"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




CINTIA SARTORIO

Publicado en Cuentos el 10 de Junio, 2011, 15:05 por MScalona

VERDE AMARELO

Hacía años que nos conocíamos y mil veces escribimos y repasamos nuestros  antecedentes laborales. Siempre supe que había vivido más de diez años en Brasil repartiendo su historial académico entre Sao Pablo y Rio de Janeiro. “Ingeniero Salvo Rías. Se desempeñó como ingeniero de procesos para Ultratec Engenharia - Montagens y asesor para la cadena de producción de empresas vinculadas a la obtención electroquímica de cloro”.

Escribí y revisé este párrafo de veintinueve palabras una y otra vez para cada proyecto al que nos presentáramos a cotizar.

Aquella tarde de enero estábamos con un sin fin de trabajo a entregar y nos habíamos convocado en el departamento de la calle Rodríguez al 1100 para trabajar hasta la noche. Era un día de pleno verano donde el cemento de la ciudad es capaz de derretir el alma del más osado visitante urbano.

Una larga lista de pendientes nos esperaba.

Ni bien llegué no tuve más que sonreír. Sobre la mesada junto a la ventana que daba al patio reflectante del mediodía, reposaba una botella de aceite de maíz, reciente adquisición que el ingeniero realizara tras la infructuosa cocción de milanesas al horno de días atrás con una solución improvisada de mayonesa con agua. Me entretuve mirando las dos macetas de estampillas resguardadas en las ventanas. La de color coral matizado con blanco llevaba la delantera sobre la fucsia. No es fácil tener más de una flor cuando el agua llega de vez en cuando, acompañando alguna visita. Pensé que debería regarlas de un descuido mientras preparara un mate dulce en un par de horas.

El perfil de Salvo se interpuso en mis pensamientos unos instantes. Quizá la luz solar sobre la pared ocre clara de la casa lindera o mis exacerbados sentidos de ese día, me resaltaron por primera vez desde que nos conocíamos el matiz nada anglosajón del rostro de Salvo.  Su piel no era blanca, ni morena ni oliva. Era un bronceado de otra latitud;  de esos que sólo da el mar cuando el yodo y la sal se combinan en alquimia perfecta con el viento. Era un bronceado interno que a veces, en invierno, ahora recuerdo, se verdeaba con la injusta carencia de música y aire libre.

“Nunca le pregunté por qué volvió”, pensé. ¿Por qué volvió a Argentina luego de diez años en la “Cidade Maravilhosa”?  Era extraño. En su estructura físico-química de especialista en procesos electroquímicos es el único capaz de entender que el río es todos los días diferente. Desde el marrón Baglieto al azul espejo de rosarigasino.

-           Mirá Salvo. ¿De qué color lo vez hoy?, solía preguntarle cuando pasábamos por la costanera camino a la zona portuaria.

-           Hoy está verde. Hasta te diría que verde amarelo, me dijo un día.

En ese instante, esa frase vino a mi mente como un punzón. Teníamos tanto trabajo aquella tarde. Yo era de aquellas que sufría de ataques crónicos de responsabilidad (a pesar de estar de moda los ataques de pánico) por lo cual adelanté la hora del mate, hecho que alegró notoriamente a las macetitas de la ventana.

Mientras tanto Salvo encendió el equipo de música. Si hubiera sido Vinicius de Moraes sería, valga la redundancia, una señal del destino y debería cerrar mi agenda para encerrarnos en el remanso de una buena conversación. Una voz en la radio promocionando una línea de electrodomésticos me desalentó con ironía.

Dos computadoras y una serie de listas, agendas y archivos se desplegaron rápidamente. Abrí varias tablas dinámicas en la pantalla, la página web de nuestra empresa en la parte de usuarios, algunos procedimientos en borrador y una hoja en blanco de un nuevo documento.

Comenzamos a trabajar en el planeamiento estratégico de unos cuantos clientes del sur de Santa Fe. Salvo, que generalmente se caracterizaba por su notoria técnica pero profusa concentración, se había obstinado aquel día en alcanzar impensados estándares de productividad. El primer termo de agua fluyó con rapidez como derritiéndose entre los teclados de nuestras computadoras.  Mientras debatíamos los detalles de cada tabla, Salvo leía de su cuadernillo la información relevada y yo simulaba una alta concentración completando los campos de la tabla en mi pantalla.

La hoja en blanco se insinuaba lentamente ante mis ojos. Con indiferencia la evitaba.

El perfil de Salvo, bronce piel. La tabla. La hoja en blanco. Otra vez la tabla.

-           Estás rara. Hoy que tengo aceite sólo viniste a tomar mate.

