"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MATÍAS MAGLIANO

Publicado en relatos el 15 de Mayo, 2011, 21:22 por MScalona

Noveno piso, vereda par

 

Los Rolling Stone gritaban desde la mesita de luz: seis en punto de la mañana. Horacio, todavía dormido, comprobó con el pie izquierdo que el piso estaba frío. Se estremeció, recordó la alfombra que dejó de comprar y apoyó la mano izquierda en el umbral de la puerta. Con el pie derecho, de golpe y rápido comprendió lo duro que son los marcos, y de golpe y rápido se encontró despierto saltando en un pata agarrándose con las dos manos el otro pie y ¡la puta madre! mientras se sentaba otra vez en la cama. Increíble que el pie no haya reventado, seguro terminaría en hinchazón.

            Para la segunda oportunidad de abandonar la cama iba a estar mejor preparado. Se puso las medias blancas, las pantuflas azules y sintió que los dedos del pie derecho ya no le pertenecían. Sin lagañas y con dientes limpios miró la hora: había perdido quince minutos. Tendría que apurarse con el desayuno para no echar a perder el esfuerzo que implica levantarse tan temprano y tanto dolor de pie.

            Café negro bien cargado y una tostada con mermelada de naranja, daba lo mismo. Desde la cocina y a través del balcón, lo sorprendió la luz del octavo piso del edificio de enfrente. Buscando que la nueva renguera no tire café, arrastró las pantuflas hasta el balcón, donde estaban la mesita y el sillón listos para el espectáculo. Apoyó el café, la tostada y buscó los cigarrillos.

            En el octavo piso cruzando la calle, vereda impar, se veían los dibujos que el cuerpo había dejado en el sommier. Ella no estaba y Horacio, por el golpe, se había perdido la primera escena. De la cama al baño sin poder mirarla. Mañana voy a tener que poner el reloj un rato antes, pensó.

            Se sentó, mordió la tostada y sorbió el café, muy caliente todavía. Ahí estaba,  hermosa como siempre, salía del baño envuelta en la toalla y en poco más se convertiría en su mariposa. Ahora era momento del cigarrillo, lástima no haber terminado el desayuno un poco antes.

            Allá lejos parecía mirarlo. Algunas veces cerraba la cortina, pero otros días, desnuda bajo la toalla, se acercaba a la ventana, se sentaba en la cama y empezaba a ponerse crema. Desde los dedos del pie, una mano subía por la tibia y la otra por la pantorrilla, las piernas separadas para que la crema llegue a todos lados. Pasaban por la rodilla, subían lento por el muslo, desataban la toalla y los dedos iban directo a la panza. Esa era la parte que más le gustaba a Horacio, esas dos manos imitando a las embarazadas y a los chicos cuando tienen hambre, intercalando caricias en toda la superficie abdominal. Sin crema, con toda la mano agarraba el pote, lo agitaba, lo daba vuelta y apretaba con fuerza. Empezaba otra vez desde la panza y acariciándose los senos, primero uno y después el otro, seguía. La mano derecha en la teta izquierda masajeaba rodeando el pezón y la mano izquierda la imitaba con la derecha. Bastante seguido, se dejaba caer en la cama y las manos seguían el juego, rodeaban el pupo, masajeaban la pelvis y se asían fuerte a las caras interna de los muslos mientras el pulgar primero y el mayor después se encontraban con un clítoris casi visible desde tan lejos por Horacio, que para esa altura, ya tendría que volver a calentar el café si quisiera tomarlo. Esos días él la imitaba y cerrando los ojos la tenía al alcance de la mano, al lado suyo, él  y su hormigueo en la pieza de la vereda impar.

            Hace tres días, cuando lo miró, se puso furiosa y corrió desde el baño a cerrar la cortina. Claro, no iba a estar siempre dispuesta, pensó Horacio. Era natural que esos días elija la oscuridad de su cuarto. Fueron lunes, martes y miércoles de total desesperación. Esta mañana, al descubrir la luz prendida y la ventana abierta, se emocionó tanto que empezó a tocarse antes que vuelva del baño.

