"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MI DIARIO

Publicado en Nuestra Letra. el 3 de Noviembre, 2010, 1:38 por Nico Aimetti

Martes:   Miércoles a la noche, o sea que ayer a la noche dejé pasar lo de escribir el diario. Tampoco es que haya hecho mucho. De lo que hice ayer, martes a la noche, y se puede contar, diré que comí verduras, mariscos y fideos de arroz salteados al wok, leí pelotudeces en internet y estuve trabajando en un texto titulado “La mujeres no me leen” que empecé el domingo. Después me masajeé la planta del pie con una pelota de tenis y empecé un cuento de Fogwill que habla de unos serenos de un complejo sindical.

 

Miércoles: Pagar expensas. Laburo. Quilombo, como todo él último mes. Se fueron tres programadores en lo que va del año y estamos hasta las bolas. Entró una chica nueva a la que estoy entrenando (tendrían que entrar dos más, están buscando a uno). Todo lo que le enseño, salvo detalles del lenguaje, debería haberlo aprendido en la universidad; pero no vale la pena quejarse de que no les enseñan. Va bien. Para el nueve de noviembre debería estar produciendo. Llego justo con una entrega interna y me doy cuenta de que falta una cosa. No hay tiempo, dejo todo listo y mando un email en el cual le paso la bola a un compañero que llega temprano. Me puteo por salir quince minutos tarde a natación sabiendo que hasta que los de servicios empiecen a ver lo que les pasé seguro van a pasar unos días; y  yo como un boludo tratando de cumplir con los tiempos.

 

Me pierdo la entrada en calor, así que adeudo cuatrocientos metros para el afloje. La clase en buena, bastante fuerte y el hombro aguanta bien. Hace dos semanas estuve unos días sintiendo un pinchazo, si bien aun quedan resabios se va recuperando bien.  Vuelvo caminando con Caro que me dice que quizás mañana nos juntemos en lo de Meli y Checo a ver el video de la ecografía. Está el documentar del Haroldo Conti, no sé si podré ir.

Ceno una ensalada de zanahoria, ajo, trigo burgol, huevo, cebollines en vinagre, arvejas y un medallón de merluza cortado en cubos mientras miro un capítulo de Seinfeld. Me gusta cocinar, así que soy detallista a la hora de contar las comidas. Me acuesto diez minutos y me llama mi vieja. Viste que mataron a uno. Sindicalistas, respondo despectivamente. Son los dueños de las empresas que tercerizan el laburo, habría que matarlos. Ninguno va a ir en cana. Qué lo armó Duhalde, que los Kirchner, andá a saber... todos peronistas. El muerto, un pibe del Partido Obrero.

Leo y comento un cuento de un amigo, me hago una paja y me pongo a corregir “Las mujeres no me leen”. Aun faltan escribir al menos dos o tres páginas (escribo en A5). No tengo idea de como va quedando, algunas cosas me gustan, otra son muy mejorables. No creo que llegue a dejarlo lo suficientemente bien, pero no sé si vale la pena dedicarle más tiempo. Me gustaría tenerlo para el viernes, pero si mañana voy al documental y paso del Checo no creo que llegue. El viernes es día perdido. Será para el lunes, mejor así. Escribo esto y me voy a lavar los platos.

Vuelvo a “Las mujeres no me leen”. Termino una página que cierra una idea y trato de de dejarme una punta para cuando retome (el consejo de Hemingway). No sale nada aún, me distraigo escribiendo esto.

Tiro una punta que podría ser el final del cuento. No me sirve como punta, pero bueno, dar con un posible final no es poca cosa, y si no es final sirve como punta. Me voy a dormir. Sigo con Fogwill. Quizás antes me haga un sandwich de bondiola.

