"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




10 de Junio, 2011


CINTIA SARTORIO

Publicado en Cuentos el 10 de Junio, 2011, 15:05 por MScalona

VERDE AMARELO

Hacía años que nos conocíamos y mil veces escribimos y repasamos nuestros  antecedentes laborales. Siempre supe que había vivido más de diez años en Brasil repartiendo su historial académico entre Sao Pablo y Rio de Janeiro. “Ingeniero Salvo Rías. Se desempeñó como ingeniero de procesos para Ultratec Engenharia - Montagens y asesor para la cadena de producción de empresas vinculadas a la obtención electroquímica de cloro”.

Escribí y revisé este párrafo de veintinueve palabras una y otra vez para cada proyecto al que nos presentáramos a cotizar.

Aquella tarde de enero estábamos con un sin fin de trabajo a entregar y nos habíamos convocado en el departamento de la calle Rodríguez al 1100 para trabajar hasta la noche. Era un día de pleno verano donde el cemento de la ciudad es capaz de derretir el alma del más osado visitante urbano.

Una larga lista de pendientes nos esperaba.

Ni bien llegué no tuve más que sonreír. Sobre la mesada junto a la ventana que daba al patio reflectante del mediodía, reposaba una botella de aceite de maíz, reciente adquisición que el ingeniero realizara tras la infructuosa cocción de milanesas al horno de días atrás con una solución improvisada de mayonesa con agua. Me entretuve mirando las dos macetas de estampillas resguardadas en las ventanas. La de color coral matizado con blanco llevaba la delantera sobre la fucsia. No es fácil tener más de una flor cuando el agua llega de vez en cuando, acompañando alguna visita. Pensé que debería regarlas de un descuido mientras preparara un mate dulce en un par de horas.

El perfil de Salvo se interpuso en mis pensamientos unos instantes. Quizá la luz solar sobre la pared ocre clara de la casa lindera o mis exacerbados sentidos de ese día, me resaltaron por primera vez desde que nos conocíamos el matiz nada anglosajón del rostro de Salvo.  Su piel no era blanca, ni morena ni oliva. Era un bronceado de otra latitud;  de esos que sólo da el mar cuando el yodo y la sal se combinan en alquimia perfecta con el viento. Era un bronceado interno que a veces, en invierno, ahora recuerdo, se verdeaba con la injusta carencia de música y aire libre.

“Nunca le pregunté por qué volvió”, pensé. ¿Por qué volvió a Argentina luego de diez años en la “Cidade Maravilhosa”?  Era extraño. En su estructura físico-química de especialista en procesos electroquímicos es el único capaz de entender que el río es todos los días diferente. Desde el marrón Baglieto al azul espejo de rosarigasino.

-           Mirá Salvo. ¿De qué color lo vez hoy?, solía preguntarle cuando pasábamos por la costanera camino a la zona portuaria.

-           Hoy está verde. Hasta te diría que verde amarelo, me dijo un día.

En ese instante, esa frase vino a mi mente como un punzón. Teníamos tanto trabajo aquella tarde. Yo era de aquellas que sufría de ataques crónicos de responsabilidad (a pesar de estar de moda los ataques de pánico) por lo cual adelanté la hora del mate, hecho que alegró notoriamente a las macetitas de la ventana.

Mientras tanto Salvo encendió el equipo de música. Si hubiera sido Vinicius de Moraes sería, valga la redundancia, una señal del destino y debería cerrar mi agenda para encerrarnos en el remanso de una buena conversación. Una voz en la radio promocionando una línea de electrodomésticos me desalentó con ironía.

Dos computadoras y una serie de listas, agendas y archivos se desplegaron rápidamente. Abrí varias tablas dinámicas en la pantalla, la página web de nuestra empresa en la parte de usuarios, algunos procedimientos en borrador y una hoja en blanco de un nuevo documento.

Comenzamos a trabajar en el planeamiento estratégico de unos cuantos clientes del sur de Santa Fe. Salvo, que generalmente se caracterizaba por su notoria técnica pero profusa concentración, se había obstinado aquel día en alcanzar impensados estándares de productividad. El primer termo de agua fluyó con rapidez como derritiéndose entre los teclados de nuestras computadoras.  Mientras debatíamos los detalles de cada tabla, Salvo leía de su cuadernillo la información relevada y yo simulaba una alta concentración completando los campos de la tabla en mi pantalla.

La hoja en blanco se insinuaba lentamente ante mis ojos. Con indiferencia la evitaba.

El perfil de Salvo, bronce piel. La tabla. La hoja en blanco. Otra vez la tabla.

