"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2 de Septiembre, 2010


Curso de Italiano del NANO

Publicado en Sugerencias. el 2 de Septiembre, 2010, 15:58 por MScalona

Fernando Sauro

El lunes 13 de setiembre, en instalaciones de la Familia Abruzzesa, comienzo a dar un curso de italiano, desde el inicio, para adultos. El que quiera empezar, está invitado por la Familia Gangitana. Es lunes y miércoles de 19 a 20.30hs. No vamos a complicar la cosa con gramática, ni cosas raras, y vamos a hablar desdse la segunda clase! Avisenmé si empiezan... Avisen a sus amistades interesadas.


Oportunidad única! Da el Nano
!......-Fernando Sauro-......

FOGWILL: Vivir Afuera, fragm

Publicado en De Otros. el 2 de Septiembre, 2010, 14:01 por MScalona

Algo raro: estaban en Florida, eran como las once de la noche, se oyó sonar el timbre del teléfono del mostrador, un empleado atendió y el cajero les hizo una señal: sostenía el receptor con la mano en alto indicando que querían hablar con ellos. Llamaba Bioy.

            Raro a esas horas. Él, antes de que empezaran a aparecer las chicas del instituto de pintura, solía despedirse diciendo:

            -Me voy a recoger…

            Y todos sabían que a las diez ya estaba durmiendo, o tendido en la cama, con los ojos cerrados y quietos y casi sin oír, pensando, o fantaseando: la mayoría de las noches fantaseando.

            Seguramente se armaba fantasías heroicas. Por ejemplo, esa en la que se imaginaba envuelto en su perramus blanco dirigiendo una acción de comandos en la Quinta Presidencial de Olivos.

Desde el comedor del departamentito de un cuarto piso de avenida Maipú abrían fuego con una ametralladora 12.50 refrigerada por circulación de agua. La metralla intermitente y ruidosa barría la zona sudoeste de los jardines y las caballerizas tratando de concentrarse en el sector que en esa época llamaban "paseo de los coches".

            Al minuto, desde la costa de Olivos, tres unidades de morteros emplazadas entre las casas de barrio bajo y los fondos baldíos de los recreos y campings de la avenida del Libertador bombardeaban a intervalos el sector este, la zona del jardín y el frente de la residencia principal. Alguna de las piezas estallaría directamente en los tejados. Otras, menos certeras, harían impacto entre los árboles, en las fuentes y en los chalets del personal, pero sus relampagueos y estruendos servirían para disuadir a cualquiera que intentase establecer una línea armada de defensa.

            Segundos después, los dos hombres infiltrados en la guardia ya habrían inutilizado la central eléctrica y las conexiones de emergencia y aprovecharían los intervalos programados del bombardeo y la metralla para bajar a guarecerse en el refugio subterráneo, confundiéndose allí con el personal de servicio y la tropa de seguridad que, a esa altura, ya estaría ganada por el pánico. Entonces, al cuarto minuto de la primera descarga, el camión tanque de la Shell superaría el portón enfilando hacia el frente de la residencia.

            El hombre empuja hacia el costado de los blindajes de la puerta derecha, y tras ellos, se deja caer accionando con su peso la cuerda fijada a los volantes del magneto que activará los explosivos.

            Lleva malla antibalas bajo el uniforme de bombero de la Policía de Buenos Aires. Se supone que el casco de fibra, las botas y la ropa de amianto y cuero amortiguarán el golpe contra el piso que corre a más de cuarenta kilómetros por hora y lo protegerán de los fragmentos de metralla y mampostería que han de estar arrasando esa parte del jardín y de los chorros de combustible ardiendo que la explosión de la cabina difundirá en un radio de cincuenta o sesenta metros.

            El hombre, aquel polista que rechazó la medalla olímpica como repudio al régimen, eligió esa misión jactándose de contar con ocho posibilidades en diez de sobrevivir y, de que si el objetivo de pánico buscado con las cargas de mortero y las ráfagas de ametralladora se cumplía cabalmente, tendría a su favor seis chances sobre diez de cubrir los pocos metros que lo separaban del cerco y ganar la avenida.

