"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




11 de Agosto, 2010


MAYRA RODRÍGUEZ en Arte x la Paz

Publicado en Cuentos el 11 de Agosto, 2010, 8:12 por MScalona

                    

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Horas Circulares

                 

                   

                 

                   

                 

                   

Hoy tengo la obligación de informar a un chico de mi edad, que su enfermedad es terminal.

Cuando despierto, por cuarta vez, no quiero mirar la hora.  El día aún está negro. La calle me silba un desierto helado. Si vuelvo a la cama, no voy  a querer salir. Evito la tortura y preparo café. No me agrada la soledad, sin embargo disfruto este momento despoblado. El pequeño sismo bajo mis pantuflas y la impertinencia de las bocinas anuncian que la ciudad también está desperezada.

Es difícil cubrir con la bufanda mi nariz, y esquivar las baldosas falladas. Soy un espía torpe de esta urbe alborotadora. Un obrero con chaleco naranja,  deja de perforar la vereda para decirme algo. Me pregunto como puede verme el culo debajo de tanto abrigo, pero agradezco la devolución. Al menos todavía no soy un fantasma.

No entiendo como hice, pero me las ingenié para llegar tarde otra vez. Virtud que tenemos los impuntuales. Gastamos los minutos para aprovechar ese margen que nos dejan los comprensivos. Tengo una teoría: la ansiedad que nos genera esperar, nos resulta intolerable, entonces eliminamos el mínimo riesgo. La cita entre dos impuntuales, se convierte en una pulseada de tiempo que no se cede, y  muchas veces, no llega a concretarse.

En la sala de espera, avanzo a medida que me voy quitando los excesos de lana y lo veo. Ahí sentado, con el sobre en la mano. Paciente. Aguardando la noticia que no quiere escuchar.

Estudio a las personas desde años atrás y, cada día, temo más de sentir alguna vez como siente mi paciente, cuando abro el sobre. Leo detenidamente el informe de la biopsia. Lo que suponía. Es malo, muy malo. Tiene mi edad y probablemente no pise las hojas secas del próximo otoño.  Impido que la compasión me gane la cara. Siempre creí que la lástima era el más denigrante de los efectos que se puede provocar. Nos miramos a los ojos. ¿Tendrá algún tipo de fe? Si es así, qué envidia. Le explico como seguimos y él, a pesar de todo, se va agradecido. La esperanza corre por mi cuenta y me gustaría acompañarla con un whisky.

El día me exige seguir. Por unas horas sigo caminando descalza, sobre la confusión de una ventana rota. Por haber conocido su dolencia, creo de nuevo en la dicha y me siento culpable de vivir.

En la cena con amigos, río. Río mucho a pesar de todo. Las carcajadas se convierten en la pérdida de aire de un globo. Mientras como mi flan, le comento el hecho a un amigo. Tiene mi edad, le repito. Pensé que ya estabas acostumbrada, dijo. Al dolor también uno se acostumbra, pero igual duele, pensé. No quisiera morir ahora. Y dejar de comer este flan que está buenísimo, agrego. Seguimos riendo.

Cuando llego a casa marco el número de mamá. Es raro, como si el dedo actuase sólo, sin mi orden, y me sorprende el "hola" del otro lado. Mantengo una conversación insustancial sobre el clima. Allá llueve. Como siempre, no le digo que la quiero y la charla termina con algún tonto reclamo. De ella hacia mí, de mí hacia ella o de mí hacia mí. Es  lo mismo.

Busco la forma que tiene la mente de extraviarse en el tiempo y prendo el televisor. Algo procesado no me vendría mal. Supe que tampoco me vendría bien. Parece que después de gastar una estupidez se preocupan de  reponer el surtido.

Recostada, con los brazos cruzados veo el revoque del techo y, como hace un año, prometo que mañana llamaré a quien lo arregle. Me gustaría no sentirme mal, por interesarme por cosas menos importantes.

Me doy cuenta que el día se acaba. Me aferro a ese día con un insomnio oportuno. Pienso en lo que no hice, en lo que no podría ya hacer, si hoy, a los treinta y cuatro años, me hablaran de la muerte. Prometo incrédula que mañana haré algo. Mañana seguramente llegaré tarde. Virtud de impuntuales.

Me duermo, con la certeza, de que a esta rutina y apocamiento sin nombre, puede ponérsele el mío.

 

               

                  

               

                  

               

                  

Mayra Rodríguez  9-8-10

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-