"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




15 de Mayo, 2011


ALFREDO D. CHERARA

Publicado en relatos el 15 de Mayo, 2011, 21:32 por MScalona

El pibe pata de palo

Por Donato Panzotti

Corresponsal Extranjero (Europa)

Les hago llegar mi última corresponsalía antes de pasar a la clandestinidad. He tomado la decisión indeclinable que al terminar de leer esta nota ya no me van a ubicar más. No me lo van a creer pero esta historia que les relato la conozco hace muchos años. Durante largo tiempo he pensado y repensado compartirla. He pasado mucho tiempo entretenido en la firme decisión de parirlo y en ese letargo he consumido mis reservas de habanos que mi amigo el guerrero Palacio me manda regularmente desde su mansión centroamericana. Pues bien, ha llegado el sublime momento de darla a luz en un parto aún forzado. Más que por aventurero –rasgo que tampoco es destacable en mi forma de vivir-, voy a dar los nombres porque ellos son más importantes que los hechos. Es cierto que esto ocurrió en la periferia de mi país, pero a veces el asombro tiene esa capacidad que siempre se intenta colmar y que como la utopía siempre esta un paso más allá.

Si bien es una historia común –como podría serlo cualquier otra de las tantas que escribí durante estos años de exilio de placer-, esta es sorprendente porque ese arquero soy yo. Si como lo leen, siempre fui un pata de palo, lo que sucede es que hasta que ese mal parido paparazzi que hizo posible la publicación de esta foto, siempre oculté este bochorno. Si hasta me han leído con el seudónimo de Cacho "liebre patagónica" Durlot. Y sí, ese era el nombre por el que fui galardonado con el premio Pool y Ser del gran diario matutino en el que durante años fui corresponsal estrella. Pero por fin voy a dar el gran salto –bah es una forma de decir-, ahora si que ya no me atan a esa forma cuasi perversa de guardar las formas.

Como les comento este equipo fue un boom de los torneos infantiles del barrio tablada en la zona más divertida de Rosario. Ahí entre tierra y pasto siempre me moví con la sutileza que el baquiano da a su territorio. Aún tengo presente como si fuera hoy ese olor a yuyo seco luego de una lluvia intensa y me duelen estas cicatrices en las rodillas –marcas de mis rivales más férreos que son los verdaderos verdugos capaces de seguir poniéndome palos entre las piernas, por mi increíble manejo de la pelota.

Y sí, era una época sin Blacberry ni HD en la tele, pero cuando regresábamos de patear –desmayado el sol en el horizonte-, esa taza de mate cocido hirviente con pan y manteca y azúcar era nuestro mejor Pettit Fours.

Bueno no los voy a demorar con más nostalgia. Paso rápidamente a describirles el espíritu de aquellos audaces niños que hoy son grandes prohombres. Y sí, que le vamos hacer, que se hagan cargo de sus glorias -acaban de confirmar mis informantes-, fueron ellos los que han acercado el dato exacto a la revista del corazón para la publicación de esta foto. Sí, peor aún; cuando mi asistente me acercó que el complot fue orquestado por el manco Cápac, el único que conservaba el negativo por despecho de amoríos posteriores. Había retenido en su vieja máquina Laika las fotos que siempre sacaba hasta transformarse en lo que es hoy, un fotógrafo farandulesco.

Lo que leerán no esta teñido por mis arrugas ya que es textual de aquellos años cuando en una de esas famosas escapadas nocturnas haciendo camotas asadas en la tierra, decidimos entre el turco Ali y el Pelusa que suscribe redactar estas semblanzas del equipito hoy famoso por la publicación. Bueno hasta ahora aguanté, pero a partir de este innecesario desnudo publicitario, no debe quedar más oculto.

Para que usted estimado lector no se pierda, entre paréntesis, doy la situación ocupacional que hoy esos integrantes tienen en la honorable sociedad.

