"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 10 de Junio, 2011, 12:58 por MScalona

CLARITA

 

 

 

La tarde es espléndida. Ella da saltitos. En la superficie, olas de poca monta. Ahora viene hacia mí, desnuda. El pelo suelto como algas. Sus tetas redondas sobresalen de la superficie y sus senos me apuntan. Se sumerge. Del agua brotan  burbujas que se pelean por trepar. Caigo en la cuenta que son soretes. Arman una frase: “soy tuya”. Empujo el agua para que “eso que flota” no me toque, al momento que mi brazo derecho se descuelga de la cama y pega de lleno contra el canto filoso de la mesa de luz provocándome un dolor agudo. Me despierto confundido. De la ventana abierta entra una ráfaga de viento que cierra la puerta del dormitorio con un estruendo; el despertador se sacude indicándome, sin contemplación, que son las seis AM. Esta pesadilla terminó y empieza otra.

 

Miré el contestador y encontré un par de llamadas del mismo número. Las dejé  para después. Llegué a la cocina y calenté el café.

-¿Cuánto hace que lo preparé? No había respuesta. Uno apenas se levanta quiere llenar el aire con palabras fútiles. Es inútil. Lo sé. Pero no puedo.

Tomé la taza con las dos manos arrastrando los pies hasta el teléfono. Me quedé  unos segundos mirando la calcomanía de taxis pegada en el aparato. La rasgué   displicente con la uña mientras escuchaba el mensaje: era Luisito. La relación con su novia se había vuelto turbulenta. Prendí la tele buscando algo. Ahora lo que sonaba era un mensaje en su celular: “¿Venís?” No hice caso. Dos minutos   después, otro: “Te estoy esperando”. La longitud de mi improperio fue onerosa. Luisito me esperaba en el bar de siempre, mirando hacia fuera por la ventana que da a la ochava. Apenas me vio se levantó de la silla para saludarme, empujando la mesa y chorreando el café sobre el platito.

-Que los re mil parió… No me sale una bien. Tomé ese hecho como la peor de las introducciones. Decidí mirarlo fijo e ir al grano. Avisté en sus ojos vidriosos una precipitada posibilidad de lagrimeo. Giré la cara y busqué al mozo.

-Un desayuno completo, petiso –Y me tomé todo el tiempo posible para volver a su encuentro, rogando que dejara ese tono de aflicción. ¿Qué pasa con Clarita? –pregunté a boca de jarro.

-Vos te vas a reír pero a mi me preocupa mucho, negro…

-No me voy a reír. Contame de una vez.

-¿Viste que hace poco que estamos juntos? Resulta que hay un hecho que se repite y cada vez que se lo reprocho, ella se me ríe en la cara y me deja pagando.

-¿Qué es lo que te pone de esta manera? -Luisito temblaba.

-Va al baño a cagar y no tira la cadena –me soltó. Yo voy y encuentro eso ¿viste? –completó con ese desagradable gesto que se hace con los dedos, tratando de encomillar el aire. Se lo digo y se ríe, -prosiguió -me da un beso y se va como si nada. Estoy preocupado. Cada vez que tengo que ir al baño me agarra un entripado feo. Me angustio. No quiero entrar o si paso por ahí entreabro la puerta para olfatear a ver si hay algo…

Me quedé callado, valorando cada segundo de tiempo que tenía para ordenarme. ¿Era yo el que había soñado? No debo decírselo. Luisito es como un pajarito  frágil, indemne, capaz de perderse en la noche aciaga de una sospecha y peregrinar en ella rebotando en las ramas como en una tormenta, yendo cada vez más profundo hasta ahogarse. De Clarita sospechaba un engaño. Pero no esto. Traté de guardar las formas para tabicar mi preocupación y avancé con las preguntas.

-¿Te lo hace siempre o elije un momento particular? Digo, después de una pelea, un polvo mal echado…

-¿Qué decís, negro? –Interrumpió abriendo los brazos como un ganso que se echa a volar -Vos sos mi amigo, ¿para qué te llamo? ¿Para atormentarme?

-No, tranquilo. Estoy tratando de hacerme una idea para ayudarte. ¿No me llamaste para eso?

Luisito volvió a su ventana. Lacónico, empezó a pronunciar palabras que se estrellaban contra el vidrio.

