"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




BRUNO PREATONI: " Fumar"

Publicado en relatos el 8 de Octubre, 2010, 13:21 por MScalona

Fumar

        

Yo ya estaba en verdad bastante cansado y me molestó un poco salir a esa hora de la noche. Tenía que verla porque habían pasado cuatro o cinco días desde la última visita. Ella acusaba un fuerte dolor de cabeza así que coloqué un libro en el maletín de trabajo y salí con la bicicleta.

La distancia de mi casa a su departamento era de doce o trece cuadras, mucho para caminar cuando uno está cansado al final de la jornada, y poco para esperar media hora un colectivo. Cuando llevaba sólo dos cuadras de mi corto recorrido, detuve la bicicleta para fumar. No tenía fuego y el viejo guardia de uno de los edificios lindantes estaba fumando en la puerta. Le pedí prestado el encendedor. Esperaba alguna ironía, un chiste liviano o alguna acotación sobre la intermitente lluvia que llevaba ya más de una semana, pero el viejo no dijo nada. Me estiró su brazo, que terminaba en una mano exageradamente grande para el resto del cuerpo y al abrirla, como si fuera un capullo que florece en primavera, un capullo de alguna plata insectívora del Amazonas, estaba el objeto requerido: un encendedor a gas que se activaba cuando la tapa del instrumento se corría con un movimiento brusco.

Eran comunes ese tipo de mecheros entre los viejos. Recuerdo algunas imágenes difusas de otro tiempo. El cumpleaños de mi tío-abuelo Bartolo, sus primeros 80 (creo que sigue vivo, aunque su familia dejó de hablarle y mi familia perdió todo contacto con su esta rama del árbol genealógico), ese día peleaba un sorprendente Myke Tyson contra Tony Tucker, que perdía en fallo dividido tras 12 vueltas intensas. Nunca voy a olvidar esa pelea. Recuerdo como el tío Lito, algo más joven que Bartolo pero más cansado por una vida dura, me explicó algunos puntos básicos de ese apasionante deporte.

- Algo que no entiendo es quién va ganando…

- Gana el que pega más, me dijo

- Pero acá se pegan mucho los dos

- Entonces tenés que mirar el que tiene el centro del ring

- ¿El centro del ring?

- Si. El que está parado en el centro es el que tiene el dominio

    Y era verdad. El dominio lo tenía Tyson, aunque de a ratos se iban intercambiando el territorio.

    Ahora estaba parado yo en el centro de la calle, encendiendo un cigarrillo con aquel extraño mechero del cuidador que no me hablaba. Me hubiera molestado que me hablase, pero me parecía extraño, inquietante, que no lo hiciese. ¿Cómo sería la voz de aquel sujeto? Le agradecí el fuego y emprendí camino por Mitre. Llevaba la bici a cuestas, arrastrándola como extensión de mi cuerpo. Agradecí por dentro que el colectivo no pasara, por miedo a arrepentirme de salir en bicicleta a esa hora y con semejante nivel de cansancio.

    Antes de cruzar, donde comenzaba la doble parada de colectivos mis ojos se cruzaron con los ojos de la mujer más hermosa que viera jamás.

    El humo de mi cigarrillo y la oscuridad de la calle se alteraron ante aquella estupenda presencia. Creo que nunca, nunca olvidaré esa mirada. Su gesto era sencillo, el mentón era el punto de fuga del Universo. Y no puedo exagerar. Esa imagen sublime era innombrable.

    Ella cruzó su mirada con la mía, sus ojos celestes, y se sostuvo. Yo no pude contenerme y bajé la vista casi inmediatamente. Me arrepentí mucho y cuando quise acordarme, ya estaba al otro lado de la calle.

    Me entró entonces una horrible desesperación. Me reprochaba no haberle hablado, o al menos no haber sostenido la mirada un poco más, para que ella pudiera recordarme. Quizás más adelante, volverla a encontrar en otra circunstancia, pero exento del cariz del olvido. Pensaba, en términos poéticos, pero no podía pensar de otra manera.

