"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Octubre, 2010


DIOS SALVE A LAS LEONAS

Publicado en Aguafuerte el 4 de Octubre, 2010, 16:32 por M_C_Rivarola
 

Dios salve a Las Leonas

         

Ese día comencé a cuestionarme, no sólo la ideología de mis signos, sino todo lo referente a los enunciados, tan singulares y acordes a los participantes de una u otra esfera de la praxis humana. ¿Qué leonas? ¿Las madres de la plaza? Fue lo que le pregunté a mi amiga, en una explosión de ironía, el sábado aquél en un país cercano. Ella intentó silenciarme con el versito mediático de ejemplo para la sociedad y títulos universitarios, se estaba pasando la planchita por el pelo y tenía las uñas perfectamente limadas y pintadas. La pava casi hervía y yo insistía tratando de que entendiera algunas cosas que para mí eran fundamentales: esta yerba saborizada es una mentira más, es como tomarse un Tang caliente, el mate se toma amargo y la sociedad… la sociedad es una mujer joven pero tan arruinada que parece vieja, tiene apenas unos veintisiete años, ocho hijos, cinco nietos y escasas piezas dentarias; no creo que sea para jugar hockey ese palo que sostiene en su mano. Suelo confesar frecuentemente que a una altura determinada de la vida los amigos son como la familia, se quieren y se aceptan aunque no se elegirían. Ella me miraba al borde del colapso, yo tomaba aire y seguía insistiendo con el machaque… Los leones están en peligro de extinción, sí sí… Pero por suerte aún quedan algunos ejemplares. Una leona es la mamá de Juan Pérez, que golpea el envase de porrón quebrándolo al medio para enfrentar a su macho, otra es la que espera el sueldo del marido hace tres meses y pone la mejor sonrisa para pedir al almacenero unos días más de fiado, también está esa que hace cola en la puerta del hospital con tres críos al hombro, justo en el momento en que decido subir el calefactor porque adentro de mi casa está nevando. Aquella que junta pilas de cartones y botellas para canjearlos por yerba y pan de ayer, la leche es demasiado cara, toman mate cocido, nada de té, es más que una cuestión cultural. ¿Entendés? No, ya sé, no entendés nada… Otra es esa que se organiza para comprar un par de zapatillas por mes cuando le llega el salario, y suma los hijos y resta los meses; su ilusión es terminar antes de diciembre y que le sobre para el pan dulce y la sidra. Y sí… alguna seguro que fuma, pero sino ¿qué carajo querés que hagan? En la caja boba un locutor sobredimensionaba el sonido de las eses y me estaba taladrando la espalda, le apreté mute en el instante justo en que empezó a hablar de fiestas. Automáticamente pensé en la selva y su ley. La Argentina está de fiesta, negra. Fiesta de igualdad de oportunidades. Cansada de renegar conmigo misma levanté en el aire una copa imaginaria. ¡Qué sigan las acrobacias! ¡Que los altos sigan aplaudiendo! Mientras los bajitos los miramos desde un suelo sin palos ni zancos. Apagué la pava y salí a comprar yerba con gusto a yerba. La dueña de la granja de la esquina por suerte es una mujer sensata, aunque está divorciada; me dio Rosamonte, al menos ella entiende algunas cuestiones que para mí son fundamentales.

                                                                                          *Ce*

La Parodia

Publicado en Parodias el 4 de Octubre, 2010, 13:48 por Pablo Mengascini

LYL,  LILA,  LILIANITA

 

Pablo  Mengascini

 

 

 

 

Ya demasiados problemas teníamos en la editorial los que nos dedicábamos a las historietas como para que nos adosaran una dibujante de veinte años, autodidacta, y que hasta entonces sólo había dibujado “para entretenerme, porque me gusta”. La semana anterior, desde España y vía teleconferencia, los ejecutivos comerciales había sido precisos y terminantes: “Vuestro sector es el único que no marcha. O, más propiamente, el único que marcha hacia atrás, lo que es aún peor que si no marchara. Tienen que cambiar de tema. Basta de superhéroes y gilipolladas. Preparen un comic-book para adultos. En castellano neutro, para toda Iberoamérica. Y exageren: transexuales, hordas de lesbianas, amazonas con polla, niñas de rasgos asiáticos, sexo con extraterrestres… La semana que viene irá una dibujante nueva. No tiene experiencia laboral pero dibuja bien. Tampoco tiene ideas, pero concreta ideas ajenas de forma maravillosa. Aprovéchenla. Es el salvavidas que os enviamos. Si no lo aferráis, pues os hundís.” Después, la pantalla de teleconferencias se apagó.

