"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




7 de Enero, 2011


el mejor cuento de mi verano...

Publicado en De Otros. el 7 de Enero, 2011, 8:33 por MScalona

El barco más audaz

            Era un día en que el rocío y la espuma del mar volaban y nubes negras presagiaban una lluvia traída desde el mar y sobre las montañas por un borrascoso viento de marzo.

            Pero un nítido rayo de argéntea luz marina que llegó desde el horizonte, donde el propio cielo era como plata resplandeciente, y allá lejos, en Estados Unidos, el volcánico y nevado pico del monte Hood se alzaba, alto, incorpóreo, separado de la tierra y, sin embargo, demasiado próximo, lo que constituía un presagio aún más seguro de lluvia, como si las montañas hubieran avanzado o estuviesen avanzando.

            En el parque de aquel puerto de mar, los gigantescos árboles se bamboleaban y de ellos los más altos eran las trágicas Siete Hermanas, constelación de siete nobles cedros rojos que durante siglos habían crecido allí, pero ahora agonizaban, agostados, con las copas desnudas, descortezadas, y las ramas muertas. (Agonizaban para no seguir viviendo cerca de la civilización y, sin embargo, -aunque todo el mundo había olvidado que recibían su nombre de las Pléyades y pensaba que se lo debían, por orgullo cívico, a las siete hijas de un carnicero que setenta años atrás, cuando la ciudad en desarrollo se llamaba Gaspool, habían bailado juntas en un escaparate-, nadie tuvo valor para cortarlos.)

            Las angélicas alas de gaviotas, que volaban en círculo por sobre la copa de los árboles, destacaban, muy blancas y resplandecientes, en el negro cielo. La nieve fresca caída la noche anterior cubría a lo lejos las faldas de las montañas canadienses, cuyas heladas cumbres, masas de picos tras agujas, atravesaban en zigzag el país hacia el Norte y hasta donde alcanzaba la vista, y, por encima de todo, un águila con porte de esquiador descendía en veloz e interminable caída mundo abajo.

            En el espejo –que reflejaba aquello y mucho más- de una vieja báscula, con la leyenda SU PESO Y SU DESTINO en torno a su frente, que se encontraba en el maletón, entre la parada final de trayecto del tranvía y un puesto de venta de hamburguesas, en aquel espejo situado abajo, junto a la orilla, poblada de juncos, del trecho de agua llamado Laguna Perdida, se veía acercarse a dos figuras vestidas con impermeables, un hombre y una muchacha hermosa y de expresión apasionada, destocados, extraordinariamente rubios los dos y cogidos de la mano, por lo que, de no haber sido por su parecido, como de hermanos, y porque el hombre, aunque caminaba con nerviosa rapidez juvenil, parecía ahora mayor que la muchacha, se los habría podido tomar por jóvenes amantes.

            El hombre –apuesto, alto pero fornido, muy bronceado y, al acercarse aún más, mucho mayor, evidentemente, que la muchacha y vestido con una de esas trincheras con cinturón preferidas por los oficiales de la marina mercante de cualquier país, pero sin la gorra correspondiente (además, la trinchera tenía mangas demasiado cortas, por lo que se le podía ver un tatuaje en la muñeca: al acercarse más, parecía un ancla, mientras que el impermeable de la muchacha era de una preciosa pana verde floresta)- hacía de vez en cuando un alto para contemplar la encantadora cara risueña de la muchacha y una o dos veces se detuvieron los dos a aspirar a bocanadas el salado y puro aire del mar y la montaña. Un niño les sonrió y ellos le devolvieron la sonrisa, pero era un niño ajeno: la pareja no iba acompañada.

            En la laguna nadaban cisnes salvajes y muchos patos también salvajes: ánades reales, levancos, clangüelas y cacareantes focas negras de picos tallados en marfil. Los pequeños levancos salían volando con frecuencia del agua y algunos de ellos revoloteaban como palomas entre los árboles más bajos. Bajo esos árboles que bordeaban la orilla, otros patos estaban mansamente posados en el talud, cubierto de césped, con los picos metidos en el plumaje alborotado por el viento. Los árboles más bajos eran manzanos y espinos, algunos de los cuales empezaban a florecer antes incluso de haberse cubierto de follaje, y sauces llorones, cuyas ramas dejaron caer, a su paso, gotas de la lluvia nocturna sobre las dos figuras.

            Un mergo de pecho rojo surcaba la laguna y los dos paseantes se quedaron contemplando aquella rápida y airada ave marina, con su orgullosa cresta desordenada, tal vez porque parecía muy sola sin su pareja. ¡Ah, cómo se equivocaban! Al mergo de pecho rojo se unió entonces su compañera y, con un súbito arranque ansarino e inmenso alboroto, las dos criaturas salvajes salieron volando para posarse en otra parte de la laguna y pareció –a saber por qué- que ese simple lance había hecho sentirse a aquellas dos buenas personas –pues buenas son casi todas las personas que se pasean por los parques- muy felices otra vez.

