"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




1 de Julio, 2010


ALAN PAULS

Publicado en De Otros. el 1 de Julio, 2010, 19:09 por MScalona
[alan+pauls+fototapiz.jpg] Bs. As., 1959

Historia del llanto

       A una edad en que los niños se desesperan por hablar, él puede pasarse horas escuchando. Tiene cuatro años, o eso le han dicho. Ante el estupor de sus abuelos y su madre, reunidos en el living de Ortega y Gasset, el departamento de tres ambientes del que su padre, por lo que él recuerde sin ninguna explicación, desaparece unos ocho meses atrás llevándose su olor a tabaco, su reloj de bolsillo y su colección de camisas con monograma de la camisería Castrillón, y al que ahora vuelve casi todos los sábados por la mañana, sin duda no con la puntualidad que desearía su madre, para apretar el botón del portero eléctrico y pedir, no importa quién lo atienda, con ese tono crispado que él más tarde aprende a reconocer como el sello de fábrica del estado en que queda su relación con las mujeres después de tener hijos con ellas, ¡que baje de una vez!, él cruza la sala a toda carrera, vestido con el patético traje de Superman que acaban de regalarle, y con los brazos extendidos hacia adelante, en una burda simulación de vuelo, pato entablillado, momia o sonámbulo, atraviesa y hace pedazos el vidrio de la puerta-ventana que da al balcón. Un segundo después vuelve en sí como de un desmayo. Se descubre de pie entre macetas, apenas un poco acalorado y temblando. Se mira las manos y ve como dibujados dos o tres hilitos de sangre que le recorren las palmas.

       No es la constitución de acero del superhéroe que emula lo que lo ha salvado, como se podría creer a primera vista y como se encargarán luego de repetir los relatos que mantendrán con vida esa hazaña, la más vistosa, si no la única, de una infancia que por lo demás, empeñada desde el principio en no llamar la atención, prefiere irse en actividades solitarias, lectura, dibujo, la jovencísima televisión de la época, indicios de que eso que normalmente se llama mundo interior y define al parecer a criaturas más bien raras, él lo tiene considerablemente más desarrollado que la mayoría de los chicos de su edad. Lo que lo ha salvado es su propia sensibilidad, piensa, aunque mantiene la explicación en secreto, como si temiera que revelarla, además de contrariar la versión oficial, lo que lo tiene perfectamente sin cuidado, pudiera neutralizar el efecto mágico que pretende explicar. Esa sensibilidad, él no llega todavía a entenderla como un privilegio, que es como la consideran sus familiares y sobre todo su padre, lejos el que más partido saca de ella, sino apenas como un atributo congénito, tan anómalo y a sus ojos tan natural, en todo caso, como su capacidad de dibujar con las dos manos, que, festejada a menudo por la familia y sus allegados, no tiene antecedente alguno y no tarda en perderse. Porque de Superman, héroe absoluto, monumento, siempre, cuyas aventuras lo absorben de tal modo que, como hacen los miopes, prácticamente se adhiere las páginas de las revistas a los ojos, aunque menos para leer, porque todavía no lee, que para dejarse obnubilar por colores y formas, no son las proezas las que lo encandilan sino los momentos de defección, muy raros, es cierto, y quizá por eso tanto más intensos que aquellos en que el superhéroe, en pleno dominio de sus superpoderes, ataja en el aire el trozo de montaña que alguien deja caer sobre una fila de andinistas, por ejemplo, o construye en segundos un dique para frenar un torrente de agua devastador, o rescata en un vuelo rasante la cuna con el bebé que un camión de mudanzas fuera de control amenaza con aplastar.

       Distingue dos clases de debilidad. Una, que valora pero sólo hasta cierto punto, deriva de un dilema moral. Superman debe elegir entre dos males: detener el tornado que amenaza con centrifugar una ciudad entera o evitar que un ciego que mendiga trastabille y caiga en una zanja. La desproporción entre los peligros, evidente para cualquiera, es para Superman irrelevante, incluso condenable desde un punto de vista moral, y es precisamente por eso, por la intransigencia que lo lleva a conferirles el mismo valor, por lo que queda en posición de debilidad y es más vulnerable que nunca a cualquier ataque enemigo. La otra, en cambio, es una debilidad orgánica, original, la única, por otra parte, que lo obliga a él, a sus cuatro años, a pensar en lo impensable por excelencia, la posibilidad de que el hombre de acero muera. Para que sobrevenga es absolutamente imprescindible la intervención de alguna de las dos llamadas piedras del mal, la kriptonita verde, que lo hace flaquear pero no lo mata, la roja, la única capaz de aniquilarlo, llegadas ambas desde su planeta natal como recordatorios de la vulnerabilidad que el mundo humano, quizá menos exigente, se empeña en hacerle olvidar. Si algo lo pierde es ese hombre de acero que, apenas expuesto a la radiación de los minerales maléficos, siente un vahído, entorna los párpados y, obligado a suspender en el acto lo que está haciendo, posa una rodilla en tierra, luego la otra, los hombros vencidos por un peso intolerable, y termina arrastrando su cuerpo azul y rojo como un moribundo. Es ése el que, como exportando al más allá de la página el efecto letal de la piedra, lo hiere también a él en el plexo nunca tan bien llamado solar, en el corazón de su corazón, con una fuerza y una profundidad de las que ninguna hazaña, por extraordinaria que sea, podrá jamás jactarse.

       Si hay algo en verdad excepcional, eso es el dolor.

  p. 3 - 8,  Ed Anagrama

K A V A F I S

Publicado en De Otros. el 1 de Julio, 2010, 15:27 por MScalona

Constantino Kavafis

Alejandría, Egipto – 1863 - 1933

Monotonía

                 

                 

                        

                        

A un día monótono otro
monótono, invariable sigue: Pasarán
las mismas cosas, volverán a pasar -
los mismos instantes nos hallan y nos dejan.
Un mes pasa y trae otro mes.
Lo que viene uno fácilmente lo adivina:
son aquellas mismas cosas fastidiosas de ayer.
Y llega el mañana ya a no parecer mañana.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-