-           Estás rara. Hoy que tengo aceite sólo viniste a tomar mate.

Ambos reímos. Sugerí un tereré con jugo de pomelo y hubo aceptación general. Un tereré ruso es una excelente opción en una tarde penetrante como aquella. Terminamos las carpetas de un par de clientes. Yo estaba como lejana, molesta. Algo indescriptible y desconocido me removía las entrañas. Estaba en el departamento de Salvo; debía, sin saberlo, estar en barrio Industrial y me perdía sin esfuerzo en una hoja blanca como haciendo de mi una transparencia que se esfumaba en ella sin sentido. Si hubiera sabido que mamá moriría cuatro días después quizá hubiera entendido, o mal entendido, mi inexplicable incertidumbre. Lo obvio era que sólo quería que Salvo me contara. Con el segundo termo, él se levantó a cambiar la música.

-           Voy a poner una música que te va a encantar. Me la dio un amigo del grupo de los sábados. Nelson Nogueira se llama. Es un brasilero que interpreta a su estilo clásicos de los años ochenta. ¿Te gustará?

-           Hasta te diría que verde amarelo.

-           ¿Qué?, me pregunto desorientado.

El termo estaba transpirando gotas frescas sobre su silueta de acero y sentí como si cada una de ellas recorriera mi columna vertebral como una fresca calma.

-           Ya sé- dijo Salvo. Tenemos que terminar y vamos atrasados.

-           “Hasta te diría que verde amarelo”

-           ¿Qué?, volvió a preguntar.

-           Salvo. ¿Por qué te volviste?

-           ¿De Cañada con la tormenta del martes?

-         No Salvo, de Río. ¿Por qué te volviste de Río?

Un silencio yerto se apoderó del espacio entre Salvo y yo.

-         Nunca nadie me hizo esa pregunta antes. Yo me la hago todos los días. Casi nunca tengo respuesta. A veces, si…

Un par de pétalos de estampillas entornaron hacia nosotros. La yerba del mate me pidió posta, la recambié y el olor dulce del polvo seco en la palma de mi mano me abrió un apetito voraz por las palabras. Salvo se recostó sobre el respaldar de la silla y cruzó ambas manos sobre su vientre. Le cebé dos mates seguidos para contagiarle mi apetito. Desconozco si fue eso o la dulce guitarra de Nogueira la que lo transportó.

-         No fue una cosa; fueron varias.

A partir de allí abandonó el diálogo sistemático y emprendió un monólogo donde mis preguntas sólo eran un entornar de ojos o cabeza.

-         Aquel fue un lugar donde sentí que no es necesario ser un gran currículum para ser una gran persona. Los protocolos no son ni más ni menos importantes que una cerveza fría a la siete de la tarde en la orilla de la playa mientras buscas descubrir algo nuevo en el horizonte.- Me miró cómplice- ¿Sabés de qué hablo?

Sonreí.

-    Si, todos los días mirás el río y está diferente.

-         Exacto. El borde del mar en el borde de la playa te deja ver siempre algo nuevo. La línea finita de espuma es siempre algo nuevo. Como el blanco que se forma a cuarenta metros de pasar los silos por la Avenida de la Costa, donde la isla se corta en un ángulo obtuso con el puente y podés ver…

-         Todo- completé.

-         Apenas llegado, joven y con familia, empezando. Un día mencioné a mis nuevos compañeros de trabajo que me iría rápido ese día por la tarde para averiguar por una casa más cerca de Ultratec. Sólo eso bastó para que a las cinco de la tarde un par de colegas me esperaran en la portería. Baúl en mano con cerveza fría para un, digamos, “Happy hour” de los de ahora.

Cómo mis “ataques de pánico”, pensé.

-         Al llegar a lugar del encuentro.

-         Obviamente en el mar- lo interrumpí.

-         Si. Sí. Se nos unió un colega bancario en bermudas celestes de palmeras. Con la simple garantía de un choque de manos el préstamo ya estaba otorgado mientras los garantes brindaban con cerveza. Casi me parece estar viviéndolo de nuevo. Espuma blanca en las manos y en los pies. Al poco tiempo nos mudamos a la casa en la que viviera el resto de los años en Brasil. Mi casa, justo en la base de la pendiente del morro.

Se quedó pensativo unos instantes.

-         Todo se daba con una excitante y rotunda matemática.

-         Ya veo. ¡Te cuesta controlar el ingeniero!

-         Obvio. Pero era otra cosa. Era cerveza más cerveza, amigos. Mar más fábrica, hogar en la base del cerro. Proyecto más espuma, viaje a Europa.

