"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Enero, 2011


Un cuento

Publicado en General el 4 de Enero, 2011, 19:35 por Gabi Gervasoni

La íntima

                 Era la primera vez que se volvían a ver en el penal. Florencia había pasado por la requisa (¡qué frías las manos de esa mujer!) y esperaba sentada en el cuartito de las visitas. El lugar estaba igual que cuando ella misma recibía sus visitas; las densas manchas de humedad se habían apropiado de todas las paredes y se mantenían en pie la mesa y cuatro sillas de plástico de aquel entonces. Carla entró sin esposas, apenas guiada por la guardia que le apoyaba la mano derecha sobre el omóplato. Cuando la vio supo que Carla ni siquiera imaginaba la verdad. Se acercaron despacio y se besaron en la mejilla. La guardia se quedó sentada en una esquina, bastante desatenta a lo que pasaba entre las dos mujeres.

-No me dejaron entrar nada, ni el mate, nada…- dijo Florencia.

-Está bien, no te calentés –le contestó Carla mientras le agarraba fuerte las dos manos y las besaba- Yo te quería ver no más. Y la próxima quiero que pidamos una íntima.

-No, no me la banco. Ir hasta allá, esperarte ahí, te ven todos.

-Ellos lo hacen así para que no vayamos. Acá también todas me ven, viene el móvil, voy a la otra unidad y todos saben que voy a coger, es así, pero me la banco. Estás re careta. ¿No ves que lo hacen para jodernos? Es un derecho que tenemos. –Carla mostraba una evidente desilusión y hablaba jugando con unas miguitas que había en la mesa.

                 En ese instante Florencia recordó los primeros encuentros de ellas dos en ese mismo Penal. Hacía poco que estaba ahí y tenía tantas ganas de que alguien la tocara que ella misma se acercó a Carla, a pesar de que Flavia le había advertido "ojo que ésta mató a un tipo". La oscuridad las envolvía como una frazada tibia y debajo de ella los cuerpos se entrelazaban, se lamían y se daban aliento. Florencia no había vuelto a sentirse sola desde que Carla la acompañaba. Hablaban, tomaban mate, tenían sexo y elucubraban fantásticas huidas del penal. Todo era mejor de lo que Florencia hubiera pensado. Y Carla era mucho mejor que los hombres con los que ella había estado. También la memoria se detuvo unos instantes en la traición.

Después Florencia recordó el día del encuentro afuera: ella había cumplido su condena y Carla no había vuelto del acercarmiento familiar y, tal como habían planeado, se encontraron a las once de la noche en la Plaza Sarmiento. Pasaron tan desapercibidas que les dio miedo. Fueron meses de mucha libertad. Carla tenía buenos contactos y rápidamente encontró un "laburito piola", como decía ella, y pudieron sobrevivir juntas. Florencia empezó a amarla de verdad recién en ese momento. Nunca nadie la había mantenido voluntariamente, ni siquiera sus padres. Desde que tenía memoria había mendigado de formas varias para subsistir. Con Carla todo era distinto. Hasta que se cebó, se metió más de la cuenta en ese "laburito piola" que tenía y empezó a hacer cagadas. Alguien le había dicho a Florencia una vez que la policía no sale a buscar a los presos que se fugan, sólo los espera.

-No es que no quiera, Carla, te juro que quiero estar con vos, pero no me banco la requisa allá, los tipos que te gritan de todo… es demasiado humillante para mi –se excusó Florencia sin abandonar los pensamientos que estaba sobrevolando.

-Mirá, Flor, que me hablés de humillación me da un poco de risa. A mi me chupan un huevo todos, los tipos, los canas, todos. – contestó la otra mujer. Mientras hablaba buscaba a la guardia provocativamente con la mirada, pero ella estaba realmente ajena a la conversación, divisando a otras internas a través de la ventanita que daba al patio.

¿Existía la humillación para ellas? Carla de verdad estaba más allá de la mirada ajena, en cambio Florencia vivía atenta a todo. La atormentaban los ojos que escudriñaban sus tatuajes hechos con birome, sus cicatrices en las muñecas y los tobillos. Se enfurecía con la mirada de algún policía, un comentario grosero en la calle o cualquier signo de menosprecio. Mientras pensaba en el día que le reventó la botella en la cabeza a un flaco que se hizo el piola y le preguntó de qué comisaría se había escapado, como un timbre que la llamaba a la realidad, apareció el recuerdo de los días en la casita de calle Felipe Moré. Carla seguía frente a ella y le apretaba las manos. En sus ojos había inocencia. "Qué hija de puta que soy", pensó.