Ambos reímos. Sugerí un tereré con jugo de pomelo y hubo aceptación general. Un tereré ruso es una excelente opción en una tarde penetrante como aquella. Terminamos las carpetas de un par de clientes. Yo estaba como lejana, molesta. Algo indescriptible y desconocido me removía las entrañas. Estaba en el departamento de Salvo; debía, sin saberlo, estar en barrio Industrial y me perdía sin esfuerzo en una hoja blanca como haciendo de mi una transparencia que se esfumaba en ella sin sentido. Si hubiera sabido que mamá moriría cuatro días después quizá hubiera entendido, o mal entendido, mi inexplicable incertidumbre. Lo obvio era que sólo quería que Salvo me contara. Con el segundo termo, él se levantó a cambiar la música.

-           Voy a poner una música que te va a encantar. Me la dio un amigo del grupo de los sábados. Nelson Nogueira se llama. Es un brasilero que interpreta a su estilo clásicos de los años ochenta. ¿Te gustará?

-           Hasta te diría que verde amarelo.

-           ¿Qué?, me pregunto desorientado.

El termo estaba transpirando gotas frescas sobre su silueta de acero y sentí como si cada una de ellas recorriera mi columna vertebral como una fresca calma.

-           Ya sé- dijo Salvo. Tenemos que terminar y vamos atrasados.

-           “Hasta te diría que verde amarelo”

-           ¿Qué?, volvió a preguntar.

-           Salvo. ¿Por qué te volviste?

-           ¿De Cañada con la tormenta del martes?

-         No Salvo, de Río. ¿Por qué te volviste de Río?

Un silencio yerto se apoderó del espacio entre Salvo y yo.

-         Nunca nadie me hizo esa pregunta antes. Yo me la hago todos los días. Casi nunca tengo respuesta. A veces, si…

Un par de pétalos de estampillas entornaron hacia nosotros. La yerba del mate me pidió posta, la recambié y el olor dulce del polvo seco en la palma de mi mano me abrió un apetito voraz por las palabras. Salvo se recostó sobre el respaldar de la silla y cruzó ambas manos sobre su vientre. Le cebé dos mates seguidos para contagiarle mi apetito. Desconozco si fue eso o la dulce guitarra de Nogueira la que lo transportó.

-         No fue una cosa; fueron varias.

A partir de allí abandonó el diálogo sistemático y emprendió un monólogo donde mis preguntas sólo eran un entornar de ojos o cabeza.

-         Aquel fue un lugar donde sentí que no es necesario ser un gran currículum para ser una gran persona. Los protocolos no son ni más ni menos importantes que una cerveza fría a la siete de la tarde en la orilla de la playa mientras buscas descubrir algo nuevo en el horizonte.- Me miró cómplice- ¿Sabés de qué hablo?

Sonreí.

-    Si, todos los días mirás el río y está diferente.

-         Exacto. El borde del mar en el borde de la playa te deja ver siempre algo nuevo. La línea finita de espuma es siempre algo nuevo. Como el blanco que se forma a cuarenta metros de pasar los silos por la Avenida de la Costa, donde la isla se corta en un ángulo obtuso con el puente y podés ver…

-         Todo- completé.

-         Apenas llegado, joven y con familia, empezando. Un día mencioné a mis nuevos compañeros de trabajo que me iría rápido ese día por la tarde para averiguar por una casa más cerca de Ultratec. Sólo eso bastó para que a las cinco de la tarde un par de colegas me esperaran en la portería. Baúl en mano con cerveza fría para un, digamos, “Happy hour” de los de ahora.

Cómo mis “ataques de pánico”, pensé.

-         Al llegar a lugar del encuentro.

-         Obviamente en el mar- lo interrumpí.

-         Si. Sí. Se nos unió un colega bancario en bermudas celestes de palmeras. Con la simple garantía de un choque de manos el préstamo ya estaba otorgado mientras los garantes brindaban con cerveza. Casi me parece estar viviéndolo de nuevo. Espuma blanca en las manos y en los pies. Al poco tiempo nos mudamos a la casa en la que viviera el resto de los años en Brasil. Mi casa, justo en la base de la pendiente del morro.

Se quedó pensativo unos instantes.

-         Todo se daba con una excitante y rotunda matemática.

-         Ya veo. ¡Te cuesta controlar el ingeniero!

-         Obvio. Pero era otra cosa. Era cerveza más cerveza, amigos. Mar más fábrica, hogar en la base del cerro. Proyecto más espuma, viaje a Europa.

-         ¿Estuviste en Europa entonces?