-         ¿Estuviste en Europa entonces?

-         Matemáticas. Allá me iría. A Francia. Un día me lo comunicaron. Unos cuantos meses sin mi familia pero en una oportunidad casi única. Salí caminado lentamente entre alegre y triste. No sabía. Fui hacia la esquina de transporte. Decidí ese día dejar mi auto esperándome hasta el otro día en la cochera. O subía al transporte de planta o el transporte público que paró frente a mí. Lo miré con desconfianza. Subí. Sentí dos cosas: un ritmo de tambor y un olor sudoroso y fresco de favela que me, arrojaron, te diría, al fondo del coche.

Repentinamente cerré cada una de las ventanas con tablas dinámicas de mi computadora. Un calor en oleada empezó a subir desde mis pies, en ese momento descalzos sobre el mosaico fresco. Las estampillas intrusas cabecearon entre la pared de brillosa de la siesta, el perfil de Salvo y la hoja en blanco.

-         ¿Qué hacés? Me grito Salvo con una intriga casi arrasadora.

-         Suficiente planificación estratégica por hoy.

-         ¿Estás bien? Te desconozco.

-         “Un olor sudoroso y fresco de favela”

Con un rictus sonriente de ya haber entendido apoyo su mano en la mía.

-         Hago otro termo. Me toca.

El calor se convirtió entonces en un hormigueo tempestuoso alojado ahora a la altura de mi cadera mientras las yemas de mis dedos censaban el teclado en un contraste helado. Sentía que el paso vertiginoso de las imágenes casi ideas ponían mi mente en blanco bosquejando el camino intuido del calor desde mis caderas al teclado.  Fue como la primera vez que pensaba: un vacío abstracto colmado plenamente de todo.

De espaldas a mis sensaciones y obviamente sin tampoco saber que mi madre moriría cuatro días después, Salvo prosiguió.

-     Una oleada de escuela de samba me mareó al arrancar el colectivo y terminé tirado  sobre un asiento descuidado y movedizo. Había un par de morenos, como patinados del sudor que te conté, que se movían a la vez con un ritmo sinusoide. Todos entorno mío, con piernas, manos y hasta pestañas, bailaban. Empecé a moverme.

Sus rodillas, técnicas, hasta ahora para mí almidonadas de tanto dar capacitaciones, comenzaron a moverse rítmicamente mientras sostenían el termo condensado por la charla.

-         ¿Dónde vas?, me preguntó un muchacho moreno con enorme sonrisa perlada.

-         No lo sé- le devolví en su portugués nativo.

-         Yo sí. Me replicó.

-         No me animé a contradecirlo. Sólo seguí bailando mientras el coche fue ascendiendo zigzagueante por el cerro.

Imitándolo, el calor a esa altura ya me había traspasado las costillas.

-         De tardecita llevamos a un barrio donde casi todo bailaba. Allí, la luz amarillenta y siempre titilante ilumina todo. Los contornos de la calle,  la cena de arroz, frango y feijoada. Fuimos hasta el frente de un gran galpón. Yo sostenía una gran caja colmada de plumas que una hermosa mujer rizada me cambió de inmediato por una cerveza fría sin siquiera preguntarme. Cientos de banderines brillantes blanco y celestes colgaban del techo de aquel lugar. Atravesar ese portón fue algo así como entrar al paraíso. En grupos de tres, diez, treinta, otros cientos de personas de toda edad, color y obviamente procedencia social, bailaban, bordaban, armaban y cantaban ensayando lo que sería, casi uno año después su carnaval.

     Era mi primera vez ahí, no sería la última pero en realidad sentía que había estado en ese lugar miles de veces. Aquella noche escribí la letra de una “samba-enredo” que un grupo de cantantes ensayaban una y otra vez. Luego martillé un tirante sobre un costado de lo que sería una enorme alegoria brillante tiempo después. Pegaba plumas y lentejuelas. Practicaba un paso, me caía y me levantaba, Me volvía a caer. Me volvía a levantar.

     Un calambre en las manos me retornó a la mesa frente a Salvo.

Mis dedos en posición de araña sobre el teclado habían quedado pegados sobre el borde de la mesa con una expresión de acecho que me sorprendió.

-         Salvo, ¿qué hora era entonces? No puedo ni imaginarlo.

-         Como las once. Volví a casa cerca de las tres durante varias semanas. Solo, con la camisa aún húmeda del trajín y la práctica… Ella sólo me miraba sin decirme nada. Como siempre.

-         ¿Qué le contaste?

