"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Diciembre del 2010


... y que sigan los hésitos !!!

Publicado en columnas light veraniegas el 31 de Diciembre, 2010, 14:38 por MScalona

dibujo de Marcelo Pérez

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Publicado en Aguafuerte el 31 de Diciembre, 2010, 14:09 por MScalona

REPORTAJE: IDA Y VUELTA

Heroísmo de una noche

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 18/12/2010

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El hombre dócil que sonreía siempre en exceso y al que muchos de los suyos llamaban lacayo y payaso de pronto se puso muy serio y levantó la voz y no hubo manera de hacer que callara ni de parar el escándalo. El 17 de septiembre de 1957 un hombre joven con chaquetilla de camarero llamó a la puerta de la habitación donde se alojaba Louis Armstrong, diciéndole que le traía la cena. El hotel estaba en un lugar llamado Grand Forks, en North Dakota. Armstrong habría llegado a él desde cualquiera sabe dónde esa misma mañana y se marcharía de él a la mañana siguiente, camino de otro hotel en otra ciudad en la que daría otro concierto y pasaría también una sola noche. Tenía cincuenta y seis años y esa era la vida que había conocido desde que era muy joven: tocar cada noche en clubes o en salones de baile, descansar unas horas, tomar un autobús o un tren con los músicos hacia el próximo destino, viajando tal vez durante un día entero para llegar a tiempo de la actuación en una ciudad de la que la mayor parte de las veces no veía nada y ni siquiera sabía el nombre, encontrarse oliendo a sudor y exhausto en otra habitación de otro hotel. Y si la gira era por los Estados del Sur, muchas veces no había hoteles donde aceptaran a negros, ni restaurantes de carretera en los que les vendieran comida o les permitieran aliviarse, de modo que más valía pasar la noche de cualquier manera en el autobús y seguir viaje. Incluso ahora -cuando era desde hacía mucho una celebridad internacional, viajaba en su propio coche de lujo y tenía un asistente- Louis Armstrong seguía sin poder entrar por la puerta principal ni alojarse en muchos de los hoteles en los que su orquesta tocaba.

        Y sin embargo se sabía un privilegiado. Él, que había nacido en una barraca de madera, en un barrio de prostitutas y de rufianes, que se acordaba bien de cuando era niño y buscaba restos de comida por los muladares, ahora, esa noche, podría tomarse una cena excelente sin salir de su habitación, servido por ese camarero que acababa de llamar a la puerta, y que le haría sentirse más incómodo todavía si era blanco, con la incomodidad del que ha sido muy pobre y nunca se acostumbra a que le hagan las cosas, a que le recojan del suelo el tenedor que se ha caído o se le inclinen con deferencia para recibir una propina.

      Pero este hombre joven que le traía la cena no era un camarero. Era un periodista novato que trabajaba en un periódico local, el Grand Forks Herald, y que al enterarse de que Louis Armstrong se alojaba esa noche en el hotel había tenido un arranque atolondrado de audacia, a la manera de los reporteros de las películas o de los periódicos de las grandes ciudades lejanas en las que sucedían las cosas. Quizás temblaba un poco al encontrarse en carne y hueso a un personaje algo irreal de tan célebre, Louis Armstrong, no la cara con la sonrisa inmensa en primer plano de las portadas de los discos y los programas de variedades de la televisión sino un hombre menudo, cabezón, gordito, afable, con aire de cansancio, que no se enfadó cuando él le dijo quién era y a lo que venía. Empezaron a hablar, y aunque el periodista le había asegurado que sólo le haría preguntas sobre su música fue inevitable que la conversación derivara hacia lo que estaba pasando en el Sur esos mismos días: los padres de nueve niños negros de Little Rock, la capital de Arkansas, habían intentado que sus hijos fueran el primer día de curso a la misma escuela a la que asistían los blancos, amparándose en la resolución del Tribunal Supremo que declaraba ilegal la segregación educativa. El propio gobernador del Estado se había puesto delante del edificio escolar desplegando a la guardia nacional para impedir la entrada de los niños. Una multitud furiosa se había sumado al cerco, con pancartas y gritos. Los niños y sus padres tuvieron que volverse sin entrar a la escuela y el Gobierno federal, al que le correspondía imponer la ley, no hizo nada.

      Hablaban sobre eso y el periodista vio que de pronto Louis Armstrong se convertía en otro hombre. Había cambiado el tono de su voz y su cara severa era la de un desconocido a quien nadie había visto en ninguna foto. Rompió a hablar como un torrente, sin reparar en la mano que tomaba notas cada vez más rápido, en la mirada incrédula del periodista que sabía que no podía perderse ni una sola de las palabras roncas que estaba escuchando. "Las cosas están tan mal que un hombre de color no tiene un país que sea suyo", dijo Armstrong. "El presidente Eisenhower es un hombre de dos caras", continuó diciendo, y tragaría saliva y se pasaría la lengua por los anchos labios siempre doloridos y resecos, "no tiene agallas (no guts), y ese gobernador es un no-good motherfucker. ¡Y ahora el Departamento de Estado quiere mandarme de gira por la Unión Soviética! Por el modo en que están tratando a mi gente en el Sur este Gobierno se puede ir al infierno". Ebrio de rabia repetía motherfucker con la música del himno americano, y llamaba motherfucker al presidente, y también al secretario de Estado, a toda aquella gente del Gobierno que quería mandarlo a un viaje de propaganda. "¿Cómo puede un negro ir por el mundo en representación de un país que trata a sus ciudadanos negros como si fueran basura? ¿Si me preguntan por ahí qué está pasando en mi país, qué voy yo a contestar?".

      El periodista le preguntó que si de verdad quería que escribiera eso: palabra por palabra, confirmó Armstrong. A lo más que accedió fue a cambiar motherfucker por otro adjetivo para aplicar al gobernador de Arkansas: acordaron llamarlo uneducated plow boy, más o menos gañán. Al día siguiente las palabras de Louis Armstrong eran titulares de primera página en todos los periódicos. Le llamaban para preguntar si de verdad había dicho eso y contestaba con toda tranquilidad: "Exactamente". El comediante negro que sonreía demasiado y al que los músicos de jazz de las generaciones más jóvenes miraban por encima del hombro y casi con vergüenza, llamándole Tío Tom, payaso y siervo de los blancos, de pronto se había puesto mortalmente serio para decir alto y claro lo que llevaba callando toda su vida. Fue tal el escándalo que hubo quien se acercó a Armstrong ofreciéndole la posibilidad de desmentir al periodista: inamoviblemente él confirmó lo que decían los titulares. Sí, había llamado cobarde al presidente y gañán al gobernador de Arkansas. El hombre amedrentado siempre, el que sabía muy bien lo fácilmente que podía volverse arrogancia e insulto la benevolencia de los blancos y nunca llegó a sentirse cómodo en su cercanía, por mucho que adularan su talento, había hablado esa noche con el mismo brío sin miedo, el mismo descaro que hubo siempre en su música. -

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      Pops. A Life of Louis Armstrong. Terry Teachout. Houghton Mifflin Harcourt, 2010. 496 páginas. antoniomuñozmolina.es


      CLAUDIA PIÑEIRO, Regalar Libros...

      Publicado en De Otros. el 30 de Diciembre, 2010, 12:26 por MScalona

      Regalar libros,

      un arte delicado

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      Claudia Piñeiro
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      Supongo que por ser escritora, y porque es creencia generalizada que los escritores leemos mucho, cada tanto, en especial para las Fiestas, suena mi teléfono y cuando atiendo alguien desde el otro lado de la línea me larga la siguiente pregunta o una equivalente: “Che, ¿qué libro le regalarías a mi suegra?” Y la verdad es que yo a su suegra no le regalaría ningún libro. No porque la señora no se lo merezca sino porque no la conozco. Elegir un libro para alguien que uno no conoce es como que un sastre tome las medidas de un traje por teléfono, o que un médico diagnostique una enfermedad sin ver al enfermo. Puede ser que acierten, pero el riesgo de equivocarse es alto. Sin embargo, si el otro insiste, si dice que el cumpleaños de la suegra es hoy mismo, que él ya está en la librería y que la suegra va a estar contentísima cuando le diga quién eligió el libro para ella, uno, a pesar de los prejuicios, lo intenta, hace un par de preguntas acerca de la suegra, escucha con atención aunque con fastidio las respuestas, cruza los dedos y, por fin, larga dos o tres títulos.

      Regalar un libro es un acto personal y dedicado que tiene en cuenta al otro. Un acto de seducción: uno espera que quien lo recibe sea seducido por ese texto pero también por el hecho de haberlo elegido especialmente para él. A veces funciona, a veces no. No hace mucho, alguien me llamó inquieto, casi perturbado, para preguntarme: ¿Me podés explicar por qué me regalaste ese libro a mí? Y en ese sentido, la cosa es como los chistes: si hay que explicarlos pierden la gracia.

