"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Cuento de Terror

Publicado en Cuentos el 4 de Octubre, 2010, 13:29 por Nico Aimetti

La casa de al lado

 

 

Era una casa antigua. Un tapial no muy alto, terminado en unas rejas cubría el frente. Luego venía el patio que se extendía por el flanco izquierdo de la casa, que al igual que la vieja que vivía allí, estaba muy venida abajo. La arquitectura era estilo chorizo.  En el techo, alguien, alguna vez, había tratado de construir algo, pero sólo quedaban escombros.

A ambos lados de la casa había edificios, y en uno de ellos vivía yo, pero seguiré narrando la historia en tercera persona, porque es más fácil contar esto como si le hubiera pasado a otro.

 

 

 

El edificio de la derecha también era viejo, y en el segundo piso, donde vivía este chico, el pasillo  –porque había cuatro o cinco departamentos por piso–  terminaba en una pequeña terraza/tendedero desde donde se veía cómo la vieja, todas la tardes, alimentaba a los gatos del barrio.

Poco se sabía de ella, porque nunca salía, era mal llevada y su único contacto con el exterior, aparte de los gatos, era otra vieja (casi tan achacada como ella) que una vez por semana le hacía los mandados.

Todos odiábamos -perdón-, odiaban a la vieja. Cuando se les iba la pelota al patio de su casa, que por los yuyos crecidos parecía un baldío, la vieja nunca la devolvía. Es más, se apuraba con un cuchillo en la mano, como si estuviera esperando el momento y con un golpe seco la hacía reventar. Los chicos subían a verla desde la terraza del edificio, conteniendo las ganas de cagarla a cascotazos.

Un día, la vieja murió o eso decían. El rumor comenzó cuando luego de que llegará la vieja de los mandados, al rato apareció una ambulancia. Nadie vio el cadáver y la otra vieja se fue sin decir nada. Recién cuando pasó una semana y la vieja de los mandados no apareció empezaron a decir que había muerto. La casa siguió igual. Siempre había parecido abandonada; sólo los vecinos sabíamos que ahí, entre toda esa  mugre, vivía alguien.

Los gatos, desorientados, siguieron llegando por las tardes y se quedaban ahí hasta la entrada de la noche. Noches cálidas y de luna llena en aquel entonces. Noches en que este chico y su hermano se quedaban jugando en ese patio/terraza al final del pasillo, desde donde se veía a ese otro patio/baldío lleno de gatos esperando a la vieja. Hasta que una noche sin querer la vio. La vieja, mucho más demacrada, dando de comer a los gatos. Y la vieja también lo vio, o más bien le echó una mirada, una mirada rabiosa que le heló la sangre. Luego, ambos corrieron como animales a esconderse.

Esa noche soñó con la vieja y nunca más se animó a ir solo, de noche, a jugar a la terraza. Le decía siempre a su  hermano que lo acompañase para que le cuidara la espalda. Porque la vieja, ahora que él la había descubierto, podía estar ahí, quién sabe cómo, con el cuchillo de pinchar pelotas, esperándolo. Su hermano, en esa rebeldía propia de los hermanos menores, no le creía que la hubiera visto y jugaba siempre despreocupado. Él, asomando apenas la cabeza, se quedaba espiando la casa de al lado.

Una tarde jugaban a la pelota en la vereda. Él había subido a tomar agua y cuando regresó, todos estaban mirando a la casa de la vieja.

– ¿Y mi hermano? –preguntó. Sus padres habían salido y lo habían dejado a cargo.

– Se fue la pelota –dijeron–, se saltó a buscarla.

Calculó el tiempo que había tardado en ir a buscar agua y luego de contar a los otros adivinó que había ido sólo. Más temerosos de los retos de sus padres que otro cosa –días atrás a uno de sus amigos lo habían agarrado queriendo entrar en la casa y desde entonces sus padres no lo dejaban salir a la calle-, nadie se animaba a acompañarlo a buscar a su hermano.

Trepó al tapial tomándose de las rejas. Aun había algo de luz –pensó–, todavía era seguro. Desde arriba del muro no vio nada, sólo yuyos y escombros. Gritó una o dos veces sin obtener respuesta. Se le cruzó por la cabeza que quizás todo fuera una broma de su hermano y los amigos. Bajó. Apoyada contra una pared había una escoba que seguro nadie usaba desde hacía mucho. De una patada separó el mango de la base y empuñando el palo se dirigió a la casa. Estaba por gritar otra vez, pero pensó que lo mejor era ir de incógnito, sin hacer ruido.

La primera puerta que daba al patio estaba cerrada. Llegó hasta la segunda puerta, apenas entornada. Al entrar, el paso de la luz a lo oscuro lo cegó. Había mucho polvo, casi tierra en el piso. Uno o dos muebles rústicos, la madera ajada. En la pared, sin marco ni nada, colgaba una foto tan vieja que apenas dejaba distinguir algo horrible, una cara o un gesto. Dos puertas, una a la habitación de adelante  y otra al fondo. Se dirigió hacía la de atrás, despacio y apretando el palo en su mano. Vio  una mesa y un horno, estaba un poco más limpia. Era la cocina, se dijo, algo familiar era empezar a comprender la casa. Era algo bueno. Desde atrás de la puerta una mano blanda y fría lo tomó del brazo. Gritó con toda su fuerza, se echo hacía un costado desprendiéndose de la mano, y comenzó a golpear algo que, si bien el miedo aun no lo dejaba ver, sabía que era la vieja, que también comenzó a gritar mientras se cubría los golpes con sus brazos, palazo tras palazo chillaba y se encogía  tratando de cubrirse, gritando de forma asquerosa hasta que él apuntó el palo a su boca para callarla, y la vieja cayó al suelo.

Entonces oyó la voz de su hermano que lo llamaba desde el fondo, apenas un hilo de voz, quebrando en llanto y diciendo:

– Nicolás... Nicolás...

Había una puerta más, una que daba a una habitación oscura, al fondo. Entró en busca de su hermano, dio unos pasos y tropezó.   Quedó unos segundos tumbado sobre el polvo y, al levantarse, ya no vio nada. Alguien había cerrado la puerta. Comenzó a llamar a su hermano sin respuesta, a dar palazos en la oscuridad y, por más que pasaba el tiempo, sus ojos no se acostumbraban, seguía sin ver nada. Luego comenzó a llorar y golpear con las manos el lugar donde acaso creía que estaba la puerta. Y así hasta que ya no tuvo más fuerzas para sostener la situación, se encogió en el piso y cerró los ojos.

 

 

En la escena siguiente, un hombre, un bombero o un policía, lo sacaba en brazos. Ya era de noche, sus padres lo abrazaban entre llantos y el pensaba que todo había pasado. Entonces buscaba a su hermano y no lo veía por ninguna parte. Sus padres lo miraban sin entender.

– ¿Qué hermano? –le preguntaban.

Y él quería volver pero no lo dejaban. Lo llevaban al departamento donde tampoco estaba, y lo miraban y se notaba que trataban de disimular algo. Entonces él se prometía que un día, cuando se le pasará el miedo, cuando lo dejaran salir a la calle, volvería a la casa de al lado a buscarlo o a matar definitivamente a la vieja.

 

 

 

 

 

                                                                                    Nicolás  Aimetti    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-