"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




22 de Febrero, 2011


MAURICE BLANCHOT: Escribir

Publicado en Ensayo el 22 de Febrero, 2011, 19:07 por MScalona

 

Francia, 1907-2003

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Escribir

 

            Escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación. Es entregarse al riesgo de la ausencia de tiempo donde reina el recomienzo eterno. Es pasar de Yo a El, de modo que lo que me ocurre no le ocurre a nadie, es anónimo porque me concierne, se repite con una dispersión infinita. Escribir es disponer el lenguaje bajo la fascinación, y por él, en él, permanecer en contacto con el medio absoluto, allí donde la cosa vuelve a ser imagen, donde la imagen, de alusión a una figura, se convierte en alusión a lo que es sin figura, y de forma dibujada sobre la ausencia, se convierte en la informe presencia de esa ausencia, la apertura opaca y vacía sobre lo que es, cuando ya no hay mundo, cuando todavía no hay mundo.

            ¿Y por qué esto? ¿Por qué escribir tendría algo que ver con esa soledad esencial cuya esencia es que en ella aparece la disimulación?

                                              Maurice Blanchot

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"El Espacio Literario" p. 30, Editora Nacional, Madrid, Bibliot. de Filosofía.

COPI

Publicado en De Otros. el 22 de Febrero, 2011, 18:48 por MScalona

La deificación de Jean-Remy de la Salle

 

 

 

 

 

            Hay en el sur de la Argentina una tribu nómada que cada año se mueve a lo largo de tres mil seiscientos cincuenta kilómetros, siguiendo siempre la misma ruta, como si sus componentes, que suman de tres a cuatrocientos individuos, obedecieran al movimiento de las agujas de un reloj. Esta tribu fue denominada por los conquistadores “los boludos” (los cojonazos) debido al tamaño de sus testículos, que los varones dejan asomar mediante dos agujeros practicados en sus ropas, tanto en invierno como en verano. Dichos testículos, que tienen fama de ser inmensos, suelen pintarlos de verde para llamar la atención de sus parejas durante sus numerosos coitos. Se les atribuye una libidinosidad no igualada por ninguna otra tribu nativa del continente. No forman parejas estables y carecen de toda idea de familia. Los niños, educados por la tribu en su conjunto, son iniciados en las actividades sexuales mucho antes de la pubertad, aunque sea difícil fijar un límite de edad preciso; numerosas son las mujeres que paren a los diez años, e incluso antes. Suelen traer al mundo invariablemente un par de gemelos de diferente sexo, aunque a veces pueden ser cuatrillizos, nunca un número impar. Existen, por lo tanto, en la tribu aproximadamente tantos varones como hembras. Se dice que los varones vienen al mundo dotados ya de un sexo adulto. Yo lo creo, porque he tenido ante mis ojos fotos de niños, una de ellas, en concreto, de un chiquillo de tres años, que exhibe un par de testículos verdes que le llegaban hasta los tobillos. Esta raza, que los jesuitas dudaron en calificar de humana y que planteó a Darwin numerosos enigmas aún no dilucidados, me parece mucho más interesante por otra razón: su forma de percibir el tiempo. Saben la hora que es casi al segundo, y esto desde que nacen hasta que mueren. Repiten la hora sin parar en su lengua, que está esencialmente compuesta de cifras. Decir la hora es para ellos tan natural como respirar, y la murmuran hasta mientras duermen. Su itinerario recubre cuatro zonas bien diferenciadas de la Argentina: las Pampas, al norte; la Cordillera de los Andes, al oeste; la Tierra del Fuego, al sur, y la Costa Atlántica, al este. Durante la primavera, bajan por los Andes, siguiendo la ruta de las más altas cimas y alimentándose de leche de vicuña y huevos de cóndor. El 21 de diciembre, primer día de verano en el hemisferio sur, pasan de la cordillera a la Patagonia, que cruzan en dirección oeste-este. Durante tres meses se nutren de perdices y ñandúes, así como de las fresas diminutas que encuentran en su camino, y que el año anterior han dejado plantadas sobre boñigas de ñandú. A estas fresas se les otorga todo tipo de virtudes medicinales, aunque pueden resultar mortales para los occidentales, acostumbrados a las vacunas y a la penicilina. El 21 de marzo de cada año, primer día del otoño austral, llegan a las costas del Atlántico. Suben por la playa patagona, de tres kilómetros de largo, arrostrando los gélidos vientos de la zona, para cazar tiburones con ayuda de arpones de hierro y cuerdas de cuero, pero sin aventurarse en el mar. Desconocen la navegación, pero esto no obsta para que logren herir mortalmente incluso a las ballenas; los numerosos esqueletos de cetáceos que siembran su ruta son buenos testigos de ello. A pesar de esta actividad colosal, aún encuentran tiempo para avanzar diez kilómetros al día; las mujeres ayudan a caminar a niños y viejos, mientras los hombres se dedican a la caza y a la pesca.