      Aunque casi siempre elijo libros diferentes para diferentes personas, hay unos pocos que uso de comodines, libros que considero que cualquier lector con cierta sensibilidad va a apreciar. Libros “bellos”. Seda, de Alessandro Baricco, si quiero regalar una novela. La melancólica muerte de Chico Ostra, de Tim Burton, pequeñas historias en verso e ilustradas. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, de George Steiner, o La palabra amenazada, de Ivonne Bordelois, cuando lo que quiero regalar son reflexiones.

      También me gusta jugar a un juego: “¿Qué libro le regalarías a.?” Pienso en una persona, alguien que no conozco personalmente pero que creo conocer a través de lo que se muestra de él públicamente, porque es un personaje mediático, o de la cultura, o de la política, y me imagino qué libro le regalaría. Por ejemplo, Marcelo Tinelli. Imagino que Tinelli es lector, lo escuché responder en algún viejo reportaje acerca de lecturas y libros, y los que mencionaba no eran textos o autores complacientes, ni esos que hacen pensar que quien está respondiendo miente (no nos olvidemos que tuvimos un presidente que decía haber leído a Sócrates). Por eso, porque creo que Tinelli es lector y porque parece un tipo inteligente, le regalaría ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace Mc Coy. “Una novela extraordinaria”, me dijo Eduardo Belgrano Rawson cuando me la recomendó. Una muy buena novela negra, dicen otros. Yo digo que es una gran novela social, casi de denuncia. Un concurso de baile maratónico, distinto a los que organiza Tinelli, en otro tiempo y otro lugar: California 1932, después de la Gran Depresión. Pero con algunas semejanzas. El público no es televidente sino que está sentado en gradas alrededor de la pista. Un concurso en el que las parejas de bailarines están dispuestas a hacer lo que sea por ganar. Y hacer lo que sea incluye morir. O matar.

      Otra ronda de juego: ¿Qué libro le regalarías a Mauricio Macri? A diferencia de Tinelli, no creo que Macri sea muy lector. Si lo fuera, hablaría mejor en público, tendría un vocabulario más amplio, erraría menos en la sintaxis, en los tiempos verbales y en el uso o no de preposiciones. Pero de todos modos, si tuviera que regalarle un libro y creyera que él lo va a leer, elegiría dos: Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, y Las garras del niño inútil, de Luis Mey. El primero transcurre en la villa del Bajo Flores; el segundo, en San Isidro, en una línea difusa, calle de por medio, en la que la clase media más pobre se agarra de pies y manos para no pasar del otro lado, allí donde empieza La Cava. Si luego de leerlos Macri dice “El de Alarcón vaya y pase, ¿pero por qué voy a leer yo el de Mey, que transcurre en el conurbano? Ese que lo lea Scioli”, entonces habré fracasado.

      Y una última ronda: ¿Qué libro le regalarías a la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, en estas Fiestas? La presidenta lee, no tengo dudas. Si no leyera no podría hablar en público como lo hace. Le regalaría buena literatura, dos novelas escritas por mujeres: Desarticulaciones, de Silvia Molloy, y La orfandad, de Sylvia Iparraguirre. El de Molloy, porque es un libro hermoso y triste, el de una despedida a alguien que se quiere, un duelo que da tiempo y un texto de esos a los que se les agradece que sirvan de excusa para llorar. Y el de Iparraguirre, porque es una historia exquisita, de las que se leen a dos centímetros del suelo, y que reparan heridas.

      El último libro que regalé fue Cuentos reunidos, de Kjell Askildsen, y el último libro que me regalaron fue Intimidad, de Hanif Kureishi. Pronto sabré si los trajes eran de la medida adecuada.

      © La Nacion

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      La autora es escritora. Su último libro es Las grietas de Jara

      JOHN CHEEVER

      Publicado en De Otros. el 28 de Diciembre, 2010, 19:37 por MScalona

      EE.UU., 1912-1982

      BULLET  PARK, Ed. Emecé, p. 38-42


      Nellie no era la clase de ama de casa que recibía a su marido con un beso de lengua sin darle tiempo a colgar el sombrero siquiera. Era la corrección personificada. Esa mañana tenía puesto un camisón de encaje y olía a claveles. Era una mujer frágil, de cabello rojizo, cuya labor comunitaria, arreglos florales, y preceptos morales habrían ofrecido excelente materia prima para un monólogo de cabaret. Le interesaban las artes. Había pintado ella misma los tres cuadros del comedor. Las telas venían impresas con un laberinto de líneas azuladas, como un mapa geodésico. Cada sector del lienzo estaba numerado –uno para el amarillo, dos para el verde, y así sucesivamente-; siguiendo con cuidado las instrucciones ella había podido recrear, en la anónima tela, la profundidad y el brillo de una tarde otoñal en Vermont y el retrato que había hecho Gainsborough de las hijas del mayor Gillespie. Ella sabía que el resultado era un poco ordinario, pero igual le gustaban. Poco antes, llevada por una auténtica curiosidad y afán de estar informada, se había anotado en un curso sobre teatro moderno. Una de las tareas que le habían dado había sido ir a Nueva York y escribir sus impresiones acerca de una obra en cartel en el Village. Había planeado ir con una amiga pero le falló a último momento, así que Nellie fue sola.

                  La obra se representaba en un loft, con escaso público. El aire olía a rancio. Cerca del final del primer acto, uno de los actores se sacó los zapatos, la camisa, los pantalones y, de espaldas al público, los calzoncillos. Nellie no podía creer lo que veía. Abandonar la sala en señal de protesta, como hubiese hecho su madre, habría sido como rechazar la realidad de la vida. Y ella quería ser una mujer moderna, poder lidiar con el mundo. Ya desnudo, el actor se volvió lentamente, bostezando y desperezándose con toda naturalidad. Todo era muy real y vívido, pero una violenta sucesión de yuxtaposiciones entre su idea del decoro y su excitación la sumieron en un paroxismo emocional que la dejó transpirando. Si éstos eran los simples hechos de la vida, ¿por qué sus ojos estaban fijos en el espeso cepillo púbico del cual colgaba, como una flor marchita, el tallo principal? Las luces se atenuaron. Los actores permanecieron vestidos el resto de la obra, pero Nellie no recuperó la calma. Cuando salió del teatro, llovía. Cruzó Washington Square para tomar un ómnibus hacia Grand Central. Algunos estudiantes de la universidad daban vueltas alrededor de la fuente, llevando carteles en los que habían escrito Culear, Pija, Concha. ¿Había enloquecido? Contempló la procesión hasta que desapareció de su vista. El último cartel que alcanzó a ver decía Mierda. Se sentía débil. Al subir al ómnibus miró con cierta desesperación a los pasajeros, buscando gente como ella, madres y esposas honestas, mujeres orgullosas de su hogar, de su jardín, de sus arreglos florales, de su cocina. Dos jóvenes que ocupaban el asiento frente a ella se estaban riendo. Uno de ellos le pasó el brazo por los hombros del otro y le besó la oreja. ¿Debía golpearlos con su paraguas? En la parada siguiente, aquello que tanto anhelaba –una mujer honesta- se sentó en el asiento contiguo al de ella. Nellie sonrió a la desconocida, que retribuyó la sonrisa y comentó fatigada:

                  -He estado buscando cretona inglesa por todas partes, pero me temo que no hay ni un metro en toda la ciudad de Nueva York. Tengo toda clase de cosas inglesas en casa, y los estampados que están de moda no armonizan en absoluto con mi estilo de decoración, pero es lo único que se consigue. Seguramente debe de haber buena cretona inglesa en alguna parte, pero no he podido encontrarla. La que tengo en casa es muy hermosa, pero ya está un poco gastada. Tiene un estampado de flores de lis sobre fondo azul. Mire, aquí tengo un pedazo. –Abrió su bolso y extrajo de él un trozo de tela azulada.

