"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




tarea 3 estilos

Publicado en Nuestra Letra. el 20 de Junio, 2010, 20:14 por Tin

ULTRAVIOLETA

 

I.

Su cuerpo es una circunferencia, comparable con la de un contorsionista en acción. Se lo ve vivo, ágil como un jaguareté suspendido en el aire.  Su mano derecha está ceñida al pecho. El brazo, acurrucado sobre las costillas. El otro, indomable y hacia atrás, la mano izquierda apenas abierta. El torso flexible y sus piernas proyectadas como un trueno, ambas  apuntando en dirección contraria, repelidas una con la otra. El pelo revuelto, avivado por el viento. La frente en alto, la boca abierta y la nariz apuntando afilada hacia adelante, como queriendo cortar el espacio justo por la mitad. La musculatura de su rostro algo tensa. Los ojos indescifrables. Detrás los autos, la ciudad, la calle, el día y el cielo, pomposo, negruzco, ahogado por el agua. El tráfico, las luces, los autos a favor de la marea, temibles como fieras, todo en alto contraste. Más al fondo la sombra, lo que no se puede ver, lo que no se quiere ver o mostrar. Y más acá otra vez él, en primera plana, rodeado por la lluvia que todo lo desdibuja. Las gotas, talladas como cristales a punto de estallar sobre la superficie. Finalmente la luz, el flash que captura ese universo y el olor a humedad.

 

 

II.

 

Está apurado y no lo disimula. Mira el reloj prendido a su muñeca, respira hondo y toma vuelo. Al principio corre como puede, evita los charcos, las baldosas rotas, la lluvia que se atasca en la protuberancia de los techos y balcones, el agua que, en días como este, baña hasta el que sale con paraguas. Un rato después, acorta el paso, se lo ve agitado, algo tenso. No muy lejos, casi a una cuadra y media, ve una mancha, una sombra. Avanza por la vereda contraria y luego cruza. Él repite lo mismo como para no encontrársela. Asustado, la mira por el rabillo del ojo y con la boca abierta. Los labios partidos, el cuerpo endurecido por el frío o quizá por el miedo. Las nubes desahogan  todo el mar que llevan dentro y el cielo se torna más oscuro. El viento empuja a los cuerpos, como queriendo llevarlos para un mismo lado. Alerta a los perros, ahuyenta a los autos y esculpe la piedra. Todo indica que se van a encontrar, él y la sombra se van a chocar, están a punto de, pero no. Él aviva el paso y corre, esta vez en dirección contraria como desafiando al viento y a la lluvia que son una misma cosa y que golpean en la cara, persistentes. Su cuerpo abandona toda voluntad, él simplemente corre.

 

 

III.

 

Si tuviera tiempo no llegaría tan tarde, pero el tiempo no me sobra. A veces lo malgasto, sí, lo estiro como un chicle, parece inagotable, mantecosamente dócil. Finalmente se corta y uno se queda en pelotas otra vez, atrasado hasta el infierno, inmerso en un caos lleno de culpa y sermones. La cuestión no mejora si llueve y si uno está apurado y va por la calle y los autos te pasan por al lado cuando querés cruzar. Los días de lluvia, como hoy, son un llamamiento a la pereza y a la contracción de los músculos del  cuerpo, pero por sobre todas las cosas, al dilatamiento del cerebro y del espacio. Uno corre, alimentado apenas por el impulso de moverse hacia adelante para llegar a tiempo, pero con la cabeza en otro lado y los recuerdos, que vuelven por un instante, alumbrados una milésima de segundo, y que otra vez olvido. ¡Pero qué manga de neandertales que somos! ¿Por qué es tan difícil acordárselos? ¿Por qué tienen que borrarse tan rápido? Las huellas en la arena, por ejemplo, duran los mismo que los recuerdos, duran lo que dura un castillo hasta que sube la marea. Si viviera en Júpiter, según Discovery Channel, todo sería más fácil, el día me rendiría cuatro veces lo que aquí me rinde, todos quedaríamos contentos y no tendría que correr, aún si lloviera igual que ahora, ni esquivar charcos o baldosas rotas. Eso antes que nada, no tendría que correr, ni evitar chocarme al que viene por la vereda contraria, cubierto bajo la sombra de un paraguas negro, como en este momento. Si tuviera tiempo y pudiera teletransportarme, sólo entonces correría más lento, pero eso aún es imposible. Tengo que correr, aunque parezca un loco fuera de sí, aunque me griten “¡Corre Forest, corre!”, tengo que correr, aunque el cuerpo se me desprenda y el corazón me explote, aunque la carne y el espíritu se transformen en dos cosas distintas, aunque me sienta tan lejos de este envoltorio que soy yo.

                                                                  Tin Roig – 15/06/10

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-