"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




25 de Febrero, 2011


RICHARD FORD

Publicado en De Otros. el 25 de Febrero, 2011, 16:50 por MScalona

Privacidad

         Ese era un tiempo en el que mi matrimonio era todavía feliz.

         Estábamos viviendo en una gran ciudad en el noroeste. Era invierno. Febrero. El mes más frío. Yo estaba, por supuesto, todavía tratando de escribir, y mi mujer estaba trabajando como traductora para una pequeña compañía editora, especializada en trabajos científicos checos. Habíamos estado casados por diez años y todavía disfrutábamos de esa extraña, estimulante ilusión de que habíamos sobrevivido a lo peor de las penurias de la vida.

         El departamento que alquilábamos estaba en el viejo sector de fábricas del extremo sur de la ciudad, y el espacio que disponíamos era sólo una habitación grande y vacía, con altas ventanas al frente y fondo, y casi sin luz eléctrica. La luz natural era todo. Ahí había vivido un famoso director de teatro de vanguardia y había presentado sus trabajos incisivos y nihilistas allí, así que todas las paredes estaban pintadas de negro, y a lo largo de una todavía quedaba una hilera de asientos rebatibles para sus audiencias inconformistas. Nuestra cama –de mi mujer y mía- estaba en un ángulo oscuro donde había algunos tramos de los altos y negros telones de lienzo para nuestra privacidad. Aunque, por supuesto, no había necesidad de privacidad entre nosotros.

         Cada noche, cuando mi mujer volvía del trabajo, salíamos a las calles frías y brillantes y buscábamos un restaurante para cenar. Más tarde íbamos a un bar por alrededor de una hora, a tomar café o brandy, y hablar intensamente acerca de las traducciones en las que trabajaba mi mujer, aunque nunca (felizmente) acerca del trabajo en el que yo estaba fracasando.

         Nuestro deseo era, no es necesario decirlo, estar fuera del departamento tanto como pudiéramos. Ya que, no sólo casi no había luz, sino que cada tarde a las siete el dueño del edificio apagaba la calefacción y, para las diez, en nuestro piso, el más alto, hacía demasiado frío para estar en otro lado que en la cama, bajo muchísimas frazadas, incapaces de movernos. Mi mujer, por esa época trabajaba muchas horas y siempre estaba cansada y, aunque a veces volvíamos a casa un poco borrachos y hacíamos el amor en la cama a oscuras bajo las frazadas, la mayoría de las veces ella caía derecho a la cama exhausta y estaba roncando antes de que yo pudiera acostarme a su lado.

         Y así pasó que en muchas noches de ese invierno, en la habitación fría, grande y casi vacía, yo me levantaba, a menudo bien despierto por el café fuerte que habíamos tomado. Y a menudo caminaba de ventana a ventana, mirando hacia la noche, hacia la calle desierta o hacia arriba, hacia el cielo fantasmal que ardía por las luces trémulas de los edificios de la ciudad, edificios que yo no podía ver. A menudo tenía una frazada o a veces dos sobre mis hombros, y usaba medias gruesas y pesadas que había guardado desde cuando era niño.

         Fue en una noche fría que –a través de las ventanas de atrás, ventanas que daban primero a un aire y luz y luego a un espacio donde había estado una fábrica de alambre, ahora demolida, y se veían edificios de la calle paralela a la nuestra –ví, dentro de un gran departamento alumbrado con luz amarillenta, la figura de una mujer desvistiéndose lentamente, aparentemente ignorando el mundo fuera de los vidrios de la ventana.

         Debido a la distancia no podía verla bien ni claramente, sólo podía ver que era baja y parecía delgada, con cabello oscuro recogido, una pequeña mujer en todo sentido. La luz amarilla de la habitación parecía brillar y hacía su piel bronceada y refulgente, y sus movimientos, vistos a través de la ventana, parecían estilizados y levemente irreales, como los movimientos de una silueta o de una película antigua.

         Yo, sin embargo, solo en la fría oscuridad, envuelto en frazadas que cubrían mi cabeza como un chal, con mi mujer durmiendo, ignorante, a unos pocos pasos, estaba atrapado por esa visión. Al principio me moví acercándome al vidrio de la ventana, tan cerca como para sentir el frío en las mejillas. Pero después, sentí que podía ser visto aún a tal distancia y me deslicé hacia atrás. Fui al rincón y apagué la pequeña lámpara que mi mujer tenía al lado de nuestra cama, para quedar totalmente escondido en la oscuridad. Y después de otros minutos fui hasta un cajón y encontré un par de binoculares de ópera de plata que el director de teatro había dejado, los llevé cerca de la ventana y miré a la mujer a través del espacio de oscuridad desde mi propio espacio de oscuridad.