            Sólo después del estallido del camión, de la huida a salvo del chofer y de la diseminación del incendio que habría avanzado hacia la residencia, entraba el Pontiac blindado que lo conducía junto a sus hombres de confianza, vestidos con uniformes de comandos y armados con las granadas y las automáticas livianas elegidas para reducir a eventuales defensores y guardaespaldas y, una vez alcanzado el refugio subterráneo, abrirse paso hacia el búnker de Perón y donde terminarán con él de una vez por todas.

            Llevaban planos detallados de los accesos al refugio y al búnker. En caso de que la confusión impidiese identificar al hombre, las voces de mando largamente ensayadas y un manejo hábil de las sirenas portátiles y las linternas conseguirían que en menos de cinco minutos todos quedasen concentrados abajo, bien al alcance de los vapores de mostaza que empezarían a brotar de los bidones que los técnicos de la usina habían emplazado en el depósito de combustible y lubricantes contiguo al refugio.

            Los reactivos precipitarán entre el cuarto y el décimo minuto de los primeros estallidos. Para entonces, los comandos que habían infiltrado en la guardia se habrán sumado al grupo reforzando su avance hacia el jardín. De lo contrario, correrían la misma suerte que Perón y los quince o veinte boludos de su corte, que, muertos de miedo, estarían amontonándose en el refugio.

Tiene aún fresca la imagen del cajero Rafael levantando el brazo derecho, el tubo negro del teléfono colgando de su mano como un péndulo, y el micrófono y el auricular apuntando hacia su mesa del bar Florida, que por entonces no estaba sobre Florida sino en Viamonte, casi llegando a San Martín, junto a la librería Verbum, frente a la librería Galatea, en la manzana que hacía cruz con la de la Universidad y los dos edificios de renta de las Ocampo.

            Tiene la sensación de que todos estaban como clavados en las sillas, de que fue el único que obedeció la señal de Rafael, y de que, con las piernas entumecidas y un molesto hormigueo a cada lado de los muslos, fue caminando hacia la caja mientras por los bordes de su campo visual el público del bar flotaba en el humo y se desplazaba como para librarse de esa luz amarilla y pegajosa que era un emblema del Florida: una suerte de marca de distinción que lo emparentaba al Queen Bess de Santa Fe y Suipacha.

            Tiene la sensación de que todo aquello apenas le llegaba un rumor vago como un magma de voces o de ecos de voces murmuradas simultáneamente en varias lenguas desconocidas.

            El trayecto de no más de seis metros hacia la caja debió haberse prolongado infinitamente. Una cabellera rubia, con ondulaciones artificiales y reflejos dorados a la moda, subió flotando hacia él: tras ella descubrió la imagen invertida de unos ojos azules que conocía, y después la nariz, la boca y el cuello de la mujer que se extendieron más allá del respaldo de la silla, en lo que debió ser una manera de saludarlo.

            Desde otra mesa, a su izquierda, la calva de un cuarentón giraba lentamente hacia él y recién se detuvo cuando el mentón superó el límite de su hombro derecho y ya ni el cuello obeso, ni su torso atrapado en la silla estrecha, permitieron esa mejor perspectiva que la voluntad del hombre habría estado buscando.

            Casi al mismo tiempo, alguien –quizás el mismo hombre- lanzó una espesa bocanada de humo de cigarro. A través de esa bruma azulina llegó a reconocer sobre la mesa un paquete de cigarrillos americanos sin sello fiscal, una Parker de baquelita, un block de papel de bocetar y la portada de una edición de La Pléiade, que –supone ahora-, debió ser un Racine.

            Por esa zona cercana a la barra del cajero el olor a habano se disipaba dando lugar a una atmósfera de mezclas de perfume de mujer, tabaco americano y cerveza.

            Pero nadie bebía cerveza en el Florida. Sobre el mostrador, en fila, brillaban esas bandejas de zinc, dispuestas con botellas de Martini, sifoncitos de medio litro, platillos de aceitunas, cubos de queso y rodajas descaradas de limón.