-Hablá más fuerte, Luisito, no te escucho…

-…que al principio no me llamó la atención. Yo creía que ella se olvidaba de tirar la cadena. Pero cuando se lo pregunté, me contestó que ella era toda mía. Que no había parte de su vida, de su humanidad, que no me perteneciera…

-¿Toda tuya? –pregunté sin que me diera bolilla.

-Lo de la limpieza, la higiene, bueno…trató de explicármelo –siguió. Me dijo que iba a poner más atención, que no lo hacía por displicente. Pero la…, los…

-¡Mierda! ¡Soretes! –completé.

-¡Las heces, negro! –dijo ordenándome que no gritara. Que me dijo que siempre hizo igual. Que no soy el primer tipo con el que convive. Con los otros pasó lo mismo. Según ella, con el tiempo aprendieron a tolerarla y comprenderla.

-¿Con la orina hace lo mismo?

-Sí, negro. Hace lo mismo -me contestó serio.

-Y, digo yo, ¿las características de las heces son siempre las mismas o varían en algún momento?

-Yo creo que la liquidez aparece cuando tenemos discusiones. Eso sí, cuanto más sólida, mejor es el momento por el que estamos pasando.

-Seré curioso, -intimé -en estos días, ¿qué tipo de composición tiene?

-Algo líquida por momentos pero no siempre es así, eh…-se apuró en aclarar.

-Ajá.

Luisito era un rostro de piedra. Su cuerpo palpitaba angustia. Yo lo sentía.

-Te pido perdón si te ofendo con la pregunta pero me veo en la obligación de hacértela.

-Sí, dale, negro. Para eso te llamé.

-A vos, ¿qué te preocupa más: el hecho que te deje flotando “el regalito” o que no te avise que te lo dejó?

Me aseguró que nunca lo había pensado de esa manera. De todos modos, seguiría charlándolo porque él también hacía esfuerzos por cambiar algunos de sus hábitos. Por ejemplo, dejar de usar el servicio de noche enlozado que le habían dejado las tías. Le costaba mucho levantarse por las noches para ir al baño, cuando antes, con sólo levantar la sábana por un costado de la cama, era suficiente.

-¡Y no te digo nada en invierno! –afirmó agitando su mano derecha.

-¿Vos tenés el baño afuera, Luisito?

-¡Nooo!, adentro. Pero al fondo.

-Claro…

-Una de esas casas chorizo, ¿viste?

-Sí, sí -asentí.

-Vieja pero bien conservada, sin humedad de cimiento.

-Ah, que bueno. Y, escuchame ¿ustedes dos no estarán compitiendo por algo? Vos con la orina, ella con las heces. Las parejas de hoy en día son muy competitivas, Luisito. El nosotros no abunda. Y en las cosas más simples uno encuentra la verdad de la milanesa. A veces la pelea se disfraza y utilizamos atajos para sostener nuestro ego –y sorbí del vasito de soda. Yo creo que ustedes necesitan charlar más, pero solos. ¿Por qué no se van un fin de semana a Córdoba?

-¿Vos decís en plan luna de miel, negro?

-Puede ser...

-Y decime –inquirió acercándose -¿llevo el servicio de noche o del tema ni fu, ni fa? Te lo pregunto porque ella tiene cómo hacerse valer, ¿me explico? Baño con inodoro hay en todos lados, pero lo mío, no. Y yo no quiero que ella piense que bajé la guardia en la primera batalla. Ya fui demasiado contemplativo. ¿Qué te parece?

-¿Vos te sentís más seguro llevándolo?

-Y, sí... Aunque después no lo use, más seguro me siento.

-Entonces llevalo  y no le des más vuelta, Luisito.

Quedamos en vernos. Me pasó un celular nuevo. Me rogó que no lo llamara al fijo porque Clarita, con sólo escuchar el tono de voz, sabe de qué está hablando. Nunca tuve duda de ello. Desde el comienzo supe que se había metido con una mina muy bicha.     

   

Si bien mi sueño anticipatorio me desconcertó, salí rápido de ese trance. Luisito y yo nos conocíamos desde pibes y nada de su vida me era ajeno. Su inseguridad hizo que yo fuese su conciencia en las sombras, llamándome a cualquier hora para saber qué hacer. El sueño de la pileta no fue el primero. Hubo peores. En un momento, fue tan estrecha nuestra relación, tan simbiótica, que decidí abrirme y terminarla de una buena vez. 