            Entonces vieron, un poco más allá, a un niño que, arrodillado en la orilla y contemplado por su padre, intentaba hacer navegar un barco de juguete en la laguna, pero el borrascoso viento de marzo no tardó en inclinar el pequeño yate hasta casi hacerlo zozobrar y el padre tiró de él con su palo curvado para recuperarlo y enderezárselo otra vez.

            Su peso y su destino.

            De repente el rostro de la muchacha, visto de cerca en el espejo de la báscula, pareció a punto de echarse a llorar; se desbrochó el botón más alto del impermeable para atusarse la bufanda y dejó al descubierto, colgada de una cadena áurea en torno a su cuello, una crucecita de oro. Ahora estaban parados junto a la báscula del malecón y –si exceptuamos a unos ancianos que daban de comer a los patos abajo y al padre y su hijo con el yate de juguete, todos los cuales estaban vueltos de espaldas- completamente solos, cuando un tranvía vacío, tras dar la vuelta a la diminuta plaza del final del trayecto, arrancó de repente hacia la ciudad y el hombre, que había estado intentando encender su pipa, abrazó a la muchacha, la besó tiernamente y después, con la cara pegada a su mejilla, la mantuvo por un momento estrechada contra sí.

            La pareja, tras haber bajado de nuevo hasta la laguna dando un rodeo, había pasado por delante del niño con el barco y su padre. Volvían a sonreír –o al menos lo intentaban, mientras comían sus hamburguesas- y seguían sonriendo cuando pasaron por delante de los finos juncos, donde un tordo alirrojo –que, como todas las aves por aquellos pagos, puede sentirse superior al hombre, por ser su propio agente de aduanas y poder cruzar la frontera agreste sin impedimento- hacía como que no sabía anidar.

            En el otro extremo de la Laguna Perdida, las dragonteas se adensaban y sus envainadas y encapuchadas hojas exhalaban su peculiar olor animal. Los dos amantes se acercaban al punto del bosque en que varios senderos avanzaban serpenteando entre los árboles. El parque, rodeado por el mar, era muy extenso y, como en muchos parques del Pacífico noroccidental, las autoridades habían tenido el acierto de preservar algunos trechos en su estado natural originario. De hecho, aunque su belleza probablemente no tuviera parangón, se parecía mucho a algunos parques norteamericanos –se habría podido pensar-, de no ser por la bandera del Reino Unido que galopaba eternamente junto a una caseta y por la aparición, en aquel momento, de una patrulla de la Policía Montada de Canadá que, espléndidamente montada sobre los mullidos asientos de un Chevrolet norteamericano, pasó, un poco más arriba, por el paseo de coches, cuidadosamente ajardinado, que, con sus túneles y rodeos, conducía hasta un puente colgante.

            Más cerca del bosque había jardines con arriates protegidos de campanillas de invierno y aquí y allá algunos azafranes de primavera que elevaban sus dulces cálices. El hombre y la muchacha parecían ahora absortos en sus pensamientos, afrontando los embates del viento, que hacía ondear la bufanda de la muchacha tras ella como un banderín y alborotaba el abundante pelo del hombre.

