"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




28 de Diciembre, 2010


JOHN CHEEVER

Publicado en De Otros. el 28 de Diciembre, 2010, 19:37 por MScalona

EE.UU., 1912-1982

BULLET  PARK, Ed. Emecé, p. 38-42


Nellie no era la clase de ama de casa que recibía a su marido con un beso de lengua sin darle tiempo a colgar el sombrero siquiera. Era la corrección personificada. Esa mañana tenía puesto un camisón de encaje y olía a claveles. Era una mujer frágil, de cabello rojizo, cuya labor comunitaria, arreglos florales, y preceptos morales habrían ofrecido excelente materia prima para un monólogo de cabaret. Le interesaban las artes. Había pintado ella misma los tres cuadros del comedor. Las telas venían impresas con un laberinto de líneas azuladas, como un mapa geodésico. Cada sector del lienzo estaba numerado –uno para el amarillo, dos para el verde, y así sucesivamente-; siguiendo con cuidado las instrucciones ella había podido recrear, en la anónima tela, la profundidad y el brillo de una tarde otoñal en Vermont y el retrato que había hecho Gainsborough de las hijas del mayor Gillespie. Ella sabía que el resultado era un poco ordinario, pero igual le gustaban. Poco antes, llevada por una auténtica curiosidad y afán de estar informada, se había anotado en un curso sobre teatro moderno. Una de las tareas que le habían dado había sido ir a Nueva York y escribir sus impresiones acerca de una obra en cartel en el Village. Había planeado ir con una amiga pero le falló a último momento, así que Nellie fue sola.

            La obra se representaba en un loft, con escaso público. El aire olía a rancio. Cerca del final del primer acto, uno de los actores se sacó los zapatos, la camisa, los pantalones y, de espaldas al público, los calzoncillos. Nellie no podía creer lo que veía. Abandonar la sala en señal de protesta, como hubiese hecho su madre, habría sido como rechazar la realidad de la vida. Y ella quería ser una mujer moderna, poder lidiar con el mundo. Ya desnudo, el actor se volvió lentamente, bostezando y desperezándose con toda naturalidad. Todo era muy real y vívido, pero una violenta sucesión de yuxtaposiciones entre su idea del decoro y su excitación la sumieron en un paroxismo emocional que la dejó transpirando. Si éstos eran los simples hechos de la vida, ¿por qué sus ojos estaban fijos en el espeso cepillo púbico del cual colgaba, como una flor marchita, el tallo principal? Las luces se atenuaron. Los actores permanecieron vestidos el resto de la obra, pero Nellie no recuperó la calma. Cuando salió del teatro, llovía. Cruzó Washington Square para tomar un ómnibus hacia Grand Central. Algunos estudiantes de la universidad daban vueltas alrededor de la fuente, llevando carteles en los que habían escrito Culear, Pija, Concha. ¿Había enloquecido? Contempló la procesión hasta que desapareció de su vista. El último cartel que alcanzó a ver decía Mierda. Se sentía débil. Al subir al ómnibus miró con cierta desesperación a los pasajeros, buscando gente como ella, madres y esposas honestas, mujeres orgullosas de su hogar, de su jardín, de sus arreglos florales, de su cocina. Dos jóvenes que ocupaban el asiento frente a ella se estaban riendo. Uno de ellos le pasó el brazo por los hombros del otro y le besó la oreja. ¿Debía golpearlos con su paraguas? En la parada siguiente, aquello que tanto anhelaba –una mujer honesta- se sentó en el asiento contiguo al de ella. Nellie sonrió a la desconocida, que retribuyó la sonrisa y comentó fatigada:

            -He estado buscando cretona inglesa por todas partes, pero me temo que no hay ni un metro en toda la ciudad de Nueva York. Tengo toda clase de cosas inglesas en casa, y los estampados que están de moda no armonizan en absoluto con mi estilo de decoración, pero es lo único que se consigue. Seguramente debe de haber buena cretona inglesa en alguna parte, pero no he podido encontrarla. La que tengo en casa es muy hermosa, pero ya está un poco gastada. Tiene un estampado de flores de lis sobre fondo azul. Mire, aquí tengo un pedazo. –Abrió su bolso y extrajo de él un trozo de tela azulada.

            Esa conversación era justo lo que Nellie necesitaba, pero mientras la desconocida seguía hablando de estampados, las palabras garabateadas en aquellos carteles –Culear, Pija, Concha- ardían en su pecho con persistente incandescencia, y no

lograba borrar de su mente la pelambre púbica del actor y su tallo marchito. Se sentía incapaz de volver a casa. Para entonces, la desconocida había comenzado a describir sus muebles, y Nellie pasó del tedio a la irritación. Qué despreciable podía ser una vida regida por alfombras y sillones, la virtud encarnada en la cretona y el mal representado por las telas de moda. Su vecina de asiento le resultaba más despreciable que esos jóvenes que se prodigaban cariño frente a ella y que los necios estudiantes allá afuera. Se sintió como si hubiera vislumbrado una revolución erótica que la había dejado estupefacta, y que también había mutilado su entusiasmo por los arreglos florales. Se internó en Grand Central Station bajo la lluvia, pasó frente a varios puestos de revistas que parecían especializarse en fotografías de hombres desnudos. Subir al tren fue un paso en la dirección apropiada. Estaba volviendo a casa, en una hora sería capaz de cerrar su puerta a aquella desconcertante tarde de lluvia. Volvería a ser ella misma, la esposa de Eliot Nailles, la honesta, concienzuda, inteligente, casta Nellie Nailles. Pero si su compostura dependía de las puertas que mantuviese cerradas, ¿no era una compostura despreciable? Despreciable o no, a medida que el tren avanzaba, Nellie fue sintiendo los primeros síntomas de restablecimiento. Cuando bajó del tren en su estación y recorrió el estacionamiento rumbo a su auto, ya había logrado retornar a sí misma. Condujo el auto hasta su casa, abrió la puerta principal. La cocinera estaba salteando unos hongos en manteca, el aroma llegaba hasta el living.

            -¿Lo pasó bien? –preguntó la cocinera.

            -Sí, gracias. Muy bien. Fue una pena que lloviese, pero necesitamos que llueva para que se llene la represa, ¿no es verdad?

            Le exasperó la absoluta artificialidad de sus sentimientos, pero ¿cuanto podía una acercarse a la verdad? ¿Podía decir mierda a la cocinera o describir lo que había visto en escena? Subió las escaleras en dirección a su placentero dormitorio y se dio un placentero baño; pero no logró librarse de la sensación de que su único modo de comprender el mundo se basaba en la falsedad, el aislamiento, la exclusión y la ceguera. No mencionó su experiencia a Nailles.  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-