Un gitano viejo, con un sombrero abollado en la cabeza, vino a nuestro encuentro. Tena cara amargada pero los ojos eran los de un viejo pcaro. Se encar con la gorda y los dos se trenzaron en una discusin tan violenta como interminable. El viejo mova las manos sin descanso hasta que la gorda nos seal con el brazo extendido, gui疣dole un ojo y d疣dole un codazo en el costado que casi lo parte en dos. Simult疣eamente, comenz a rerse a carcajadas.

            El viejo estuvo unos segundos mudo, reponi駭dose del ahogo, la cara colorada como una ciruela; despu駸 tambi駭 empez a rerse como un loco. Todos los del camin hicieron lo mismo y nos miraban y sealaban con algaraba.

            -ソDe qu se ren? 朴regunt a la muchacha. Ella no me haba soltado el brazo en todo ese tiempo: deba tener sus dedos marcados.

            -Est疣 contentos 謀ijo secamente. Me empuj hacia el viejo. Cuando me d cuenta, 駸te me estaba abrazando con fuerza, grit疣dome cosas en la oreja, siempre con su cara de amargado, los ojos de viejo tr疣sfuga y mare疣dome con su aliento a tabaco, ajo y alcohol. La gorda se haba acercado tambi駭 y aprovechaba para toquetearme con disimulo. La muchacha pareca no darse cuenta, pero a m los pelos empezaron a par疵seme en la nuca.

            De repente, el viejo dio una orden y subimos al camioncito. El trep a la cabina, con la gorda a su lado y un par de chiquillos requemados por el sol, que empezaron a aplaudir cuando descubrieron el botn arrebatado al quiosquero. Salimos de la plaza como una compaa de desastrados cmicos de la legua.

            Los gitanos me rodearon enseguida y quedamos separados. La muchacha entre las mujeres de pauelo en la cabeza y blusas escotadas y colorinches. Yo, metido en el medio de ocho o nueve tipos de cara seria, cejas encrespadas y pelo retinto. Mir a la muchacha. ソPor qu no usar pauelo?, me pregunt mientras vea cmo el pelo se le alborotaba por el viento y la envolva como una telaraa rojiza. Uno de los tipos, de grandes bigotes y bufanda roja al cuello, me pregunt algo de mal modo. Lo mir sin comprender, tratando de sonrerle. Me volvi a repetir lo mismo, m疽 enojado todava que al principio.

            -Es el novio de ella 卜e inform un gitano petiso, de sombrero andaluz y palillo en la boca, sealando a la muchacha que rea ahora entre sus bulliciosas compaeras.

            -Dgale que no pas nada -le ped.

            La muchacha, que haba escuchado todo en medio de semejante batuque, encar hacia el bigotudo abri駭dose paso entre la muralla de gitanos y tambale疣dose por los sacudones del camin. Empez a gritar como una condenada mientras 駘 tambi駭 empezaba a vociferar. La escena iba aumentando en intensidad y todos se sumaron a ella.

            De pronto, la muchacha sac una navaja de alguna parte y la puso delante de los ojos del tipo. Se la fue acercando poco a poco mientras 駘 se iba poniendo cada vez m疽 p疝ido y mas bizco. Cuando la tuvo a milmetros de su frente, se ech atr疽 r疳idamente pero ya no pudo ir m疽 lejos: tena la cabina contra la espalda. Ella lo miraba cada vez con ojos m疽 alterados.

            -ソCmo se llama? 僕e pregunt al gitano bajito, que tambi駭 quera participar en el tumulto. El palillo le temblaba entre los labios y reci駭 entonces descubr que tena un aire a Paco Rabal.

            -Rita 卜e dijo-: Rita Cansino.

            Y a los codazos trat de meterse en medio de aquel mar de gitanos que cada vez gritaba m疽. El camioncito haba adquirido velocidad; el centro estaba lejos ya y cruz畸amos el Acceso Sur. Al costado, se elevaban yuyales y barrancas donde se avistaban algunas casillas de lata y cartn. El viejo tocaba la bocina a toda orquesta, tratando de apaciguar el desorden pero lograba exactamente lo contrario.

            Cuando pude encontrar un hueco y ver qu pasaba, el bigotudo estaba sangrando como un marrano: le caan hilitos rojizos desde la frente, ba疣dole la cara que se le haba puesto color ceniza. La muchacha segua grit疣dole, pero ya no tena ninguna navaja.

            Se dio vuelta busc疣dome. Los cabellos rojos le brillaban como si tuviera fuego encendido sobre la cabeza. Toda desmelenada, con las manos un poco manchadas por restos de sangre, me hizo una sea de Ac駻cate.

            El camioncito aminoraba la marcha para doblar desde el Acceso hacia la ciudad. Sin dudar, salt limpiamente la baranda, rozando el toldo rayado, ca dando tumbos y empec a correr por la orilla de la barranca, llena de malezas, basura y restos de comida. Escuch los gritos de la muchacha, la bocina del camioncito y un sonar de voces que parecan cada vez m疽 lejanas y furiosas. Me pareci ver, cuando pude girar la cabeza, que la gorda se asomaba por la ventanilla sacando una teta abundosa que me apuntaba con su ojo renegrido.

            Como pude, empec a trepar y llegu arriba. El corazn me lata como nunca. Cuando pude parar, mir otra vez hacia atr疽. El toldito a rayas se vea apenas a lo lejos aunque escuchaba todava el sonar de la bocina empecinada.

            D la vuelta y me met en el barrial que rodeaba la villa. Cuando alcanc la avenida, el medioda del s畸ado se estaba convirtiendo en la siesta y ya quedaba poca gente en la calle. Apenas uno que otro colectivo pasaba cansinamente y el calor me haba hecho transpirar. En el brazo, unas marcas como de dedos se vean ntidas. Me pas la mano pero no desaparecieron.

            Desde ese da, estuve dos veces en la Peatonal. Una, cerca de las tres de la madrugada, con un fro polar que habra espantado a gitanos y a no gitanos. La otra, en medio de una manifestacin que nunca supe qu carajo reclamaba.

  
Autores
Mara Paula Cerd疣, Francisco Kuba, Vernica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela Gonz疝ez Garca, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mnica M. Gonz疝ez, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Est騅ez, Julia M. S疣chez, Matas Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matas Magliano, Andrea Parnisari, Roberto S疣chez, Alina Taborda, Nicol疽 Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, Mara B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germ疣 Caporalini, Rosana Guardala Dur疣, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tom疽 Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaqun Yaez, Joaqun P駻ez, Alvaro Botta, Vernica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofa Baravalle, Rub駭 Leva, Marcelo Castaos, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Su疵ez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elas, Facundo Martnez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebasti疣 Avaca, Emi P駻ez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacaras.-