            Un altavoz, encamado en una furgoneta, rugía desde la ciudad de Enochvilleport, compuesta de rascacielos ruinosos, en diferentes niveles, unos con toda clase de chatarra en los tejados, incluso aviones descacharrados, mientras que otros eran edificios decrépitos de lonjas, nuevas cervecerías colmadas de luz verminosa incluso por la tarde y que parecían gigantescos servicios públicos para ambos sexos iluminados con luz esmeralda, construcciones que albergaban salones de té ingleses en los que podía decirte la buenaventura una pariente de Maximiliano de México, fábricas en forma de tótems, pañerías con la mejor mezclilla escocesa y fumaderos de opio en el sótano (aunque no bares, como si –igual que un horrendo libertino zarandeando por toda clase de innombrables vicios secretos- aquella ciudad sin alegría hubiera cacareado: “No, por ahí no paso”. “¿Qué sería, si no, de nuestros muchachos?”), conflagraciones de cines y modernos edificios de pisos de color cereza y otros monstruos desalmados, que albergaran –bien podía ser- nobles luchas invisibles, de la literatura, del teatro, del arte o de la música , la lámpara del estudiante y el manuscrito rechazado, o pobreza y degradación indescriptibles, atracciones urbanas entre las cuales quedaban apretujadas algunas encantadoras casas antiguas, sombrías y cubiertas de hiedra y que parecían llorar, privadas de toda luz y postradas de hinojos, y en otras partes hospitales en bancarrota y uno o dos antiguos bancos de piedra sólida, víctimas de atracos aquella misma tarde, y entre los cuales aparecían también, a intervalos frecuentes, allende un melancólico reloj blanco y negro que nunca sonaba y que marcaba las tres, chapiteles empequeñecidos pertenecientes a fachadas de madera con ventanas rosadas y ennegrecidas, extraños domos mugrientos y con forma de cebolla e incluso pagodas chinas, por lo que al principio creías encontrarte en Oriente y después en Turquía o Rusia, si bien al final, de no ser porque alguna de ellas eran iglesias, no te habría cabido duda de que te encontrabas en el infierno: pese a ello, cualquiera que hubiese estado alguna vez en el infierno de verdad debía de haber asentido ante Enochvilleport en señal de reconocimiento, ratificado por el espectáculo, al principio no carente de pintoresquismo, de los numerosos aserraderos que no cesaban de humear y devorar como demonios, Molochs alimentados por faldas enteras de montañas cubiertas de bosque que nunca volvía a crecer o por árboles que cedían su lugar a sonrientes regimientos de chalets al fondo de “nuestra hermosa ciudad en desarrollo”, aserraderos que sacudían la tierra misma con su tumulto, que colmaban la ventosa atmósfera con un sonido como de gemidos y crujir de dientes: todos aquellos curiosos logros del hombre, que juntos creaban, como se suele decir, “la joya del Pacífico”, bajaban como por una gran pendiente hasta un puerto más espectacular que los de Río de Janeiro y San Francisco juntos, con cargueros de altura amarrados en todos los ángulos a lo largo de kilómetros y kilómetros de fondeadero, heroico panorama al que casi las únicas viviendas humanas visibles a este lado del agua que parecían pertenecer –o en el que se pudiera hablar aún de la participación de sus habitantes- eran, paradójicamente, unas pocas y pequeñas chozas bajas y casuchas flotantes de construcción improvisada por sus moradores, que podrían haber sido expulsadas de la ciudad enteramente, por la orilla del agua y dentro incluso del mar, donde se mantenían sobre pilares, como cabañas de pescadores (como parecían ser algunas de ellas), o sobre rodillos, unas oscuras y en ruinas, otras recién pintadas con gracia, y cuya construcción o instalación había estado inspirada, con toda evidencia, por alguna necesidad humana de belleza, aun cuando se vieran permanentemente amenazadas de desalojo, y todas ellas erectas, incluso las más sombrías, con sus chimeneas de hojalata acanalada humeando aquí y allá, cual vapores de juguete, como desafiando la ciudad, ante la eternidad. En la propia Enochvilleport algunos anuncios de neón de colores espantosos llevaban ya un buen rato haciendo sus untuosos guiños y gesticulaciones que la añoranza y el amor transforman en poesía de la nostalgia; uno empezó a parpadear más alegre: PALOMAR, LOUIS ARMSTRONG Y SU ORQUESTA. Un enorme hotel nuevo, gris y muerto, que en el mar podría haber sido un hito de romanticismo, soltaba humo por su fantasmal techumbre torreada, como si se hubiera incendiado, y más allá resplandecían todas las lámparas en el lúgubre patio del Palacio de Justicia –también en el mar, casa de citas del corazón-, fuera del cual uno de los leones de piedra, recientemente volado, estaba reverentemente cubierto con un paño blanco y dentro del cual un grupo de ciudadanos sin tacha había pasado un mes juzgando por asesinato a un muchacho de dieciséis años.

            Más cerca del parque, aparecían las luces del proscenio de un como enguijarrado salón de actos de la Asociación de Jóvenes Cristianos y teatro de variedades a un tiempo, con el rótulo TAMMUZ, EL MAESTRO DE HIPNOTIZADORES, ESTA NOCHE A LAS 8:30, y delante de él los raíles de los tranvías, por los cuales se acercaba otro de ellos con destino al  parque, llegaba –se veía- casi hasta los almacenes en cuyo escaparate el sujeto de Tammuz, somnolienta descendiente tal vez de las siete hermanas cuya fama había eclipsado incluso la de las Pléyades, pero que proclamaba su ambición de llegar a ser psiquiatra, había pasado los tres últimos días durmiendo cómoda y públicamente en una cama de matrimonio como proeza publicitaria y previa a la función de aquella noche.

            Por encima de la Laguna Perdida, en la carretera que ahora subía hacia el puente colgante a lo lejos, de forma muy semejante a como una pieza de música de jazz asciende hacia un solo, un vendedor de periódicos voceaba: “¡Lash destinado a Saint Pierre! ¡Condenado a la horca el muchacho de dieciséis años que asesinó a un niño! ¡Crónica detallada!”.