Como en los cuadros de una historieta se vio cocinando en la casita de chapas azules, el Fiat Uno en la puerta y el equipo de música al mango. Carla había podido fugarse de nuevo y estaban juntas otra vez. Después Laura golpeando la puerta, borracha, con el papel que tenía el número de teléfono de la otra en la mano. En el cuadro siguiente estaba ella misma, hecha una fiera, una loba, marcando los números que se le mezclaban y del otro lado Carla, atendiendo ese teléfono de número desconocido. "¿Quién es? ¿Quién es?"

-¿En qué estás pensando? Al final viniste para quedarte callada... qué ortiva que estás, nena. ¿En qué pensás?, decime, boluda. –la pregunta de Carla la volvió a la realidad.

- En nada, te miro. Bah, pienso en cuando estábamos afuera. Eso.

                 Ahora su cabeza iluminaba la puerta de la casa de calle Felipé Moré para que el final de la historia se viera bien claramente. Eran las diez de la noche, Carla estacionaba la motito en la puerta y seis policías aparecieron de la nada y se la llevaron. Fue un final adelantado.

-Yo te quiero decir algo del día que me encontraron –dijo Carla.

-Yo también –retrucó Florencia.

-¿Quién empieza?

- Nadie, dame un beso y abrazame –le pidió Florencia incorporándose de la silla.

-Pero primero perdoname –exigió Carla.

-Dame un beso y abrazame.

                 Fue el último abrazo. Con las manos la recorrió desde el pelo hasta las piernas. Estaban de pie y tan arrobadas que Florencia llegó a meter sus manos por adentro de la remera de Carla y pudo acariciarla con detenimiento. La guardia no quiso mirar. Por última vez su lengua se apoyó en la de Carla. La lengua de una mujer que había matado a un tipo pero era mucho mejor que ella.

Gabi Gervasoni

ARIEL ZAPPA en Página/12

Publicado en Aguafuerte el 4 de Enero, 2011, 11:50 por MScalona

 

Retazos de tiempo

 Por Ariel Zappa

Soy limitado, primitivo, previsible y sumamente acotado como un gesto. A la par corre mi conciencia tratando de espabilarme a los tortazos. De vez en cuando, la tibieza roza mi rostro y me despierto de un sueño atolondrado. Alegre y nocturna como la esperanza.

Hay retazos de mi vida, sin embargo, que cuelgo en la soga de claridad cuando se hace la mañana en mi patio, sólo para ver en qué se convierten.

Mientras tanto, yo, leo los diarios. En Internet. Porque en papel se me mueven las letras y las palabras se me piantan, y siempre me parece que estoy leyendo lo mismo. Y empiezo una vez más. Y, lo mismo. En otras hojas, con otra tipografía, pero en el fondo nada cambia.

Y mientras, de reojo, semblanteo lo que dejé colgado en la soga: esos retazos que se hicieron lugar a golpe de codazos en el sueño y hoy ameritan ser la única herencia que me explica que anoche dormí, volé, me perdí en las horas desiertas o me desencontré caminando en una senda de hojas amarillas de miedo, sepias de aburrimiento, durante no sé cuánto tiempo. Y de tanto abrir tranqueras, caminar y caminar, supe, con tamaño disgusto y sinrazón, que todos los caminos nocturnos son efímeros, tenues, renuentes a la lozanía. Culminan a las siete menos cuarto de la mañana. Todas las mañanas. Y, mañana, luego de garabatear esta balada en LA Menor, así también será.

De todos modos, aún conservo en la soga del patio ese galimatías que suspiré al levantarme esa otra mañana que ya ni me acuerdo. De lejos, no parece tan descabellado. Tampoco parece lo contrario. Esto también hay que decirlo. Se parece a esas hojas quemadas por el sol en un otoño pleno, ya crecido, insobornable. Son esas mismas hojas las que denotan que la opacidad está en pleno cauce y su sintonía fina se va a descansar hasta que llegue su próxima actuación. Y lo hace porque sabe que su devenir es cuestión de tiempo. No hay entrevero cuando piensa en lo que va a venir. En su devenir no hay dudas. Es pura certidumbre ¿No se aburrirá de tanta certeza?