Cherara (Gerente de recursos humanos): Es la figura del equipo, no tanto por sus condiciones técnicas sino por su espíritu deportivo, por su simpatía y sentido de la amistad, virtudes éstas que lo han erigido en auténtico caudillo dentro de sus compañeros, los cuales le consultan ante cualquier problema que se les presente. Es muy defensivo en su puesto. Tanto de alto como de bajo no lo pasa nadie. No tiene hobby, ya que vive pensando en el prójimo.

Yo (Periodista y escritor estrella aún exiliado): El gordito en primer plano. Lo llaman cariñosamente Messi. Hábil con ambas piernas. Su especialidad es tirar córners con pierna cambiada. Su hobby es coleccionar frases célebres, dentro de las cuales podemos citar "Corremos poco pero nos divertimos mucho" y "Para reírse en el equipo hay que hacer bromas con los compañeros o hablar en serio con el DT".

Per Pier (Destacado arquitecto y activista por los derechos gay): Es el jugador del equipo que más garra le falta, pero es un jugador muy dúctil ya que puede jugar en cualquier puesto. Le gusta llegar tocando. Sus compañeros lo llaman Carolina Herrera porque tiene perfume de mujer bonita. Su hobby más snob es tirar desodorante de ambiente dentro de la cancha.

Robiralta (Médico neurocirujano): Eminente deportólogo. Su primer contacto con la medicina lo tuvo a los trece años escamándose con una enfermera. A partir de ese momento su carrera fue meteórica. Escribió varios libros científicos entre los cuales se destaca "La influencia del chocolate en la mente de los jugadores" del cual se han vendido ya 13 libros. Es muy querido por los jugadores pero tiene cierta resistencia en el cuerpo técnico por su tendencia a provocar ausentismo. Por ejemplo por una gripe me dio seis meses porque notaba una cierta dificultad para poder caminar. Su hobby más destacado es coleccionar jeringas descartables

Rojaiju González (Coronel de gendarmería): Este juvenil elemento fue adquirido junto a otro de sus compañeros al Club Social y Deportivo "Yacaré erótico" de Curuzú Cuatiá en la suma de 200 patacones. Su característica más útil es que es un jugador que transpira la camiseta, el inconveniente radica en que tiene una sola camiseta. Su hobby es coleccionar fotos de la mona Jiménez.

Locatis (Destacado psicoanalista rosarino): De amplios conocimientos dentro del campo de la psicología. De fútbol no sabe nada pero sus compañeros tienen empatía con él. Escribió dos libros, que son mundialmente conocidos: "Mi vida sin boxer" y "Cómo pienso". Su hobby es asistir a talleres literarios de su ciudad natal y coleccionar biscochitos de grasa.

Josef (Político destacado en la comuna de Alvear): Muy celoso en la marcación pero a diferencia de rojaijú González le gusta mucho irse para arriba. Este jugador es nacido en España, en su tierra de infancia le gustaba mucho el deporte de los toros, su primera corrida la tuvo a los trece años al comer ciruelas verdes.

Los tres jugadores que faltan han sido desaparecidos.

De los otros, de los que quedamos intentando vivir, la mayoría no supieron triunfar en este deporte porque no han podido ser reemplazados dentro de los esquemas tácticos y estratégicos de los cuerpos técnicos, ya que eran jugadores importantísimos que jugaban con la cabeza y pensaban con los pies.

Bueno hasta acá les he acercado mi humana venganza. A esta altura de la lectura, ya es el último relato que conocerán. Ahora sí. Chiao. A rivederchi.

Alfredo Daniel Cherara

Rosario, mayo 2011

MATÍAS MAGLIANO

Publicado en relatos el 15 de Mayo, 2011, 21:22 por MScalona

Noveno piso, vereda par

 

Los Rolling Stone gritaban desde la mesita de luz: seis en punto de la mañana. Horacio, todavía dormido, comprobó con el pie izquierdo que el piso estaba frío. Se estremeció, recordó la alfombra que dejó de comprar y apoyó la mano izquierda en el umbral de la puerta. Con el pie derecho, de golpe y rápido comprendió lo duro que son los marcos, y de golpe y rápido se encontró despierto saltando en un pata agarrándose con las dos manos el otro pie y ¡la puta madre! mientras se sentaba otra vez en la cama. Increíble que el pie no haya reventado, seguro terminaría en hinchazón.