                  Esa conversación era justo lo que Nellie necesitaba, pero mientras la desconocida seguía hablando de estampados, las palabras garabateadas en aquellos carteles –Culear, Pija, Concha- ardían en su pecho con persistente incandescencia, y no

      lograba borrar de su mente la pelambre púbica del actor y su tallo marchito. Se sentía incapaz de volver a casa. Para entonces, la desconocida había comenzado a describir sus muebles, y Nellie pasó del tedio a la irritación. Qué despreciable podía ser una vida regida por alfombras y sillones, la virtud encarnada en la cretona y el mal representado por las telas de moda. Su vecina de asiento le resultaba más despreciable que esos jóvenes que se prodigaban cariño frente a ella y que los necios estudiantes allá afuera. Se sintió como si hubiera vislumbrado una revolución erótica que la había dejado estupefacta, y que también había mutilado su entusiasmo por los arreglos florales. Se internó en Grand Central Station bajo la lluvia, pasó frente a varios puestos de revistas que parecían especializarse en fotografías de hombres desnudos. Subir al tren fue un paso en la dirección apropiada. Estaba volviendo a casa, en una hora sería capaz de cerrar su puerta a aquella desconcertante tarde de lluvia. Volvería a ser ella misma, la esposa de Eliot Nailles, la honesta, concienzuda, inteligente, casta Nellie Nailles. Pero si su compostura dependía de las puertas que mantuviese cerradas, ¿no era una compostura despreciable? Despreciable o no, a medida que el tren avanzaba, Nellie fue sintiendo los primeros síntomas de restablecimiento. Cuando bajó del tren en su estación y recorrió el estacionamiento rumbo a su auto, ya había logrado retornar a sí misma. Condujo el auto hasta su casa, abrió la puerta principal. La cocinera estaba salteando unos hongos en manteca, el aroma llegaba hasta el living.

                  -¿Lo pasó bien? –preguntó la cocinera.

                  -Sí, gracias. Muy bien. Fue una pena que lloviese, pero necesitamos que llueva para que se llene la represa, ¿no es verdad?

                  Le exasperó la absoluta artificialidad de sus sentimientos, pero ¿cuanto podía una acercarse a la verdad? ¿Podía decir mierda a la cocinera o describir lo que había visto en escena? Subió las escaleras en dirección a su placentero dormitorio y se dio un placentero baño; pero no logró librarse de la sensación de que su único modo de comprender el mundo se basaba en la falsedad, el aislamiento, la exclusión y la ceguera. No mencionó su experiencia a Nailles.  

      MARÍA PAULA ALZUGARAY

      Publicado en De Otros. el 27 de Diciembre, 2010, 15:22 por MScalona

      MARTÍN GAMBAROTTA

      Publicado en De Otros. el 27 de Diciembre, 2010, 14:55 por MScalona
      MARTÍN GAMBAROTTA  nació en Baires en 1968 .
      Fogwill nos dijo en junio que para él era el mejor poeta actual del país.
      Punctum


      4



      Hace un año la noche era igual

      y nada le asegura que, acostado,

      ésta no sea en realidad

      otra noche y que el pasado

      no pasó

      o está gateando

      por debajo de esa cama.

      La noción del tiempo

      perdida hasta que el alcohol le dilata

      suave, las arterias

      y un latido irregular del corazón

      alcanza

      para que las horas se reacomoden

      en alguna de las dos noches

      donde toma algo de un vaso rajado.

      Mirando el reflejo de su cara

      en el revés de una cuchara,

      puede tirar el vaso a la mierda o dejarlo

      en la mesa de luz: entre esos dos

      puntos del deseo vacila el futuro

      y lo importante podrá ser

      el ruido,

      azul, de los cubitos

      de hielo derritiéndose en el vaso

      pero lo esencial es el fulgor de una soldadora

      llegando desde una construcción lejana: el esqueleto

      de un edificio sin terminar

      congelado en la iluminación que, desde más atrás,

      irradia la terminal empapelada

      con afiches de la gobernación:

      NO, dicen el rojo, a la droga.

      A mitad de cuadra los empleados de una farmacia de turno

      fumando bajo una cruz, verde, de neón. Alcanza con bajar

      la persiana para eliminar la escena. Cadáver, cada hora

      que pasa vale más que un año en la vida de un perro.

      Acostado

      en la cama impresionista,

      sentiría

      el roce de un grano de arroz en su paladar seco,

      mira la foto de una amiga

      que estuvo internada

      en un hospicio de París. Eso

      suena pretencioso y, releyendo,

      sería mejor cambiar París por Federación, hospicio

      por hospital, internada por encerrada, pero

      se atiene a los datos reales de la nota

      detrás de la foto. En el papel

      brilloso está prendiendo un cigarrillo,

      protege la llama del encendedor en el hueco de la mano

      de aquel viento que arrasó una playa. Atrás: el mar

      cuando las olas crecen para romper.

      Bajo un cielo anti-óxido su amiga, algo pálida;

      el pelo del largo al que llega

      dos meses después de rapado. La escena soluciona

      un problema: sabría a quién llamar si en el bolsillo

      de su pantalón, en vez de un cassette y una goma de borrar,

      tuviera dos fichas larga distancia.

      SAM SHEPARD

      Publicado en De Otros. el 27 de Diciembre, 2010, 12:46 por MScalona

                   Shepard, EE.UU., 1943




      A ver si lo entiendo

      ¿Dices

      Que te tortura el no poder escribir

      O que

      No puedes escribir porque estás torturado?

      ¿Dices

      Que estos tiempos te han convertido en un escéptico

      O que

      Estos tiempos confirman tu escepticismo?

      Mira, voy a decirte una cosa

      Preferiría tener que echarles el lazo a las vacas

      Que hablar de política con vos.

      Preferiría caer borracho perdido

      Debajo de un camión con remolque

      Tu desesperación es más aburrida

      que el  Show de Merv Griffin (*)

      tu gimoteante lloriqueo

      tus grandes soluciones baratas para la delincuencia

      levantá el culo y ponete a cocinar

      hacé con tu tiempo

      lo que quieras

      pero no malgastés el mío

                                                             SAM   SHEPARD

      2/80

      Santa Rosa, Ca.

      Crónicas de motel.-   Ed. Anagrama

      *  el show de Merv Griffin es la típica revista televisiva cursi y frívola tipo Rial-Canosa, etc…

      EL PORTADOR, Video de la presentación

      Publicado en Fotitos. el 26 de Diciembre, 2010, 13:20 por MScalona

      clickear allí:

      http://www.facebook.com/#!/video/video.php?v=1709084243477&comments

      REVISTA EN VOZ ALTA, 4º número

      Publicado en Sugerencias. el 26 de Diciembre, 2010, 8:07 por MScalona

      SARA COHEN

      Publicado en De Otros. el 25 de Diciembre, 2010, 22:22 por MScalona

      .                                  

       

       

                                           EL POETA Y EL OMBLIGO DEL SUEÑO

       

       

       

      Poemas. Objetos de la muerte.

      Eterna inmortalidad de la muerte.

      Algo así como un goteo nocturno y afiebrado.

      Poesía. Orina. Sangre.

      Muerte fluyente y olorosa. Gran oído de dios.

      Poesía.

      Silenciosa algarabía de corazón.

       

                                                                         Blanca Varela

       

       

      El enigma que encierra el universo literario que cada poeta es capaz de generar siempre me inquietó.

      ¿Cuál es la lengua del escritor?

      ¿Qué es lo que lo posiciona para hacer del uso de la lengua algo que lo diferencia?

                  Un relato de kafka, “Una cruza”, refleja en forma elocuente la condición extranjera de quien está solo en su singularidad en relación con el resto. Lo hace a través de un animalito “muy singular, mitad gatito y mitad cordero”. Por tratarse de una rareza, el protagonista nos cuenta las preguntas “que nadie podría responder” que le hacen los niños: “…que porque existe un solo animal como ése, por que lo tengo precisamente yo, que si ya ha existido otro animal igual y qué ocurrirá después de que él muera, que si se siente muy solo, que por qué no tiene cría, que cómo se llama, etcétera”.

                  Un gran afecto une al animalito con su dueño, quien percibe la extrañeza en que vive el gatocordero por tratarse de un ejemplar único que no tiene “un solo consanguíneo” A su vez, el animalito casi humano también parece percibir los problemas que aquejan a su dueño.

                 El gran acierto del cuento es que a ese ejemplar, para el cual la vida es una condena, una condena el protagonista debe conservarle la vida por haberlo heredado de su padre. Dice así el narrador: “No es mucho lo que he heredado de mi padre; pero esta herencia es digna de atención”.

                Esta manera de vincular la singularidad y la soledad con la filiación paterna e ilustrativa para pensar la condición extranjera del escritor. La escritura ya no  es el dialecto materno escrito en el cuerpo con los cuidados y primeros sonidos escuchados sino el pasaje de lo oral a lo escrito que nos remite por siempre a una condición extranjera.

                     Semejante herencia no solo nos proporciona ningún amparo sino que exige inventarse un decir, inventarse una lengua que salga de los surcos ya transitados.

                    Dice Gilles Deleuze:      Las obras maestras  de la literatura forman siempre una suerte de lengua extranjera en la lengua en la que fueron escritas, ¿Qué aire de locura, qué soplo sicótico, atraviesa de tal modo el lenguaje? Un gran escritor es siempre como un extranjero en la lengua en que se expresa, aun si es su lengua natal. En el límite, toma sus fuerzas de una muda minoría desconocida, que no le pertenece sino a él. Es un extranjero en su propia lengua: no mezcla otra lengua con su lengua, labra en su lengua una lengua extranjera no preexistente. Hace gritar, hace tartamudear, balbucear, susurrar la lengua en sí misma”.