            También el tiempo se presentaba amenazador y, sin embargo, al ver a los amantes de paseo, los otros transeúntes por aquella parte de la laguna –un soldado herido que fumaba un cigarrillo tendido en un banco y uno o dos de esos seres indigentes, los muy ancianos, que paran en los parques, ya que, a la hora de elegir, los muy ancianos, en lugar de conservar una habitación y pasar hambre, prefieren a veces, al menos en una ciudad como ésta, comer alguna cosa y vivir al aire libre- también sonrieron.

            Pues, al ver pasar a la muchacha junto al hombre y cogida a su brazo, al verlos sonreírse, cuando se cruzaban sus miradas cargadas de amor, o pararse a contemplar el vuelo de las gaviotas o la escena en permanente transformación de las montañas canadienses vetadas de nieve y con sus algodonosas simas azulinas o a escuchar la hondura y majestuosidad del resonante fragor de un buque mercante (las cosas que hacían imaginar a los feroces concejales de Enochvilleport que la hermosura correspondía a la propia ciudad y tal vez no les faltara del todo razón), el pitido de un transbordador al surcar la ensenada hacia el Norte, ¿qué recuerdos no revivirían en un pobre soldado, en los pechos de los desconsolados, de los ancianos, e incluso –quién sabe- en los agentes de la Montada, no de un mero amor juvenil, sino de amantes tan enamorados, -parecían-, que temían perder un momento de su tiempo compartido?

            Y, sin embargo, sólo un ángel de la guarda de aquellos dos –y seguro que tenían un ángel de la guarda- habría podido saber la más extraña de todas las cosas que estaban pensando, salvo que, como habían hablado tan a menudo al respecto y, sobre todo, cuando tenían la oportunidad, en aquel día del año, cada uno de ellos sabía, desde luego, que el otro lo estaba pensando, hasta tal punto, en realidad, que no constituyó ninguna sorpresa, pareció tan sólo el comienzo de un ritual, que –cuando se internaron por el sendero principal del bosque, por entre cuyas ramas, que los protegían del viento, se podía divisar, de vez en cuando, lo que sugería un fragmento de una partitura, un retazo del propio puente colgante- el hombre dijera:

            -En tal día como hoy solté las amarras del barco. Fue en junio de hace veintinueve años.

            -Fue hace veintinueve años en junio, mi amor, y fue el veintisiete de junio.

            -Fue cinco años antes de que tú nacieras, Astrid, y yo tenía diez años y había bajado al embarcadero con mi padre.

            -Fue cinco años antes de que yo naciera, tú tenías diez años y habías bajado al embarcadero con tu padre. Tu padre y tu abuelo te habían construido el barco: un barco estupendo, de veinticinco centímetros de largo, muy bien barnizado y hecho de madera de tu caja de aeromodelismo y con una nueva y fuerte vela blanca.

            -Sí, era madera de balsa de mi caja de aeromodelismo y mi padre se sentó a mi lado y me dijo lo que debía escribir en la nota que iba a llevar dentro.

            -Tu padre se sentó a tu lado y te dijo lo que debías escribir –dijo entre risas Astrid- y tú escribiste así:

            “Hola,

            Me llamo Sigurd Storlesen y tengo diez años. Ahora mismo estoy sentado en el embarcadero de Fearnought Bay del condado de Clallam, en el Estado de Washington (Estados Unidos de América), a ocho kilómetros al sur del cabo Flattery, por el lado del Pacífico, y mi papá está junto a mí dictándome lo que debo escribir. Hoy es 27 de junio de 1922. Mi papá es guardabosques en el Parque Nacional Olympic, pero mi abuelito es el encargado del faro del cabo Flatter. Junto a mí tengo una canoíta reluciente que quien lea esta nota tendrá ahora en sus manos. Es un día ventoso y mi papá ha dicho que meta la canoa en el agua, cuando haya introducido esta nota en ella y haya pegado la tapa, que es un trozo de madera de balsa de mi caja de aeromodelismo.

            Bueno, tengo que terminar esta nota ahora, pero antes pido a quien la encuentre que se lo comunique al Seattle Star, porque a partir de hoy voy a empezar a leer el periódico para ver si dice quién, cuándo y dónde lo ha encontrado.

            Gracias. Sigurd Storlesen”.

            -Sí, después mi padre y yo metimos la nota dentro, pegamos la tapa y la sellamos y metimos el barco en el agua.

            -Metisteis el barco en el agua y la marea, que estaba bajando, se lo llevó. La corriente lo atrapó y se lo llevó, ¡y estuvisteis contemplándolo hasta que se perdió de vista!