Se cuelga y se descuelga el tiempo. Yo lo conservo en botellitas. Tiempo en conserva, al vacío. Con tapa a rosca. Es una máquina que me prestó un amigo muerto. Dice, que a él, no le sirve para nada. Decidí callarme la boca y pedírsela a préstamo por un año. A él, le pareció perfecto. A mí, me dio lo mismo. Me dio pena confesarle que a nadie le sirve para nada enfrascar el tiempo. Es que lo vi irse tan contento, radiante, lleno de aire los pulmones, los pelos al viento hirviendo de gratitud, silbando una canción de Los Beatles; que pensé en no decirle nada. Y guardarme la tristeza. Para mí.

Me preguntó sobre lo que había colgado en la soga, esa mañana:

¿Qué son esos retazos que colgaste en la soga, enfrentados a la claridad cuando se hace la mañana en el patio? ¿Para qué los colgaste? ¿Sólo para ver en qué se convierten? Lo miré fiero. Fijamente, durante tres años y medio. O algo más; no me acuerdo. El tiempo pasa tan rápido...

Al cabo de ello, le cebé un mate amargo y miré hacía allí, en esa opacidad que da el patio cuando es de tarde, y lo único que queda de la mañana, es esa gota de rocío que se quedó a vivir en el vientre de una hoja, esa gota que hizo de su suspensión, de su levedad, agotamiento en los relojes, arena sobre los párpados en un abrir y cerrar de ojos, pausa para la muerte y sus estragos. Bruma en los dedos.

¿Qué? -le pregunté.

Eso -me dijo- y señaló con el índice hacia la boca enmohecida de algún túnel del tiempo que, por pura y absoluta casualidad, da hacia la puerta de mi cocina que comunica con el patio.

¿Eso que cuelga de la soga? ¿Prendido con palitos de madera?

Sí, eso -contestó devolviéndome el mate. ¿Qué es?

No sé -respondí sincero.

Ah...

Deben ser de otra vida?

Mi amigo no es de andar soltando palabras porque sí. Agarró el mate, lo vio lavado y le cambió la yerba. Después, sacó unos bizcochos que compró en una panadería de Avenida del Rosario y Lituania y puso la pava al fuego. Cuidá que no se hierva el agua, me dijo. Yo me voy un par de años a mirar qué es eso colgado en el patio de tu casa. Ya vengo.

aazappa@hotmail.com

EDUARDO "Tato" PAVLOVSKY

Publicado en General el 4 de Enero, 2011, 11:42 por MScalona

LA SOLUCIÓN FINAL

WWW.PERFIL.COM

 

Por Eduardo Pavlovsky | 02.01.2011 | 05:15

Cuando me desperté, el reloj marcaba las ocho en punto. Me vestí y salí corriendo a lo de Rulo para desayunar. Enfilé por Sucre hacia Astilleros, y escuché un raro sonido que parecía provenir de la calle Pampa. Vi mucha gente. Algo así como una gran manifestación de adolescentes caminando hacia un espectáculo de rock. A medida que me acercaba, la imagen se hacía más kafkiana. Eran filas de niños que caminaban en silencio. En realidad, tuve la impresión de que el silencio era total. No había casi adultos –o por lo menos no había gente de estatura normal. Esa inmensa caravana en silencio estaba integrada por niños que no superaban los 80 cm de altura. Imposible evaluar la edad, y cuando creí divisar algún adulto no sobrepasaba nunca el metro de altura. El caminar de los chicos producía un extraño sonido musical. Digo –el arrastrar unísono de los pies de los niños sobre la calle–: producía una melodía. Una extraña melodía. Lo que más me llamaba la atención era la extraordinaria disciplina de los niños. Marchaban en fila de tres. Un metro de distancia entre las filas. La larga caravana era extensísima. De dónde vendrán, me preguntaba. Cuando comencé a mirar a los niños, creí que estaba alucinando. Todos tenían un color cetrino y una remera con un número y una letra que los identificaba.