       

       

       

       

       

      SARA  COHEN

      El Silencio de los poetas,

      Ed Biblos, p. 13-14

      MICHEL HOUELLEBECQ

      Publicado en De Otros. el 25 de Diciembre, 2010, 11:55 por MScalona

      Daniel24,10

       

       

       

      Ya hace unas cuantas semanas que Vincent 27 intenta establecer contacto. Mis relaciones con Vincent 26 sólo fueron ocasionales; no me informó de que se acercaba su fallecimiento, ni de su paso al estado intermedio. Entre neohumanos, las fases intemedias suelen ser breves. Cada cual puede cambiar como le venga en gana dirección numérica y volverse indetectable; por mi parte, he hecho tan pocos contactos que nunca lo he creído necesario. A veces paso semanas enteras sin conectarme, cosa que exaspera a Marie 22, mi más asidua interlocutora. Como ya admitía Smith, un haz convergente de fracasos en el transcurso de los procesos cognitivos desencadena la separación sujeto-objeto. Nagel observa que ocurre lo mismo con la separación entre sujetos (con la diferencia de que en este caso el fracaso no es empírico, sino afectivo). El sujeto se constituye en y mediante el fracaso, y la transición de los humanos a los neohumanos, con la consiguiente desaparición de cualquier contacto físico, no modificó en absoluto este hecho empírico esencial. Como los humanos, no hemos conseguido librarnos de la condición de individuo ni del sordo desamparo que lo acompaña; pero, al contrario que ellos, sabemos que esta condición sólo se debe a un fracaso perceptivo, el otro nombre de la nada, la ausencia de la Palabra. Imbuidos de muerte y modelados por ella, ya no tenemos fuerzas para adentrarnos en la Presencia. Puede que para algunos seres humanos la soledad tuviera el alegre sentido de evadirse del grupo; pero entonces esos solitarios abandonaban lo que originalmente les era propio para descubrir otras leyes, otro grupo. Ahora que ya no queda grupo alguno, que todas las tribus se han dispersado, nos sabemos aislados pero semejantes, y se nos han quitado las ganas de unirnos.

       

       Durante tres días consecutivos, Marie22 no me envío ningún mensaje; eso era poco corriente. Tras dudar un poco, le transmití una secuencia rodante que llevaba a la cámara de vigilancia de la unidad de Proyecciones XXI, 13; me constestó de inmediato, con el siguiente mensaje:

       

      Bajo el sol del pájaro muerto

      Se extiende sin límite la arena;

      No hay una muerte serena:

      Enséñame parte de tu cuerpo.            

       

      4262164, 51026, 21113247, 6323235. En la dirección indicada no había nada, ni siquiera un mensaje de error; sólo una pantalla completamente en blanco. Así que ella quería pasar al modo no rodante. Dudé, mientras en la pantalla vacía se formaba el siguiente mensaje: “Como seguramente habrás adivinado, soy una intermedia”. Las letras se borraron, apareció un  nuevo mensaje: “Voy a morir mañana”.

       

      Con un suspiro, conecté el dispositivo de vídeo e hice zoom sobre mi cuerpo desnudo. “Más abajo, por favor”, escribió ella. Yo le propuse que pasáramos a modo vocal. Al cabo de un momento, me contestó: “Soy una vieja intermedia que se acerca a su fin; no sé si mi voz será muy agradable. Pero bueno, si lo prefieres…”. Comprendí que ella no iba a enseñarme ninguna parte de su anatomía; en el estado intermedio, el deterioro suele ser muy brusco.

      Pues sí, su voz era casi completamente sintética; aunque quedaban algunas entonaciones neohumanas, sobre todo en las vocales: extraños deslizamientos hacia la dulzura. Yo hice una lenta panorámica hasta mi vientre. “Más abajo todavía…”, dijo ella con una voz casi inaudible. “Enséñame tu sexo, por favor.” Obedecí; masturbé mi miembro viril siguiendo las reglas que nos había enseñado la Hermana Suprema; algunas intermedias, hacia el final de sus días, sienten nostalgia del miembro viril, y les gusta contemplarlo durante sus últimos minutos de vida real; parece que Marie22 se contaba entre ellas; en realidad no me sorprendía, teniendo en cuenta los mensajes que habíamos intercambiado en el pasado.

       

      Durante tres minutos no ocurrió nada; luego recibí un último mensaje (ella había vuelto a pasar a modo vocal): “Gracias, Daniel. Ahora voy a desconectarme, a poner orden en las últimas páginas de mi comentario y a prepararme para el final. En unos cuántos días, Marie23 se instalará entres estas paredes. Yo les dejaré tu dirección IP, y una invitación para que siga en contacto. Han ocurrido cosas por medio de nuestras encarnaciones parciales, en el período consecutivo a la Segunda Reducción; ocurrirán más cosas por medio de nuestras encarnaciones futuras. Nuestra separación no es un adiós; lo presiento”.                   

       

       

       

                                       Michel Houellebecq

                                     La Posibilidad de una Isla.-

      VIEL TEMPERLEY por JUAN FORN

      Publicado en Ensayo el 23 de Diciembre, 2010, 12:02 por Felicitas

      El sacado del mundo

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       Por Juan Forn

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      Si algo me hace pensar en él es el sol pleno del verano. Y sin embargo lo conocí en invierno y de noche: una noche de invierno de 1976, una noche entre semana, porque yo estaba con uniforme del colegio y ella también. Ella era un par de años más chica que yo, se llamaba Verónica y era una de las hijas del poeta Héctor Viel Temperley. Estábamos ahí, en la puerta del BarBaro, porque ella quería que yo conociera a un poeta de verdad, un tipo que había dejado a su mujer y a sus hijos, además de su cómodo trabajo y su clase social, para dedicarse a escribir poesía. Había poca gente adentro, Hetomín (así lo llamaban sus amigos, así lo llamaban sus hijos) no había llegado, pero igual preferimos esperar adentro, porque uno no se quedaba parado esperando en la calle, de noche, en esos años –era algo que se sabía aunque no se supiera ni el diez por ciento de lo que estaba pasando–. Un rato después, ella vio venir a su padre, nos presentó y, por lo menos en mi recuerdo, nos dejó a solas. Durante la hora que siguió, por primera vez en mi vida yo pude escuchar cómo pensaba un poeta de verdad. En mi recuerdo, Viel fue el primer adulto que me habló como un igual. No fue culpa de él que yo no entendiera nada, que creyera que me estaba hablando sólo de poesía cuando él repetía la palabra riesgo.

      Seis años después, a seis cuadras de distancia, volví a encontrarme con él. Su nueva base de operaciones era un bar con mesas en la calle sobre Carlos Pellegrini, a metros de Santa Fe, al lado del edificio donde estaban las oficinas de la Editorial Emecé, donde yo trabajaba de cadete. A las ocho menos cuarto de la mañana, el único otro habitué de aquellas mesas en la vereda era el Coco Basile, que desembocaba ahí con sus amigotes cuando cerraban el cabaret Karim, en la otra cuadra. Viel iba por el sol: con tal de aprovechar los primeros rayos de sol, a veces llegaba adelantado y se cruzaba con el Coco y su pandilla, que odiaban el sol pero odiaban más irse a dormir.

      En una de esas mesas a la calle, a fines del ’82, Viel me dio un ejemplar de Crawl que acababa de imprimirse (me lo regaló de pura chiripa, porque fui el primero con el que se cruzó cuando volvía con el paquete de la imprenta: estaba tomándose un cafecito al sol, con la pila de libros en la silla de al lado, cuando yo bajé del colectivo a cinco metros de su mesa). En otra de esas mesas esperó mientras yo robaba para él, de la biblioteca de Emecé, un ejemplar de Humanae Vitae Mia, el único de sus libros de poemas cuya edición él no había tenido que pagar de su bolsillo, el único del que no le quedaba ningún ejemplar.

      Para entonces yo ya había perdido lo mejor de la inocencia que tenía al entrar en el mundo de la literatura y creía que un poeta que se pagaba la edición de sus libros no era un poeta importante. Además, en esa época Viel hablaba de Dios todo el tiempo, un dios luminoso y panteísta y demasiado cristiano para mi gusto, aunque él lo hiciera aparecer en sus monólogos interminables entre legionarios y marineros y cosacos y nadadores de aguas abiertas y domadores de caballos. La última vez que lo vi en la terraza de aquel bar fue cuatro años después: tenía la cabeza vendada como la famosa foto de Apollinaire cuando volvió de la guerra, me dijo que su madre había muerto, que él acababa de terminar un libro llamado Hospital Británico y que le habían trepanado el cerebro. Irradiaba luz, hablaba demasiado fuerte, yo creí que estaba medicado: era que se estaba muriendo, a su formidable manera.