-         Nada. Nada de nada. No encontraba nada que decir. Nada de nada. No veía la hora de dejar la planta sólo para agarrar siempre una gran caja de plumas. Durante mucho tiempo me sentí una indescriptible mezcla de ingeniería, baile y estúpida cobardía. Días después avisé que no viajaría. Muchas horas de espuma en la arena con mis amigos me despreocuparon de Francia.

-         Si quieres bailar, tienes que bailar. Me decían ellos.

Ella no lo entendió. Volvía a mi vida normal y a mi proyecto de Europa o nos volvíamos a Argentina.

-         ¿Pero nunca le contaste? Entiendo que quisiera volverse. Seguramente estaba pensando cualquier cosa.

-         Si. Ahora yo también lo entiendo. Conversar no es lo mismo que dialogar. La comunicación es otra cosa.

El agua con jugo de pomelo se había acabado hacía rato. Era ya de noche. Compramos pizza de cantimpalo y fugazza. No sé porque recuerdo tanto aquella pizza. Yo no pude comer. Tenía las muñecas aún acalambradas y esa sensación de calor, ahora en las axilas, quemándome.

Salvo se recostó sobre la silla con una aceituna entre sus dedos.

-         Llegue a pensar que ese repentino amor por las noches en el galpón de la favela eran una cuestión de color. Algo del color de este lugar debe estar volviéndome loco. Aquella scola era la de Beija-Flor de Nilopolis. Sus colores son el celeste y blanco. Será que quiero volver y no lo admito, pensé muchas veces. Hasta llegué a recorrer varios galpones: Academicos do Salgueiro, Mocidade Independente. Todas para probar si en alguna de ellas me sentía un extraño. Más las conocía, más me enamoraba. ¡Ese olor! Si lo sintieras. Un día decidí que recorrería las dos últimas y tomé coraje. Fui hasta el barrio donde estaba Unidos da Tijuca. Me detuve con los ojos cerrados frente al portón. Un regordete con enorme gorro azul y amarillo lleno de lentejuelas me zamarreó para despertarme con, obviamente una cerveza fría. Azul y amarillo. Rosario Central. Rosario. El río. Me cachetearon los recuerdos. Alguien que ni recuerdo quien fue, me llevó en un desvencijado auto hasta Madureira. Corrí desde la calle hasta la fiesta. La scola de Imperio Serrano, verde amarillo, me encontró. Esa noche no regresé hasta la madrugada. Amanecí junto al mar tirado de espaldas sobre la arena y uno de los muchachos de Ultratec me encontró de paso, me aceró un café caliente y se quedó conmigo en silencio. Tijuca, azul y amarillo; Beijaflor de Nilopolis, celeste y blanco; Imperio Serrano, verde y amarillo. Verde amarelo.

Ese año no baile, dejé mis noches marabilosas y apareció el Ingeniero Salvo Rías para quedarse. Quedarse mucho tiempo.

Las puntas de mis uñas se relajaron. El calor me llegó a la punta de los dedos Sentí algo que siempre había sentido y recién ese día lo entendí.

Yo nunca había estado allí.

-         Fue entonces que un día de marzo ya dormíamos. Descansábamos en una noche como de esas, siempre agradable, siempre tan cálidas que eran frescas, siempre de morro al fondo del azul profundo, estrellas de floresta. Golpearon la puerta. Era Ricardo. Mi amigo uruguayo tan verde amarelo como yo en aquel entonces, que pasó a buscarme a media noche. Me dijo – Vamos.

Y fue la primera y una de las últimas frases que pronunció. Condujo el auto por la calle de noche clara y fuimos directo al pie del Corcovado. Yo tampoco dije palabra alguna en todo el camino. No me animé. Tomamos creo, una camino paralelo o parecido al Corcovado Cremallera que en partes sube paralelo a la vía del ferrocarril. Yo sabía que eran 223 pasos, hasta el pie del Cristo. Los había hecho tantas veces para verla.  Igual que los más o menos cinco quilómetros desde Arroyito a la Florida por la costa, a pie.

La Floresta de Tijuca, la isla del Paraná chico.

Allá arriba la visión no era tal. Más bien era una imagen de ilusiones y sueños dibujados sobre el agua del casi Atlántico. A un lado la silueta de los morros sólo insinuándose en medio de la noche. Del otro lado las luces de Río, plena, joven. Más bien luminosa que iluminada.

En plena degustación de paisaje Ricardo volvió a hablar. Estábamos solos en medio de ese olor que únicamente tiene tu lugar en el mundo. Levantó su mano y señaló en círculo con los dedos extendidos y separados intentando abarcarlo todo. Sólo esa frase dijo por el resto de la noche:

-         ¿Estás seguro que vas a dejar todo esto?