            Para la segunda oportunidad de abandonar la cama iba a estar mejor preparado. Se puso las medias blancas, las pantuflas azules y sintió que los dedos del pie derecho ya no le pertenecían. Sin lagañas y con dientes limpios miró la hora: había perdido quince minutos. Tendría que apurarse con el desayuno para no echar a perder el esfuerzo que implica levantarse tan temprano y tanto dolor de pie.

            Café negro bien cargado y una tostada con mermelada de naranja, daba lo mismo. Desde la cocina y a través del balcón, lo sorprendió la luz del octavo piso del edificio de enfrente. Buscando que la nueva renguera no tire café, arrastró las pantuflas hasta el balcón, donde estaban la mesita y el sillón listos para el espectáculo. Apoyó el café, la tostada y buscó los cigarrillos.

            En el octavo piso cruzando la calle, vereda impar, se veían los dibujos que el cuerpo había dejado en el sommier. Ella no estaba y Horacio, por el golpe, se había perdido la primera escena. De la cama al baño sin poder mirarla. Mañana voy a tener que poner el reloj un rato antes, pensó.

            Se sentó, mordió la tostada y sorbió el café, muy caliente todavía. Ahí estaba,  hermosa como siempre, salía del baño envuelta en la toalla y en poco más se convertiría en su mariposa. Ahora era momento del cigarrillo, lástima no haber terminado el desayuno un poco antes.

            Allá lejos parecía mirarlo. Algunas veces cerraba la cortina, pero otros días, desnuda bajo la toalla, se acercaba a la ventana, se sentaba en la cama y empezaba a ponerse crema. Desde los dedos del pie, una mano subía por la tibia y la otra por la pantorrilla, las piernas separadas para que la crema llegue a todos lados. Pasaban por la rodilla, subían lento por el muslo, desataban la toalla y los dedos iban directo a la panza. Esa era la parte que más le gustaba a Horacio, esas dos manos imitando a las embarazadas y a los chicos cuando tienen hambre, intercalando caricias en toda la superficie abdominal. Sin crema, con toda la mano agarraba el pote, lo agitaba, lo daba vuelta y apretaba con fuerza. Empezaba otra vez desde la panza y acariciándose los senos, primero uno y después el otro, seguía. La mano derecha en la teta izquierda masajeaba rodeando el pezón y la mano izquierda la imitaba con la derecha. Bastante seguido, se dejaba caer en la cama y las manos seguían el juego, rodeaban el pupo, masajeaban la pelvis y se asían fuerte a las caras interna de los muslos mientras el pulgar primero y el mayor después se encontraban con un clítoris casi visible desde tan lejos por Horacio, que para esa altura, ya tendría que volver a calentar el café si quisiera tomarlo. Esos días él la imitaba y cerrando los ojos la tenía al alcance de la mano, al lado suyo, él  y su hormigueo en la pieza de la vereda impar.

            Hace tres días, cuando lo miró, se puso furiosa y corrió desde el baño a cerrar la cortina. Claro, no iba a estar siempre dispuesta, pensó Horacio. Era natural que esos días elija la oscuridad de su cuarto. Fueron lunes, martes y miércoles de total desesperación. Esta mañana, al descubrir la luz prendida y la ventana abierta, se emocionó tanto que empezó a tocarse antes que vuelva del baño.