      Aunque fuese Enrique Molina el primero que tomó a Viel en serio, que lo vio literalmente como un igual (nómada, amante del mar, vitalista ciento uno por ciento), hay que reconocerle a Fogwill el inicio del culto. Es en gran medida gracias a él que hay hoy por lo menos dos generaciones de jóvenes que idolatran a Viel por Hospital Británico, ese libro agónico que según decía le dictó su madre muerta a la luz del quirófano donde un cirujano le estaba abriendo el cráneo con una sierra eléctrica (le habían dado anestesia local; estuvo consciente durante toda la operación). Hospital Británico es un libro que Viel armó casi por completo con frases de sus libros anteriores, aquellas en las cuales anticipaba lo que le iba a pasar en una sala de ese hospital en 1986, acompañado por el espíritu de su madre muerta.

      Para sus fans, es un misterio cómo pasó Viel de la normalidad casi anodina de sus libros anteriores a la potencia fulgurante de Hospital Británico (“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Me han sacado del mundo”.) Para mí, el verdadero salto, la triple mortal sin red, la había hecho poco antes, en Crawl. Uno de los acápites de ese libro es de León Bloy y dice: “Escucho a los cosacos y al Santo Espíritu”. Ese redoble sobrenatural de la tierra es lo que consiguió por fin escuchar Viel cuando estaba a punto de cumplir cincuenta años, y es lo que retumbó en su cabeza hasta hacérsela explotar, menos de cinco años después.

      “Soy un hombre que nada”, me dijo en una época de bajón, después de Crawl y antes de Hospital Británico. Eso pensaba a veces de sí mismo: tanto dedicarse a la poesía y nada, salvo nadar, y que lo leyeran cincuenta. Para los mozos de aquel bar con mesas a la calle en Pellegrini y Santa Fe, y para el Coco Basile y su claque de putañeros after-Karim, será siempre el secreto mejor guardado de aquel refugio que ya no existe: el ocupante solitario de la mesita del sol, el sacado del mundo, el demente que parecía tener adentro el sol cuando pedía con voz de trueno su café y decía, a quien quisiera mirarlo, la frase que después inmortalizaría en Crawl: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, aunque comulgué como un ahogado”.

      NATALIA MASSEI en Página/12

      Publicado en Aguafuerte el 23 de Diciembre, 2010, 11:44 por MScalona

      Ultimos movimientos

       Por Natalia Massei

      Condenado calor de diciembre. Esto va a ser un infierno, me digo, mientras camino por calle Córdoba a la altura de plaza San Martín. Suerte los árboles de Paseo del Siglo que, a esta hora, todavía dan sombra. Agradezco las fachadas de mármol, que conservan algo de frío en esta ciudad. Pero la verdadera bendición es el aire acondicionado del banco.

      Consulta de saldo. Ultimos movimientos. ¿Desea realizar otra operación? Quedarme un rato aquí estaría bien. Pero, no. No deseo realizar otra operación. Tampoco deseo comprar regalos navideños con treinta y cinco grados de sensación térmica y gente amontonada por todos lados. Me llevo la última bocanada de aire fresco y salgo, resignada, chequeando el ticket del saldo. Compruebo que sí me depositaron el aguinaldo pero es menos de lo que calculaba. Empiezo a hacer las cuentas mentalmente, cuando me aborda un chiquito con una familiaridad que me sorprende al punto de detenerme para prestarle atención. Me habla como si la conversación hubiera empezado antes, como si yo no estuviese saliendo del banco, ensimismada y apurando el paso.

      ¿Le falta la cabeza? me lo dice tranquilo, preguntando más que avisando. Le veo en los ojos el horror de la duda.

      ¡¿Cómo?! no entiendo de qué me habla hasta que me señala dos pichoncitos en el suelo, al lado de la puerta del Citybank, acurrucados debajo del zócalo de mármol.

      ¡No, quedate tranquilo! lo reconforto. Tiene la cabeza escondida abajo del ala. ¿ves?

      Es un alivio para los dos. Justo en ese momento, el pichón saca la cabeza y comienza a piar. El otro se le suma. Imagino que perciben nuestra atención y demandan alimento, cobijo.

      ¡Ahí está, mirá! Se tranquiliza el pibito, que recién termina de convencerse cuando ve la cabeza asomarse.

      Andá a saber cómo llegaron acá, se habrán caído de alguno de los árboles, le comento al muchachito que los sigue mirando fascinado. Noto que el comentario lo preocupa. Ahora que los sabe vivos y enteros, se da cuenta del desamparo: se cayeron del nido y necesitan alguien que los cuide. Se le ocurre que ese alguien podría ser yo:

      ¿Te los podés llevar?

      Y no... ¿en qué me los voy a llevar?

      En las manos.

      Claro, el nene tiene razón. Pero, ¿llevármelos? Imposible. Tengo cosas que hacer y no puedo andar con estos bichos encima. Además, creo que son pichones de paloma y a mí las palomas me dan asco, sin contar que trasmiten como cuarenta enfermedades. Me quedo callada y sigo mirando los pajaritos. A esta altura comprendo que el pibe también está solo y concluyo que debe mendigar o vender curitas por la zona.

      ¿Y los puedo poner acá?

      No, acá los pueden pisar. Mejor dejalos adonde están.

      Bueno... ¡chau amigo! Me despido con torpeza. Mientras lo saludo, se entretiene acercándoles algo que hay en el piso. Un pedazo de plástico, para que jueguen como mascotas. No sé si me escucha.

      ¡Cuidalos, eh! me sale sin pensar y enseguida me arrepiento. ¡Qué boluda! ¡Decirle justamente eso a la criatura?! Ojalá no me haya oído.

      Me quedo angustiada por los pichones. Los tres. A los pájaros, seguramente, los devorará algún gato de por ahí. ¿Cuánto tiempo más podrá cuidarlos el mocoso antes de aburrirse, o antes de apostarse, nuevamente, en la entrada de otro banco para pedir monedas?

      ¿Y quién cuidará de él?

      Me voy con los bichos atragantados, como conejos en un cuento de Cortazar, sabiendo que los dejo abandonados a su suerte. ¿Podría yo haber cambiado ese sino? La pregunta se me clava más adentro en la garganta. Quizás sea el próximo usuario del cajero o algún cliente del banco el que desvíe el destino incierto de esos tres.

      Paso por una juguetería y me distraigo buscando una muñequita en la vidriera. Entonces me acuerdo del aguinaldo mal pago y de que ahora tendré que llamar a la contadora, cosa que odio. Refunfuño de antemano: me fastidia comunicarme con ella y tener que explicarle todo de te ni da men te para evitar un nuevo error.

      Para colmo, advierto que varios negocios están haciendo buenos descuentos en efectivo contado y yo, que pensaba pagar con débito, no saqué dinero. Doy media vuelta para regresar al banco. Pero no. Mejor avanzo y retiro en algún cajero más adelante. Por calle Córdoba hay un montón y, en estas fechas, están siempre llenos de plata, hasta cambio chico les ponen.

      Comienza a subir el sol. Las veredas se desnudan de sus reparos. ¡Qué calor, madre mía! Ya sabía yo que esto iba a ser un infierno.

      http://natimassei.blogspot.com/

      APUCHETA, Crítica BEATRIZ VIGNOLI

      Publicado en Ensayo el 22 de Diciembre, 2010, 13:06 por MScalona

      NOVELA COLECTIVA

      A trece manos

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       Por  Beatriz Vignoli

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      Apucheta. Crónicas del barro. Título y subtítulo dicen poco y nada acerca del contenido: llevan a imaginar algún realismo documentalista de la pobreza rural y no permiten siquiera vislumbrar la desopilante narración de ficción que el grupo Viernes 13 escribió en 2008 -a trece manos y trece cabezas- en una orgía de imaginación. El grupo forma parte del taller literario de Marcelo Scalona, quien además dirige la colección “Ciudad y orilla”, de la editorial Homo Sapiens, que la editó y presentó en Rosario.

      Los autores son Juan J. López Puccio, Amanda Poliéster (María Laura Martínez), Mirta Pujol, María Laura Isaia, Nicolás Doffo, Pablo Castro Leguizamón, Ramiro García, Celeste Galiano, Fabián Trovatto, Pilar Almagro Paz, Adolfo Villatte, Luciano Galimberti y Patricio Magnano. Entre todos lograron “construir un destino completo de alguien (personaje) a lo largo de una historia común (relato), manteniendo los ejes básicos de la novela”, como escribe en el prólogo Scalona, quien define a la obra como “una comedia policial negra” y “una metáfora de lo que es la literatura, un gran palimpsesto donde todos escribimos ‘encima’ de quien lo hizo antes”.