 

Jueves: Ya es viernes. El jueves podría haber escrito pero no me dieron ganas. Al día de trabajo dejemos que lo trabaje el olvido mejor. En el psicólogo hablé del trabajo, o mejor dicho de por qué  me quedaba en mi trabajo. No es un tema conflictivo para mi en este momento, pero está bien verlo. Cuando salí pasé por la librería el Aleph, que está liquidando y compré varios libros, de los cuales destaco (no porque sea el mejor, sino porque era el que más me interesaba conseguir) los Cuentos Completos de Nabokov. Después el documental sobre Haroldo Conti, donde a la salida saludé a una ex novia y vasto una mirada de ella que agarré al vuelo para que durante la próxima hora me sintiera como el culo. Luego a lo del Checo y Melina a comer, tomar unos porrones y ver el video de la primer ecografía. Están esperando un hijo,  o hija, todavía no se sabe. En el balcón, en una maceta, había una paloma con unos pichoncitos. Están cada vez más confianzudos esos bichos. De acá a unos años van a ser como los perros y los gatos, más parecidos a  los gatos, me imagino, porque no creo que se encariñen. Pero el miedo a los humanos ya lo perdieron completamente. O por ahí no les queda otra, es lo único que encuentran con tanto humano dando vuelta. Pájaros, son grosos, son lo que queda de los dinosaurios.

Ya en casa me puse a leer a Nabokov, los dos primeros cuentos (después lo seguiré leyendo salteado), y luego empecé en penúltimo que me queda de Fogwill  y me dormí, creo, porque uno nunca se acuerda posta el momento en que se duerme, sola recuerda que despierta y por eso supone que estuvo durmiendo, que en algún momento se durmió.

 

Viernes: son las diez y veinte. Llegué de la pile a las nueve y media. Supuestamente unos amigos están viniendo a comer, pero ya estoy afeitado, vestido y perfumado y aun no llegan, así que me entretengo con esto, pero ahora que lo pienso voy a aprovechar y voy a ir a comprar unos porrones.

Repasamos el día. Cuando llego al trabajo me encuentro con la grata sorpresa de que hay un sobre esperando en mi escritorio que contiene varios ejemplares de una revista porteña que me publicó un cuento, me hago mandar las cosas al trabajo porque en mi casa estoy poco de día, y si estoy por la mañana, estoy durmiendo, y no quiero que me rompan las bolas. Ojeo la revista, comento con mis compañero y dejo una revista en el baño que queda tapando la pila de Punto Biz y otras revistas de negocios que suele haber (yo tengo las Barcelona en un cajón -no las dejo en el baño por si me las roban- y hay varios, incluso de otras áreas, que antes de ir al baño las pasan a buscar. Ni idea como se enteraron, cosas del laburo.

A las siete y media me voy a nadar. Llego temprano y aprovecho para calentar nadando cerca de una piba del turno anterior que tiene un culo que es para comer con dulce de leche. Por ahí lo del dulce de leche no es la mejor imagen para acompañar un culo. Pero bueno, la idea se entiende. La clase muy copada, empezamos con ejercicios de potencia alternando mariposa y espalda, después uno de fondo alternando piques y relax cada veinte metros, y al final unos piques de 100 metros. Dos mil cuatrocientos metros nadados, buena clase.

Mis amigos, los que venían nueve y media, llegan a las once. Los recibo a la puteadas y pido comida, al menos no había comido. Me piden perdón, los mando a la mierda y les digo que cuando tome el primer porrón se me va a pasar. Les muestro la revista, comemos, llega el Pillo y el Chini y más tarde Caro y Rafa, se van el Machu, Caro y Rafa. Caro, Machu y el Pillo se llevan una revista cada uno. El resto vamos un rato a McNamara. Podría ser peor. Al la salida me encuentro con una amiga, nos propinamos beodos abrazo de amistad y prometemos que en cualquier momento nos vamos a juntar a come -yo cocino-, cosa que es muy poco probable, porque la gente es muy colgada, viste...

 

Llego a casa como a las cinco y media, como las dos empanadas que sobraron y a dormir.

 

Sábado: Me despierto como a las dos y media  con una  señora resaca al lado, y recuerdo que esa noche viene mi chica, así que lo más correcto sería que me clave una, siempre es bueno tocarse antes de un encuentro romántico, como para llegar más distendido. Además, con resaca siempre me levanto excitado. Procedo con el plan y luego voy al Coto, que ya es tiempo de hacer las compras. Como el día está feo hay más gente de la que debería haber un sábado a esa hora. Compro pollo, camarones, quesos, fiambre, pan, yogur, bolsas de residuo, dentífrico y algunas cosas de la verdulería.