La cara de uno de ellos no tenía ojos –venía tomado de la mano de otros dos niños que lo acompañaban. Los globos oculares, o lo que quedaba de los globos oculares, estaban llenos de gusanos que salían de sus órbitas. Observé con detenimiento y horror que uno de los niños que lo sostenía de la mano tomaba de sus órbitas alguno de los gusanos y lo engullía. Comía los gusanos que salían de los ojos del niño ciego. Tuve una arcada y después un vómito. El ruido de mi vómito parecía desentonar dentro de ese inmenso silencio. Me repuse y seguí observando, ahora de más lejos, mientras atravesábamos Figueroa Alcorta hacia la Costanera. Había una fila de niños con inmensas cabezas hidrocefálicas. Sobre la piel de sus caras brotaban lombrices que los niños trataban de tragar cuando se acercaban a sus bocas. No reconocía a nadie. Quise gritar pero no podía. Tenía una mezcla de asco, repugnancia y pánico pero, para hablar francamente, no me producían piedad. Y eso me mortificaba. De algunos brazos y piernas de los niños salían pústulas que arrastraban sangre y pus. El espectáculo era dantesco. Comprendí que la ausencia de queja de esta inmensa muchedumbre infantil parecía producir mi falta de piedad. Al cruzar por Figueroa Alcorta, comenzaron a sonar bocinazos porque la larga marcha de los niños alteraba el tránsito. Empecé a sentir odio hacia ellos pero no podía dejar de acompañarlos. Quería saber adónde iban. Cuál era el destino de la gran marcha. Uno de los niños salió de la fila y comenzó a comer excremento de perros –tan abundante en esa zona. Lo que más me asombraba era el espíritu comunitario que reinaba entre ellos. El que tenía los excrementos los repartía equitativamente dentro del grupo. Todos comían al unísono. Había hambre. Recordé haber leído que la Fundación Argentina contra la Anemia decía que el 50% de los niños en la provincia de Buenos Aires es anémico. Pensé si los excrementos de perro tendrían tal vez hierro suficiente para balancear la dieta. La naturaleza es sabia. Problema de sobrevivencia.

¿Pero todos estos niños habían existido siempre? ¿Desde cuándo esto es así? ¿Lo sabíamos? Eran preguntas tontas. Esta situación es límite. Horrorosamente límite. ¿Pero cómo habíamos llegado a esto? Poco a poco pensé; porque cuando el horror se construye día a día, se vuelve obvio y cotidiano. Los niños deformes se vuelven cotidianos. Caminé unas ocho cuadras sin mirarlos. Al llegar a la Costanera, observé que existía un grupo de gente que los organizaba. Eran todos de estatura normal. Me extrañó nuevamente la docilidad de los niños para reagruparse. Sobre la Costanera había cuatro grandes letreros que parecían orientar el destino último de los niños; cada letrero tendría una longitud de cinco metros por cuatro de ancho. Cada letrero ordenaba de acuerdo a la patología. Las remeras de los niños también los identificaban en sus respectivos grupos.

Anémicos, hidrosefálicos, chagásicos, raquíticos y VIH, decían los grandes carteles. Cada grupo de niños se reagrupaba en su fila correspondiente. Parecían contentos de haber llegado al destino. Estaban extenuados. Unas largas mangueras de las que salían chorros de agua tibia intentaban limpiarlos de todas las secreciones, excrementos y pústulas. Observé que, después de bañarlos, un sector de damas los alimentaba con un abundante plato de lentejas. A los anémicos les ofrecían una doble ración. Luego de la comida, los niños se volvían a agrupar y prolijamente y en silencio se arrojaban ordenadamente a las aguas del río. Ningún niño se negaba a hacerlo. Todos parecían comprender el destino final. Me atrevería a decir que de alguno de ellos vi asomar una beatífica sonrisa. Me quedé toda la mañana. Había visto arrojarse 5 mil niños con absoluta disciplina. Lo que me asombraba era la obviedad. Algún grito destemplado: "¡Piqueteros hijos de puta!

¡Tírense todos, no jodan más!", no parecía tener eco en la multitud. Cada tanto aplaudíamos alguna pirueta que algún niño realizaba al arrojarse al agua. A eso de las once se interrumpió la ceremonia para cantar el Himno. Fue emocionante. Los niños también cantaban sin dejar de arrojarse al agua. Después, no pude entender más. Porque me pareció que mis oídos comenzaban a zumbar y tuve miedo de desmayarme. Mientras caminaba de vuelta por Sucre, comencé a sollozar. La vida continúa. Todo sigue su curso, decía uno de los personajes de Esperando a Godot. Y yo comencé a olvidar. Había que seguir viviendo. Antes de llegar a casa, pensé en dos palabras: complicidad civil. Pero no entendía el sentido ni su relación con la extraña jornada. Cosas de la vida, pensé y abrí la puerta de mi bella mansión.

-----------------------------------------------------------

*Médico. Actor. Dramaturgo. Psicoterapeuta de grupo.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-