"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Enero, 2011


FABIÁN CASAS: entrevista.-

Publicado en Ensayo el 16 de Enero, 2011, 16:40 por Ariel Zappa

El arte de escuchar la musiquita de las palabras


Es narrador y poeta. Asegura que escribe "cosas chiquitas" porque carece de imaginación, pero que las pule hasta dejar lo esencial, hasta que su propia voz deja de ser reconocible en el texto. 
 

Cuando comenzó a leer "Trece maneras de mirar a un cuervo", Fabián Casas era un tipo con lentes oscuros que leía un poema inédito en una sala atestada. Cuando terminó, él quizás era el mismo pero quienes lo escuchaban, quedaron en silenc

Luego aplaudieron, como para meter un poco de ruido, desorientados ante una voz extraña, con su propia densidad, su propia cadencia, que podía ser la de Casas aunque más que nada era la voz única de ese poema. Sucedió a fines de marzo del año pasado, en el Centro Cultural de España, durante el inicio del ciclo Poesía y música, donde Casas estuvo acompañado por el músico Ariel Minimal. "Trece maneras…" y un puñado de poemas fueron leídos directamente de las pruebas de imprenta que le habían entregado esa tarde. Es que su último libro, Horla City, estaba por salir a la calle. Ahí se reúne la poesía escrita desde fines de los ochenta hasta ahora: Tuca, El Salmón, Oda, El Spleen de Boedo y Horla City. Que una editorial de las características de Emecé (del grupo Planeta) publique poesía hasta entonces dispersa en ediciones independientes, se transformó en un pequeño suceso. Porque, en general, no es un género que trepe en el ránking de los más vendidos, aunque Horla City vendió tres mil ejemplares en dos meses. En 2010 también Eloísa Cartonera publicó un compilado de poemas de Casas, Boedo, con dibujos de Baltazar Vega, un chico de ocho años al que Casas le ha dedicado algún relato y varias tardes de juego en casa de su padre, Santiago Vega. A eso se sumó que su libro de relatos Los lemmings y su "novelita" (así la llama) Ocio se reeditaron por tercera vez en el sello Santiago Arcos. Ocio además se transformó en película, dirigida por Alejandro Lingenti y estrenada en noviembre durante la reapertura del Cine Cosmos.
En medio de tanto trajín editorial, Casas fue padre por primera vez de una nena, Ana. Como contracara, acaba de morir su amigo Ricardo Zelarayán. "Era para mí el único escritor argentino vivo con genio. Ahora es sólo el único escritor argentino genial que conocí, secreto a la fuerza, ya que escribe lo que se le canta y como se le canta", dice Casas. Y antes se fue otro amigo, Fogwill, uno de los que le ayudaron a escuchar "esa musiquita" que permite pulir un texto hasta que, sin perder sus marcas de origen, deja de pertenecer a un escritor para ser parte de un mundo donde la belleza importa más que el copyright.
 