            Devoran a los animales crudos, sin dejar de caminar, ya que si bien conocen el fuego por los volcanes y el rayo, jamás han pensado servirse de él. Su actividad sobrehumana les permite mantener su temperatura entre cuarenta y cinco y cuarenta y ocho grados, sin sentir la menor sensación de fiebre. Jamás sienten frío; y si se adornan con pieles de tiburón y plumas de cóndor es por coquetería, y tan sólo lo hacen los hombres. Las mujeres no van vestidas, y llevan sólo vejigas de ñandú infladas, teñidas de naranja, sobre la cabeza, a modo de turbantes de mandarín. El 21 de junio dejan la Costa Atlántica, para cruzar las Pampas de este a oeste, alimentándose de termitas y de miel, para llegar el 21 de septiembre, al anochecer, al pie de los Andes, donde habían acampado la misma noche del año anterior.

            En lugar de acostarse para dormir, los adultos se colocan de pie en círculos concéntricos; los varones en el círculo exterior, cogidos de la mano; las mujeres en el círculo interior, cogidas de la cintura. Los viejos y los niños duermen amontonados en el centro de ambos círculos, son los únicos que se acuestan. La verdadera diferencia entre los “boludos” y cualquier otra sociedad humana, o incluso animal –señala Darwin- está en que no sueñan. Su obsesión por el tiempo se lo impide. O bien sueñan con el tiempo como tal, según instantáneamente va desplegándose en su cabeza. Su estado natural de conciencia excluye todo tipo de lenguaje articulado, ignoran las letras, habladas o escritas. Dicen la hora, los minutos y los segundos por medio de silbidos agudos, que recuerdan a las flautas de Altiplano, tan alejado de su territorio. Según los ordenadores de la Musical Foundation of New York, los “boludos” no conocen sólo siete notas musicales, sino infinitas. En lugar de dormir, los varones, con los ojos cerrados y sin soltarse de las manos, se mueven un paso a la izquierda cada minuto; mientras las mujeres, en el círculo inferior, dan un paso cada cinco minutos. Resulta así que cada hombre y cada mujer se encuentran situados en el mismo eje cada sesenta y cinco minutos. Y, cada vez que la misma pareja se reencuentra en el mismo eje de minuto o de seis horas, intercambia su lugar (hay que notar que, en su trayectoria anual, siguen el sentido inverso al de las agujas del reloj). En el momento de salir el sol, todos los varones se encuentran en el círculo interior y todas las mujeres en el exterior, sin que el trazado de su movimiento haya variado ni un centímetro.