            Mordió la tostada, bebió café y prendió el Camel. La miró salir, dejar caer las toallas en la alfombra y sentarse en la cama. Un pie lejos del otro, un pote de crema y el ritual. Esta vez, en el momento en que dejaba la rodilla y subía, se corrió el pelo de la cara y lo miró. Una sonrisa desde el octavo y volvió a bajar la cabeza. Las manos empezaban el juego y el corazón de Horacio estaba a punto de estallar. Quince minutos hasta la siguiente mirada. Después, boca abajo en la cama y como cuerpo a tierra fue moviéndose hasta el otro lado. Así, hermosamente desnuda, se puso la bata sin cerrarla para que la siga mirando. Agarró el picaporte de la puerta y salió. Horacio dejó de entender y sentía tocarse, tocarla.

            Había dejado el café, la tostada y el cigarrillo en la mesita. Desconcertado se paró y se acercó al balcón para ver mejor. El dormitorio tenía el vacío de la luz prendida y él la esperaba en un regreso triunfal. Nada. La mano izquierda de Horacio seguía adentro del pantalón y con la derecha se había agarrado a la baranda. A lo lejos y abajo, la vio salir del edificio. En bata y antes de cruzar, levantó la cabeza sabiéndose mirada.

            La vista al frente, empezó a caminar lento y segura. La sigue, la mira, la imagina, el corazón por reventar. Pasa por el medio de la calle y Horacio se asoma un poco más para no perderla. Por fin había dejado su timidez y cruzaba a la vereda par.

            Cuando subió a la vereda, él tenía que hacer un esfuerzo para seguirla. Sacó la mano del pantalón y con las dos agarraba fuerte el caño. Estiraba más el cuello y todavía alcanzaba a verla. Otra vez levantó la cabeza y lo vio, medio cuerpo afuera. Desde abajo dejó caer un poco la bata mostrándole un hombro, esquivó a la portera que estaba regando y caminó. Horacio apoyó el pie izquierdo en el zócalo del balcón y la veía despacito entrando a su edificio. El pie derecho lo tenía en el aire, el cuerpo afuera, el cuello estirado, las manos aún más fuertes. Cuando casi la perdía de vista desesperó. El pie derecho subía al zócalo y el dolor volvía del recuerdo en el peor momento. Desde el pie hasta el alma. Ahora quizás, la pueda ver por última vez un poco más cerca.

El cielo céntrico de Rosario despertó rojo y frío. El sol y Horacio habían salido.

             La puerta de su noveno piso estaba cerrada por dentro. Las cortinas en el  balcón bailaban instantáneas. El café y un cigarrillo a medio apagar humeaban en la mesita donde apenas comenzaba a dar el sol. La ausencia de Horacio aparecía en el dibujo que sus dientes habían estampado en la tostada y la mermelada reflejaba un poco de la luz aun prendida.

            Afuera, en el cuarto o quinto piso y también de cara al viento, una paloma jugaba a imitarlo, segura de poder frenar a tiempo. La mano derecha extendida adelante señalando el destino, la izquierda, floja y suelta, más arriba. Una pierna casi doblada. La otra, desordenada, terminaba en una media blanca seguida de cerca por una pantufla azul que había decidido no ir tan rápido.

            Desde ahí, el óxido en el techo del 126 y otras palomas reunidas en los cables del alumbrado. Todavía la escarcha en el parabrisas de un auto negro, estacionado, que humeaba imitando al café. La calle ancha y limpia, en la vereda impar los algodones del palo borracho, suaves contrastes de la dureza del mundo. Tres baldosas ausentes en diagonal formaban un perfecto ta-te-ti dispuesto a desarmarse con la mordida de Horacio.

            La portera, regando el piso, había decidido saber por ella misma cómo estaba el tiempo. No encontró nubes. Su cara de sueño se transformaba en susto mientras descubría a Horacio acercándose. De no ser por la situación, hubiera jurado que venía saludando. Entre un cartel de Frigor y otro de Coca Cola el chorro de la maguera, estático,  señalaba el lugar donde dibujarían los forenses. El piyama, rayado, allá en el cuarto o quinto piso, se perdía entre las sombras de la mañana. En primer plano: él y la paloma. Desenfocada: la pantufla.