Respiré profundo. Había olor a mi lugar en el mundo. No era Copacabana. No era Rodríguez al 1100. No era la terraza de mi casa del barrio Industrial las mañanas de verano a las siete con mi madre y con el mate.

Era lo hoja blanca, ahora, inconteniblemente, llenándose de a poco con cualquier lugar del mundo que quisiera.

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                                                            CINTIA SARTORIO

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Este cuento obtuvo Mención en el concurso de cuentos 2010-11 de nuestro taller.-

ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 10 de Junio, 2011, 12:58 por MScalona

CLARITA

 

 

 

La tarde es espléndida. Ella da saltitos. En la superficie, olas de poca monta. Ahora viene hacia mí, desnuda. El pelo suelto como algas. Sus tetas redondas sobresalen de la superficie y sus senos me apuntan. Se sumerge. Del agua brotan  burbujas que se pelean por trepar. Caigo en la cuenta que son soretes. Arman una frase: “soy tuya”. Empujo el agua para que “eso que flota” no me toque, al momento que mi brazo derecho se descuelga de la cama y pega de lleno contra el canto filoso de la mesa de luz provocándome un dolor agudo. Me despierto confundido. De la ventana abierta entra una ráfaga de viento que cierra la puerta del dormitorio con un estruendo; el despertador se sacude indicándome, sin contemplación, que son las seis AM. Esta pesadilla terminó y empieza otra.

 

Miré el contestador y encontré un par de llamadas del mismo número. Las dejé  para después. Llegué a la cocina y calenté el café.

-¿Cuánto hace que lo preparé? No había respuesta. Uno apenas se levanta quiere llenar el aire con palabras fútiles. Es inútil. Lo sé. Pero no puedo.

Tomé la taza con las dos manos arrastrando los pies hasta el teléfono. Me quedé  unos segundos mirando la calcomanía de taxis pegada en el aparato. La rasgué   displicente con la uña mientras escuchaba el mensaje: era Luisito. La relación con su novia se había vuelto turbulenta. Prendí la tele buscando algo. Ahora lo que sonaba era un mensaje en su celular: “¿Venís?” No hice caso. Dos minutos   después, otro: “Te estoy esperando”. La longitud de mi improperio fue onerosa. Luisito me esperaba en el bar de siempre, mirando hacia fuera por la ventana que da a la ochava. Apenas me vio se levantó de la silla para saludarme, empujando la mesa y chorreando el café sobre el platito.

-Que los re mil parió… No me sale una bien. Tomé ese hecho como la peor de las introducciones. Decidí mirarlo fijo e ir al grano. Avisté en sus ojos vidriosos una precipitada posibilidad de lagrimeo. Giré la cara y busqué al mozo.

-Un desayuno completo, petiso –Y me tomé todo el tiempo posible para volver a su encuentro, rogando que dejara ese tono de aflicción. ¿Qué pasa con Clarita? –pregunté a boca de jarro.

-Vos te vas a reír pero a mi me preocupa mucho, negro…

-No me voy a reír. Contame de una vez.

-¿Viste que hace poco que estamos juntos? Resulta que hay un hecho que se repite y cada vez que se lo reprocho, ella se me ríe en la cara y me deja pagando.

-¿Qué es lo que te pone de esta manera? -Luisito temblaba.

-Va al baño a cagar y no tira la cadena –me soltó. Yo voy y encuentro eso ¿viste? –completó con ese desagradable gesto que se hace con los dedos, tratando de encomillar el aire. Se lo digo y se ríe, -prosiguió -me da un beso y se va como si nada. Estoy preocupado. Cada vez que tengo que ir al baño me agarra un entripado feo. Me angustio. No quiero entrar o si paso por ahí entreabro la puerta para olfatear a ver si hay algo…

Me quedé callado, valorando cada segundo de tiempo que tenía para ordenarme. ¿Era yo el que había soñado? No debo decírselo. Luisito es como un pajarito  frágil, indemne, capaz de perderse en la noche aciaga de una sospecha y peregrinar en ella rebotando en las ramas como en una tormenta, yendo cada vez más profundo hasta ahogarse. De Clarita sospechaba un engaño. Pero no esto. Traté de guardar las formas para tabicar mi preocupación y avancé con las preguntas.

-¿Te lo hace siempre o elije un momento particular? Digo, después de una pelea, un polvo mal echado…

-¿Qué decís, negro? –Interrumpió abriendo los brazos como un ganso que se echa a volar -Vos sos mi amigo, ¿para qué te llamo? ¿Para atormentarme?