         No sé todo lo que pensé. Indudablemente estaba excitado. Indudablemente, estaba estremecido por el secreto de mirar hacia la oscuridad. Indudablemente amaba lo verdaderamente ilícito de todo eso, de mi mujer durmiendo ahí cerca, sin saber lo que yo estaba haciendo. Es también posible que me gustara el frío que me rodeaba, tan completo como la noche misma, podría haber sentido que la visión de la mujer, que yo pensé sería joven y carente de cautela o discreción, me sostenía de alguna manera, me aislaba y hacía detener el mundo. La sensación era la de dos polos conectados por mi línea de visión. Estoy seguro ahora que todo eso tenía que ver con la amenaza de mi fracaso.

         Nada más pasó. Aunque, en las noches siguientes, permanecí despierto para mirar a la mujer, dejando a mi mujer dormir su fatiga. Cada noche, y por una semana, la mujer aparecía en su ventana y se desvestía lentamente en su habitación (una habitación que nunca traté de imaginar, aunque en la pared detrás de ella había algo que parecía al dibujo de un ciervo saltando). Una vez que se había despojado de sus ropas, exponiendo sus hombros huesudos y pechos pequeños y piernas delgadas y pancita modesta y redondeada, la mujer parecía buscar algo en la habitación, bajo la luz bronce, de ventana a ventana, actuando lo que me parecía una especie de lánguida danza ritual, o un esquema de movimientos probablemente teatrales, alzando y arqueando y extendiendo sus brazos, curvando su cuello mientras hacía que sus manos dibujaran gráciles gestos, que yo no entendía ni trataba de entender, capturado como estaba por su desnudez y por la visión ocasional de la oscura mata de pelo entre sus piernas. Era todo excitación y secreto y el sentimiento de lo ilícito y realmente nada más.

         Hice eso por una semana, como dije, y entonces paré. Simplemente, una noche, envuelto de nuevo en las frazadas, fui hacia la ventana con los binoculares de teatro, ví las luces a través del espacio vacío. Por un momento no ví a nadie y entonces sin una razón en particular, me volví a la cama con mi mujer, tibia y oliendo a brandy y a sudor y dormida bajo las frazadas, y me volví a dormir, sin pensar en mirar a través de la ventana de nuevo.

         Aunque una tarde una semana después de haber dejado de mirar por la ventana, dejé mi escritorio en un momento de frustración e inútil desesperación, me precipité casi como un autómata en la luz diurna invernal y hacia una hilera de negocios de moda donde los viejos edificios estaban siendo reciclados en negocios de moda y galerías de artistas exitosos. Caminé derecho hacia el río, atascado con grandes trozos de hielo gris. Caminé hacia el barrio de la Universidad, cerca del cual estaba mi mujer trabajando en su momento. Y entonces, como la luz del día iba desapareciendo, empecé a volver hacia mi calle, mi cara endurecida por el frío, mis hombros rígidos, mis manos sin guantes heladas y rojas. Al doblar para tomar una ruta más rápida hacia mi calle, me encontré pasando inesperadamente delante del edificio dentro del que había estado espiando. Algo hizo que lo supiera, aunque nunca, creo, había pasado por ahí, y menos aún, lo había visto a la luz del día. Y justo en ese momento, entrando por la alta puerta principal, estaba la mujer que había mirado esas noches e indudablemente había obtenido placer y secreto consuelo. Conocía su cara, naturalmente –pequeña, redondeada y, como había visto, impasible-. Y, para mi sorpresa, aunque no para mi desagrado, ella era vieja. Posiblemente, tenía setenta o más. Una china, vestida con pantalones negros y un tapado delgado y negro, dentro del cual tendría tanto frío como yo. Verdaderamente, debía estar congelándose. Llevaba unas bolsas plásticas con provisiones apretadas en los brazos. Cuando paré y la miré, se volvió y miró los escalones abajo hacia mí con una expresión que ahora puedo pensar que era indiferencia mezclada con una pequeñísima parte de reconocimiento de peligro. Después de todo, era vieja. Yo podía haber súbitamente sentido la necesidad de dañarla, y podría haberlo hecho fácilmente. Pero, por supuesto, no fue lo que pensé. Se volvió hacia la puerta y pareció apurarse a poner la llave en la cerradura. Me miró otra vez, mientras yo escuché el ruido del picaporte movido profundamente hacia atrás. No dije nada, ni siquiera miré de nuevo. No quería que ella supiera lo que había en mi mente: lo que hice y lo que no hice. Y entonces volví a caminar, sintiéndome extraño pero de ninguna manera traicionado, simplemente seguí mi camino calle abajo hacia mi habitación y mis propias puertas, mi vida estaba entrando, en ese momento, en su primer, largo ciclo de necesidad.

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                                                                                 Richard Ford

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                                                                                 Richard Ford

                                                                                                  Jakson (EE.UU), 1944

Del libro MULTITUD DE PECADOS, Ed. Anagrama. Primero fue publicado inédito en la revista THE NEW YORKER.-

                                                                               

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-