            Se puede llegar a suponer que los niños y los viejos, que permanecen toda la noche en el centro de ambos círculos, durmiendo apilados unos sobre otros, sin dejar de cantar todos a coro los segundos, deben soñar en algo. ¿Pero en qué? Desde Jung, son millares los psiquiatras que se han preocupado por desentrañar el misterio del sueño de los “boludos”. ¿Se puede soñar cuando no se tiene inconsciente? Y si no tienen inconsciente ¿de dónde les viene la memoria, una memoria ancestral que los lleva a recorrer el mismo itinerario todos los años, desde hace milenios? Según el filósofo canadiense Marshall McLuhan, los “boludos” inventaron el tiempo a la vez que la rueda, que se compenetran e identifican en su movimiento inverso, como elementos masculino y femenino respectivamente, en los sueños de todos los humanos. Los “boludos” representarían por tanto a nuestros propios sueños, al velar en lugar nuestro. Ciertos astrólogos pretenden que Nostradamus, cuando habla de “un par de bolas verdes que son los péndulos del tiempo que sobrevivirán al tiempo de los hombres, cuyos sueños todos serán estrangulados por ellas”, hace en realidad referencia a los “boludos”, entre quienes el profeta francés anuncia el triunfo de los relojes blandos sobre las implacables esferas de la inquisición de su época. Es mucho lo que se ha escrito sobre ellos, pero todas las versiones están plagadas de fantasías. Debo señalar, sin embargo, un video grabado por Jean-Rémy de la Salle, joven realizador que se aventuró por la Patagonia, a pesar de la guerra que el gobierno argentino había declarado por estas fechas a la marina inglesa en las islas Malvinas, y las consiguientes dificultades de transporte. A su llegada, los “boludos” ignoraban todo lo referente a esta guerra. Seguían adelante con su trayectoria de siempre, desafiando tanto a los obuses de las playas como al hombre de las campiñas. Jean Rémy de la Salle se asombró de que los militares en el poder y la población en su conjunto permitieran a los “boludos” continuar con su vida nómada y desfasada, que además no respetaba ni las propiedades públicas ni las privadas, pertenecientes estas últimas sin excepción alguna a la oligarquía estanciera.

            No hay noticia, sin embargo, de que hagan regalos a los indígenas. Pero todo el mundo les tiene miedo a los “boludos”. Cuentan que, cuando miran fijamente a los ojos de alguien, éste se queda petrificado para siempre. En su camino pueden verse innumeras estatuas de lava, que representan a seres humanos y animales con expresión de espanto, y a los que se supone fruto de las artes de brujería de los “boludos”, más que de sus capacidades artísticas, las cuales desconocen o pretenden ignorar.

            Sin duda recuerdan ustedes al joven Jean-Rémy de la Salle, cuya brutal desaparición sumió recientemente a todo el mundo en la consternación. Yo debía formar parte del equipo que la revista Actuel pensaba enviar a la Patagonia, para hacer un reportaje de diez páginas sobre la tribu. La víspera de la partida, estalla la guerra de las Malvinas. La revista archiva su proyecto en un cajón. Pero Jean-Rémy decide partir por su cuenta y riesgo, de tan entusiasmado como está por el proyecto. El desenlace es suficientemente conocido. Los casetes de video que las televisiones del mundo tuvieron ocasión de pasar, fueron encontradas en la moto de Jean-Rémy, envueltas en sus blue-jeans. La moto había sido detectada por helicóptero del Ejército de Salvación Internacional sobre uno de los más elevados picos de la Cordillera de los Andes, a menos de un centenar de metros del espeluznante cráter del volcán Aconcagua. Su diario se creía perdido, pero fue encontrado en posesión de la tribu de los “boludos”, que lo utilizaban como libro de oraciones. Dicho diario me fue remitido hace una semana por el Ejército de Salvación, por haber escrito Jean-Rémy en él mi dirección. Todo el mundo recuerda las imágenes atroces rodadas por los mismos “boludos”, del martirio de Jean-Rémy, arrojado vivo al pozo de lava ardiente del Aconcagua. Los extractos del diario que copio a continuación arrojarán un poco de luz sobre los hechos: “Querido diario: desde el momento en que vieron mi enorme moto, me tomaron por un dios. Me piden que dé vueltas en círculo en torno del grupo que forma la tribu, mientras avanzan por las Pampas, ya que eso ahuyenta a los mosquitos y a las grandes serpientes. Creo que he encontrado la vida en la que soñaba, querido diario”. Siguen varias páginas donde se describen paisajes de amplios horizontes, que cambian sin cesar. Pasará dos años entre los “boludos”, manteniendo siempre excelentes relaciones. Las mujeres y los viejos transportan de buena gana los bidones de ginebra y de gasolina, para subvenir a las necesidades de la moto y de él mismo, a lo largo de centenares de kilómetros. Aparentemente, no mantiene relaciones sexuales con ninguno de los miembros de la tribu. Pero les enseña a manejar el video. Deja de escribir su diario durante todo un año, y reemprende su escritura una semana antes de su muerte, el mismo día que los “boludos” eligen para efectuar su ascenso al Aconcagua. Llevan a hombros la moto de Jean-Rémy, con él subido en ella.