-         Matemáticas. Allá me iría. A Francia. Un día me lo comunicaron. Unos cuantos meses sin mi familia pero en una oportunidad casi única. Salí caminado lentamente entre alegre y triste. No sabía. Fui hacia la esquina de transporte. Decidí ese día dejar mi auto esperándome hasta el otro día en la cochera. O subía al transporte de planta o el transporte público que paró frente a mí. Lo miré con desconfianza. Subí. Sentí dos cosas: un ritmo de tambor y un olor sudoroso y fresco de favela que me, arrojaron, te diría, al fondo del coche.

Repentinamente cerré cada una de las ventanas con tablas dinámicas de mi computadora. Un calor en oleada empezó a subir desde mis pies, en ese momento descalzos sobre el mosaico fresco. Las estampillas intrusas cabecearon entre la pared de brillosa de la siesta, el perfil de Salvo y la hoja en blanco.

-         ¿Qué hacés? Me grito Salvo con una intriga casi arrasadora.

-         Suficiente planificación estratégica por hoy.

-         ¿Estás bien? Te desconozco.

-         “Un olor sudoroso y fresco de favela”

Con un rictus sonriente de ya haber entendido apoyo su mano en la mía.

-         Hago otro termo. Me toca.

El calor se convirtió entonces en un hormigueo tempestuoso alojado ahora a la altura de mi cadera mientras las yemas de mis dedos censaban el teclado en un contraste helado. Sentía que el paso vertiginoso de las imágenes casi ideas ponían mi mente en blanco bosquejando el camino intuido del calor desde mis caderas al teclado.  Fue como la primera vez que pensaba: un vacío abstracto colmado plenamente de todo.

De espaldas a mis sensaciones y obviamente sin tampoco saber que mi madre moriría cuatro días después, Salvo prosiguió.

-     Una oleada de escuela de samba me mareó al arrancar el colectivo y terminé tirado  sobre un asiento descuidado y movedizo. Había un par de morenos, como patinados del sudor que te conté, que se movían a la vez con un ritmo sinusoide. Todos entorno mío, con piernas, manos y hasta pestañas, bailaban. Empecé a moverme.

Sus rodillas, técnicas, hasta ahora para mí almidonadas de tanto dar capacitaciones, comenzaron a moverse rítmicamente mientras sostenían el termo condensado por la charla.

-         ¿Dónde vas?, me preguntó un muchacho moreno con enorme sonrisa perlada.

-         No lo sé- le devolví en su portugués nativo.

-         Yo sí. Me replicó.

-         No me animé a contradecirlo. Sólo seguí bailando mientras el coche fue ascendiendo zigzagueante por el cerro.

Imitándolo, el calor a esa altura ya me había traspasado las costillas.

-         De tardecita llevamos a un barrio donde casi todo bailaba. Allí, la luz amarillenta y siempre titilante ilumina todo. Los contornos de la calle,  la cena de arroz, frango y feijoada. Fuimos hasta el frente de un gran galpón. Yo sostenía una gran caja colmada de plumas que una hermosa mujer rizada me cambió de inmediato por una cerveza fría sin siquiera preguntarme. Cientos de banderines brillantes blanco y celestes colgaban del techo de aquel lugar. Atravesar ese portón fue algo así como entrar al paraíso. En grupos de tres, diez, treinta, otros cientos de personas de toda edad, color y obviamente procedencia social, bailaban, bordaban, armaban y cantaban ensayando lo que sería, casi uno año después su carnaval.

     Era mi primera vez ahí, no sería la última pero en realidad sentía que había estado en ese lugar miles de veces. Aquella noche escribí la letra de una “samba-enredo” que un grupo de cantantes ensayaban una y otra vez. Luego martillé un tirante sobre un costado de lo que sería una enorme alegoria brillante tiempo después. Pegaba plumas y lentejuelas. Practicaba un paso, me caía y me levantaba, Me volvía a caer. Me volvía a levantar.

     Un calambre en las manos me retornó a la mesa frente a Salvo.

Mis dedos en posición de araña sobre el teclado habían quedado pegados sobre el borde de la mesa con una expresión de acecho que me sorprendió.

-         Salvo, ¿qué hora era entonces? No puedo ni imaginarlo.

-         Como las once. Volví a casa cerca de las tres durante varias semanas. Solo, con la camisa aún húmeda del trajín y la práctica… Ella sólo me miraba sin decirme nada. Como siempre.

-         ¿Qué le contaste?

-         Nada. Nada de nada. No encontraba nada que decir. Nada de nada. No veía la hora de dejar la planta sólo para agarrar siempre una gran caja de plumas. Durante mucho tiempo me sentí una indescriptible mezcla de ingeniería, baile y estúpida cobardía. Días después avisé que no viajaría. Muchas horas de espuma en la arena con mis amigos me despreocuparon de Francia.

-         Si quieres bailar, tienes que bailar. Me decían ellos.