            Mordió la tostada, bebió café y prendió el Camel. La miró salir, dejar caer las toallas en la alfombra y sentarse en la cama. Un pie lejos del otro, un pote de crema y el ritual. Esta vez, en el momento en que dejaba la rodilla y subía, se corrió el pelo de la cara y lo miró. Una sonrisa desde el octavo y volvió a bajar la cabeza. Las manos empezaban el juego y el corazón de Horacio estaba a punto de estallar. Quince minutos hasta la siguiente mirada. Después, boca abajo en la cama y como cuerpo a tierra fue moviéndose hasta el otro lado. Así, hermosamente desnuda, se puso la bata sin cerrarla para que la siga mirando. Agarró el picaporte de la puerta y salió. Horacio dejó de entender y sentía tocarse, tocarla.

            Había dejado el café, la tostada y el cigarrillo en la mesita. Desconcertado se paró y se acercó al balcón para ver mejor. El dormitorio tenía el vacío de la luz prendida y él la esperaba en un regreso triunfal. Nada. La mano izquierda de Horacio seguía adentro del pantalón y con la derecha se había agarrado a la baranda. A lo lejos y abajo, la vio salir del edificio. En bata y antes de cruzar, levantó la cabeza sabiéndose mirada.

            La vista al frente, empezó a caminar lento y segura. La sigue, la mira, la imagina, el corazón por reventar. Pasa por el medio de la calle y Horacio se asoma un poco más para no perderla. Por fin había dejado su timidez y cruzaba a la vereda par.

            Cuando subió a la vereda, él tenía que hacer un esfuerzo para seguirla. Sacó la mano del pantalón y con las dos agarraba fuerte el caño. Estiraba más el cuello y todavía alcanzaba a verla. Otra vez levantó la cabeza y lo vio, medio cuerpo afuera. Desde abajo dejó caer un poco la bata mostrándole un hombro, esquivó a la portera que estaba regando y caminó. Horacio apoyó el pie izquierdo en el zócalo del balcón y la veía despacito entrando a su edificio. El pie derecho lo tenía en el aire, el cuerpo afuera, el cuello estirado, las manos aún más fuertes. Cuando casi la perdía de vista desesperó. El pie derecho subía al zócalo y el dolor volvía del recuerdo en el peor momento. Desde el pie hasta el alma. Ahora quizás, la pueda ver por última vez un poco más cerca.

El cielo céntrico de Rosario despertó rojo y frío. El sol y Horacio habían salido.

             La puerta de su noveno piso estaba cerrada por dentro. Las cortinas en el  balcón bailaban instantáneas. El café y un cigarrillo a medio apagar humeaban en la mesita donde apenas comenzaba a dar el sol. La ausencia de Horacio aparecía en el dibujo que sus dientes habían estampado en la tostada y la mermelada reflejaba un poco de la luz aun prendida.

            Afuera, en el cuarto o quinto piso y también de cara al viento, una paloma jugaba a imitarlo, segura de poder frenar a tiempo. La mano derecha extendida adelante señalando el destino, la izquierda, floja y suelta, más arriba. Una pierna casi doblada. La otra, desordenada, terminaba en una media blanca seguida de cerca por una pantufla azul que había decidido no ir tan rápido.

            Desde ahí, el óxido en el techo del 126 y otras palomas reunidas en los cables del alumbrado. Todavía la escarcha en el parabrisas de un auto negro, estacionado, que humeaba imitando al café. La calle ancha y limpia, en la vereda impar los algodones del palo borracho, suaves contrastes de la dureza del mundo. Tres baldosas ausentes en diagonal formaban un perfecto ta-te-ti dispuesto a desarmarse con la mordida de Horacio.

            La portera, regando el piso, había decidido saber por ella misma cómo estaba el tiempo. No encontró nubes. Su cara de sueño se transformaba en susto mientras descubría a Horacio acercándose. De no ser por la situación, hubiera jurado que venía saludando. Entre un cartel de Frigor y otro de Coca Cola el chorro de la maguera, estático,  señalaba el lugar donde dibujarían los forenses. El piyama, rayado, allá en el cuarto o quinto piso, se perdía entre las sombras de la mañana. En primer plano: él y la paloma. Desenfocada: la pantufla.

       Ella y la ventana. Horacio, el sol, el cielo, el suelo.

 

Matías Magliano

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-