      Con sorprendente cohesión, que cabe agradecer en parte a la unidad de la consigna (unidad histórica, unidad subjetiva, mismo argumento y estructura) y en gran medida a los cuidadosos trabajos de edición preliminar por Nicolás Doffo y de corrección de estilo por la traductora Patricia Labastié, Apucheta cuenta una historia sencilla, pero rica en detalles. Es la historia de tres obsesiones: la de Jaime S., un ceramista que en los años ochenta, a lo largo de un periplo entre Buenos Aires y el noroeste argentino, funda una secta esotérica donde se incurre en toda clase de delitos; y las de Alejandro Mariani, el periodista que lo investiga y que enloquece de amor por una de sus acólitas, Corina.

      Los trece capítulos no están firmados pero como las biografías de los autores son presentadas por orden de aparición en el proyecto, es posible determinar quién escribió qué. López Puccio presenta los conflictos centrales; Amanda le da espacio a la folie d’amour de Mariani por Corina; luego Pujol se remonta a los orígenes y la “iluminación” de Jaime S., hijo de “un filósofo fracasado”, e Isaia se adentra mediante verosímil documentación ficticia en el ingreso de Mariani a la secta. Doffo narra con oficio un bizarro triángulo erótico entre Jaime, Mariani y Corina. Leguizamón y García siguen los ritos iniciáticos del periodista, Galiano presenta una trama secundaria y Trovatto experimenta con el estilo de un legajo judicial. Almagro Paz, Villatte y Galimberti van y vienen entre el desenlace de esa historia y el futuro de Mariani. Corina cierra el ciclo en un sereno y majestuoso final por Patricio Magnano.

      Narrado en algunos capítulos en primera y en otros en tercera persona pero siempre desde el punto de vista de Mariani, el relato está puntuado por reflexiones, elegantes metáforas que brotan en la mente del investigador y que prefiguran la acción.

      Recuerdo de Cumpleaños

      Publicado en relatos el 21 de Diciembre, 2010, 20:25 por M.L. Isaia

      Recuerdo de cumpleaños

       

       

                         Era su primer cumpleaños. Yo cumplía cinco y hacía exactamente doce meses me lo habían traído a Jazmín. El conejo me había parecido una hembra y cuando descubrí  lo contrario ya todos se habían acostumbrado al nombre. La caja venía con un moño rojo y dos tiras de papel crepé. Llovía con furia aquella tarde y apenas asomó el hocico, nos miramos y  una sensación de amparo me estremeció.

       

                            Lo abracé y de a poco le fui secando el pelaje con una gamuza verde que mi papá usaba para limpiar los marcos de la vitrina. Empecé por las orejas y fui bajando por la barriga hasta las patas. Era manchado blanco con negro. No podría explicar cómo haría ampararme un conejo pero yo lo sentía así.

       

                            A esta altura no recuerdo cuántos años llegó a vivir el animalito ni cómo continuó su relación conmigo. Sí sé que en mi cumpleaños de ocho ya no estaba. Era el primer año sin la abuela y yo no podía reponerme a tanta  tristeza.

       

                                                                                      Ahora lo miro de lejos pero bien puedo ir trazando el recorrido. Cuento tantos amparos por tantas tristezas y el número es casi similar. Pienso que menos mal, que no hubiera podido resistir un número infinito de tristezas como la del año  en que cumplí  ocho sin la abuela.                                                                            

                                  En el rincón del espejo todavía tengo colgadas las dos tiras rojas de papel crepé.

       

       

      María Laura Isaia

      De Aspirantes, Silencios y Mitos

      Publicado en Aguafuerte el 20 de Diciembre, 2010, 14:07 por Bruno Preatoni

      DE ASPIRANTES, SILENCIOS Y MITOS

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      por Bruno Preatoni

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      Es bien sabido, por todo buen burgués o aspirante al cargo, que lo más importante es la propiedad. ¡Y que no jodan con eso!

      Está muy bien que a los pobres, diría un aspirante a burgués, letrado, progresista de consumo, de esos que tenemos un disco de Serrat o Sabina cuando eran contestatarios, que alguna vez escuchamos algo sobre cuestión social y otras yerbas, les den trabajo, que no regalen casas ni planes, porque de lo contrario votan cooptados. Eso es el clientelismo, bah.

      Mientras tanto, aunque el decano de la prensa argentina lo ignore olímpicamente, se sanciona una Ordenanza Municipal, con amplia mayoría – sólo los buenos burgueses Jorge Boasso y Laurita Weskamp (qué lindo apellido) se oponen – prohibiendo la construcción de barrios cerrados y clubes de campo en la ciudad.

      La semana pasada, en un ejemplo de profetismo digno de Casandra (no hablo de Elisa, sino de Eduardo) o del mejor Oráculo de Delfos, unos negritos-boli-paragüi-peruani-sucios, seguramente influidos por señores malos, que deshonran a nuestros amados aspirantes a burgueses con ínfulas europeizantes, deciden asaltar el más sagrado de los derechos del noble trabajador sudoroso de camisa blanca y vacaciones pagas (desde 2003) e invaden mugrientos el bello parque Indoamericano. ¡Al Calafate! ¡Vayan al Calafate! Si yo quiero tierras en Bolivia, ¿me las dan?

      Habría que cambiarle el nombre al parque y ponerles Campos Elíseos, o mejor, directamente Champs-Elysees (con acento francés, cuya presencia en el teclado que tipeo, vergonzosamente, desconozco).

      Y yo, buen aspirante a burgués, que quizás resiste todavía un poco, pero debe ser por la edad o porque no soy propietario más que de algunos bienes mobiliarios que no llegan a dos ruedas con motor, pienso que algo en común habrá entre los barrios privados, Villa Soldati, lo que dice mi vecina, el silencio del diario y mi fugaz progresismo consumista asentado luego de la 125.

      El Página 12 (diario que otrora gustaba a los progresistas, que hoy prefieren “Perfil”  y hoy es un órgano oficial pedorro y populista) dice que entre los que se mostraron a favor de los countries (29,8% ¿de qué?) predominan “mujeres de entre 18 y 25, pertenecientes a sectores de mayores recursos”. Un chica de 19 decía días atrás en el Facebook (herramienta militante de los buenos progres aún no devenidos en aspirantes a burgueses, por razones que van desde la juventud mental a la estupidez lisa y llana) que “a los negros de mierda hay que matarlos a todos”. Yo le dije que me ofendía su comentario y traté de argumentar remontándome a la historia (incluso mitrista o sarmientina) de nuestro país y acerca de lo que acarrea cualquier generalización violenta y sobre la necesidad (por último) que ella tiene de “esos negros” ya que su trabajo barato y en negro permite a su padre tener cinco autos y casa con pileta. Ahí se ofendió. Pero yo me onfendí primero, así que tengo derecho a sentirme bien con mi conciencia blanca y aspirante a propietaria.

      La ausencia de semejante noticia en La Capital no es sugestiva. No hace falta ser Mariano Grondona para darse cuenta que entre sus anunciantes (o algo así) debe estar algún grupo como Maui, Torres Aqualinas, etc. ¡Qué lindos nombres ponen los ricos a sus casas! Los pobres, en cambio, ponen nombre a su pene. Un conocido le dice “Hugo” o “Huguito” a su miembro. Y lo trata con igual cariño que los propietarios de casas en Funes o Pueblo Esther.

      Igual creo que está bien. Si yo, digamos, tengo doscientas, cien o cincuenta miserables hectáreas de soja, que compré con esfuerzo (como Roca y los patricios de verdad) trabajando en vez de pedir como negro sucio y boliviano… ¿qué tiene de malo que yo tenga un departamento de un millón de dólares, con gimnasio y pileta con olas artificiales, que consuma la misma energía que la mugrienta ciudad de San Lorenzo si trabajé y me lo gané?

      En este país se muere de hambre el que no quiere. Nos están matando a todos. A los monto los vamos a matar. Vuelvan a Bolivia. La inseguridad es terrible. Ya no se puede salir a la calle.

      Debe ser por eso que les gusta el barrio privado, la tranquilidad de los muros en medio de la urbe que los acoge. Será por eso que los colectivos son cada vez más caros y que no permiten acceder a los territorios exclusivos. Pero bue… yo puedo aspirar a eso. Para ser mejor persona, sólo tengo que esforzarme y así podré comprar mañana mi piso de un millón…

      "Señales", LA CAPITAL, hoy...

      Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Diciembre, 2010, 15:22 por MScalona

      BEATRIZ VIGNOLI s/ Premios MUSTO 2010

      Publicado en Ensayo el 19 de Diciembre, 2010, 10:27 por MScalona
       
       PRESENTAN LAS TRES NOVELAS GANADORAS DEL
      PREMIO MUSTO 2010, PUBLICADAS POR LA EDITORIAL
      MUNICIPAL DE ROSARIO.

