"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




relato de humor

Publicado en relatos el 30 de Mayo, 2010, 18:04 por Edu

 

LA PRIMERA NOCHE

 

 

 

 

Era la primera noche en su casa. Existía como una especie de manual por entonces. Después de fracasado el primer matrimonio, ya con hijos y enfocados de una manera determinada ante numerosos aspectos de la vida, cuando una mujer y un hombre se conocían y se interesaban mutuamente, primero había una cita, que según la preferencia de la mujer, y dentro de las opciones que marcaba una especie de manual implícito en las costumbres de la época, consistían en salir a tomar algo, o a cenar. Si la mujer no estaba lo suficientemente convencida de que se había interesado en la persona indicada, elegía tomar algo, ya que el encuentro no duraría demasiado; en cambio, si estaba bastante convencida, (es de manual que jamás, en ningún caso, la mente femenina se puede permitir estar plenamente convencida respecto de un hombre determinado), aceptaba una cena. De la impresión que se hubiese llevado en esa primera cena, podía surgir una nueva salida, que podía consistir en ir al cine y a cenar, con lo cual quedaba poco tiempo para cualquier otra actividad, (al menos así debía interpretarse en esa época). Y entonces, recién en el tercer encuentro, resultaba correcto o más adecuado, tener relaciones sexuales, y así se supone que se demostraban mutuamente que no se sentían atraídos sólo por el sexo, sino también por la personalidad, la forma de ser, de pensar, de sentir, y muchos otros aspectos, con lo cual, siendo el sexo sólo uno de esos tantos factores de interés mutuo, la mujer no pasaba por una atorrantita, el hombre no pasaba por un sexópata que lo único que quería era un buen polvo y cero compromiso afectivo, y ambos demostraban que un matrimonio frustrado no había sido en vano, que habían madurado, al punto de no enredarse con un desconocido por una mera atracción sexual, llegando a acostarse recién después de conocer en profundidad a la otra persona… la costumbre de la época era convencerse de que todo esto funcionaba realmente así. Cumpliendo los pasos preestablecidos por el deber-ser de aquellos días, se estaba en condiciones de vivir responsablemente una buena encamada.

Si el tipo le había encantado a la mujer, en ese tercer encuentro, lo invitaba a cenar a su casa y le cocinaba, lo saciaba por el estómago, y después lo volvía loco en la cama. Si la mujer no sabía cocinar, salían a cenar y después a tomar un café a la casa de uno de los dos, y luego lo volvía loco en la cama. Si apenas le había interesado, lo volvía loco en la cama directamente, y chau.