            Habían llegado a un claro del bosque en el que unas cuantas ardillas correteaban por la hierba. Un indio de tez oscura y vestido con una cazadora, totalmente absorto en su amistosa tarea, daba de comer palomitas de maíz, de una bolsa, a una bruñida ardilla negra, que las mordisqueaba posada en su hombro. Eso les recordó que debían comprar cacahuetes para dar de comer a los osos, cuyas jaulas se encontraban más adelante.

            Ursus Horribilis: y ahora estaban arrojando cacahuetes a aquellos tristes y torpes seres muertos de sueño –si bien aquellos dos osos pardos estaban juntos, tenían incluso un hogar-, tal vez demasiado somnolientos aún para saber dónde se encontraban, envueltos aún en un sueño de lomas boscosas y arándanos silvestres en las cordilleras que Sigurd y Astrid volvían a ver, al frente, entre los árboles y allende una bahía.

            Pero, ¿cómo iban a poder dejar de pensar en el barquito?

            Durante doce años había errado por entre las tormentas del invierno, por soleados mares estivales: ¿qué aguas revueltas entre corrientes lo habrían atrapado?, ¿qué aves marinas salvajes –meaucas, petreles, gaviotas de rapiña, de las que siguen las hélices batientes, los oscuros albatros de aquellas aguas septentrionales-, habrían bajado en picada hacia él o qué corrientes cálidas lo habrían llevado perezosas hacia tierra y qué corrientes de aguas azules lo habrían arrastrado tras la albacora, con barcos de pesca como jirafas blancas, o qué flujos glaciales lo habrían arrojado por entre la espuma hacia el propio cabo Flattery? Tal vez hubiera descansado, flotando en una cala protectora, donde la orca golpeaba, azotaba, las claras aguas profundas, lo hubieran visto el águila y el salmón, lo hubiese mirado con ojos asombrados una cría de foca, hasta que las olas lo hubieran hecho encallar, bañado por el sol de una tarde lluviosa, entre crueles rocas pobladas de percebes, embarrancado y golpeado por un flanco y por el otro en una pulgada de agua, como un ser vivo o una pobre lata vieja, empujado, aporreado en la orilla y volteado y vuelto a enderezar, arrojando arena arriba y después barrido otro metro playa para volver loco toda la noche a un pescador con su débil y quejumbroso golpeteo, antes de que el reflujo se lo hubiera un oscuro amanecer de otoño y hubiese seguido su camino de nuevo por el piélago, por entre truenos, hacia Dios sabe qué feroz costa yerma y deshabitada, conocida sólo por el pavoroso Wendigo, donde ni siquiera un indio habría podido encontrarlo, allí desamparado, perdido, hasta que las grandes y negras mareas rebosantes de enero o las inmensas y calmas mareas de la luna de mediados del verano lo hubieran devuelto al mara para que reanudara su travesía otra vez…

            Astrid y Sigurd llegaron ante un gran recinto, un poco apartado del sendero, con dos arces con hojas de pámpano (con sus bolas escarlatas –delicadas precursoras de sus hojas- ya visibles) que atravesaban el techo y un refugio cavernoso a un lado, para que sirviera de guarida, y todo él, excepto los barrotes del frente, cubierto por una resistente tela metálica de malla ancha… considerada protección suficiente contra una de las fieras más satánicas que pueblan la tierra.

            Dos animales habitaban la jaula, moteados como falsos leopardos de color pastel y parecidos a gatos decorados y con expresión maníaca: tenían las orejas cubiertas de enormes borlas y, como si fueran una feroz parodia de los arces con hojas de pámpano, también de su mentón colgaban borlas. Sus piernas eran tan largas como el brazo de un hombre y sus zarpas, revestidas de piel gris de la que sobresalían unas garras curvadas como cimitarras, eran del tamaño de un puño humano cerrado.

            Y las dos hermosas y demoníacas criaturas rondaban y recorrían el recinto sin cesar y hurgaban la base de su jaula, entre cuyos barrotes había el espacio justo para que introdujeran una garra asesina –un gorrión casi invisible, siempre a un brinco fuera de su alcance, se alejó picoteando el polvo-, hurgaban con voracidad eterna, aunque también buscaban con desesperación alguna salida, pasando y volviendo a pasar uno por delante del otro rítmicamente, como auténticos condenados y presas de algún hechizo imperioso.

            Y, sin embargo –mientras contemplaban el aterrador lince canadiense, que parecía encarnar en forma animal toda la ferocidad pura de la naturaleza, al tiempo que mascaban cacahuetes, a su vez, y se pasaban la bolsa el uno al otro-, ante los ojos de los amantes seguía navegando aquel barquito, luchando con los mares, a merced de una ferocidad aún más salvaje, durante todos aquellos años antes de que Astrid hubiera nacido.