–Dice la leyenda que descubriste la poesía durante un viaje.
–Cuando tenía unos 21 años me fui con amigos por toda Latinoamérica. En Salta vi las obras completas de Juan Gelman en una librería. Gelman no era muy difundido entonces. Volví al camping, conseguí vender unas botas náuticas que tenía y me compré ese libro. También leía Carlos Castaneda o Jack Kerouac, como muchos pibes de mi edad. Además venía de estudiar filosofía, de unas lecturas muy racionales que colapsaban frente a esto otro que te digo. Cuando volví de ese viaje, decidí escribir poesía. Pregunté en una librería qué se estaba escribiendo y me dieron Alambres, de Néstor Perlongher. Y yo dije "siamo fuori, esto no lo entiendo". Igual, Perlongher me parece un crack. Después encontré el libro Señales de una causa personal, de Joaquín Giannuzzi. Yo quiero parecerme a este flaco, me dije, a la visión del mundo que tiene. Y escribí Tuca, que se publicó en 1990. Luego escribí con los poetas de la revista 18 Whiskys, que me decían si los textos estaban bien o mal. Fue bueno. Porque la escritura es algo colectivo, no individual. Mucha gente no soporta que le digan que lo que escribe no está bueno pero para mí fue central. Por ejemplo, de los 80 poemas iniciales de Tuca, publiqué 15. Finalmente conocí a Gelman. Él me puso en contacto con José Luis Mangieri, que se transformó en mi editor y también en una de las personas más importantes de mi vida. Es como un padre para mí, a quien le dediqué algunos poemas, como "El soldador". 
–¿Reescribís muchas veces un mismo poema?
–A veces sí. Cuando comenzás a trabajar realmente, ya no importa tanto la emoción original sino lo que el poema tiene para decir. Escribí "Paso a nivel en Chacarita" un día que veníamos con mi hermano en un auto, luego de llevarle flores al cementerio a mi vieja. Yo estaba hecho mierda y escribí una parrafada. Sólo quedaron nueve versos que dicen: "Los chicos ponen monedas en las vías,/ miran pasar el tren que lleva gente / hacia algún lado./ Entonces corren y sacan las monedas / alisadas por las ruedas y el acero; / se ríen, ponen más / sobre las mismas vías / y esperan el paso del próximo tren./ Bueno, eso es todo." Es difícil pero necesario escuchar el poema, dejar que te diga lo que quiere hacer. Cuando vos construís un avión, si le ponés un poquito de más de pintura, se viene abajo. Un relato soporta caídas de aire o presión, una novela también. Pero el poema no. Es un ejercicio de precisión. Es importante vaciar las palabras de contenido para que vuelvan a funcionar. 
–En los primeros libros importaba mucho el remate. En los últimos poemas, no.
–Es que me parece que un escritor tiene que trabajar contra su habilidad. Cuando trabajás como periodista, te regodeás en tu habilidad, porque el oficio es lo que te salva. Pero cuando trabajo como escritor, trabajo en contra de mi habilidad. Que lo que escriba escape a mi control, entre en estado de riesgo, de incertidumbre, que me dé vergüenza, que sienta como si tuviese una piedra en el zapato. Cuando siento que es mi voz la que sale, prefiero borrarla. Busco una voz extraña, que no sea la mía. 
–Sin embargo, tu escritura indaga en tus propios recuerdos de una manera muy abierta.
–Sí, pero la escritura siempre es una construcción separada de lo que pasó. Yo construyo personajes con retazos de distintos tipos que he conocido, no de personas totalmente reales, porque si no, el personaje se come el relato. Trato de escribir como lo recuerdo y que el relato o los personajes me digan cosas que no esperaba. No tengo un plan a priori. Parto de una voz, de una música que escucho. En el caso de Ocio yo sabía que tenía una pulsión por escribir un relato de toda mi vida adolescente, la etapa de la muerte de mi mamá a la juventud. Un día mi padrino estaba hablando en el patio con mi tía y le dijo: "son las seis de la tarde y ya se pone oscuro".  Ahí encontré el hilo de la musiquita. Así empieza Ocio. Ya sé que me dicen que escribo siempre sobre lo mismo. Va variando la manera pero siempre es sobre mi primo que creyó en las luchas generacionales de los "70, de mi papá, de Boedo, de mis amigos, de la muerte. Y bueno, no soy un escritor que pueda escribir sobre la Tierra Media, como Tolkien. No tengo imaginación para eso. Escribo con muy pocas cositas, las doy vuelta, les voy sacando agua.
–Cuando recibiste el premio Anna Seghers dijiste que todas las personas somos narraciones de la vida, que simplemente hay que ponerse en estado de atención para oírlas. 
–Hay que detener el diálogo interno, todo eso que uno va rumiando con uno mismo, que es como una heladera que anda todo el día y se recalienta. Porque entonces entrás en estado de disponibilidad y empezás a escuchar a la gente y te das cuenta de que todos están diciendo el sermón de la montaña. Una cosa que dice el mozo, un compañero de laburo, el zapatero de la esquina. ¿Viste que nuestra vida es un cliché, un estereotipo demoledor? Bueno, cuando lo interrumpís con la lectura de un poema, con una persona que te conmueve o una conversación que escuchaste y que te llama la atención podés llegar a un estado de extrañamiento, de temor, pero también de libertad. Yo puedo tomar cosas de todos los segmentos, cruzarlas y ver qué pasa. También está bueno tener ese pensamiento paradójico. Lo aprendí en un viaje por Vietnam. El pensamiento oriental soporta la paradoja. Nosotros no; es esto o lo otro, blanco o negro. La paradoja significa tensionar las dos cosas sin verme obligado a definir y eso es lo que me gusta. La definición como concepto es capitalista. El arte no tiene por qué decir esto sí, esto no, esto es bueno, esto es malo. El arte tiene que poner en estado de pregunta todas las cosas. 