 

Un mail, finalmente, nos avisó qué día ella se incorporaría a nuestro grupo y ese día yo llegué temprano (como siempre) y la reconocí apenas la vi, por la enorme carpeta que tenía debajo de un brazo. Estaba parada, hablando con dos compañeros míos. “Ya deben estar tratando de levantarla, de retorcerla, de acostarla…” Era alta, delgada, hermosa. Me la presentaron. “Ella es la nueva.” Yo atiné a darle la mano pero enseguida reprimí ese gesto tan ridículo, tan caduco, salvo cuando se da entre hombres. No supe qué decirle ni cómo saludarla. “¿Cómo hay que saludar a una mujer desconocida, excitante, preciosa, pero que podría ser la menor de tus hijas?” Fue ella la que me sacó de la situación ridícula: se acercó y me besó la mejilla; la sentí cerca, bien cerca, y distante, pero no mucho. “Si la primera impresión es la que cuenta, yo ya estoy frito.”

 

Cuando llegaron todos empezó la reunión de trabajo. Se presentó formalmente y mis compañeras, todas mayores de treinta, la miraban como mujeres presas de la envidia. Y mis compañeros, como hombres. Como hombres presos. Era realmente desenvuelta y avasallante. Contó que no había buscado ese trabajo, sino que se lo habían ofrecido vía mail, desde España, después de haber visto su blog. Dijo que ya estaba al tanto del comic-book planificado por los ejecutivos y que había preparado algunos ejercicios, para que viéramos su técnica; y sacó de la enorme carpeta varios dibujos para que los miráramos. Eran impactantes: dibujaba como dibujarían los dioses si existieran y dibujaran. Los firmaba “Lyl” y no les ponía fecha: a los veinte años no se tiene conciencia cabal del paso del tiempo. “Me llamo Liliana, pero me gusta que me digan Lila, porque Liliana es nombre de vieja. Lili tampoco me gusta, porque también es de vieja”. Señaló eso sin tomar la precaución de saber, antes, los nombres de mis compañeras. De todas maneras, ninguna se llamaba Liliana y todos escuchamos sonriendo, menos Graciela. “Lila. Nombre de puta profesional. O de petera amateur.” Continuó hablando con una desenvoltura admirable y al poco tiempo todos los demás estábamos mirándonos como para interrogarnos. “¿Le habrían dicho eso del salvavidas? ¿Se lo habría creído? ¿Quién y cómo le para el carro a esta pendeja?” Nadie dudaba: estaba obsesionada con el proyecto y quería apropiárselo, liderándolo, y apropiarse de nosotros, liderándonos.

 

Después de un rato, la conversación ya iba por otros temas y Lila estaba callada, sentada a mi lado, pero inquieta, mirando la mesita de la cafetera que también tenía lo necesario para preparar mates, y el dispenser de agua que estaba pegado a la mesita. ¿Vos podés cebar mates? — me preguntó. Sí — le contesté irreflexivamente. Al instante se levantó y volvió con una bandeja con el mate, la bombilla, el paquete de yerba, sobrecitos de azúcar y un termo que había llenado con agua caliente. Dejó todo frente a mí, sonriéndome. No le devolví la sonrisa. “Ya empezó a darme órdenes. Y ya las estoy cumpliendo. Soy un pelotudo.” Le dí el primero, sin azúcar, el peor, a propósito. Lo tomó de un solo tirón, mirándome a los ojos, y me lo devolvió acercando su boca a mi oreja para decirme muy despacito: “Están ricos”.