    Volví a mirar hacia la parada. Albergaba la vana esperanza de ser correspondido. Ella también podría estar arrepentida de no haberme ayudado a abordarla, a poder convertir algo fútil en un verdadero y poderoso acontecimiento. Algo que nos rescataría a los dos…

    Apoyé la bici sobre una baranda de escuela pintada de amarillo y miré lo que quedaba de mi cigarrillo. No había pitado más de dos o tres veces. Me quedé quieto, esperando un milagro. Clavé los ojos en aquella desconocida que había cambiado mi vida en un instante, pero no fui correspondido. Otras personas ocuparon el espacio y me sentí humillado. Nadie la conocía o parecía conocerla, sin embargo, ya no era lo único. Tomé la bicicleta y me fui, antes de tirar el cigarrillo.

    Llegué y hablé un rato con la negra, antes de acostarnos. Ella estaba contenta, así que traté de escucharla sin hablar demasiado. Acostado, pensé menos en la hermosa mujer de la parada que en Bartolo, Lito y la increíble pelea de Tyson. Yo tenía por entonces edad de primaria y ese día, junto con los carnavales de cada año, son los recuerdos más fuertes que conservo del club. La fiesta de cumpleaños de Bartolo fue un acontecimiento social incomparable, como las primeras fiestas que pasábamos en el barrio, antes de la mudanza.

    A su manera, el encuentro con la hermosa mujer de la parada, también constituiría con el tiempo, un recuerdo imborrable, magnificado, distorsionado o un hueco más en la memoria del olvido.

    Llegué, entonces, y hablamos un rato con Carolina. Hizo café y al cabo de un rato, nos acostamos. Soñé algo extraño. No era común que soñara con ella. En el sueño me decía que se había besado con un tipo en una fiesta. Estábamos en la cama, ella sentada, apoyada en la pared y yo acostado, dormitando con la vista débil puesta en el techo de la habitación semi oscura. En esa posición, irreverente, y luego de confesarme su amorío, sacaba un papel de su media, una hoja arrancada de un cuaderno y escrita a mano con birome azul. No me la mostraba, pero podía verla. Como si fuera una película que salta de un plano general de dos cuerpos acostados, en una escena dramática, aunque no cargada, hacia un plano detalle de la carta. Podía leerla, con alguna dificultad. Parecían extractos de poemas, desordenados. Era claramente una declaración de amor extraña, algo soberbia (toda declaración que pone el foco en el declarante y no en el receptor es, cuanto menos, contradictoria). Recuerdo el término intelligentzia. Era estúpido escribirle a una chica utilizando esos términos. Pero ella parecía encantada. En el sueño me invadía una angustia matizada. Por momentos pensaba en golpearla o insultarla pero inmediatamente desistía para dar paso a acciones moderadas. Parecía incapaz de reaccionar, dispuesto a humillarme hasta el límite, pero para ella el relato y la carta eran hechos naturales.

    Me desperté sin demasiado sobresalto. El reloj marcaba las 7:45. No había tiempo para volver a dormir, pero era demasiado temprano para levantarme. Encendí la radio y me vestí. Tomé el desayuno sólo. Ella seguía durmiendo y no quería despertarla. Era un día como cualquiera, un poco frío para octubre tal vez. Pensé que sería conveniente salir con campera liviana y sueter de hilo, aún a sabiendas de que terminarían en la maletín antes del mediodía.

    Terminado el desayuno, era aún demasiado temprano. Podía caminar lento, detenerme a mirar el paisaje urbano. Preferí fumar un cigarrillo en la ventana antes de salir. Un sólo cigarrillo. Fumando lentamente pasarían entre 5 y 7 minutos. Muy lentamente, no habría apuro. Si ella se levanta – pensé – no le va a gustar verme fumando tan temprano. Unos pájaros bailaban en el pino del patio posterior del edificio.

    Faltan apenas diez minutos para las 3. E necesario que el reloj avance con prisa para poder irme. Necesito hacer algunas diligencias antes de volver a casa, comer y ponerme a producir nuevamente. Muchas veces puede aprovecharse el tiempo en la oficina cuando no hay mucho para hacer, algunos días, los minutos son eternos y uno termina haciendo cualquier cosa con tal de atenuar la espera.

    Bruno Preatoni

      
    Autores
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