"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




FOGWILL : Los Pichiciegos.

Publicado en De Otros. el 6 de Junio, 2010, 13:01 por MScalona
Bs.As. 1941

Nunca se deben iluminar las caras con la linterna. Al principio, cuando alguien pedía la linterna, siempre la pasaban prendida, dirigiéndote el rayo de luz a la cara. Así se producía dolor: dolían los ojos y dejaba de verse por un rato. Abajo -por tanta oscuridad-, y afuera, andando siempre de noche y en el frío, la luz duele en los ojos. Alguien alumbraba la cara y los ojos se llenaban de lágrimas, dolían atrás, y enceguecían. Después las lágrimas bajaban y hacían arder los pómulos quemados por el sol de la trinchera. Escaldaban.

Después Luciani había callado. Siempre al llegar el que entra habla. El que llega viene de no hablar mucho tiempo, de mucho caminar a oscuras, de hacer guardias arriba de algún cerro esperando la oscuridad. Viene de estar tanto callado que cuando se halla en el calor empieza a hablar. Como cuando despiertan: despiertan y se largan a hablar.

En la chimenea lateral algunos estaban despertando. Se oían sus voces:

-¿Qué hora es?-decía una voz finita, llena de sueño.

-Las siete.

-¿De la noche? -era la misma voz.

-Sí, de la noche.

-Ah…

-¡No! –Interrumpía otra voz, tonada cordobesa-, ¡Iban a ser las siete del mediodía…!

Alguien rió. Alguien puteó. Entre esos ruidos hubo otros como de cascos y jarros golpeándose. Hablaba uno:

-Ah… ¡che, uruguayo!

-¿Qué?- le respondían.

-Quería saber… ¿Si vos sos uruguayo, por qué carajo estás aquí?

-Porque me escribieron argentino. ¡Soy argentino!

-¡Suerte! -dijo una voz dormida.

-Che… ¿y por que te dicen uruguayo?

-Porque yo nací ahí, vine de chico…

-¡Es una mierda el Uruguay…!

-Sí -era la voz del uruguayo-, mi viejo dice que es una mierda.

-¿Tu viejo es uruguayo?

-Sí… ¡Oriental!

-¿Y tu vieja?

-No. Murió. Era también  del Uruguay…

-Gardel era uruguayo…-dijo alguien, para saltear el tema de la muerta.

-No… ¡francés! -dijo el uruguayo.

-Francés y bufa  -terció alguien-, lo leí en un libro de historia del tango.

-Gardel… ¿bufa? -dudaba el de la voz finita.

-Sí  -dijo el que había leído-. ¡Era francés, bufa y pichicatero!

Después la voz que había preguntado la hora insistió:

-¿Qué hora es…?

-Las siete y cinco –contestó la voz del que tenía hora y después gritó-: Che… ¡A despertarse! ¡A las ocho salen ustedes…!

-Mejor –dijo uno-. Así respiramos. ¡Acá no se aguanta más el olor a mierda…!

Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales. Para llegar hasta la pajarera había que cruzar el campo donde siempre pegaban los cohetes: se veía desde lejos un avión solitario que parecía quedarse quieto en el aire, después se lo veía girar y volverse para el lado del norte, y enseguida llegaban uno o dos cohetes que había disparado. Pegaban en el campo echando humo, hacían una pelota de fuego y después una explosión que trepidaba todo y el aire se enturbia con un ácido que ardía en la cara. ¿Quién iba a querer cruzar el campo para llevar heridos? La explosión repercute adentro, en los pulmones, en el vientre; hasta pasado mucho tiempo sigue sintiéndose un dolor en los músculos que se torcieron adentro por el ruido, por la explosión. Cruzar el campo a pie da miedo, porque se sabe que allí pegan los cohetes y se arrastran por el suelo-todo quemado- como buscando algo. Los que andan por ahí están siempre temiendo y se les notan los ojitos vigilando a los lados. Muchos se vuelven locos. Un cohete británico les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos.

Y ya nadie quiere ir a la pajarera. Eso habló de Rubione. Rubione decía igual: nadie ya quiere ir.

-Además, ahora te tiran con mortero.

-¿Con morteros? ¿Desde dónde…?

-Desde aquí arriba. De aquí nomás, desde el cerro…

-Mejor-dijo él-, así terminan de una vez.

-No se va a terminar… Dicen que ya están por llegar los rusos.