       Ella y la ventana. Horacio, el sol, el cielo, el suelo.

 

Matías Magliano

MARISOL BALTARE

Publicado en Aguafuerte el 15 de Mayo, 2011, 21:18 por MScalona

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Tengo los dedos mochos de digitar las apuestas de los crédulos que contribuyen con bienestar social. Pienso: si no salgo muy sensibilizada de la sesión terapéutica voy a visitar a mami.

Salgo y la voy a visitar.

Antes telefoneo para asegurarme que esté y para darle el breve espacio de dos cuadras de distancia así prepara el escenario en tiempo récord.

Mami? Desde el baño su voz somnolienta me responde que pase y me siente así me cuenta lo que le pasó. Me anticipa que es una cosa rarísima.

Si a la dormida que se pegó esperando el “bonus” el mes pasado le sumo la somnolencia de hoy calculo a grandes rasgos que tenemos lo justo y necesario como para pasar otros treinta días de desvelo.

Saboreo los mates mientras espero que avance el relato pero patina en una ficción poco meritoria para su innegable caudal creativo. Lo único concreto es el mareo que la sostiene desde que sale de su casa con rumbo a su segundo hogar, el City Center.

Bajo tal amenaza de probable desmayo creo que el momento de mayor tensión lo vivo cuando se silencia y mira fijamente la mesa… dudando si untar el pan con manteca o con queso. Saco un bon o bon de la cartera y para mayor sorpresa me lo acepta, ella que no es amante de los dulces.

La narrativa que traducen sus labios me mantiene estática esperando el derrumbamiento que corone el mareo inicial pero no hay desmayo ni elemento misterioso. Por consideración no le pregunto donde ubica la cosa rarísima. Porque estimo que ese vaivén fue sobre el que cimentó la mala suerte de haber perdido los mil pesos que ganó el día anterior. ¡¿Mil?! Diez billetes de cien me dice… como si dijera cuatro de cinco.

El dinero (jugado y ganado) adquiere otro valor dentro de los cercos lúdicos.

Por lo general las cuantiosas sumas apostadas se excusan  en la necesidad económica y las estadísticas muestran que las agencias con mayor recaudación son las periféricas.

El jugador compulsivo no apuesta para ganar dinero.

Como niño ansioso se juega la frustración de una vida adulta. Y se frustra. Y se aniña. Responsabiliza a cualquier agente externo de sus propios excesos porque necesita convencerse que no perdió el control.

El adulto cuando juega recrea su niñez y se estaciona en una atemporalidad que lo abstrae. Recurre al pensamiento mágico para hacer un análisis crítico de las posibilidades con que cuenta para convertirse en un “winner” aunque reconoce por lo bajo y en tono socarrón que “de enero a enero la plata es del banquero” y que “el que juega por necesidad pierde por obligación”. ¿Necesidad… de qué?

Hubo una época en que el gobierno se redimía con las amas de casa otorgándoles mensualmente una suma proporcional a la canasta familiar mediante bonos llamados “lecops” con los cuales sólo se podía adquirir alimentos de primera necesidad, sin embargo las alacenas de los quinieleros nunca estuvieron tan abarrotadas como en aquel tiempo.

El jugador atribuye su mala fortuna al destino o a manos negras que cargan con predilección el bolillero y difícilmente se permitan razonar que de existir tales presencias ensombrecerían una inclinación mayoritaria sin entorpecer la dicha individual. Aunque… creer o reventar. En la década del ochenta la lotería de Tucumán se declaró en bancarrota para salir airosa de la fraudulenta tendencia hacia algunos sectores políticos.

“El jugar compulsivamente es perjudicial para la salud” estipula la ley 12991 y esta declaración obligatoriamente exhibida en los locales que comercializan juegos de azar pasa necesariamente inadvertida por los ludópatas.

 Creo que existe una entidad sin fines de lucro que atiende esta cuestión pero si le doy a mi madre el teléfono se jugará el número.

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                     MARISOL  BALTARE

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-