            ¡Ah, su absoluta soledad entre aquellas inmensidades desiertas de mares encrespados y lluviosos, desprovistos incluso de aves marinas, entre vientos opuestos, o en la gran marejada muerta, sin viento, que sigue a un temporal, y luego, al soplar ráfagas que alzaban el rocío del mar como lluvia, como una visión de la creación, volando el barquito hacia las alturas del cielo, desde las que chisporroteaban relámpagos de cobalto, y después se hundía en el abismo, pero ya estaba subiendo otra vez, mientras el entero mar encrespado con espuma como lana de corderos iba replegándose hacia sotavento, toda la vasta extensión impulsada por la luna, como los prados y los valles y las cadenas cubiertas de nieve de una Sierra Madre presa del delirio, en movimiento incesante, subiendo y bajando, y el barquito subiendo y bajando en un mar paralizante de blanco fuego a la deriva y espuma humeante que parecía arrollarlo y sin que dejara de oírse todo ese tiempo un sonido como un canto agudo, pero de armonía tan sostenida como de teletipos de telégrafo o como el perpetuo sonido, increíblemente agudo, del viento donde no hay nadie que lo escuche, que tal vez no exista, o el espectro del viento en las jarcias de barcos desde hace mucho perdidos, y tal vez fuera el sonido del viento en sus jarcias de juguete, cuando el barco volvía a inclinarse hacia delante, pero aun entonces, ¡sobre qué otras ignotas profundidades habría navegado, hasta que a saber qué aves de mal agüero, vueltas por fin agentes divinos para él, qué aves de hierro con alas como sables peinando eternamente en la oscuridad las grises marejadas inconmensurables, le hubieran impartido misteriosamente su sentido de la orientación, al solitario y boyante barquito, impulsándolo con sus picos bajo ocasos dorados en un cielo azul, cuando navegaba cerca de costas montañosas de nubes con astros por encima de ellas o costas una vez más ardientes en el ocaso, cuando doblaba no sólo las terribles rocas empapadas de espuma, como incineradoras en aserraderos, de Flattery, sino también otros cabos desconocidos, durante aquellos doce años, con cumbres gigantescas, imágenes de aridez y desolación, contra las que el corazón se ve arrojado y atravesado eternamente! Y –lo más extraño de todo- cuántos barcos lo habrían amenazado, a su vez, todos aquellos años –los años también de los últimos barcos de vela que, con sus pájaros de montera, se dirigían raudos hacia su olvido-, durante aquella travesía de tan sólo cien kilómetros en línea recta desde su botadura hasta su puerto final, surgiendo imponentes de entre la niebla y pasando por su lado sin tocarlo, pese a ir cargados con cañones o hierro para guerras inminentes, en cuántos cargueros ahora hundidos en el fondo del mar había viajado él, Sigurd –si vamos al caso-, cargados con mármol antiguo, vino y cerezas en salmuera, o cuyos motores seguían incluso entonces murmurando por alguna parte: ¡Frére Jacques! ¡Frére Jacques!

            ¿Qué extraño poema de la misericordia de Dios era aquél?

            De repente, una ardilla, ante su vista, trepó por un árbol junto a la jaula y después, chachareando estridentemente, saltó de una rama y cruzó como una flecha la parte superior de la tela metálica. Al instante, veloz y mortífero como un rayo, uno de los linces saltó por el aire como una flecha los seis metros hasta el techo de la jaula en pos de la ardilla y produjo, al golpear el alambre, un son como de guitarra colosal, al tiempo que metía por entre el alambre, como centellas, las cimitarras de sus zarpas: Astrid dio un grito y se cubrió la cara.

            Pero la ardilla, sana y salva, intacta, corría ya ligera por otra rama, bajaba del árbol y se alejaba, mientras el enfurecido lince saltaba hacia arriba una y otra vez y su pareja, agazapada abajo, gruñía y bufaba.

            Sigurd y Astrid se echaron a reír, pero entonces pareció en cierto modo injusto para el lince, que ahora lamía, solemne, la cara de su pareja. La inocente ardilla, por la que sentían tal alivio, casi podía haber estado luciéndose, casi podía, a diferencia del absorto gorrión, haber estado mofándose del animal enjaulado. El escape por los pelos de la ardilla –una posibilidad entre mil- que, pensándolo bien, debía de darse a diario, parecía algo insignificante, pero de pronto no lo parecía que hubieran estado ellos allí para verlo.

            -Ya sabes cómo miré el periódico y esperé –dijo Sigurd, encorvado para volver a encender la pipa, mientras siguieron su camino.

            -El Seattle Star –dijo Astrid.

            -El Seattle Star…Fue el primer periódico que leí en mi vida. Mi padre siempre decía que el barco había ido hacia el Sur… tal vez hacia México… y creo recordar que mi abuelo decía que no, que, si no se deshacía en Tattoosh, la marea lo llevaría por el estrecho de Juan de Fuca, tal vez a Puget Sound incluso. El caso es que miré el periódico y esperé mucho tiempo y al final, como un niño que era, dejé de mirar.