–"Trece maneras de mirar un cuervo" es un texto mestizo, con estructura de poema y resonancias de prosa. Además de provocar inquietud por eso, lo hace por el personaje central, que no se sabe si se está apagando o está por conseguir su punto máximo de fulgor. Cuando hablás del arte, ¿te referís a esa tensión, a esa inquietud?
–Puede ser. A mí no me gusta mucho ni el héroe ni el antihéroe como materia para escribir. Me gustan las personas reales. Quiero que mis personajes no sean íconos, arquetipos, sino gente a la que le pasan cosas, que ganan y pierden. Con Viggo Mortensen hablamos mucho de estas cosas y de esas charlas surgió el poema del que hablás. Él me pregunta por Boedo, por San Lorenzo, por mi papá. Y también mi papá me habla de sí. No sé si es verdad lo que me contó pero con pedazos de su vida armé el poema. De fondo está otro poema, de Wallace Stevens, "Trece maneras de mirar un mirlo".
–¿Te fijaste en que muchas mujeres leen tus textos, a pesar de que están poblados casi exclusivamente de varones?
–Eso de que en mis textos sólo hay tipos, habría que verlo. Aparecen muchas mujeres, que fueron importantes en distintos momentos de mi vida, desde la época en que era un sex symbol con mi melena de rulos, hasta ahora, que soy un "ex symbol", cuarentón y pelado. Y de lo otro, sí ¿viste? Hace tiempo estuve cantando con los chicos de Él mató a un policía motorizado, y terminé de cantar un tema que se llama "Mi próximo movimiento". Cuando salí de ahí, había un montón de chicas con los libros para que se los firmara. Y me parece raro, porque bueno, sí, mi literatura es muy masculina. Una vez le pregunté a Felicitas, la productora de Ocio, por qué le gustaba lo que escribo. Y me dijo: "Porque me resulta interesante conocer el universo de los hombres." No quiere decir que sea así en todos los casos. 
–Además, ahora tenés una hijita.
–Y sí. Hay una paternidad ideal y una real. La ideal es "Estamos felices porque tenemos un hijo." La real es, bueno, a veces estás feliz, a veces estás angustiado, a veces te querés matar. Pero cuando tu hijo o tu hija te empieza a enseñar, a contarte lo que necesita, a ponerte en estado de escucha, te liberás de toda tu estupidez. Al fin, Quique Fogwill tenía razón cuando me decía que tenía que tener un hijo. Cuando Guadalupe, mi mujer, quedó embarazada yo lo llamé, le conté y se puso a llorar. Después me llamaba todas las semanas para ver cómo iba el embarazo. Ni bien volvimos con Anita a casa, murió.
–¿Lo extrañás?
–Claro. Uno está construido por otras personas, por las personas que te ayudan. Con Quique tengo una cosa particular y es que su obra, que es grande, no le llega ni a los talones a él. Extraño su persona, su risa, su generosidad, su mal genio. Los libros están ahí, te trascienden o no, pero lo que importa es lo que sos como persona. No reivindico su inteligencia. La inteligencia es algo que puede tener cualquiera. Es un don. Reivindico su bondad. La bondad es algo que uno trabaja, que uno aprende a ser. Era conservador con algunas cosas pero a la vez era muy vital. O sea, tenía hijos pero los llevaba a pasear en una bolsa de compras. El texto que su hija Vera escribió en Radar es lo mejor sobre él que leí.
–Pensaba en un verso incluido en Tuca que dice: "Todo lo que se pudre forma una familia." ¿Qué cambió desde entonces?
–Ese es un verso súper punk. Lo escribí a los 24 años. Es un momento donde te cagás de risa de algunas cosas hasta que empezás a confrontarlas. Mi hija es una confrontación con mi mortalidad porque ella es mi contrarreloj. Todo su crecimiento también es la evidencia de que el tiempo pasa para mí. Está bueno reconocerte mortal y que eso no sea una catástrofe. 
–¿Y cómo mirás la relación con tus padres, ahora que has escrito sobre la muerte de tu madre, sobre las imposibilidades de tu padre y que, de alguna manera, estás al otro lado del mostrador, ya no sólo en el rol de hijo?
–A fines de los noventa participé de un programa de escritores en los Estados Unidos, en Iowa. Y un día soñé con lo que escribí en el poema "En el vidrio". Soñé que mi mamá estaba como Lázaro. Quizás Cristo estuvo mal cuando lo resucitó, porque es horrible quedar así, ni vivo ni muerto. Soñé que estábamos separados por un vidrio y ella escribió ahí algo, que yo digo en el poema que es el día y la hora en que va a resucitar. Después tuve mucha paz y no volví a soñar con mi mamá. La escritura es una forma de domesticar el dolor. Y mi papá es la literatura. Crecí al lado de una biblioteca inmensa que él había preparado para cuando yo pudiera leer. Después empecé a escribir sobre su vida. Ahora soy padre y él terminó de colonizarme. Soy mi viejo. Hasta uso piyamas y salgo a la calle con ellos, como hacía él, cosa que antes me daba vergüenza. <