Antes de terminar la reunión distribuimos tareas y convinimos la próxima en una semana. Nuestras reuniones siempre fueron semanales. Yo me demoré para irme último. Quería fotocopiar los dibujos de Lila para mostrárselos a unos amigos que vería en un rato, en un bar. Enrique, fotógrafo: “¿Veinte años y dibuja así? ¡Qué hija de puta!”. Julián, ferretero: “¿Veinte años y dibuja eso? ¡Qué hija de puta!”. Yo me sorprendí deletreando lo mismo, únicamente para mí: “¡Qué hija de puta!”, pero sabía que los tres estábamos pensando cosas muy diferentes.

 

Esa noche, en mi casa, revisé el mail y me encontré con un mensaje de Lila. “Estoy re contenta por poder trabajar con ustedes. Hasta ahora yo siempre dibujé para entretenerme, porque me gusta. Gracias.” Inmediatamente me comuniqué con mis otros compañeros para ver si habían recibido ese mismo mensaje. Nadie había recibido nada de ella. Puse la pava para preparar mates. “Claro. Empieza por mí. Por el más viejo. Por el que piensa que no la ve como mujer. Por el tímido que no supo cómo saludarla. Por el que le parece más manipulable. Después va por los otros. Más adelante, por todo. Increíble… ¡Qué hija de puta! Dibuja realmente bien… Pero, ¿quién se piensa que es? ¿Goya? ¿Picasso? ¿Dalí? ¡Pendeja hija de puta!” Cuando estaba por tomar el primer mate, lo miré antes de empezarlo, inmóvil, por tres o cuatro segundos, y luego lo tiré al tarro de la basura. Al otro día, mientras preparaba el desayuno, lo saqué del tarro, lo limpié, y lo guardé.

 

Una semana después, Lila volvió a sentarse a mi lado, a mi derecha. Era la que más había trabajado para el proyecto. Y se notaba; y lo sabía. De hecho, era la única que lo hacía avanzar. Sin dudas estaba al tanto de que era nuestro salvavidas… En un momento se levantó y puso frente a mí la bandeja del mate y el termo lleno, esta vez sin previas consultas. Noté que me controlaba continuamente. “¿Pensás que voy a obedecerte de inmediato? ¡Lo voy a preparar cuando se me cante! ¡La puta que te parió!” Esperé a que estuviera ocupada para ocuparme del mate. “No te voy a dar el gusto de verme haciendo lo que me ordenás. ¡Pendeja hija de puta! ¡De mil putas!” Esta vez acerté la estrategia: Lila me miraba preparar el mate cuando tenía que hablar, y pude desconcentrarla. “¿Ves? ¡Esto se llama resistencia a la opresión! ¿Entenderá esto tu cabecita de pajarito, tu cerebrito de veinte añitos?”

 

El día de la tercera reunión con Lila yo llegué primero. A los pocos minutos llegó ella. Nos saludamos y después fingí estar ocupado para no conversar. La noté nerviosa, caminaba y miraba su reloj, aún sabiendo que faltaba un cuarto de hora para el comienzo. “Te molesta que no me ponga a tu disposición, ¿no?” Estaba seguro de que quería interrumpirme, para imponerse, para fijar qué había que hacer, para decidir la agenda del día. “No te voy a dar bola. Quizá seas el salvavidas que nos tiraron desde España… Sí, quizá… Pero vení a buscarnos y salvanos… Y si no… nos hundimos, ¡pero sin someternos a una pendeja descocada!” Cuando volvió a poner frente a mí la bandeja del mate y el termo levanté la vista y la miré serio, inexpresivo y estático. Ella me miraba a los ojos y después hacia la bandeja, y después a mis ojos, y otra vez a la bandeja, y a mis ojos, y a la bandeja… siempre en intervalos cada vez más cortos. “¿Te mando a la mierda por interrumpirme o por creer que estoy para servirte? ¡Tenés veinte años y dibujás bien, pero no tenés ideas! ¡Servís para copiar y nada más! ¡Fotocopiadora sin cerebro! ¡No voy a estar a tus órdenes! ¡Nunca! ¡Me paro y te puteo! ¡Metete el termo y el mate y la bombilla en el culo! ¡Eso te voy a decir! ¡Y que los españoles se metan la salvavidas que nos mandaron también por el culo! ¡Se las mando vía teleconferencia! ¡La concha de tu madre! ¡La puta que os parió, españoles de mierda!” Estaba a punto de largarle todo eso. Sólo me demoré unos segundos para pensar por dónde empezar. “Soy un volcán. El magma ya está listo y sube por la chimenea, por mi tráquea. ¿Quién detiene eso? Nadie. Nada. Te voy a quemar, quemándome, quemando todo. Los que están por llegar sólo encontraran cenizas muertas y restos de un incendio irreparable.”  Pero ella habló antes que yo. Me preguntó tres cosas, una detrás de la otra, que extinguieron el fuego sólido, denso y viscoso, que ya estaba en mi garganta, en el cráter, y que congelaron la furia interior que ya casi era violencia manifiesta, manifestada, neutralizándola de golpe, disipándola de inmediato; y muy a tiempo, porque esas tres preguntas seguidas me hicieron sentir un idiota, y darme cuenta de haberlo sido hasta ese momento.