      Un drama alegórico, una novela acuática

      y un thriller tranquilo

      Marcelo Britos, María Laura Martínez y Nicolás Doffo tienen entre 27 y 42 años

      y si bien las tres obras que construteron son muy distintas entre sí, comparten,

      a través de diversos grados de realismo, una intensa sensación de realidad.

      ————————-

       Por Beatriz Vignoli -   www.rosario12.com.ar

      Mañana a las 9 de la noche, en el bar de Callao 120 bis, en pleno Pichincha y en un ambiente que se promete descontracturado y nada solemne, se presentarán las tres novelas ganadoras del Premio Musto 2010, publicadas por la Editorial Municipal de Rosario. Tal como se reseñara en estas páginas el 21 de julio de este año, Marcelo Britos, María Laura Martínez y Nicolás Doffo fueron los ganadores del concurso de novela de la Editorial Municipal. Marcelo Britos (Rosario, 1970) ganó el primer premio por su novela Empalme. María Laura Martínez (Casilda, 1968) recibió el segundo por Patas de rana. Y Nicolás Doffo (Casilda, 1983) obtuvo una mención especial del jurado por El Molino, la más extensa. Si bien las tres obras son muy distintas entre sí, comparten, a través de diversos grados de realismo, una intensa sensación de realidad.

      Todas las tapas fueron diseñadas por Verónica Franco en base a fotos de texturas de vidrios o mosaicos. El director de la EMR, Oscar Taborda, y su colaborador Juan Manuel Alonso salieron a caminar por la ciudad, cámaras en mano, para registrar fachadas de casas rosarinas que tuvieran ese revestimiento. La idea, según el editor, fue despegarse de la imagen de las ediciones anteriores, con la banda negra cubriendo la mitad de la tapa. Ese diseño cumplió su ciclo, sentencia Taborda, quien tiene la costumbre de salir con su equipo a caminar y charlar (o a pasear en auto y charlar) para resolver ciertas cuestiones. La deriva abierta a lo que aparece como un modo de sondear realidades urbanas es además una poética que surge en varios proyectos de la EMR, como el libro Rosario esta ciudad o la Colección Naranja de crónicas. Taborda como poeta y novelista registra en su propia obra recorridos, tanto urbanos como periféricos.

      En las suyas, Britos, Martínez y Doffo construyen personajes y universos. Si bien en Marcelo Britos hay una intención de denuncia, explicitada en las entrevistas, la ficción de Empalme está muy lejos de ser pura crónica. Hay un drama: una mujer moribunda y pobre que es visitada por amigos de la juventud (no tiene otros: es joven) y esta historia sin futuro transcurre sobre el final del menemismo en una densa atmósfera donde las pinceladas de realidad son reescritas por una voz amarga, desencantada y que resplandece con el lirismo del tango. A ese mundo lo surca un personaje desarraigado, cargado de muerte y de muertes: un jornalero que duerme en las estaciones de tren y que a lo largo de la novela cae desde el mundo perdido del trabajo hasta el submundo del crimen. Agonía y homicidio pueden ser leídas aquí como alegorías de la destrucción neoliberal del país. Lo que prevalece sin embargo no es el contenido sino el lenguaje, de una rara belleza, tan intensa que deja tras la lectura la huella de una experiencia poética. Britos reconoce la influencia de un amigo poeta, Mario Trejo, quien guió sus lecturas.

      Si la prosa de Empalme es cadenciosa e hipnótica, en la de Patas de Rana es un placer zambullirse. (Hay que saltar, eso sí). El segundo premio dialoga con toda una zona de la poesía local: la relación con la poesía es común a los dos primeros premios, que se destacan por la cuidada ambición literaria del lenguaje. María Laura Martínez envió su novela al concurso a instancias de la escritora Verónica Laurino. Tanto Martínez como Laurino y Doffo concurrieron al taller literario de Marcelo Scalona, una formación que se percibe en el sólido oficio con que abordan su producción. La prosa de Martínez tiene su propia música: hay en su escritura una voz que parece dejarse llevar por los afectos que la surcan y que, cuando se conoce personalmente a la autora, se descubre que esa voz y esa respiración son una lograda y fiel traducción de la verdadera voz propia. Nadar, beber, mantenerse a flote, la presencia constante del agua, toda una redundancia de lo líquido articula el universo de esta novela polifónica, acuática (la más nouvelle vague de las tres) en la que cada personaje cuenta su parte y no puede decirse en realidad que suceda algo en el sentido de la peripecia clásica, sino que el acontecer es el mero estar juntos, cerca unos de otros, existiendo en esa respiración colectiva que tiene su símbolo en la lluvia (una constante garúa de verano, muy rosarina) y su sede en el natatorio donde ellos, un pequeño grupo de amigos y amigas, se encuentran, charlan, nadan, se emborrachan, viven amores inútiles o puramente subjetivos, y se acompañan en un difícil asirse al mundo que tiene su metáfora privilegiada en la frase del título. Los diálogos de estos seres ociosos son chispeantes, llenos de complicidades y guiños. (Pueden leerse algunos primeros borradores en http://amandapoliester.blogspot.com).

      Hacer pie en la ciudad es especialmente difícil para Martín, el protagonista de El Molino, quien abandona la carrera de Psicología en Rosario y decide volver a su pueblo natal, cuyo nombre es el del título del libro. (Su historia es casi un reverso de la biografía del autor, quien está por recibirse de psicólogo en la UNR y es uno de los editores de la revista de narrativa En voz alta). Doffo sitúa el comienzo in media res, durante una visita a la líder natural de El Molino: Elenita, una curandera con habilidades menos mágicas que políticas. En una tautología que dice mucho sobre la economía de la región, esta localidad sin locos se organiza alrededor de un molino arrocero, cuyos poderosos propietarios celebran una boda en la familia a la que asiste todo el pueblo. Martín y su amigo Darío (psicólogo recién recibido en busca de trabajo) están entre los testigos que vieron enloquecer en la fiesta a un misterioso personaje, cuyo paradero será el enigma que los ponga en acción. Narrado en una prosa ágil, en un lenguaje coloquial y amigable con el lector, contado en un tono íntimo y natural que parodia con humor cervantino a los maestros del policial negro, El Molino es en la superficie una sátira costumbrista y un thriller tranquilo, valga la paradoja. En lo profundo, es un bildungsroman de la desilusión, que despliega la fascinante psicología del joven y neurótico narrador protagonista a medida que éste se integra en la vida de su pueblo santafesino, desde su depresión en un colchón en el piso de la casa que comparte con su hermano y sus padres hasta un lugar en la sociedad molinenese, al que su cinismo le hace preguntarse si realmente deseaba llegar allí. Son más de trescientas páginas por donde desfila todo un mundo filtrado por la psiquis de un individuo, tan precisos y creíbles uno y otra que dejan una entrañable (casi dickensiana) sensación de realidad.

      DENISE LEVERTOV

      Publicado en De Otros. el 18 de Diciembre, 2010, 16:22 por MScalona

      Denise Lévertov nació en 1923 en Ilford, Essex, Inglaterra, y emigró a los EE.UU. en 1948,

      donde murió en diciembre de 1997. Publicó numerosos libros de poesía y varios de ensayo.

      Fue discípula y heredera de la Poesía creacionista e imaginista de Ezra Pound,

      Willliam Carlos Williams, Marianne Moore y Wallace Stevens.

      Este poema fue tomado del volumen 20th Century Poetry and Poetics,

      compilado por Gary Geddes (Oxford University Press, Toronto, 1985).

       

       

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      EL SABIO
       

      El gato esta comiendo las rosas;
      es así como es.
      No lo detengas, no detengas
      el mundo que da vueltas,
      es así como son las cosas.
      El tres de mayo
      hubo niebla; el cuatro de mayo
      quien sabe. Barre
      la porción de rosas, arroja los restos
      en medio de la lluvia.
      El no come jamás
      todas las partes, dice
      que los corazones son amargos.
      El es así, conoce
      el mundo y el estado del tiempo

       

       

       

       

       

      PENSANDO EN PAUL  CELAN   ( * )


       

      San Celan,
      estirado en la cruz
      de la supervivencia,

      ruega por nosotros. Tú
      que finalmente no pudiste
      resistir más. Pero nosotros

      vivimos y vivimos,
      alegres en un mundo
      donde los niños matan niños.

      Nos sacudimos
      del peso de
      nuestra propia exención,

      florecemos,
      sobrepasamos
      nuestros días asignados.

      San Celan,
      ruega por nosotros
      por que recibamos

      al menos una herida,
      azul, azul, imborrable,
      nosotros que aceptamos la supervivencia.

