"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




20 de Octubre, 2010


AURORA CALDO : la Nochebuena...

Publicado en Cuentos el 20 de Octubre, 2010, 11:15 por MScalona

 

LA NOCHEBUENA MÁS LARGA

                

                

 

 

El año había sido complicado para mi hermano, así que al llegar las fiestas,  en un acto decididamente inédito de su parte, decidió reunirnos en su casa. Éramos casi cincuenta y él, que en ese momento gozaba de una relajada posición económica, insistió en invitarnos a todos. La única condición había sido que cada uno debía llevar regalos para los más chicos de la familia. El asunto no era menor ya que entre propios  y ajenos, los niñitos superaban ampliamente la docena. En casa, eran épocas de vacas flaquísimas. Así que, adelanto de sueldo mediante,  dispuse de unos 600 pesos que me gasté de un tirón. Doscientos  para mis hijos  y el resto, unos trescientos setenta y pico de pesos en chucherías destinadas a mis sobrinos. Amargamente no podía dejar de pensar en que ese dinero, me sería descontado a lo largo de los seis siguientes meses. Pero enseguida me consolé imaginando el momento. Vi a los chicos, pura sonrisa, abalanzándose sobre  los paquetes de colores, los moños volando, nuestras propias caras de felicidad observándolo todo, a los pies del árbol. Y me convencí de que valdría la pena.

El 24 amaneció nublado, pero con el correr de las horas, la amenaza de la lluvia se fue disipando y al momento de la cena, la noche  parecía perfecta. Las mesas se dispusieron en el jardín y mi cuñada se las había ingeniado  para engalanarlo todo con unos coquetos farolitos que bordeaban la pileta de natación y unos llamativos moños rojos  rematando los bordes de la medianera. Sólo al comenzar a ubicarnos, caímos en la cuenta de que faltaban las tías. Uno de mis hermanos, creo que fue Santiago, salió disparado como un rayo  a buscarlas hasta la vieja casa paterna que todavía ocupaban, exactamente en la otra punta del pueblo. Serían como unas ocho o diez cuadras más o menos. Era imposible que no estuvieran con nosotros. En parte porque suponíamos que ello disgustaría a papá, hecho que evitábamos a cualquier precio y además porque Laura, una vecina octogenaria como ellas, las reclamaría tarde o temprano al percatarse de su ausencia. Aún en noches sofocantes como aquella, gustaban de sentarse las tres juntas, de espaldas al parrillero, las nucas enrojecidas al calor de las brasas y las camperitas livianas, echadas sobre los hombros  aún oliendo a naftalinas,  recuerdo del último invierno en el placard.

 – Por si refresca- decían.

Sabíamos de antemano que sólo dos de las tres hermanas de mi padre vendrían. Habían quedado solteras “por elección, propuestas tuvimos a montones” – se jactaban-. Y como ya he dicho, aunque mis abuelos habían muerto pilas de años antes, permanecían en la vieja casona familiar.  Ellas eran tía Carmen y tía Clementina. La otra, de nombre Irene, rara vez salía. No, desde que se había vuelto loca, hacía ya mucho tiempo. Menos para compartir una reunión familiar. Una de sus escasísimas salidas consistía en atrapar palomas con una  red cazamariposas. De verdad odiaba a las palomas. Pasaba largas horas, bajo la sombra de los añosos plátanos que bordeaban la vereda. Expectante. Los cabellos arremolinados apenas cubiertos con un colorido pañuelo de seda. Los ojos oscuros siempre pareciendo querer escapar de las órbitas que los retenían. Pero aún así, alertas. Y cuando alguna pobre torcaza se posaba por más tiempo de la cuenta en las ramas bajas, caía sobre ella. La mano firme le retorcía el pescuezo al bicho con tal rapidez, que sólo conseguía dar un par de aletazos antes de entregarse a la muerte segura. Ahora sí, bajo una lluvia de plumas, único signo de resistencia animal, Irene sonreía. Daba miedo. Mucho miedo. En aquella casa, todos los objetos cortantes se escondían o se guardaban bajo llave. Y eso que tía Carmen era modista. La mejor modista del pueblo en aquellos tiempos. Recuerdo unas tijeras enormes, que luego de su uso, se guardaban como reliquias. Creo que desde aquel entonces, conservo un especial terror a las tijeras. Aún hoy, prefiero irme. Dar una vuelta por ahí, a quedarme junto a mi marido si después de una discusión él intenta por ejemplo, cortarse las uñas. Y juro que de este miedo, jamás le he contado. Es que las historias familiares suelen ser complicadas.

Desde chica había escuchado lo de la abuela Angelita. Sumida en una profunda depresión después de la muerte de su segundo esposo, se había prendido fuego a lo bonzo. Aparentemente, se roció con aguarrás y encendió un fósforo. La encontraron con casi la totalidad de su cuerpo ardiendo, todavía agonizante en el piso de la cocina.