            El espejo detrás de la barra duplicaba esa imagen nublándola y distorsionándola.

            Siempre se dijo que los gallegos tendrían que cambiar el espejo. Por entonces ya estaba surcado por un trazo en zigzag del que partían unos meandros caprichosos, pruebas del resquebrajamiento de su fondo de papel azogado, en los puntos donde la descomposición del adhesivo le permitía librarse del cristal en busca de su estado originario: aquel rollo de papel envuelto alrededor de sí e intacto que alguna vez debió haber sido y que, en la intimidad de la materia, sus fibras intentaban recuperar.

Rafael le pasó el tubo del teléfono, y –raro a esas horas- reconoció la voz de Bioy preguntando:

            -¿Qué…? ¿Todavía están ahí?

            -Sí –respondió inútilmente.

            -Bueno… -dijo la voz con desgano-. Debo avisarte que ya es tu hora de despertar.

            ¡La hora de despertar! Levantó el brazo izquierdo, se incorporó apoyándose sobre el codo derecho, y miró el reloj de la pared del dormitorio.

            Sentía las piernas entumecidas y un molesto hormigueo paralizándole los muslos. Eran las seis de la tarde y a las ocho tenía su primer encuentro con Leticia: debía afeitarse, ducharse, comer algo después de doce horas de sueño y vestirse para salir antes de las siete y llegar al lugar de la cita con alguno de los diarios de aquel domingo leído.

Dicen que los sueños duran apenas un instante y que solamente se recuerdan los más cercanos al despertar. Pero aquel sueño del bar Florida debió durar varios minutos: aún hoy recuerda nítidamente la escena en su mesa, las caras del público de las otras mesas, cada una de las imágenes que se proyectaron durante su recorrido hacia la caja y los detalles del mostrador, el arreglo del espejo y las botellas, los colores o la luz de la época, y los aromas del Florida.

            Entre ellos, recuerda uno que conjugaba el olor de cierto componente de los vermuts americanos con el humo de los Chestefield sin filtro –también americanos- y el del pelo de mujer rubia recién lavado.

            No aquella tarde de domingo cuando lo soñó, sino ahora –hoy-, han de haber muerto todos los que aquella noche, rato después de la salida de las chicas del instituto de pintura, compartieron aquella mesa de su bar y allí quedaron, eternamente clavados en las sillas y en su memoria.

            Si escribiera sus nombres, los nombres de aquellos hombres y mujeres y los de las chicas y los muchachos de primer año de la universidad ya casi a punto de convertirse en mujeres y en hombres, nadie los reconocería, imaginándolos muñecos de papel armados con retazos de sueños que se recuerdan veinticinco años después.

El sueño debió haberle ocurrido entre 1958 y 1959. Los sucesos del sueño –aquellas mesas y aquella gente petrificada alrededor- deben pertenecer a los años cincuenta y tres o cincuenta y cuatro. Su evocación del sueño se produjo anoche, al cabo de un encuentro de ex alumnos del Liceo. El relato del sueño se compuso esta misma mañana de 1996 mientras pensaba en la imagen –soñada- de aquellos cuerpos clavados en sus sillas preguntándose por qué volvían a representarse con tanta nitidez esos recuerdos de las luces.

            Volvía a ver aquella luz filtrada por pantallas de pergamino que rebotaba en superficies igualmente amarillas de barniz, tiñendo todo, proyectando sombras sobre partes de cuerpos, mitades de caras y espacios huecos de pura oscuridad cerca del piso. Evocando esa luz, se imagina capaz de narrar una historia encajada en el interior de…

            ¿De otra historia?, se preguntaba Wolff.