-¿Rusos?-preguntó él. Rubione le explicó:

-Sí, rusos. Dicen que llegan portaaviones con paracaidistas; son como cinco mil rusos, que se les van a aparecer a los británicos por atrás.

-¡Ojala!-dijo él-. ¡Así terminan de una vez!

-¿Qué paso?-preguntaban gritos desde la chimenea lateral.

-Nada-gritó él, y mientras Rubione procuraba explicar a los otros que llegaban portaaviones rusos, le tapó la boca para que no siguiese hablando y le ordenó:

-¡Cállate!

-¿Qué te pasa?

-Nada. ¡No hablés!

-¿Por qué no puedo hablar?

-Porque no se habla de eso. De eso se habla después cunado nos juntamos todos. A las nueve juntamos las noticias y las hablamos.

-¿Qué, ustedes? ¿Quiénes son ustedes?-quería saber.

-Los Magos, los cuatro Reyes…

-¿Quiénes?- preguntaba extrañado.

-Nosotros: los que mandan. ¡Ya lo vas a ir entendiendo…!-prometió.

Rubiones no volvió a preguntar.

Un fogonazo, lejos, vieron. Después vibró el piso y llegó el ruido. "Otra oveja, otra mina explotada", pensó y siguió caminando atrás del turco, trepando.

Para cortar camino subían la cuesta de la sierra. Los primeros en ir a los británicos fueron de día y dijeron que era mejor así: "Trepan primero, cortan camino y después van tranquilos, barranca abajo". Tenía razón.

Subían la cuesta. Cada tanto, el Turco se paraba a mirar la brújula en su muñeca y él tropezaba con su espalda y la veía en la manga de las flechas y los números fosforescentes de la brujulita, que casi le alumbraban la cara.

A veces caían. Caía el Turco; él ni escuchaba el ruido; tropezaba contra su cuerpo y caía también. Después cambiaban: iba él adelante, y si caía, el Turco lo atropellaba y volvía a tomar la delantera. Entonces lo seguía, tocándote el gabán, o guiándose por la fosforescencia verdosa de la brújula en la muñeca izquierda del otro.

Como a la hora pararon a beber. Tenían café en el termo y tomaron un trago del Tres Plumas de la cantimplora. Después fumaron, quietos, escondiendo las brasas entre los guantes.  Se frotaban las piernas y en un momento el Turco revoleó el termo vacío hacia el acantilado. Lo oyeron explotar al rato, reventado contra las piedras de la playa. Ni hablaron. Él dijo muy despacio que el frío debía ser de cinco bajo cero. El Turco calculo que menos, que diez o doce bajo cero, pero no se podía saber. Siguieron subiendo por la cuesta sin ver ni oír rastros de patrullas.

-Ni una patrulla-habló cuando empezaban a bajar la sierra, más tranquilos, más descansados.

-No. Ya ni salen. O salen y se esconden. Habría que bajar a la playa. ¿Sabes vos?

-No-dijo él-, hay un camino que baja, pero no lo conozco. Hay que verlo de día…

Siguieron por la sierra. Después atropellaron juntos un alambrado.

-Es la estancia, aquí estamos-dijo el Turco.

Caminaron por el pasto nevado. Se sentía olor a tréboles  y a bosta de vaca. Él marchaba pensando que ese barro nevado era bosta caliente de vaca y así se le facilitaba resistir el frío. Vieron la cresta de un galpón que era un bulto más oscuro, contra el fondo oscuro:

-Estamos: aquí están los ingleses…

Pero siguieron avanzando quince minutos, media hora: dos galpones cruzaron. En el último, el Turco se arrimó a la pared de latón y comentó:

-Aquí cayó una granada de fosgeno y murieron todos, argentinos y malvineros presos. Nadie los enterró. Los rociaron con algo para que no se pudran.

Desde el galpón de los muertos hicieron señales con una linternita y lejos sonaron dos tiros. Después hubo un destello: era la clave.

-Ahora, a aguantar: ¡nos vieron!-dijo el Turco.

Y esperaron al frío. La patrulla de ingleses se hizo esperar. Los llevaron tres hombres con las manos atadas, como presos. Ninguno de ellos sabía hablar.

   

                                        De la novela    LOS  PICHICIEGOS

                                       RODOLFO  FOGWILL,  Edit  Interzona.

La novela fue escrita en tres meses, en tiempo real, durante el conflicto, mayo-julio 1982, en San Pablo, Brasil.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-