Elvira, otra tía también hermana de mi padre, logró conseguir marido, pero no un destino mejor. Murió ahorcada por sus propios hijos, en el departamento que ocupaban en la zona sur de Rosario. Tanto la odiaban, que además la partieron en pedazos, la metieron en una caja y se deshicieron de ella en un descampado cercano a Avenida de Circunvalación-

La locura y la muerte asumían formas naturales en mi familia. Eran casi como dos parientes más o menos cercanos, a los que uno podía verles la cara  regularmente, aunque no lo deseara.  Aparecían de improviso y uno terminaba, como siempre ocurre en estos casos, acostumbrándose a ellos. Ahora, aunque parezca mentira, hasta me causan gracia. No puedo evitar acordarme de otra Navidad, en que, estando yo en la Universidad, decidí quedarme junto a una compañera de Concordia que no tenía suficiente dinero  para viajar a su casa. Esa Nochebuena, después de emborracharnos de puro aburrimiento, le conté  con pelos y señales la historia familiar. Fue como descerrajarle un balazo en el medio de la frente. La pobre no pegó un ojo en toda la noche. Por supuesto, yo no tuve problemas en dormirme, pero las luces quedaron encendidas y como me costaba acomodarme, varias veces, seguramente  ya de madrugada, la encontré  absolutamente despabilada. Observándome con expresión aterrada. Es que la gente no se acostumbra a la idea de que no siempre los locos y los asesinos que andan sueltos aparentan serlo.

Volviendo a esta Nochebuena, y siguiendo lo previsto  a poco de llegar las dos tías fueron a acomodarse junto a su comadre. Al fin, nos dispusimos a disfrutar de la cena. Medio cordero y un lechón pequeño, de esos que llaman “mamones” y que bien podrían comerse con cuchara, de puro tiernos que son.

Los más chicos apenas probaron bocado y pronto se pusieron a jorobar con esa porquería de petardos y rompeportones, Ensordecedores estruendos que a duras penas opacaban el sonido de las cumbias que llegaban desde el patio de al lado. Cualquier intento de conversación se tornó imposible y eso que, como buenos descendientes de italianos, andábamos permanentemente hablándonos  a los gritos.

Eran las once menos cuarto. Quizás si el patrullero no hubiera tenido esa luz de un azul tan intenso, no nos habríamos dado cuenta que estaba en la puerta. El comisario Benítez llevaba años en el pueblo, así que entró sin insistir demasiado con el timbre que nadie escuchaba. Nos saludó a todos, con ese respeto ensayado de los milicos, disculpándose por lo inoportuno del momento. Se le notaba algo incómodo, porque primero carraspeó raro,  y después, dirigiéndose a papá que ocupaba la cabecera de la mesa, dijo:

-         Recién anduvo la señorita Irene por la comisaría.

-         ¡Otra vez, molestando por allá!- exclamó papá- ¿Y a qué cuernos fue ahora si se puede saber?

-         Si será… ¡Justo esta noche, la muy desgraciada!-protestó mamá.

Es preciso aclarar que, otra de las escasísimas salidas de tía Irene, eran sus visitas a la comisaría. A sabiendas de que estaba más loca que una cabra, igual le tomaban la denuncia de toda clase de desvaríos. Las persecuciones estaban  a la cabeza del ranking. Había sido seguida por autos extraños, un hombre de cabellos plateados en bicicleta, una mujer elegantísima, con tacos y capelina color obispo... La lista era infinita.

-         Denunció abandono de persona, Don Miguel.

-         ¿Abandono de qué… ?

-         Dijo que la señorita Carmen y la señorita Clementina la abandonaron, que la dejaron sola, que no tiene adonde ir.

-         Pero Benítez, si ahí las ve usted a mis hermanas- siguió papá con fastidio-es ella la que se niega a acompañarlas.

-         Tá bien, Don Miguel, pero es Navidad. La tengo encerrada en el cuartucho,  porque hasta los muchachos le tienen cosa, eeh, miedo, yo que sé.

Mi hermano suplicaba – Pero échela. Dígale que ahí no puede quedarse comisario y punto. Finito. Benítez empezaba a darme lástima, se veía abatido y acorralado.

-         Es que no hay forma de que escuche nada. De ahí no se mueve hasta que la busquen las hermanas-¡Parece una mula empacada! Discúlpenme, pero con una mujer así……

-         Ya, ya, ya -hay que hacer algo pronto, vamos para allá – decidió mi sobrino Leandro poniendo fin al asunto.

Increíblemente ahora había empezado a lloviznar.  Como si el cielo se hiciera eco de nuestros pesares. Ya no podíamos ni queríamos llorar, pero sentí una extraña conexión. Curiosamente, por un instante supe que el cielo lo hacía por nosotros. Antes de partir, besamos amorosamente a los chicos, que parecían  desorientados. Preguntas… algunos, los más grandecitos querían saber que estaba pasando. Los gurrumines de la casa en cambio sólo pedían a Papá Noel ¿Cuánto falta?- ¿Mucho falta?? Los dejamos al cuidado de mamá y mis cuñadas, con la promesa de abrir los regalos apenas dieran las doce.

Salimos en dos autos. En caravana siguiendo a la Ranger del milico para recorrer las cuatro cuadras que nos separaban de la comisaría. Tía Carmen y tía Clementina parecían no comprender del todo lo que estaba pasando, pero igual subieron al Renault 12 que manejaba papá.

Menos mal que Santiago se avivó. De pasada, manoteó los dos champagnes que se helaban en el freezer. La Nochebuena pintaba larga. Muy larga.

 

 

 

                              LOLA  CALDO

 

 

-        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-