-No, tranquilo. Estoy tratando de hacerme una idea para ayudarte. ¿No me llamaste para eso?

Luisito volvió a su ventana. Lacónico, empezó a pronunciar palabras que se estrellaban contra el vidrio.

-Hablá más fuerte, Luisito, no te escucho…

-…que al principio no me llamó la atención. Yo creía que ella se olvidaba de tirar la cadena. Pero cuando se lo pregunté, me contestó que ella era toda mía. Que no había parte de su vida, de su humanidad, que no me perteneciera…

-¿Toda tuya? –pregunté sin que me diera bolilla.

-Lo de la limpieza, la higiene, bueno…trató de explicármelo –siguió. Me dijo que iba a poner más atención, que no lo hacía por displicente. Pero la…, los…

-¡Mierda! ¡Soretes! –completé.

-¡Las heces, negro! –dijo ordenándome que no gritara. Que me dijo que siempre hizo igual. Que no soy el primer tipo con el que convive. Con los otros pasó lo mismo. Según ella, con el tiempo aprendieron a tolerarla y comprenderla.

-¿Con la orina hace lo mismo?

-Sí, negro. Hace lo mismo -me contestó serio.

-Y, digo yo, ¿las características de las heces son siempre las mismas o varían en algún momento?

-Yo creo que la liquidez aparece cuando tenemos discusiones. Eso sí, cuanto más sólida, mejor es el momento por el que estamos pasando.

-Seré curioso, -intimé -en estos días, ¿qué tipo de composición tiene?

-Algo líquida por momentos pero no siempre es así, eh…-se apuró en aclarar.

-Ajá.

Luisito era un rostro de piedra. Su cuerpo palpitaba angustia. Yo lo sentía.

-Te pido perdón si te ofendo con la pregunta pero me veo en la obligación de hacértela.

-Sí, dale, negro. Para eso te llamé.

-A vos, ¿qué te preocupa más: el hecho que te deje flotando “el regalito” o que no te avise que te lo dejó?

Me aseguró que nunca lo había pensado de esa manera. De todos modos, seguiría charlándolo porque él también hacía esfuerzos por cambiar algunos de sus hábitos. Por ejemplo, dejar de usar el servicio de noche enlozado que le habían dejado las tías. Le costaba mucho levantarse por las noches para ir al baño, cuando antes, con sólo levantar la sábana por un costado de la cama, era suficiente.

-¡Y no te digo nada en invierno! –afirmó agitando su mano derecha.

-¿Vos tenés el baño afuera, Luisito?

-¡Nooo!, adentro. Pero al fondo.

-Claro…

-Una de esas casas chorizo, ¿viste?

-Sí, sí -asentí.

-Vieja pero bien conservada, sin humedad de cimiento.

-Ah, que bueno. Y, escuchame ¿ustedes dos no estarán compitiendo por algo? Vos con la orina, ella con las heces. Las parejas de hoy en día son muy competitivas, Luisito. El nosotros no abunda. Y en las cosas más simples uno encuentra la verdad de la milanesa. A veces la pelea se disfraza y utilizamos atajos para sostener nuestro ego –y sorbí del vasito de soda. Yo creo que ustedes necesitan charlar más, pero solos. ¿Por qué no se van un fin de semana a Córdoba?

-¿Vos decís en plan luna de miel, negro?

-Puede ser...

-Y decime –inquirió acercándose -¿llevo el servicio de noche o del tema ni fu, ni fa? Te lo pregunto porque ella tiene cómo hacerse valer, ¿me explico? Baño con inodoro hay en todos lados, pero lo mío, no. Y yo no quiero que ella piense que bajé la guardia en la primera batalla. Ya fui demasiado contemplativo. ¿Qué te parece?

-¿Vos te sentís más seguro llevándolo?

-Y, sí... Aunque después no lo use, más seguro me siento.

-Entonces llevalo  y no le des más vuelta, Luisito.

Quedamos en vernos. Me pasó un celular nuevo. Me rogó que no lo llamara al fijo porque Clarita, con sólo escuchar el tono de voz, sabe de qué está hablando. Nunca tuve duda de ello. Desde el comienzo supe que se había metido con una mina muy bicha.     

   

Si bien mi sueño anticipatorio me desconcertó, salí rápido de ese trance. Luisito y yo nos conocíamos desde pibes y nada de su vida me era ajeno. Su inseguridad hizo que yo fuese su conciencia en las sombras, llamándome a cualquier hora para saber qué hacer. El sueño de la pileta no fue el primero. Hubo peores. En un momento, fue tan estrecha nuestra relación, tan simbiótica, que decidí abrirme y terminarla de una buena vez. 

