"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




6 de Octubre, 2010


El Portador, Reseña de VERÓNICA LAURINO

Publicado en Ensayo el 6 de Octubre, 2010, 18:53 por MScalona

El Portador             de Marcelo Scalona

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RESEÑA CRÍTICA de Verónica Laurino

FERIA DEL LIBRO de CAÑADA de GOMEZ, 1º de octubre 2010.-

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Escribir una novela es inventar un mundo y vivir en él: una novela no se escribe de un día para el otro, uno convive con sus personajes por un año o por varios años y a veces se interrumpe y se duda y se vuelve a escribir y se reescribe y se retrocede casilleros. En fin, es un trabajo largo, lleno de dudas pero sumamente placentero; hay días que escribimos de un tirón y nos sentimos tan plenos, o un poquito todos los días, o incorporamos cosas que vemos, que vivimos en nuestra historia; eso es para mí escribir una novela. Estamos metidos en ese otro mundo que también es nuestro y una se levanta pensando en eso y se acuesta y la va alimentando de elementos cotidianos, es como una doble vida.

El Portador es para leer con un lápiz a mano y disfrutar de marcar frases; está salpicada de buenas ideas; no es solamente una historia que atrapa, es también un disfrute de los detalles y para darles un ejemplo, cito: “pero sucede, pasa como el amor, la lluvia o la desgracia, están ahí, es un grito, un gemido, un llanto” o cuando unos de los personajes, Pereda, dice “la majestad extrema de las cosas siempre me aburría, así fuera una catedral, las caratas, un arco iris o dos tetazas de fellini, en cambio, era capaz de hipnotizarme por dos ojos marrones de una sirvienta” y eso es lo que yo más disfruto de un texto, que no se preocupe solamente de lo que está contando sino de cómo lo está contando.

El Portador es una novela que exige, por esto mismo, un lector comprometido y ese no es cualquier lector, porque no es una historia lineal ni fácil y hasta a veces tiene escenas repulsivas, justificadas, pero repulsivas al fin; siembra pistas falsas, arranca con una historia que parece no tener que ver con el resto, por ejemplo en el capitulo llamado “Bodegas y viñedos Tornatti” y luego la integra al corpus del portador, pero esos efectos la hacen más atractiva, más rica, introduce elementos nuevos y confunde, desorienta y luego nos devuelve a la historia principal y es tan ambiciosa y excesiva que hay otra novela adentro de la novela, la que escribe el personaje de Pereda.

El lector que busca que todo encaje fácilmente se equivoca al leer esto y el que cree en la historia, es porque le tiene fe a la ficción; tiene humor pero es un humor negrísimo y también tiene todos los ingredientes que nos vende la realidad: sexo, sexo duro, drogas, corrupción, violencia, música, muertos, balas y todos los elementos que construyen lo humano: deseo, fluidos, sangre, violencia pero por sobre todo, amor. Furlet, el otro personaje, es acto y Pereda es palabra “Intoxicación enciclopédica” y se buscan buscando el complemento.

El Portador también es una novela que trabaja con los prejuicios, con los estereotipos, el abogado escritor, el policía corrupto, el psicólogo conductista, el pobre sucio, el travesti tierno pero en palabras del personaje de Pereda “nadie te dice todo” o todos mienten y es entonces uno ve que esos clichés están todo el tiempo burlados, desbaratados, perimidos: NADIE TE DICE TODO. El autor, felizmente, tampoco.

Arrimando al Bukowski nacional

Publicado en relatos el 6 de Octubre, 2010, 11:54 por C_Santini

 POR  LAS  DUDAS

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       –¿Qué tan mal estoy?

       –No es para tanto.

       –El de la tarde dijo que era grave.

       –No se preocupe. Le estamos pasando antibióticos. Además, ustedes tienen siete vidas, como los gatos.

       –¿Qué me quiere decir?

       –Eso. Que los que son como usted tienen suerte.

       –Me alegro. Y váyase a la mierda.

       –Ojo con lo que dice. Estoy a cargo de la guardia. Puedo prometerle una noche interminable.

       –Hágalo. Y yo le prometo cagarlo a trompadas apenas salga de acá.

       Parado al pie de la cama, el médico sonrió con soberbia. Se sabía el dueño de la situación. Mientras hablaba, su dedo índice recorría las letras bordadas con hilo azul en el bolsillo delantero del guardapolvo y que rezaban: “Dr. Ardolo”. Su estampa era la de los médicos de antes. Canoso, peinado para atrás y con pelos asomando por la nariz y las orejas. Los años lo habían encorvado un poco. Marcos lo fulminó con la mirada pero era un animal a la espera de ser ejecutado. Para qué me habré puesto esta mierda, pensó. La infección se había diseminado por todo el cuerpo. La fiebre lo había abrasado. Noches enteras había pasado delirando y gritando barbaridades, hasta que sus compañeros de la pensión no lo aguantaron más y lo llevaron a que se hiciera ver.

       –¿Su familia está enterada?

       –No se burle. Mi única familia son esos que me trajeron hasta acá.

       –No es que me burle. Por mi profesión amo la naturaleza y aborrezco lo que va contra ella.

       –¿Contra ella?

       –Claro. Una cosa es un hombre y otra cosa una mujer. No concibo que existan mujeres con pito.

       –¿Ah no? Y yo qué mierda soy –preguntó Marcos con voz chillona.