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MARCELO BRITOS

Publicado en De Otros. el 16 de Enero, 2011, 9:37 por MScalona

Natación

 Por Marcelo Britos

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En lo más profundo, después de darse impulso con las piernas para volver al punto de partida, caía hacia abajo para luego emerger, tan sólo para ver durante pocos segundos el reflejo azul claro de la luz del exterior en la superficie, la luz del sol que rezumaba de las rendijas de la carpa y al estallar contra la pintura de la piscina proyectaba la ilusión de un zafiro. Debajo del agua había otro color, su cuerpo perdía la pesadez y el desgaste del cemento, el tiempo atorado, los minutos atropellando la tarde.

Cuando le sugirieron hacer ese ejercicio su mujer, el médico que ya no sonreía cuando le hablaba de su peso, de las contracturas que se ganaba frente al monitor , lo asumió con cierta desgana y fastidio.

La primera alarma fue un dolor insoportable en la rodilla que podía ser, seguramente, una rotura de ligamento, una lesión que jamás pudo confirmar. Quizá la resonancia magnética lo hubiera hecho, pero cuando lo encerraron en el resonador, todo su volumen dentro de un tubo estrecho, descubrió que también era claustrofóbico, y hubo que sacarle la mano del cuello del enfermero que no podía, por los nervios y por el apuro, retirar la camilla hacia fuera.

Mientras tanto, natación. Fue postergándolo hasta el límite y luego construyendo con vergüenza el camino, las calles desde su casa al club, espiar en las pequeñas ventanas de la carpa para asegurarse de que hubiera poca gente, o al menos un andarivel vacío. Llegaba al vestuario y no se quitaba la remera hasta el último momento en el que se dejaba caer por el borde hasta el agua tibia; siempre había mujeres jóvenes que dejaban sus oficinas del centro para contornear los cuerpos, muchachos que practicaban para rendir sus exámenes de educación física o de guardavidas. Muchas veces llegó hasta la puerta y al comprobar la pileta plagada, desistió. Volvía cruzando de regreso el pasillo helado del hall del club con el mentón sobre el pecho, como si desertara de una obligación inapelable, la mirada sombría y curiosa de los recepcionistas.

Disfrutó del natatorio cuando empezó a divisar ese nuevo color, el desliz suave por la superficie plateada. Lo llamaba ?el viaje?, porque imaginaba, como en el cuento de Cheever, que cada una de las piscinas de todos los clubes y los breves espejos de las terrazas de los edificios, seguían su sendero unos con otros, sin límites, un río urbano que comenzaba en el Parque Alem, en la promiscua tarde del mate y del sol sobre los árboles, continuaba en la sombra de un atardecer en el Club Atalaya, o en el calor sofocante del subsuelo del Círculo Obrero.