Lo llamé más de tres veces y siempre contestaba con evasivas. Supuse que el desencuentro persistía. Al tiempo, recibí un lacónico mensaje: “Negro, ¿nos podemos ver?” Me cito en otro bar, lejos de su casa. Dio vueltas hasta que me confesó que todo seguía igual. La mina se lo había vuelto a hacer esa semana de vacaciones. En unos de los paseos, él decide volver a la habitación del hotel a calentar agua para el mate y buscar la cámara de fotos y se encontró con “la sorpresa”.

-Luisito, decime una cosa –urgí con precisión de cirujano -¿vos a qué volviste? A mí me da toda la impresión que fuiste concientemente a buscar algo. Y lo encontraste.

-Es que ya se me hizo un hábito, negro. Paso y reviso. Es más fuerte que yo. Intuí que el grado de perversidad de Clarita era mucho peor que el suponía. A esta altura, por nada del mundo, iba a dejar solo a mi amigo.

-¿Por dónde sigo, negro, decime?

-No sé,  no sé. Decime vos –dije encendiendo un cigarrillo.

-A mí no se me ocurre nada. Esto va a terminar mal.

-¿Por qué seguís viviendo con ella después de todo esto, Luisito? Pensá, pensá y llamame, porque a mí, se me quemaron los libros.

 

Dormitaba esperando que se hiciera la hora de volver al trabajo. Como llovía, no fui a almorzar a la plaza y me llegué hasta el departamento en búsqueda de un pequeño descanso antes de repechar la tarde. Eran las tres y media cuando sonó mi celu: era él.

-Tenés que venir a casa cuanto antes. Esto no puede esperar más, tengo que darle un corte definitivo. ¡O se va ella o me voy yo!

-¿Es para tanto, Luisito?

-¡Vení ya, por favor, te lo ruego!-me pidió a los gritos.

-Luisito, tengo que ir a trabajar, entro en media hora.

- Dejá todo, por favor y vení. Te lo estoy pidiendo por el amor de dios.

-Está bien, Luisito, está bien. Quedate tranquilo que en diez minutos estoy.

Me esperaba detrás de la puerta con un porte oligofrénico. Me tomó del brazo y sin mediar ningún tipo de consideración enfiló hacia una puerta. En el trayecto, me di cuenta que era la puerta del baño.

-No, pará, Luisito. ¡No! Me empujó con una fuerza desbordante. Luisito, hasta acá llegué, soltame –dije violento.

-¿Vos sos mi amigo o no sos mi amigo? Decímelo ahora, ¿a qué viniste hasta acá? -me gritó en la cara, acorralándome con una respiración entrecortada.

-¡Vine porque me lo pediste! –afirmé. Estaba saliendo para el trabajo, Luisito. Soltame el brazo, por favor. Somos adultos, dejate de pelotudeces –contesté subiendo el tono de voz.

Me puso de espaldas sobre la puerta del baño y señalando con el dedo índice hacia adentro, me dijo exaltado hasta el pasmo:

-¡Ahí aden…tro está la cla…ve de to…dooo!

-Está bien, Luisito, está bien pero soltame.

-¡No te suelto nada!

Con un giro me distanció de la puerta. De forma abrupta tomó el picaporte y la abrió para que entráramos. Yo me afirmé a la pared y pude calzar la pierna haciendo palanca. En eso estaba cuando recibí un rodillazo sobre los riñones que me hizo doblar de dolor. Me tomó por la espalda y me alzó, listo para meterme en  el baño cuando nos sobresaltó un ruido de llaves. Era ella. No dejaba de girar su cabeza hacia mí y hacia él. Luisito tomó la posta.

-¡El negro está para ayudarme y terminar de una vez por todas con este suplicio!

-Esperá, calmate. ¿De qué suplicio hablás Luisito? ¿Qué es todo esto? –habló ella con tono aniñado.

-¿Cómo de qué hablo, Clarita? Vos bien sabes de qué hablo. Él es mi amigo y va a entrar al baño para ver lo que hiciste.

Ella con la boca abierta y los ojos desorbitados se dio cuenta que yo sabía.

-¡Vos estás loco! ¿Qué le contaste, inconciente?

-Le conté todo porque no aguanto más. Esto que me hiciste no tiene nombre, no tiene nombre, Clarita.

-¡Váyanse ya de esta casa porque sino llamo a la policía!

-Luisito, –le dije con el poco aliento que me quedaba por el rodillazo –esta mina llama a la cana y nosotros quedamos pegados. Yo pierdo el laburo y sencillamente te amasijo.