            No: dentro de sí. Justo en el centro de sí misma y no en un pedazo de otra historia que la contiene…

            En otra historia –pensaba Wolff- se traman casi todas las historias, por lo menos, desde Homero. En cambio, uno tendría que permitirse urdirlas dentro de sí, como aquella pelota representada en un Scientific American de los años ochenta…

Wolff recordó el informe de un matemático que afirmaba que, contando con una pelota de material suficientemente flexible, y de extensión suficientemente grande –quizás grande como el planeta, o el universo mismo, eso no interesaba en el teorema que comentaba aquel informe- y plegándola sobre sí, o dentro de sí, tal como se dispone un par de medias antes del viaje, bastaría repetir la operación muchas veces –un número de veces que en el informe se expresaba con una potencia de ocho, ocho a la octava, o a la sexagésimo cuarta potencia- para acceder a un enésimo pliegue al cabo del cual, ante el supuesto observador, aparecería un sector de la cara interna de la pelota, tal como quien dio vuelta su guante derecho de esquí encuentra desde el primer pliegue un guante izquierdo afeado por las arrugas de una tela sintética con motas que, cuanto mejor imitaron la piel de un cordero, más restos de tabaco, cera de esquíes y bolitas de arena y tierra cementadas por el sudor son capaces de contener.

            Pero los guantes y las medias tienen una embocadura, en cambio las pelotas están cerradas sobre sí mismas… Igual que nosotros ahora, pensaba Wolff y por un momento volvió a dudar si había leído aquel informe en un Scientific American, o si lo había soñado en cada uno de sus detalles.

            Sólo el recuerdo de los diagramas que ilustraban las distintas etapas del plegado de una bola amarilla y concluían con la emergencia de una lengüeta de goma roja, de ese mismo color que representaba el interior de la pelota, indicaba que la paradoja descripta en ese comentado teorema de la topología no era parte de un sueño, aunque esa noche Wolff no descartaba que su recuerdo fuese el producto de restos de una lectura distraída cuyas lagunas e inconsistencias se fueron atenuando con el paso del tiempo, y, tal vez, con el agregado de fragmentos de otras lecturas, y hasta de imágenes de sueños por ellas provocadas.

Esa noche, al cabo de un encuentro de ex alumnos, Wolff volvía convencido de que celebraban sus veinticinco años de egresados.

            Era una madrugada de noviembre, serían las dos y, a pesar de lo avanzado de la primera, la temperatura había caído de golpe. Al salir de la parte urbanizada de La Plata sintió frío y, mientras cruzaban el parque Pereyra en el auto de gobernación, debieron detenerse para revisar el manual con las instrucciones del sistema de calefacción.

            Aquel 505 conservaba el manual envuelto en una funda virgen de poliestireno, pero a bordo no había herramientas, linternas y ni siquiera un fósforo. Nunca llegó a saber si tendría rueda de auxilio, algo que debió haber verificado por la tarde, cuando salieron hacia la Base Naval.

            Tampoco sus acompañantes conocían los mandos de la calefacción, y a la luz de la llama de un encendedor de gas pasaron un rato de intentonas y esperas: ensayos y errores con diferentes combinaciones de palancas y llaves seguidas de tanteos en la oscuridad esperando verificar una corriente de aire cálido que nunca llegó a aparecer.

            Finalmente decidieron arrancar, acelerar y soportar, porque la espera y la creciente sensación de fracaso no resultaban más tolerables que el frío. Como para olvidar el frío, mientras aceleraba el Peugeot en la ruta vacía comentó:

            -¡Que boludez! ¡Ir a festejar veinticinco años de egresados para terminar muriéndose de frío en el camino de vuelta!

            Y entonces uno de atrás corrigió:

            -¡Que veinticinco! ¡Treinta y cinco, boludo!

            En efecto, habían pasado treinta y cinco años –era muy fácil cerrar la cuenta-, y todo el día y durante toda la comida había estado refiriéndose a los veinticinco años, pensando acerca del plazo de veinticinco años como cuarto de siglo y hasta imaginándose el mismo número veinticinco corporizado con tipografía flotante en la cúpula del cielo negro y, ahora, a través del parabrisas, el vacío helado de la ruta venía hacia él a ciento treinta kilómetros por hora para representar ese vacío de diez años en su memoria.

                

                

                

ed. El Ateneo.  p. 7-11

ed. El Ateneo.  p. 7-11

ed. El Ateneo.  p. 7-11

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-