Ella iba los martes y los jueves. Ella, con los dientes un poco asomados desde su labio superior, el pelo que en la calle sería irreconocible sin el gorro de silicona, los pies frágiles, las piernas pálidas. Ella se llamaba María y algo más, acaso por escuchar el magreo del bañero, o de leer de lejos el carné recostado en la mesa de entrada. María a secas. Cabalgaba el borde de la piscina con una sonrisa extensa, un desfile sencillo para su observancia tímida y encubierta desde abajo de las conejeras, mientras fingía respirar hondo o descansar de las primeras brazadas. Los martes. Existía la posibilidad que fuera Martes y Jueves, el primero seguro porque había coincidido con él y había forzado otros encuentros. En uno de ellos había logrado bajar a un andarivel junto al de ella y allí pudo oír por primera vez un gemido dulce y breve que se le escapaba cuando levantaba la cabeza para tomar la bocanada de aire. No era agitación ni queja, sino un gemido deliberado. Se oía más firme y claro cuando nadaba pecho, y era suave y regocijante, como si recibiera en ese instante el pequeño impacto en la pelvis, o el calor de la boca en el cuello. Intentaba llegar antes que ella para no desfilar por el borde ante su mirada, si era el momento en el que estaba parada, con el nivel azul llegando a su cintura, acomodándose el bretel o respirando profundo antes de largarse.

El no elegía días fijos. Alternaba las tardes con las horas extras, coincidir su día de nado con la colonia del nene, que a veces también iba con los profesores a la pileta. También aprovechaba el horario del almuerzo con la ilusión de encontrarla, todos los andariveles desocupados, la conversación ineludible, el eco de sus voces resonando en la carpa.

Los martes, antes de que llegaran los niños de la colonia, una mujer de unos cincuenta años, con cicatrices aún rojizas que le cruzaban las rodillas hasta los tobillos, caminaba por uno de los andariveles hasta perder pie. Iba y venía mirando hacia el fondo cómo los dedos se apoyaban en el plano, las piernas resistiendo lentamente la presión del agua, en un esfuerzo imperceptible. Luego pasaba a la pileta más chica, en donde el agua solía estar siempre más caliente, como en un sauna. Allí estiraba hacia atrás las piernas para aflojar los músculos, siempre a una velocidad que de ser superada todo se rompería, se deshilacharían sus tendones, se derrumbarían su tronco y su mirada como las torres gemelas. Después llegaba el bullicio, el de su propio hijo que le gritaba mientras él intentaba completar dos piletas enteras sin detenerse agitado. Todos corrían y saltaban alrededor de la mujer que decidió llamarla Divina, por su parecido remoto a Divina Gloria , que insistía en estirarse lentamente, observando de reojo el atropello a sus flancos, las olas y la pobre espuma, la indiferencia de los encargados que sólo daban algún grito para que todos supieran que hacían su trabajo, mientras tomaban mates, escuchaban música, o simplemente dormitaban en los sillones de lona que se guardaban hasta el verano.

De los chicos de la colonia podía identificar sólo dos o tres que eran los que jugaban siempre con su hijo. Una nena de malla verde agua con los bucles retorcidos por la humedad, la hilera de dientes despareja y con huecos, con el andar nervioso y tenso de los niños cuando pasan por superficies resbalosas. Un nene morocho con pequeñas estrías debajo de los brazos, trepando el borde como si subiera el tramo final del Aconcagua. Lo llamaban todos por el apellido. Sabino. Nunca lo olvidaría. Sabino. Acaso su familia era vitalicia del club o lo conocían del Normal iba al grado de su hijo y repetían esa nominación rígida, desapegada, que suelen tener los vínculos de la escuela.

Los miércoles era el día más concurrido; él lo evitaba. Un hombre grande al que no necesitó inventar un nombre, porque con mucho respeto se le acercó una tarde en el vestuario, desnudo de la cintura para abajo, y se presentó como Angel, soy Angel y vengo los miércoles y los sábados. Después de esa presentación no podía evitar cierta incomodidad cuando lo encontraba en las duchas. Tendría unos sesenta años. Después de los estudiantes de educación física, era el mejor nadador. Estaba casi dos horas recorriendo el largo de la pileta, sin frenar siquiera una vez. Él llegaba y se iba y Angel continuaba nadando. También eso lo avergonzaba y quizá prefería no coincidir nunca con Ángel y con María, para que ella no lo admirara en contraste con su pobreza física, con ese esfuerzo inhumano y estúpido por llegar a completar doscientos cincuenta metros como si hubiera cruzado a nado el Atlántico hasta Africa.