 

Me había preguntado: “¿Cómo se prepara eso? ¿Cuánta yerba hay que poner? ¿Me enseñás?” Formuló la primera pregunta mirando hacia la bandeja, la segunda mirándome a los ojos, y la tercera, sin dejar de mirarme, torciendo la cabeza hacia su hombro izquierdo y sonriendo como una niña.

Cuento de Terror

Publicado en Cuentos el 4 de Octubre, 2010, 13:29 por Nico Aimetti

La casa de al lado

 

 

Era una casa antigua. Un tapial no muy alto, terminado en unas rejas cubría el frente. Luego venía el patio que se extendía por el flanco izquierdo de la casa, que al igual que la vieja que vivía allí, estaba muy venida abajo. La arquitectura era estilo chorizo.  En el techo, alguien, alguna vez, había tratado de construir algo, pero sólo quedaban escombros.

A ambos lados de la casa había edificios, y en uno de ellos vivía yo, pero seguiré narrando la historia en tercera persona, porque es más fácil contar esto como si le hubiera pasado a otro.

 

 

 

El edificio de la derecha también era viejo, y en el segundo piso, donde vivía este chico, el pasillo  –porque había cuatro o cinco departamentos por piso–  terminaba en una pequeña terraza/tendedero desde donde se veía cómo la vieja, todas la tardes, alimentaba a los gatos del barrio.

Poco se sabía de ella, porque nunca salía, era mal llevada y su único contacto con el exterior, aparte de los gatos, era otra vieja (casi tan achacada como ella) que una vez por semana le hacía los mandados.

Todos odiábamos -perdón-, odiaban a la vieja. Cuando se les iba la pelota al patio de su casa, que por los yuyos crecidos parecía un baldío, la vieja nunca la devolvía. Es más, se apuraba con un cuchillo en la mano, como si estuviera esperando el momento y con un golpe seco la hacía reventar. Los chicos subían a verla desde la terraza del edificio, conteniendo las ganas de cagarla a cascotazos.

Un día, la vieja murió o eso decían. El rumor comenzó cuando luego de que llegará la vieja de los mandados, al rato apareció una ambulancia. Nadie vio el cadáver y la otra vieja se fue sin decir nada. Recién cuando pasó una semana y la vieja de los mandados no apareció empezaron a decir que había muerto. La casa siguió igual. Siempre había parecido abandonada; sólo los vecinos sabíamos que ahí, entre toda esa  mugre, vivía alguien.

Los gatos, desorientados, siguieron llegando por las tardes y se quedaban ahí hasta la entrada de la noche. Noches cálidas y de luna llena en aquel entonces. Noches en que este chico y su hermano se quedaban jugando en ese patio/terraza al final del pasillo, desde donde se veía a ese otro patio/baldío lleno de gatos esperando a la vieja. Hasta que una noche sin querer la vio. La vieja, mucho más demacrada, dando de comer a los gatos. Y la vieja también lo vio, o más bien le echó una mirada, una mirada rabiosa que le heló la sangre. Luego, ambos corrieron como animales a esconderse.

Esa noche soñó con la vieja y nunca más se animó a ir solo, de noche, a jugar a la terraza. Le decía siempre a su  hermano que lo acompañase para que le cuidara la espalda. Porque la vieja, ahora que él la había descubierto, podía estar ahí, quién sabe cómo, con el cuchillo de pinchar pelotas, esperándolo. Su hermano, en esa rebeldía propia de los hermanos menores, no le creía que la hubiera visto y jugaba siempre despreocupado. Él, asomando apenas la cabeza, se quedaba espiando la casa de al lado.