De vuelta en el departamento me pongo a ordenar, preparo una milanesa con una ensalada de zanahoria, arvejas y huevo para comer, y mientras se hace la mila  armo una conserva de quesos en aceite de oliva con ajos y especias. Almuerzo a las cinco y media de la tarde mirando Seinfeld y luego me voy a leer al balcón. Me quedan un par de cuentos para terminar de los cuentos completos de Fogwill, y además tengo los nuevos de Nabokov, voy leyendo uno y uno, y cuando ya no hay sol me baño y sigo leyendo en la cama. En algún momento también miro Facebook y esas cosas.

A las diez y diez, asombrosamente puntual, llega Sofia (el nombre lo cambié). Justo estoy empezando el último cuento que me queda de Fogwill, sobre una lesbiana en la revolución de Mayo aparentemente. Bajo a abrirle, nos damos un beso y subimos las escaleras en silencio. Se apaga la luz del pasillo y aprovecho, a modo de chanza, para tocarle el culo. Soy todo un encanto. Le comento que ayer tenía ganas de ir a ver a Molotov al Dixon, pero que se me habían pasado, pero si ella quiere vamos. Me dice que también está cansada, que no tiene hambre, pero si yo quiero me acompaña a comer a algún lado. Cruzamos a pedir media pizza (de la misma que comí ayer, me encanta esa pizza, pollo especial, cuadrada al molde) y unas empanadas (por si le da hambre), destapamos un porrón y miramos Vicky, Cristina, Barcelona, de Woody Allen.

 

Terminada la peli le muestro la revista, lee el cuento, me dice que le gusta -nomás mi vieja me dice cuando no le gustan-, y nos vamos a la cama. Nuestra relación se basa en gran parte de lo que pasa en la cama, creo que es el mejor sexo de mi vida después de una piba de cuando tenía dieciocho años (ella tenía 23, estaba re buena, y me daba para leer libros del Marqués de Sade y Jack Kerouac). Quizás esté exagerando, pero realmente nos llevamos muy bien en la cama, el resto como que todo bien, pero nada más. Sí, definitivamente soy un todo un encanto.

Como arrancamos quién sabe, pero en un momento le estoy comiendo la flequera y comienzo a meterle uno, dos, tres dedos mientras le aplico mi lengua al botoncito. Se me ocurre que estaría bueno bueno metérsela junto con mis dedos, debe ser una sensación re loca para ella. Trato pero en la maniobra se pierden dos dedos. Solo queda uno junto con mi pene, pero es medio incomodo para moverse, así que después de un rato la termino sacando. Ella como loca, se ve que todo eso le gustó. Vuelvo abajo, sigo chupando y metiendo dedos, apoyando el meñique apenas en colectora y empieza a ponerse loca, como que no se aguanta, tiembla toda y trata de que pare, pero yo sigo mientras se retuerce, me agarra las mano, las suelta, las agarra de nuevo, grita, acaba y yo sigo despacito, ahora lamiendo apenitas hasta que se calma. Queda tumbada en al cama, tapándose la cara con una almohada.

La siguiente cosa digna de mención es una pose que me sorprendió porque salió medio por casualidad, y está muy buena. Se empieza con la mina arriba y clavada, las piernas a los costados, la típica. Luego, sin que se salga, y esto es importantísimo, la mina tiene que juntar las piernas por detrás, entonces el hombre cruza las suyas por encima de las piernas de la mujer y queda todo listo.  No sé como pero en un momento llegamos a esta posición y le comento que es como la típica posición del misionero pero invertida, como si ella fuera el tipo y yo la mina. Ella ya está de vuelta medio en trance y ni idea si escucha mi comentario, así que, teniendo en cuenta esto y que en dicha posición el hombre no se puede mover, y todo depende de la mina, le empiezo a decir “Dale, cogéme bien, guacha. Soy tu trola, metémela bien adentro” y cosas así. Se pone hecha una furia y acaba otra vez como loca, grita bastante, me encanta. Queda tumbada al lado mío y le pregunto cómo quiere seguir. Me dice que lo que quiera, que ya está hecha. Le pregunto donde quiere la leche. Donde quieras, me dice, en las tetas, respondo. Al final se la termina tragando.

Va al baño y después a fumar. Yo sigo con Fowill, cuando vuelve me abraza y se duerme. Termino los cuentos completos de Fogwill, paso por esa mezcla de tristeza y alegría de cuando se termina un libro, y sigo con uno de Chéjov, del que también me faltan tres cuentos. A la mitad del último caigo dormido.

 

 

 

                                                                       NICO  AIMETTI

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-