Otro martes, también junto al andarivel de María, mientras emergía desde el fondo luego del impulso y disfrutaba otra vez de ese sendero azulado hacia la luz del final, pensó que si alteraba el orden de salida, si esperaba salir un segundo después que ella, siempre y cuando estuvieran del mismo lado, iba a ver por debajo del agua contra la pantalla clara, el cuerpo moviéndose suspendido, las plantas de los pies le gustaban los pies de María, eran adolescentes, cuidados, proporcionales y sus manos alejando hacia atrás ese segundo de pasado. Lo hizo. El resultado fue mejor de lo que esperaba y por eso desistió de repetirlo. Tuvo terror a que ella lo notara, a que en el medio del ejercicio se cambiara de andarivel y fuera notorio su estratagema. El hombre grande, libidinoso, el hombre degenerado que saltó de una novela de Nabokov para refrescarse en el natatorio del barrio, el abusador que dejaron solo en la piscina de la película de Todd Field. Había visto, detrás de los pies, el pequeño bulto de carne que rodeaba el elástico de la malla al final de las piernas, había visto el perineo y había comprendido que un color, sólo un color le impedía verlo todo. Mientras llegaba a uno de los extremos, sin poder quitarse de encima la imagen de la piel, imaginó la planta blanca y lisa de los pies de María entre sus dedos, todo lo que subía hasta su cintura al alcance de su caricia, y todo ese cuerpo dispuesto para él, ya sin la lycra, sin la mirada pública, sin el recinto frío e inabarcable. A la hora de salida se obligó a recorrer una vez más la pileta, hasta que pudo subir por la escalera sin nada que se notara por debajo de su short de baño.

Miércoles, final de la primavera. Aún caía una llovizna leve entre los árboles, agonía del diluvio que minutos antes había inundado calle Salta, regado de ramas las veredas. Un resabio del viento continuaba sacudiendo la carpa, las sogas que las sostenían restallaban contra el piso y el aire. Estaba desierto. Uno de los recepcionistas creía que habían cerrado la pileta por ese día, cuando la carpa temblaba y amenazaba con caerse, los focos que pendían de su estructura sumergiéndose y la electricidad haciendo temblar también a los nadadores. Entró igual. Era un piso brillante, quieto. Una puerta a otra dimensión, al centro de la tierra. Podía cruzar de andarivel, nadar en diagonal pasando por debajo de las sogas. Nadar sin el deber de llegar a ninguna parte, nadar sin el peso de la mirada de los demás, surcar el reflejo de ese pedazo del planeta sin tiempo y sin escalas, sin contar cuántas veces lo hiciera. Flotar con la mirada en el techo, quieto, sentir el ruido de la fuerza del viento, sentir la frescura agradable del agua. Minutos después, cuando ya no podía administrar esa paz nadaba como si estuviera la pileta llena, ocupando sólo un andarivel y cumpliendo la rutina que se había propuesto después de la última vez: veinte piletas, descansando sólo dos veces , llegó Divina y comenzó, como siempre, a caminar por el costado oeste de la piscina, arrastrando con la cintura una ola humilde y serena. Tenía ese día el cabello muy corto. No recordaba cómo era el pelo de Divina antes de esa decisión radical. Apenas un centímetro amarillento cubriendo la cabeza, mojado parecía el lomo de un perro revolcándose en los charcos.

Se encontraron en la pileta pequeña. Ella lo saludó mientras bajaba por la escalera, pie por pie, mano por mano. Hablaron del tiempo, no lo dijeron pero ambos creían compartir el placer de esa soledad que los escondía de la perfección de otros cuerpos, de la juventud.

Ibamos a Esquel, era de mañana. Habíamos dormido en un hotel para no viajar de noche. Manejaba mi marido. Yo iba adelante, cebándole mates, y la mayor atrás. Fue un segundo que él desvió la vista hacia abajo porque se le había caído yerba en la falda, mordió la banquina y el auto empezó a viborear. Quiso pegar un volantazo y fue peor. Volcamos a velocidad y nos estrellamos contra un poste de cemento, un poste que estaba allí porque sí. Mi marido falleció. La nena y yo quedamos allí inmóviles, al lado de él que estaba muerto.

No supo que decirle. Una mano en la de ella, que la sostenía de la escalera. Sonrió y siguió caminando por el agua caliente, como si él se hubiera ido.