                              * * * * *


      De Poemas orgánicos
      “Antología poética”, por Denise Lévertov, selección, traducción y prólogo

       de Cynthia Mansfield, Alción Editora, Córdoba, 2001, 111 páginas.

       

                               * * * * *

       

       

       

      (*)  Paul Celan, nació en Rumania en 1920. Judío askenazi de nacimiento, Celan es un anagrama de su verdadero apellido (Anschel). Estudiaba en Francia en 1938 y al desatarse la guerra, en 1941 fue prisionero nazi y deportado a campos  de concentración en Moldavia. Allí vio morir de tifus a su padre y por fusilamiento, a su madre. Liberado en 1944 volvió a Francia pero siempre fue de los que  creía que después de haber visto el horror de Dachau, no podría volver a escribir.  No tenía sentido, pensaba.  Jamás pudo superar ese estigma.  Se suicidó en 1970.-

       

       

       

       

       

      ALABANZA DE LA  LEJANÍA



      En el venero de tus ojos
      viven las redes de los pescadores de la mar errabunda.
      En el venero de tus ojos
      el mar mantiene su promesa.
      En ella arrojo yo,
      un corazón que entre los hombres ha morado,
      lejos de mí mis vestiduras y el resplandor de un juramento.
      Más oscuro en lo oscuro, más desnudo estoy.
      Tan sólo al desertar soy fiel.
      Yo soy tú cuando soy yo.
      En el venero de tus ojos
      derivo y sueño un rapto.
      En una red, una red queda apresada
      y nos abandonamos enlazados.
      En el venero de tus ojos
      estrangula su cuerda un ahorcado.

       

       

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      Trad. Juan J. Valente



      GILLES DELEUZE

      Publicado en Ensayo el 18 de Diciembre, 2010, 10:42 por MScalona

      LAS ENSEÑANZAS DE GILLES DELEUZE



      “Para Deleuze, el pensamiento es un conjunto de fuerzas que se resiste a la muerte. Si pensar es resistir, filosofía, política, crítica y clínica son un mismo movimiento. Lo esencial del pensar no está en el pensamiento sino afuera, en lo que fuerza a pensar.”


       

      Por Osvaldo Saidon, Página/12, Jueves, 12 de Enero de 2006


       

      Más de diez años después de la muerte; 30 años desde que comenzamos a ser infiltrados, habitados por esa potencia que anunciaba el pensamiento de Deleuze. Más de diez años ya sin Deleuze publicando, dictando clases, respondiendo, comentando, y la potencia continúa. Diez años esperando que esta época seca que nos anunciaba poco antes de su muerte empiece a terminar. Diez años apostando a que la consistencia de lo minoritario se afiance. El foro mundial, Seattle, Génova, las luchas antiinstitucionales, los más diversos enfrentamientos a la hegemonía del Imperio en estos diez años, todos estos movimientos están atravesados, infiltrados por la filosofía de Deleuze, por su modo de intervenir, por todos esos devenires que ya hace más de treinta años venía anunciando.

      Para Deleuze el pensamiento es el conjunto de fuerzas que se resiste a la muerte, ése es su vitalismo. Pensar es resistir, y entonces filosofía, política, crítica y clínica son un mismo movimiento. Es un funcionamiento donde lo esencial del pensar no está en el pensamiento sino afuera, en lo que fuerza a pensar. Es la vida tratada como campo abierto de los encuentros y la inevitable necesidad de pensarla que nos incitó a una clínica y a una política mas allá de todos los ismos, o las escuelas dominantes en las distintas coyunturas. Ernesto Hernández, colega colombiano traductor de innúmeros trabajos de Deleuze al español, dice: “Sentimos que se inaugura un nuevo género de relato en la filosofía, una nueva narratividad, pues con Deleuze la filosofía realiza la literatura, tanto como de Borges a Carroll la literatura realiza la filosofía”. Nosotros pensamos que esta filosofía nos habilita una clínica, que realiza una crítica, una narratividad que apunta hacia una vida artista, a una isla desierta, que se desprende de un territorio apoderado por una psicopatología puramente edipizante.

      Justamente porque de fechas se trata, queremos referirnos al trabajo recientemente publicado de Deleuze, escrito en 1953, que se llama Causas y razones de las islas desiertas. Hace ya mas de 50 años, Deleuze anunciaba un estilo y una preocupación, la de expandir el desierto como geografía de la creación. Decía Deleuze: “Los hombres que llegan a la isla la ocupan realmente y la pueblan, pero en realidad si han llegado a estar lo suficientemente separados y a ser lo suficientemente creadores, no harán otra cosa más que otorgar a la isla una imagen dinámica de sí misma, una conciencia del movimiento que la produce, hasta el punto de que a través del hombre la isla tomara finalmente conciencia de sí misma como isla desierta y sin hombres”. Nos dice entonces que la isla, en la mitología y en la literatura, es un recomenzar. Y que se trata no de una creación sino de una recreación; basta con que todo comience; es preciso que se repita una vez acabado el ciclo de las combinaciones posibles. Ya están allí, en este texto de juventud y para ser recreados, conceptos como separación y origen, derivar y crear, corte y flujo, habitar y expandir el desierto.

      ¿Quiénes toman hoy el lugar de exigirnos el pensamiento, el de expandir el desierto? ¿Negri, Virilio, Prigogine Agamben? El había designado al número uno, el más veloz entre todos, el más militante, el más clínico. Murió antes del tiempo que necesitábamos todos para de una vez por todas rifar la prepotencia de lo simbólico, la frivolidad posmoderna, las recaídas estalinistas de los microgrupos llenos de certezas.

      Y entonces, desde hace 30 años nuestra clínica ya no es más la misma, ni se parece siquiera a nosotros mismos. La habita un extraño, que no se confunde ni con un ideal del yo ni con un superyó, ni un pequeño ni grande otro. Es una extraña disconformidad con la academia, con la institución, con la transferencia. con la Iglesia, con la moral, con lo simbólico. Es el esquizo, es el psicótico, es el extraño, es el puto, es el judío, es el negro, es el niño, son todos esos extraños que comienzan a hablar, en un paradigma más estético que ético. Surge el escándalo ante las recaídas posmodernas de este pensamiento. Los representantes de la tradición académica critican las relaciones caóticas que propician estas nuevas voces; un recalentado humanismo intenta recordarnos la función social de las ciencias humanas. Hemos visto cómo detrás de estas propuestas se alimentan los intentos de recuperar los arcaísmos instituidos que ya no dan cuenta del acontecimiento que lo desborda por todos lados.

      En la clínica concreta que hoy realizamos, vemos que el sufrimiento, la mortificación se nos presenta en formas que escapan a las tradicionales clasificaciones que emergen de las dos grandes categorías: las neurosis por un lado y las psicosis por el otro. Las “nuevas patologías” –pánico, adicciones, anorexia, bulimia– estaban de algún modo anunciadas en El antiedipo, donde Deleuze y Guattari nos convidaban a pensar el inconsciente y sus producciones a partir de la psicosis y no de la neurosis, como lo venía haciendo el psicoanálisis hasta ese momento. Mejor todavía, ya anunciaban un pensamiento entre un campo y otro: entre la neurosis y la psicosis, entre lo social y lo individual, entre Freud y Marx, entre el discurso de Lacan y el pensamiento del cuerpo de Melanie Klein. Todos estos “entre...” adquirían autonomía, inventaban nuevos sentidos pero no articulaban nada; inventaban un nuevo y extraño paisaje, un no lugar, un desierto.

      Este extraño es el que habita a esos jóvenes que ante la llegada de lo intempestivo, de la velocidad, de la comunicación y la información en tiempo real, se derrumban en esas patologías de borde, sin consistencia, casi sin identidad; se automutilan, se accidentan, se suicidan, entran en la criminalidad con una frivolidad que nos deja aterrorizados. La clínica no puede quedarse en denunciar los cambios, en resentirse con la velocidad y lo intempestivo, en la añoranza de otras condiciones para el análisis. Debe generar contraefectuaciones frente a este desmantelamiento de las singularidades, esta homogenización de la banalidad, creando espacios para aprender a resistir inventando nuevos modos de subjetivación.

      Nuestros dispositivos son burbujas de enlentecimiento (psicoanálisis y esquizoanálisis), espacios de experimentación de una multiplicidad productora de sentido (esquizodrama), construcción de grupúsculos instituyentes (análisis institucional), todos ligados a ese intento político clínico de recrear un pensamiento que expanda la alegría de la resistencia.

       

       



      * Fragmento de un texto leído en el Coloquio de Homenaje a Gilles Deleuze, a los diez años de su muerte, en la Universidad Fluminense de Río de Janeiro.

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      Autores
      María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-