Este era el tercer encuentro y la primera noche en la casa de ella. Él se produjo lo mejor que podía, se compró un pulóver de lana merino, bien livianito y canchero, y unos zapatos en Zara, combinándolo con el pantalón pinsado y la camisa clarita. Sacó el champagne de la heladera, agarró la botella de vino, y salió. Pasó por el kiosco, un Camel diez que puso en un bolsillo, unos Prime con espermicida en el otro bolsillo, y un chocolate para compartir con el café. Lo invitó a pasar y ponerse cómodo mientras ella iba a preparar algo. Entró al departamento, chiquito pero acogedor, y se quedó mirando los detalles, cuadros, fotos, adornos, se sacó la campera y la puso en el respaldar de una silla, y como estaba un poco fresco, instintivamente se puso las manos en los bolsillos mientras seguía recorriendo lentamente apreciando los detalles. El contacto de la mano con los fasos le dio ganas de encender uno, los sacó del bolsillo y con la otra mano buscó el encendedor mientras miraba una foto de ella en bikini, justo cuando ella pasaba de nuevo hacia la cocina y le decía: “Ahí estoy con mi hija en Brasil”, y él pensó: “¿dónde?”, buscando otra foto, cuando se dio cuenta que además de la bikini había una playa y una nena. Cuando encontró el encendedor, empezó a buscar un cenicero, pero no estaba seguro si alguno de los adornos que había diseminados por ahí, eran realmente un cenicero, y aún así, si ella le daría tal uso, ya que no fumaba, por lo que era posible que de haber un cenicero su función fuera más de adorno que otra cosa, así que tendría que esperar que ella indicara cuál de los adornos estaba dispuesta a ensuciar usándolo como cenicero. Él no era realmente un fumador empedernido, sino más bien un fumador social, y precisamente momentos como ese eran propicios para encender un cigarrillo. Prefirió esperar a que ella volviera y preguntarle si podía fumar, en vez de encender uno directamente, motivo por el cual decidió no abrir los Camel que sostenía en la mano. En aquella época no había, ni se imaginaba, restricción para fumar en los lugares públicos cerrados. Se sentó junto a la mesa redonda del living, se puso cómodo en la silla, medio inclinado en dirección a la cocina, se cruzó de piernas, apoyó su brazo izquierdo sobre el respaldar de la silla y el derecho descansando sobre la mesa, mientras con la mano jugueteaba apoyando alternativamente los distintos costados del atado sobre la mesa, en un movimiento canchero y cadencioso, que en cierto modo sintió como muy propio de Humphrey Bogart, aguardando casi displicente que ella apareciera por la puerta que daba a la cocina. De pronto, ella atravesó la puerta y lo miró, él se sintió un ganador. Con el mismo estilo Bogart que creía haber incorporado con naturalidad le preguntó si tenía un cenicero, y ella le preguntó: ¿para qué?

Le vinieron a la mente varias respuestas de barrio que fue evitando una por una en consideración a que era la primera noche juntos, y con un leve movimiento de cabeza bogartiano en dirección a los cigarrillos, le dijo: “Es que pensaba encender uno, si no te molesta, claro…” (y mentalmente agregó…“baby” ).

Entonces ella, conteniendo la risa y fingiendo estar confundida, dirige la mirada hacia la mano de él, y con asombro le pregunta: ¿Uno de esos…?

Recién ahí él advirtió que el paquete con el que estaba jugueteando tan canchero sobre la mesa, no era el Camel diez sino el Prime. Instintivamente se acordó de la madre de los que dicen con desprecio: ¡Freud es un boludooo…!

Con suma rapidez de reflejos le llovieron en la mente numerosas soluciones para levantar el mal momento por esa conducta que rompía todos los cánones de la época. La primera idea fue fingir un ataque cardíaco o cerebral, o las dos cosas, descomponerse, tirarse al piso, y que se lo llevara Ecco hasta la casa, luego pensaría en algo. Empezó a fingir algunos espasmos, pero rápidamente, en fracción de segundo, cambió por la opción de tirarse por el balcón, así que se levantó de la silla como un rayo mientras ponía la otra mano en el bolsillo y la sacaba con los Camel intentando demostrar que en realidad él tenía intenciones de fumar un cigarrillo, lo cual debía evidenciarse en sus facciones, que por entonces habían mutado el look Bogart por el de Benny Hill. Si bien le llovían ideas a montones, ninguna palabra había acudido en su ayuda, por lo que siguiendo sus instintos, y a fin de no caer en un bache tenebroso, pretendió remontar la situación a lo Chapulín Colorado, como fingiendo que “todos sus movimientos estaban fríamente calculados”, entonces se escuchó a sí mismo diciendo con la mayor naturalidad de la que podía ser capaz en ese momento: “Es por si te molesta el humo, pensaba largarlo dentro de uno de estos contenedores de látex…”

A la frase le siguió un silencio que si bien no duró más de un segundo, le alcanzó para repasar nuevamente las dos primeras opciones (ataque, balcón), hasta que por fin, antes que pudiera elegir una opción, ella no aguantó más la carcajada, y los dos se encontraron ya sin excusas para disfrutar plenamente de la primera noche juntos.

 

 

EDU  OROÑO

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-