-Y vos, Clarita, calmate,  no ganamos nada con todo esto.

-¡Váyanse de acá ya mismo los dos! –gritó con alma y vida.

Lo tomé a Luisito y lo eché a la vereda como pude. Volvimos al bar y nos sentamos en la misma mesa donde comenzamos. Después de casi diez minutos de insultos pudimos conformar una especie de diálogo.

-Mozo, traiga otra cerveza, por favor –ordené sin mirarlo.

-¿Entonces no vas a ir a trabajar? –me preguntó con cordialidad sobreactuada.

-¿Y a vos desde cuándo te interesó lo que hago? Me exponés frente a tu mujer, me pegás un rodillazo y ahora actúas como si fueras una carmelita descalza…

-¿Para qué están los amigos entonces? –me contestó rompiendo en llanto. ¡Me escribió “Bicho te quiero” sobre el inodoro! La escuché cantar cuando lo hacía. ¿Te parece poco? Eso te quería mostrar y vos no quisiste. ¿Ahora me vas a dejar solo? Lo escribió con los dedos…

Trate de no resignar un céntimo de compostura, aunque por el hecho que me relataba, me trasvasara un escalofrío.

-¿Cómo sabés que lo escribió con los dedos? A lo mejor usó un palito…

-Es lo mismo. Lo único que falta es que tenga que controlarle las uñas de las manos para ver si se las lava. Yo me enamoré de una morocha que no dejaba muñeco con cabeza cuando caminaba por la calle. Una mina piola, con la que a uno le daba gusto sostener una conversación, buena amante, cuidadosa de los detalles… –argumentó.

-Esa mina te está cagando la vida. Está a la vista de todos. ¿Qué querés que te diga que no sepas, Luisito?

-¿Cómo de todos? –preguntó entrando en pánico. ¿A quién se lo contaste? ¿Quién más sabe de todo esto?

-Nadie sabe, Luisito –corté. ¿Vos querés cavarte la tumba? Seguí nomás, pero no me busques para que te siga apoyando en esto.

Al momento de pronunciar “apoyando”, nos percatamos que el mozo estaba escuchando parado junto a nuestra mesa.

-Síndrome de Caquetá –musitó solemne. Fue descubierto por un colombiano, Isidoro Benavides Archundia. Fue un visionario, un benefactor de la humanidad, pero sufrió mucho.

Luisito miraba sin poder creer. Latía envuelto en pánico. Al mozo no le hizo mella, y siguió.

-Ya roto su matrimonio, ella se los “siguió enviando” disimulados en encomiendas. Él se mudaba, ella averiguaba la dirección. Un día no resistió más y se suicidó.

-¿Cómo fue? –preguntó Luisito.

-Se tiró a un pozo ciego. Fue en 1956. Créame que lo entiendo. A mí, también me pasó. Luisito quedó en verse con el mozo. Le pasó su celular y el mozo le prometió libros, y si aceptaba, una sesión donde aprender técnicas de programación neurolingüística para defenderse del llamado “acoso fecal”.

 

Como al año recibí un llamado suyo. Me contó que había inaugurado un negocio de venta de sanitarios. Le iba de maravillas. Tenía un producto que hizo furor: el inodoro temático. Me contó que hay tipos que se lo piden pintados con el escudo del club contrario para cagarse en ellos todos los días. Me habló de los musicales.

-Les levantás la tapa y sale una melodía. Hay tapas con Gardel, Yupanqui, Los Palmeras, el potro Rodrigo… ¿Escuchás por el celu?: Ol-iu-nid-is-lob, pá, pá, pá, pá, pá…-canturreaba Luisito. Cuando me contó que tenía con motivos sexuales me superó.

-¿Cómo le vas a pintar eso en el inodoro? -pregunté. ¿Estás loco?

-Claro que estoy loco -me dijo –pero salen como pan caliente. Un cliente me lo pidió transparente para mirarla mientras lo usaba. Es un boom de venta. Hay gente para todo, negro…

Como pude lo saqué del tema.

-Y vos, Luisito, ¿cómo estás con Clarita?

-Con Clarita, bien.

-¿Pudieron superar eso?

-Superar como superar…que sé yo -contestó suspirando.

-¿Y vos cómo andás?

-Yo bien, negro. Dentro de todo, bien y laburando mucho.

 

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                                                                                ARIEL  ZAPPA

este cuentos obtuvo Mención en el concurso de cuentos-2010-11 de nuestro taller.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-