            “Un año bisiesto, escribe, de cada cuatro, los boludos suben al Aconcagua, durante un solo día, y eso será la semana que viene. Es el año de mi deificación”. Estas breves frases liberan totalmente de culpa a los “boludos”. Jean-Rémy de la Salle, poseído por Dios sabe qué delirio místico, persuadió a los indígenas a arrojarlo al volcán para rodar su propia muerte. Varios pasajes escritos durante la ascensión al Aconcagua, realizada en sólo una semana, dan fe de ello: “Les he enseñado a manejar la cámara. Yo soy el único actor. Soy su Dios”. Es algo confuso, pero cuyo sentido no se le escapa a nadie: Jean-Rémy inculcó a los “boludos” el arte de la cinematografía, sabiendo que él sería su primera víctima. He aquí la última frase de su diario: “En el instante mismo en que sea precipitado a las entrañas de la tierra, entraré en la eternidad de su memoria”. No podía expresarlo mejor.

            Después de su sacrificio, los “boludos” han abreviado su viaje anual: dan vueltas en fila india en torno del volcán, sin que nadie se explique el porqué. El último testimonio escrito que aquí copio está firmado por el padre Cabezón de las Calzas, obispo de la parroquia de Nuestra Señora del Aconcagua, una iglesia de tierra apisonada, situada en las laderas del volcán, y es una carta dirigida al Papa. Hela aquí: “En cuanto a la canonización de Jean-Rémy de la Salle, los católicos de varias provincias de los alrededores me la exigen sin cesar. Mi pequeña parroquia se ha convertido en lugar de peregrinación para millares de turistas que llegan en helicóptero. Se toman fotos con los “boludos” y arrojan monedas a la boca del volcán. Lo que me inquieta, Santísimo Padre, es que la mayor parte de ellos son adeptos del Diablo, a quien imaginan habitando en el interior del volcán. He podido impedir ya un sacrificio humano, aunque no puedo impedirles que arrojen a la lava ardiente carneros, e incluso pumas, ya que se trata de animales sin alma. He podido constatar ya varios milagros, Santísimo Padre, que prefiero relatarle en esta carta, aunque sin duda alguna habrá podido leerlos usted ya en los periódicos: los “boludos” levitan hasta diez metros por encima de nuestras cabezas, sin dejar de dar vueltas en torno del volcán. Se diría que caminan por el aire, y con bastante rapidez.

            “Segundo milagro: esta mañana, la lava ardiente se ha transformado en leche hirviendo. Esta leche huele igual que la leche de cabra. Los turistas comienzan a huir del lugar, temiendo una venganza de la Tierra. Yo espero sus instrucciones, Santo Padre. ¿Debo concederles bulas, como me exigen?”. El desenlace es bien conocido: la formidable erupción del Aconcagua, que convirtió uno de los valles más fértiles del mundo en un puro desierto de piedra pómez. Fueron los sacerdotes incas los que (mucho antes de la llegada de los conquistadores) dieron a la Patagonia su nombre, que quiere decir “lugar donde el dios rubio pondrá sus pies antes de su agonía”. No es de extrañar que el pobre Jean-Rémy fuera tomado por el dios rubio en cuestión. Varios periódicos sensacionalistas del Cono Sur pretenden que los “boludos” volaron al cielo la víspera de la gran erupción, y que han sido vistos durante la noche dando vueltas a la luna. Yo no me creo nada; no hay fotos de satélite que lo demuestren. Parece cierto que esta tribu, formada por unos trescientos o cuatrocientos individuos desde tiempo inmemorial, fue exterminada la noche antes de la erupción del volcán. Jean-Rémy de la Salle habrá sido, pues, un dios violento, pero efímero.

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COPI, civilmente llamado RAÚL BOTANA

nació en Argentina 1939 y murió en París, 1987.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-