Jueves. No solía ir ese día. Se revelaba como un misterio, podría encontrar personas que jamás hubiera imaginado, parientes muertos, actores de televisión. Hacía casi dos semanas que no iba. El verano se abalanzaba sobre la carpa, los exámenes de los institutos, el preludio de las vacaciones; entonces era mucho más difícil encontrar la pileta vacía. Los sábados bien temprano eran una opción, pero no lograba levantarse, vencer el cansancio apilado de toda la semana.

Tenía que ser ese jueves, porque el viernes, el último día que podía aprovechar, era el acto de la escuela y no podía dejar de ir. En cada uno de los actos de su hijo buscaba el lugar indicado para que lo viera. Arrastraba, desde pequeño, el pánico por levantar la vista en el escenario y sólo ver caras extrañas, saludos a los flancos, saludos que lo esquivaban para acabar en otra sonrisa.

Fue al club una hora antes de que saliera su hijo de la colonia, para luego regresar juntos. Entró a la carpa estremecida por el bullicio y los chapoteos de la colonia, y lo saludó con un guiño de ojos, mientras ajustaba sus antiparras y se disponía a saltar al agua. En ese instante cambió la luminosidad, fue un cambio de color y de olores que anunciaban un buen presagio. Sin esperarlo ya no importó el griterío, la música grotesca aturdiendo el suave sonido de las brazadas y de las zambullidas. Bajó y la vio a su lado. Él hubiera sospechado de que alguien cayera siempre en el andarivel contiguo al suyo, él habría adivinado esa intención de espiar por debajo de la superficie, pero esa vez fue todo casual, las piezas entrando donde encajaban. María esta vez tenía una malla entera y contrariando su primera impresión, le moldeaba mejor el cuerpo, la hacía más esbelta, la espalda simétrica y fotográfica. Le sonrió. Intentó responder con lo mismo, pero las comisuras de sus labios estaban fijas, pegadas al pómulo por una cinta de vergüenza. Ella le habló de lo fría que estaba el agua, de su desacuerdo con que apagaran la caldera a esa altura del año, que ese era el motivo por el cual había cambiado de traje de baño; recordaría siempre el gesto de sus manos recorriendo el bretel, mostrando la línea blanca de piel que había escapado del sol. Cuánto quedaba de tiempo hasta que quitaran la carpa y se llenara, todas las tardes, de madres sedentarias y adolescentes, cuánto le daba el juego después de avanzar hasta ese lugar, hasta esa estación en la que ya no podía retroceder, donde ya había palabras, nombres, saludos y conversaciones inevitables. La miró por el rabillo del ojo mientras acomodaba su gorro, extendía su brazo izquierdo y lo presionaba con el derecho sobre el codo para estirar los músculos de la espalda. Avanzó. Primero suave y recta por debajo, luego emergió con el revuelo sobre el espejo. Otra vez cambió algo en el ambiente, en la luz, en los sonidos. Algunos corrieron por los bordes hacia el vestuario de damas, que estaba más cerca de la puerta de salida. Dos de los profesores de la colonia corriendo, de espaldas a su visión, y a la altura de las cinturas podían verse dos pies horizontales, los dedos de dos pies pequeños alejándose con ellos. Los llantos. Subió la escalera desesperado y se encontró con el abrazo de su hijo. Aferrados y aturdidos ya no había nada alrededor: María, la piscina, la carpa, la música que continuaba sonando sin acompañar la escena , caminaron hasta la calle siguiendo las gotas de sangre, como Hansel y Gretel.

Había leído en una revista, en la sala de espera del dentista, un artículo sobre la obsesión de la gente por las fotografías. Lo recordaba mientras veía entrar al salón de actos la hilera amuchada de adultos, su suegra y sus cuñados, lo demás parientes de los niños que esperaban, ordenados en el patio, que les abrieran paso. Todos con cámaras fotográficas, aparatos de video con pantallas diminutas que mostraban lo mismo que él observaba, pero más colorido y más brillante, esas imágenes que se guardaban luego en cajas polvorientas para después hilar una pequeña vida feliz, para recurrir a ese archivo en el filo de una separación o de una muerte. En las fotos eso decía el artículo no podían verse los pensamientos, las angustias pasadas, la discusión que tuvieron horas antes en la casa, en el trabajo, en todos los días antes de ese acto de fin de año.

