"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MARÍA BELÉN IRUSTA

Publicado en Aguafuerte el 20 de Mayo, 2011, 16:52 por MScalona

TIEMPO  SUPLEMENTARIO

-----------------------

Llegamos al lugar alrededor de las cuatro de la mañana. Febrero nos trata mal en estos días. Nos recibió la sombra de un hombre y detrás, entre unas diez personas de brazos cruzados, Oscar.
Mientras nos preparamos para iniciar el trabajo, la dueña de casa nos ofrece en voz baja café. Mi compañero formula las preguntas de rigor mientras el sol se acomoda en la ventana. Uno de ellos, tras un suspiro, se resigna a la indagatoria y comienza a hablar. Rápidamente los demás lo secundan, superponiendo voces y relatos. Tomo nota.
Dicen que laburaba todo el día sin quejarse porque era el único que paraba la olla. Su mujer era una abnegada ama de casa de las de antes, de las que planchaban hasta los calzones, criaban hijos propios y linderos a fuerzas de mate cocido y facturas, de las que esperaban al marido con la comida lista y caliente sin un pero, de las que miraban para otro lado cuando el esposo salía de putas de vez en cuando.
Dicen que tenía un carácter alegre y que era querido por vecinos y clientes. En su negocio se vendía la mejor tira de asado de zona sur y daba fiado, fíjese usted.
Dicen que era el carnicero del barrio desde siempre, desde que se casó con Doña Irma, para mayor exactitud. Aparentemente se sentía cómodo en el oficio de manipular cadáveres, cortar con obsesión matemática las lonjas de carne, vestir con sangre ajena desde el alba hasta la cena.
Dicen que siempre fue alto, corpulento, de tez blanca y cabellos oscuros; que tenía voz grave y profunda; que llevaba como marca distintiva tatuajes en ambos brazos; que cantaba como el zorzal.
Dicen que sus vicios eran el tango, el pucho, el fútbol y el tinto cortado con soda de sifón, como se debe. Llegaba a la casa pasadas las ocho y Doña Irma lo recibía con algo para picar y el vino burbujeante. Dicen que se bajaba dos atados de veinte por día mientras miraba a Boquita o conversaba con alguno que lo visitaba, entre botella y botella, en la vereda tomando el fresco.
Dicen que hace un par de años le diagnosticaron eso. Mientras lo escribo pienso en el sádico al se le ocurrió jugar con las letras de la palabra “nacer” para nombrar esta enfermedad. Dicen que lo tenía entre el pulmón y el corazón, que llevó el tratamiento con un humor admirable, yendo a trabajar todos los días. El tumor le dio tregua y, sintiéndose recuperado, volvió a las andadas. No volvió al hospital hasta que el cuerpo le pasó una factura impagable.
Dicen que en los últimos meses se lo veía poco en la calle. Había perdido cabello, kilos y su vozarrón. Ya no abría el local, se quedaba con la patrona. A algunos pocos les contó que le dolía en el costado, que estaba listo, que no zafaba.
Dicen que se fue a dormir temprano y que llegó con dificultad a la cama. Respiraba agitado. Como de un mal sueño se despertó a eso de las cuatro de la mañana y le tocó la espalda a Doña Irma. Le dijo que quería levantarse, que era tiempo, pero ella se negó. Comenzaron a discutir y finalmente accedió a su pedido. Ella sacó al voleo una silla del comedor hasta la calle y él se sentó en la vereda. Miró el cielo, las casas, la acequia, los autos. Doña Irma, llorando, le dijo que era peligroso estar afuera a esas horas, con las cosas que pasan hoy en día. Dicen que él le pidió cinco minutos más y balbuceó que necesitaba llevarse ese momento. Pasó un taxista vecino y frenó al ver la escena. Dicen que intentaron convencerlo para que fuera a la cama, pero él permaneció en silencio durante esos cinco minutos. Parecía ido, pero no. Dijo “ya está” y pidió que lo ayudaran a pararse.
Dicen que no cruzó la puerta de entrada caminando. Cayó al piso sin pulso, como una bolsa de huesos cansados. Dicen que nadie pudo levantarlo y que por eso lo acomodaron sentado, en aquel rincón, con los brazos cruzados.
Dicen que por su oficio, Oscar supo la hora de su muerte aun antes que la propia Parca. Dicen que le robó tiempo, que estaba en el alargue, tomando el fresco en la vereda.
En la planilla mi compañero apunta: “Hora de la muerte 3:10 AM”.

María Belén Irusta

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-