Lo llamé más de tres veces y siempre contestaba con evasivas. Supuse que el desencuentro persistía. Al tiempo, recibí un lacónico mensaje: “Negro, ¿nos podemos ver?” Me cito en otro bar, lejos de su casa. Dio vueltas hasta que me confesó que todo seguía igual. La mina se lo había vuelto a hacer esa semana de vacaciones. En unos de los paseos, él decide volver a la habitación del hotel a calentar agua para el mate y buscar la cámara de fotos y se encontró con “la sorpresa”.

-Luisito, decime una cosa –urgí con precisión de cirujano -¿vos a qué volviste? A mí me da toda la impresión que fuiste concientemente a buscar algo. Y lo encontraste.

-Es que ya se me hizo un hábito, negro. Paso y reviso. Es más fuerte que yo. Intuí que el grado de perversidad de Clarita era mucho peor que el suponía. A esta altura, por nada del mundo, iba a dejar solo a mi amigo.

-¿Por dónde sigo, negro, decime?

-No sé,  no sé. Decime vos –dije encendiendo un cigarrillo.

-A mí no se me ocurre nada. Esto va a terminar mal.

-¿Por qué seguís viviendo con ella después de todo esto, Luisito? Pensá, pensá y llamame, porque a mí, se me quemaron los libros.

 

Dormitaba esperando que se hiciera la hora de volver al trabajo. Como llovía, no fui a almorzar a la plaza y me llegué hasta el departamento en búsqueda de un pequeño descanso antes de repechar la tarde. Eran las tres y media cuando sonó mi celu: era él.

-Tenés que venir a casa cuanto antes. Esto no puede esperar más, tengo que darle un corte definitivo. ¡O se va ella o me voy yo!

-¿Es para tanto, Luisito?

-¡Vení ya, por favor, te lo ruego!-me pidió a los gritos.

-Luisito, tengo que ir a trabajar, entro en media hora.

- Dejá todo, por favor y vení. Te lo estoy pidiendo por el amor de dios.

-Está bien, Luisito, está bien. Quedate tranquilo que en diez minutos estoy.

Me esperaba detrás de la puerta con un porte oligofrénico. Me tomó del brazo y sin mediar ningún tipo de consideración enfiló hacia una puerta. En el trayecto, me di cuenta que era la puerta del baño.

-No, pará, Luisito. ¡No! Me empujó con una fuerza desbordante. Luisito, hasta acá llegué, soltame –dije violento.

-¿Vos sos mi amigo o no sos mi amigo? Decímelo ahora, ¿a qué viniste hasta acá? -me gritó en la cara, acorralándome con una respiración entrecortada.

-¡Vine porque me lo pediste! –afirmé. Estaba saliendo para el trabajo, Luisito. Soltame el brazo, por favor. Somos adultos, dejate de pelotudeces –contesté subiendo el tono de voz.

Me puso de espaldas sobre la puerta del baño y señalando con el dedo índice hacia adentro, me dijo exaltado hasta el pasmo:

-¡Ahí aden…tro está la cla…ve de to…dooo!

-Está bien, Luisito, está bien pero soltame.

-¡No te suelto nada!

Con un giro me distanció de la puerta. De forma abrupta tomó el picaporte y la abrió para que entráramos. Yo me afirmé a la pared y pude calzar la pierna haciendo palanca. En eso estaba cuando recibí un rodillazo sobre los riñones que me hizo doblar de dolor. Me tomó por la espalda y me alzó, listo para meterme en  el baño cuando nos sobresaltó un ruido de llaves. Era ella. No dejaba de girar su cabeza hacia mí y hacia él. Luisito tomó la posta.

-¡El negro está para ayudarme y terminar de una vez por todas con este suplicio!

-Esperá, calmate. ¿De qué suplicio hablás Luisito? ¿Qué es todo esto? –habló ella con tono aniñado.

-¿Cómo de qué hablo, Clarita? Vos bien sabes de qué hablo. Él es mi amigo y va a entrar al baño para ver lo que hiciste.

Ella con la boca abierta y los ojos desorbitados se dio cuenta que yo sabía.

-¡Vos estás loco! ¿Qué le contaste, inconciente?

-Le conté todo porque no aguanto más. Esto que me hiciste no tiene nombre, no tiene nombre, Clarita.

-¡Váyanse ya de esta casa porque sino llamo a la policía!