            -Y pasaron los años…

            -Y crecí. El abuelo ya había muerto y mi padre… ya sabes… en fin, también ha muerto ya. Pero nunca lo olvidé. ¡Doce años! ¡Imagínate…! Pero, ¡si es que estuvo viajando más de lo que llevamos nosotros casados!

            -Y llevamos casados siete años.

            -Hoy se cumplen siete años…

            -¡Parece un milagro!

            Pero sus palabras cayeron como flechas sin fuerza ante el blanco que aquel hecho representaba.

            Iban caminando, tras haber abandonado el bosque, entre dos largas filas de cerezos japoneses, que el mes próximo formarían una etérea avenida de flores celestiales. Tras dejar atrás los cerezos, a derecha e izquierda del amplio claro, reapareció el bosque, que bordeaba los dos brazos de la bahía. Cuando se acercaban al Pacífico, bajando por la suave pendiente, el viento se volvió, en aquella remota parte del puerto, más tempestuoso: las gaviotas, glaucas y estentóreas, revoloteaban y se deslizaban por encima de ellos, chillando, y de repente ya estaban mar adentro.

            Y ahora tenían delante el mar, al final de la cuesta que acababa en una playa abrupta, el mar desnudo y muy profundo, sin embarcadero ni malecón ni casucha simpática alguna, si bien a la izquierda se veían algunas casas bonitas, con luz en una ventana, que brillaba cálida por entre los árboles al borde mismo del bosque, como si fuera de un robusto Adán de la Columbia Británica, de regreso, sigiloso, al Paraíso con su Eva bajo la flamígera espada del querubín urbano.

            La marea estaba baja. Por el agua corrían caballos blancos en torno a un punto. Los impetuosos embates de la marea, borbollones de plata batida, sobre el cruce de corrientes submarinas eran tan rápidos, que la propia superficie del mar parecía alejarse veloz.

            El sendero se convirtió en una pista de ceniza al abrigo de una antigua construcción de madera, un salón de té desierto y cerrado con tablas desde el verano pasado. Las hojas muertas se deslizaban por el porche, más allá del cual, en una pendiente a la derecha y bajo un tempestuoso bosquecillo de abedules, aparecían, volcados, bancos y mesas para meriendas y un columpio estropeado. Era un panorama frío, triste, inhumano, el que allí se ofrecía y también más allá, con el estruendo de aquella profunda marea baja. Sin embargo, algo había entre los amantes que conmovía como un cariño y que podría haber abierto de par en par los postigos, haber puesto pie en los bancos y las mesas y haber llenado todo el bosquecillo con las voces y las risas infantiles del verano. Astrid se detuvo un momento descansando una mano sobre el brazo de Sigurd, mientras se encontraban cobijados bajo aquella construcción, y dijo lo que tantas otras veces anteriores había dicho, por lo que siempre lo repetían como un conjuro:

            -Nunca lo olvidaré. Aquel día, cuando tenía siete años y vine al parque, aquí, de excursión con mi madre, mi padre y mi hermano. Después de almorzar, mi hermano y yo bajamos a jugar a la playa. Era un hermoso día de verano y la marea estaba baja, pero por la noche había habido una marea muy alta y se veían las líneas de tablas y algas dejadas por las aguas… Estaba jugando en la playa, ¡y encontré tu barco!

            -Estabas jugando y encontraste mi barco y tenía el mástil roto.

            -Tenía el mástil roto y le colgaban jirones de vela, sucios y fláccidos, pero tu barco estaba entero e intacto, aunque maltratado por la intemperie y con arañazos. Corrí hasta donde estaba mi madre y ella vio la cera que sellaba el puente de mando, ¡y encontré vuestra nota, mi amor!

            -Encontraste nuestra nota, mi amor.

            Astrid sacó del bolsillo un pedazo de papel y, sosteniéndolo entre los dos, se inclinaron y (aunque ya apenas resultaba legible y se lo sabían de memoria) leyeron:

            “Hola,

Me llamo Sigurd Storlesen y tengo diez años. Ahora mismo estoy sentado en el embarcadero de Fearnought Bay del condado de Clallam, en el Estado de Washington (Estados Unidos de América), a ocho kilómetros al sur del cabo Flattery, por el lado del Pacífico, y mi papá está junto a mí dictándome lo que debo escribir. Hoy es 27 de junio de 1922. Mi papá es guardabosques en el Parque Nacional Olympic, pero mi abuelito es el encargado del faro del cabo Flatter. Junto a mí tengo una canoíta reluciente que quien lea esta nota tendrá ahora en sus manos. Es un día ventoso y mi papá ha dicho que meta la canoa en el agua, cuando haya introducido esta nota en ella y haya pegado la tapa, que es un trozo de madera de balsa de mi caja de aeromodelismo.