Una tarde jugaban a la pelota en la vereda. Él había subido a tomar agua y cuando regresó, todos estaban mirando a la casa de la vieja.

– ¿Y mi hermano? –preguntó. Sus padres habían salido y lo habían dejado a cargo.

– Se fue la pelota –dijeron–, se saltó a buscarla.

Calculó el tiempo que había tardado en ir a buscar agua y luego de contar a los otros adivinó que había ido sólo. Más temerosos de los retos de sus padres que otro cosa –días atrás a uno de sus amigos lo habían agarrado queriendo entrar en la casa y desde entonces sus padres no lo dejaban salir a la calle-, nadie se animaba a acompañarlo a buscar a su hermano.

Trepó al tapial tomándose de las rejas. Aun había algo de luz –pensó–, todavía era seguro. Desde arriba del muro no vio nada, sólo yuyos y escombros. Gritó una o dos veces sin obtener respuesta. Se le cruzó por la cabeza que quizás todo fuera una broma de su hermano y los amigos. Bajó. Apoyada contra una pared había una escoba que seguro nadie usaba desde hacía mucho. De una patada separó el mango de la base y empuñando el palo se dirigió a la casa. Estaba por gritar otra vez, pero pensó que lo mejor era ir de incógnito, sin hacer ruido.

La primera puerta que daba al patio estaba cerrada. Llegó hasta la segunda puerta, apenas entornada. Al entrar, el paso de la luz a lo oscuro lo cegó. Había mucho polvo, casi tierra en el piso. Uno o dos muebles rústicos, la madera ajada. En la pared, sin marco ni nada, colgaba una foto tan vieja que apenas dejaba distinguir algo horrible, una cara o un gesto. Dos puertas, una a la habitación de adelante  y otra al fondo. Se dirigió hacía la de atrás, despacio y apretando el palo en su mano. Vio  una mesa y un horno, estaba un poco más limpia. Era la cocina, se dijo, algo familiar era empezar a comprender la casa. Era algo bueno. Desde atrás de la puerta una mano blanda y fría lo tomó del brazo. Gritó con toda su fuerza, se echo hacía un costado desprendiéndose de la mano, y comenzó a golpear algo que, si bien el miedo aun no lo dejaba ver, sabía que era la vieja, que también comenzó a gritar mientras se cubría los golpes con sus brazos, palazo tras palazo chillaba y se encogía  tratando de cubrirse, gritando de forma asquerosa hasta que él apuntó el palo a su boca para callarla, y la vieja cayó al suelo.

Entonces oyó la voz de su hermano que lo llamaba desde el fondo, apenas un hilo de voz, quebrando en llanto y diciendo:

– Nicolás... Nicolás...

Había una puerta más, una que daba a una habitación oscura, al fondo. Entró en busca de su hermano, dio unos pasos y tropezó.   Quedó unos segundos tumbado sobre el polvo y, al levantarse, ya no vio nada. Alguien había cerrado la puerta. Comenzó a llamar a su hermano sin respuesta, a dar palazos en la oscuridad y, por más que pasaba el tiempo, sus ojos no se acostumbraban, seguía sin ver nada. Luego comenzó a llorar y golpear con las manos el lugar donde acaso creía que estaba la puerta. Y así hasta que ya no tuvo más fuerzas para sostener la situación, se encogió en el piso y cerró los ojos.

 

 

En la escena siguiente, un hombre, un bombero o un policía, lo sacaba en brazos. Ya era de noche, sus padres lo abrazaban entre llantos y el pensaba que todo había pasado. Entonces buscaba a su hermano y no lo veía por ninguna parte. Sus padres lo miraban sin entender.

– ¿Qué hermano? –le preguntaban.

Y él quería volver pero no lo dejaban. Lo llevaban al departamento donde tampoco estaba, y lo miraban y se notaba que trataban de disimular algo. Entonces él se prometía que un día, cuando se le pasará el miedo, cuando lo dejaran salir a la calle, volvería a la casa de al lado a buscarlo o a matar definitivamente a la vieja.

 

 

 

 

 

                                                                                    Nicolás  Aimetti    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-