       –Usted sería algo así como…

       No pudo terminar la frase. Débil como estaba, Marcos estiró el brazo hacia la mesa de luz. Agarró un vaso lleno de agua y se lo revoleó con violencia. El doctor Ardolo alcanzó a esquivarlo pero no pudo evitar que se hiciera añicos contra la pared. Una enfermera que pasaba por el pasillo se asomó por la puerta.

       –¿Qué está pasando, doctor? –dijo.

       –Nada. El señor está por tener un brote psicótico. Ya le va a hacer efecto el calmante que le puse en el suero.

       –¡Váyanse a la mierda, hijos de puta! –gritó Marcos.

       El médico y la enfermera salieron dando un portazo. En la habitación había dos enfermos más. En la cama más alejada, un octogenario operado de próstata que se había quejado todo el día de no poder mear. Un par de enfermeras lo asistieron una y otra vez durante cada uno de sus ataques hasta que el viejo pudo mear al final de la tarde. Ay, gracias a Dios, qué hermosa meada. Tráiganme una cerveza para festejar, dijo chocheando. En lugar de cerveza le zamparon una inyección descomunal y al poco rato el viejo cayó planchado. En la otra cama dormía un hombre de unos sesenta años que no había hablado una sola palabra y estaba harto de escuchar al viejo quejarse. Tenía un cuerpo enorme y una voz que se presumía acorde a su tamaño. Se despertó al escuchar el ruido del vaso contra la pared y los gritos.

       –¿Qué pasa pibito? ¿Por qué tanto ruido?

       –Perdone, es que el médico me puso loco. Ese hijo de puta…  

       –Calmate un poco. ¿Qué pasó? –dijo, y la voz pareció salir de adentro de una caverna.

       –No pasó nada. Déjelo ahí. Y perdone que lo haya despertado.

       –No hay drama, pibe. ¿Por qué estás internado?

       Marcos dudó. Pensó en mentir pero iba en contra de lo que había asumido con cierto orgullo. Juntó aire y respondió:

       –Me puse tetas, señor. Aceite para autos. Me ayudó un amigo mecánico y se me hizo una infección jodida.

       El corpachón se quedó mirándolo atónito. Se había inclinado hacia un costado para conversar. Marcos se sintió disminuido, un resabio de hombre. Vista de lejos, la escena era la de una morsa a punto de devorarse un Caniche Toy.

       –Te estoy preguntando en serio –dijo el gigante.

       –Disculpe, le contesté en serio.

       –O sea…

       –Eso.

       El grandote giró el cuerpo hacia el otro lado. Agarró el control remoto y encendió el televisor. Recorrió los canales y encontró lo mismo de siempre. Noticieros a favor del gobierno, otros en contra. Muertos en las rutas y en las calles. Fútbol y programas de chimento. Chimentos en programas de fútbol. Malhumorado, apagó la tele y se volteó de nuevo hacia Marcos. Lo miraba con la cara apoyada en el hueco de la mano y el codo hundido en el colchón.

       –Lo mío es peor –dijo–. Tumor en la próstata.

       –Uh…

       –Me operan mañana a primera hora. Hoy me rasuraron las pelotas.

       –Qué cagada. Dicen que en esos casos…

       –Sí, tal vez no se me pare más. Los médicos me advirtieron.

       –Qué loco ¿Y se opera igual?

       –No queda otra, pibe. La vida o la poronga. Prefiero vivir y después… “qué importa del después” –canturreó.

       –Y… sí.

       Marcos había caído en un leve sopor por efecto del sedante. Pensó que quizá por primera vez en muchos días, podría dormir bien. En esa especie de duermevela, oyó que el grandote le decía: Voy al baño. Y cuando volvió, ya se había dormido. El tipo se quedó parado al lado suyo, envuelto en una bata blanca. Con delicadeza, corrió la sábana que cubría el pecho de Marcos. Vio dos tetazas enormes, artificiales, llenas de aceite, pero tetas al fin. A pesar de las sondas o tal vez a causa de ello, el torso desnudo de su compañero de habitación le pareció terriblemente excitante. Tuvo una erección súbita. Se sacó la bata y arrimó una suculenta verga de caballo a la cara de Marcos. El roce de la piel caliente en la boca lo despertó. Se clavaron mutuamente los ojos y no necesitaron hablar. Uno chupaba y el otro revolvía el pelo. Gemían como dos amantes de ocasión, uno de pie, el otro acostado. Así siguieron hasta que el grandote se desfogó sobre las tetas de Marcos. Exhausto, satisfecho, se dejó caer en la cama con los brazos abiertos, como agradeciendo al cielo. Marcos lo miraba con ojos brillosos, como si hubiese sido él el que había acabado. El tipo se incorporó y dijo:

       –Me encantó.

       –Mejor así –replicó Marcos.

       –Sabés, a lo mejor haya sido la última. Quién sabe si después de mañana…

       –Sí, ya sé.

       –Gracias…

       –Está bien.

       Al rato, el silencio de la noche envolvió el hospital. El grandote, al igual que el viejo quejumbroso, se durmió. Marcos, desvelado, pensaba en lo suyo. ¿Se curaría? ¿Cómo sería su vida si salía airoso de semejante jodita? Eso se preguntaba en la quietud de la pieza. Y de a ratos se respondía: “Después… qué importa del después.”

                                                                                                                       

                                                                                      

 

                                                                 C.S.

sept.2010

                                                          

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-