            Bueno, tengo que terminar esta nota ahora, pero antes pido a quien la encuentre que se lo comunique al Seattle Star, porque a partir de hoy voy a empezar a leer el periódico para ver si dice quién, cuándo y dónde lo ha encontrado.

            Gracias. Sigurd Storlesen”.

            Llegaron a la playa desierta, salpicada de madera arrojada por el mar, por doquier esculpida, verticilada, apilada por mareas tan inmensas, que había una línea de algas y detritos sobre la hierba, detrás de ellos, y grandes troncos, leños y tocones retorcidos, en forma de cruz o petrificados en un feroz ataque de ira –o, mejor aún, algunos trozos de madera casi listos para quemar, para que alguien se los llevara a su casa, y automáticamente, recordando los inviernos en que ellos mismos habían pasado necesidad, los arrojaron lejos del alcance del mar para que alguien los recogiera-, y más tocones allí, al pie del bosquecillo, y bien visibles en los taludes boscosos guadañados por el mar a ambos lados, en los que crecían árboles resquebrajados, suspirando por la ribera. Y dondequiera que miraran había despojos, el tributo a la ira invernal: de gallineros, de boyas, de la pared de una cabaña de pescador con las ensambladuras de las tablas rotas y los clavos al descubierto. La furia había afectado incluso a la propia playa, había formado montículos, ondulaciones y barreras de guijarros y conchas que a veces tenían que escalar. Y por doquier se veían también los grotescos y macabros frutos del mar, con su estimulante olor a yodo, bulbos de algas de pesadilla, como anticuadas bocinas de coches, con un rastro de cintas de raso marrón de seis metros de longitud, fucos como demonios o los cercos desechados de espíritus malignos que se habían purificado. Y después más restos: botas, un reloj, redes de pescar rotas, una timonera demolida, un timón destrozado y tirado en la arena.

            Resultaba imposible entender por más de un momento que todo aquello, con su impresión de muerte, destrucción y esterilidad fuera sólo una apariencia, que –por debajo de los desechos flotantes, bajo las propias conchas que crujían bajo sus pies, dentro de los arroyuelos que salvaban, abajo, en el borde de la marea- la vida, como en el bosque, hormigueara y se desplegara y bullese la primavera.

            Cuando Astrid y Sigurd estuvieron casi protegidos por un árbol desarraigado en una de esas bajas ondulaciones de la playa, advirtieron que las nubes se habían disipado sobre el mar, aunque el cielo no estaba azul, sino que seguía de color intensamente argénteo, por lo que podían ver al otro lado del golfo y distinguir –o así les parecía- la línea de algunas islas del golfo. Un carguero solitario con las grúas elevadas recibía los embates de las olas en el horizonte. Seguía viéndose un vestigio del monte Hood o podían ser nubes. También repararon, al Sudeste, en la base en declive de una colina, en un triángulo de verde lavado por la tormenta, como recortado entre la negrura que se cernía, en el que había cuatro pinos, cinco postes de telégrafos y un claro que parecía un cementerio. Detrás de ellos, las heladas montañas de Canadá ocultaban sus feroces picos y nevadas tras nubes aún más feroces. Y vieron que en el mar, que estaba gris, se formaban cabrillas y corrientes que se alejaban de la costa y rocío que saltaba atrás desde las rocas.

            Pero, cuando el viento los embistió con toda su fuerza, mirando desde la orilla, fue como contemplar el caos. El viento arrastró sus pensamientos, sus voces, casi sus sentidos mismos, mientras caminaban, haciendo crujir las conchas, riendo y tropezando. No podían decir si era espuma o lluvia lo que les azotaba y cortaba la cara, si era espuma del mar o lluvia de la que había nacido el mar, hasta que por fin se vieron obligados a detenerse y quedarse allí cogidos del brazo… Y hasta aquella costa, por entre aquel caos, por aquellas corrientes, había llegado su barquito, con su inocente nota, procedente del pasado, para disfrutar por fin de seguridad y de un hogar.

            Pero, ¡ah, los temporales que habían capeado ellos!

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                                                                       MALCOLM  LOWRY

Gran Bretaña, 1909-1957

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Su obra más celebre es la novela BAJO EL VOLCÁN, enorme influencia para Roberto Bolaño.- Este cuento abre el libro de relatos titulado “ESCÚCHANOS SEÑOR, DESDE EL CIELO, TU MORADA”, ed Tusquets, colección Fábulas. La foto que ilustra este post es de Lowry en el puerto de Curacao en 1947.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-