Los niños entraron en filas prolijas, riéndose, ajenos a las ceremonias, al peso variable que tenía esa alegría en la vida de los demás. Disparaban los flashes sobre los guardapolvos, pedían con gritos desaforados que los mirasen, que sonrieran, que hicieran una pose aunque ello significara romper la fila o atrasar el acto en esa tarde de calor insoportable, una tarde bochornosa apenas contrariada por el respiro de los ventiladores y las ventanas.

Subieron al escenario dos maestras, los delantales celestes y las piernas flacas y pálidas por debajo de ellos. No podían disimular, o no querían hacerlo, una alegría idiota e ingenua. Sus voces se multiplicaron por los parlantes. Abalos. Llegaron entonces los Abalos a la escalera diminuta del escenario para recibir junto a su hijo el diploma. Un hombre fornido, la camisa remangada hasta los codos, trabajo de fuerza, bolsas de porlan y regreso a casa en bicicleta; una mujer lenta, con un vestido caluroso y las piernas vencidas. Basino. Más ejecutivos. Ambos con trajes y maletines que quedaron junto al piano. El abrazo encima del escenario, todos el mismo abrazo, salvo un hombre que no recordaba el apellido, que quedó inmóvil junto a su mujer y la nena que se prendió del cuello de ella, alguien que quizá disfrutaba ver de lado las escenas inmaculadas y tiernas de su familia, o acaso un padre separado que no veía a su hija desde hacía tiempo y por recomendación del abogado tuvo que ir a la fiesta del grado. Parisi. Una pareja joven, ella rubia, con jeans no tan ajustados, tratando de revelar su juventud y su sobriedad al mismo tiempo, él con la bendita cámara en la mano, los dos emparedando al hijo que apenas podía sostener el diploma en el apretón. Sabino. Desde las sillas dispuestas en el salón las cabezas buscaban a las personas que debían subir por la escalera minúscula que ladeaba el escenario. Nadie de pie. La maestra con la lista y el micrófono insistía estentórea. Sabino. Otra maestra se acercó al oído de la primera, y todos podrían haber entendido y levantado el volumen del bullicio. Que en esa confusión la maestra -que después de la confidencia evidente decía con una sonrisa estrecha que Sabino había faltado porque estaba enfermo dijera otro apellido y subieran otro hombre y otra mujer, y otro niño recibiera el diploma y flashes y aplausos. Si todos fueran a ese club, si todos enviaran a sus hijos a esa colonia -miraba a su esposa y ella lo miraba a él, compungida y cómplice , Sabino hubiera tenido cara, color, una voz, y no ese silencio siniestro; hubiera tenido pies morenos, rellenos, volando entre los brazos de los profesores de la colonia, los profesores que no tuvieron tiempo de ver, entre mates y anécdotas, el golpe en el borde de la pileta y la caída pesada y seca en la superficie. Todos entonces estarían buscando una nueva colonia de vacaciones de verano para dejar el depósito vivo cada tarde hasta salir de sus trabajos, porque el club había cerrado hasta nuevo aviso, hasta sobrevivir al escándalo. Los profesores estaban buscando otro trabajo, Divina otra pileta para aprender a caminar y María para permanecer en la tierra el milagro de su movimiento, gemir antes de sumergirse, mostrar su carne blanca y aterida por debajo del agua.

Volvieron en el coche en silencio. Su hijo miraba por la ventanilla y contaba las personas que desfilaban por la vereda. Las clasificaba por sexo, por edad, por estado de ánimo. Hombre, niña, triste. Su mujer oía sin pensar una canción de otros años:

Sin darme cuenta voy cayendo en cruz, hacia el cenit, mis ojos ya no tienen mis pies, y el espiral que me habrá de llevar no es mejor, que todas esas vueltas que di.

Sintió una angustia que sólo traen las cosas viejas. No una nostalgia, no había en el nudo que le cerraba la garganta nada que lo pudiera conmover. Era una tristeza sólida e ineludible, un paso por una calle de casas abandonadas, devenidas en basurales, la habitación rancia de un hotel de Constitución, el atardecer del último día de Pascuas. Era la sentencia exacta de lo que ya no volvería a ver ni a tener.

Marcelo Britos es el último ganador del Premio Musto de Novela 2010,
con su obra "EMPALME", de la Edit. Mun. Rosario. 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-