-Luisito, –le dije con el poco aliento que me quedaba por el rodillazo –esta mina llama a la cana y nosotros quedamos pegados. Yo pierdo el laburo y sencillamente te amasijo.

-Y vos, Clarita, calmate,  no ganamos nada con todo esto.

-¡Váyanse de acá ya mismo los dos! –gritó con alma y vida.

Lo tomé a Luisito y lo eché a la vereda como pude. Volvimos al bar y nos sentamos en la misma mesa donde comenzamos. Después de casi diez minutos de insultos pudimos conformar una especie de diálogo.

-Mozo, traiga otra cerveza, por favor –ordené sin mirarlo.

-¿Entonces no vas a ir a trabajar? –me preguntó con cordialidad sobreactuada.

-¿Y a vos desde cuándo te interesó lo que hago? Me exponés frente a tu mujer, me pegás un rodillazo y ahora actúas como si fueras una carmelita descalza…

-¿Para qué están los amigos entonces? –me contestó rompiendo en llanto. ¡Me escribió “Bicho te quiero” sobre el inodoro! La escuché cantar cuando lo hacía. ¿Te parece poco? Eso te quería mostrar y vos no quisiste. ¿Ahora me vas a dejar solo? Lo escribió con los dedos…

Trate de no resignar un céntimo de compostura, aunque por el hecho que me relataba, me trasvasara un escalofrío.

-¿Cómo sabés que lo escribió con los dedos? A lo mejor usó un palito…

-Es lo mismo. Lo único que falta es que tenga que controlarle las uñas de las manos para ver si se las lava. Yo me enamoré de una morocha que no dejaba muñeco con cabeza cuando caminaba por la calle. Una mina piola, con la que a uno le daba gusto sostener una conversación, buena amante, cuidadosa de los detalles… –argumentó.

-Esa mina te está cagando la vida. Está a la vista de todos. ¿Qué querés que te diga que no sepas, Luisito?

-¿Cómo de todos? –preguntó entrando en pánico. ¿A quién se lo contaste? ¿Quién más sabe de todo esto?

-Nadie sabe, Luisito –corté. ¿Vos querés cavarte la tumba? Seguí nomás, pero no me busques para que te siga apoyando en esto.

Al momento de pronunciar “apoyando”, nos percatamos que el mozo estaba escuchando parado junto a nuestra mesa.

-Síndrome de Caquetá –musitó solemne. Fue descubierto por un colombiano, Isidoro Benavides Archundia. Fue un visionario, un benefactor de la humanidad, pero sufrió mucho.

Luisito miraba sin poder creer. Latía envuelto en pánico. Al mozo no le hizo mella, y siguió.

-Ya roto su matrimonio, ella se los “siguió enviando” disimulados en encomiendas. Él se mudaba, ella averiguaba la dirección. Un día no resistió más y se suicidó.

-¿Cómo fue? –preguntó Luisito.

-Se tiró a un pozo ciego. Fue en 1956. Créame que lo entiendo. A mí, también me pasó. Luisito quedó en verse con el mozo. Le pasó su celular y el mozo le prometió libros, y si aceptaba, una sesión donde aprender técnicas de programación neurolingüística para defenderse del llamado “acoso fecal”.

 

Como al año recibí un llamado suyo. Me contó que había inaugurado un negocio de venta de sanitarios. Le iba de maravillas. Tenía un producto que hizo furor: el inodoro temático. Me contó que hay tipos que se lo piden pintados con el escudo del club contrario para cagarse en ellos todos los días. Me habló de los musicales.

-Les levantás la tapa y sale una melodía. Hay tapas con Gardel, Yupanqui, Los Palmeras, el potro Rodrigo… ¿Escuchás por el celu?: Ol-iu-nid-is-lob, pá, pá, pá, pá, pá…-canturreaba Luisito. Cuando me contó que tenía con motivos sexuales me superó.

-¿Cómo le vas a pintar eso en el inodoro? -pregunté. ¿Estás loco?

-Claro que estoy loco -me dijo –pero salen como pan caliente. Un cliente me lo pidió transparente para mirarla mientras lo usaba. Es un boom de venta. Hay gente para todo, negro…

Como pude lo saqué del tema.

-Y vos, Luisito, ¿cómo estás con Clarita?

-Con Clarita, bien.

-¿Pudieron superar eso?

-Superar como superar…que sé yo -contestó suspirando.

-¿Y vos cómo andás?

-Yo bien, negro. Dentro de todo, bien y laburando mucho.

 

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                                                                                ARIEL  ZAPPA

este cuentos obtuvo Mención en el concurso de cuentos-2010-11 de nuestro taller.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-