Ella no lo entendió. Volvía a mi vida normal y a mi proyecto de Europa o nos volvíamos a Argentina.

-         ¿Pero nunca le contaste? Entiendo que quisiera volverse. Seguramente estaba pensando cualquier cosa.

-         Si. Ahora yo también lo entiendo. Conversar no es lo mismo que dialogar. La comunicación es otra cosa.

El agua con jugo de pomelo se había acabado hacía rato. Era ya de noche. Compramos pizza de cantimpalo y fugazza. No sé porque recuerdo tanto aquella pizza. Yo no pude comer. Tenía las muñecas aún acalambradas y esa sensación de calor, ahora en las axilas, quemándome.

Salvo se recostó sobre la silla con una aceituna entre sus dedos.

-         Llegue a pensar que ese repentino amor por las noches en el galpón de la favela eran una cuestión de color. Algo del color de este lugar debe estar volviéndome loco. Aquella scola era la de Beija-Flor de Nilopolis. Sus colores son el celeste y blanco. Será que quiero volver y no lo admito, pensé muchas veces. Hasta llegué a recorrer varios galpones: Academicos do Salgueiro, Mocidade Independente. Todas para probar si en alguna de ellas me sentía un extraño. Más las conocía, más me enamoraba. ¡Ese olor! Si lo sintieras. Un día decidí que recorrería las dos últimas y tomé coraje. Fui hasta el barrio donde estaba Unidos da Tijuca. Me detuve con los ojos cerrados frente al portón. Un regordete con enorme gorro azul y amarillo lleno de lentejuelas me zamarreó para despertarme con, obviamente una cerveza fría. Azul y amarillo. Rosario Central. Rosario. El río. Me cachetearon los recuerdos. Alguien que ni recuerdo quien fue, me llevó en un desvencijado auto hasta Madureira. Corrí desde la calle hasta la fiesta. La scola de Imperio Serrano, verde amarillo, me encontró. Esa noche no regresé hasta la madrugada. Amanecí junto al mar tirado de espaldas sobre la arena y uno de los muchachos de Ultratec me encontró de paso, me aceró un café caliente y se quedó conmigo en silencio. Tijuca, azul y amarillo; Beijaflor de Nilopolis, celeste y blanco; Imperio Serrano, verde y amarillo. Verde amarelo.

Ese año no baile, dejé mis noches marabilosas y apareció el Ingeniero Salvo Rías para quedarse. Quedarse mucho tiempo.

Las puntas de mis uñas se relajaron. El calor me llegó a la punta de los dedos Sentí algo que siempre había sentido y recién ese día lo entendí.

Yo nunca había estado allí.

-         Fue entonces que un día de marzo ya dormíamos. Descansábamos en una noche como de esas, siempre agradable, siempre tan cálidas que eran frescas, siempre de morro al fondo del azul profundo, estrellas de floresta. Golpearon la puerta. Era Ricardo. Mi amigo uruguayo tan verde amarelo como yo en aquel entonces, que pasó a buscarme a media noche. Me dijo – Vamos.

Y fue la primera y una de las últimas frases que pronunció. Condujo el auto por la calle de noche clara y fuimos directo al pie del Corcovado. Yo tampoco dije palabra alguna en todo el camino. No me animé. Tomamos creo, una camino paralelo o parecido al Corcovado Cremallera que en partes sube paralelo a la vía del ferrocarril. Yo sabía que eran 223 pasos, hasta el pie del Cristo. Los había hecho tantas veces para verla.  Igual que los más o menos cinco quilómetros desde Arroyito a la Florida por la costa, a pie.

La Floresta de Tijuca, la isla del Paraná chico.

Allá arriba la visión no era tal. Más bien era una imagen de ilusiones y sueños dibujados sobre el agua del casi Atlántico. A un lado la silueta de los morros sólo insinuándose en medio de la noche. Del otro lado las luces de Río, plena, joven. Más bien luminosa que iluminada.

En plena degustación de paisaje Ricardo volvió a hablar. Estábamos solos en medio de ese olor que únicamente tiene tu lugar en el mundo. Levantó su mano y señaló en círculo con los dedos extendidos y separados intentando abarcarlo todo. Sólo esa frase dijo por el resto de la noche:

-         ¿Estás seguro que vas a dejar todo esto?

Respiré profundo. Había olor a mi lugar en el mundo. No era Copacabana. No era Rodríguez al 1100. No era la terraza de mi casa del barrio Industrial las mañanas de verano a las siete con mi madre y con el mate.

Era lo hoja blanca, ahora, inconteniblemente, llenándose de a poco con cualquier lugar del mundo que quisiera.

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                                                            CINTIA SARTORIO

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Este cuento obtuvo Mención en el concurso de cuentos 2010-11 de nuestro taller.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-