"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Tarea: el último cuento de Borges

Publicado en Cuentos el 17 de Mayo, 2010, 18:22 por C_Russo

HOMERO  y  YO

      

              

   Estoy asustada. Aterrorizada para ser precisa. Escribo estas líneas sabiendo que puede ser la última vez que lo haga. Quiero dejar constancia de que existí. Existo todavía. Que estas palabras, surgen única y exclusivamente de mis pensamientos.

  Al comienzo me resultó divertido. Conocer los recuerdos, los secretos de otra persona. Una fantasía hecha realidad. Conocer qué piensa alguien del sexo opuesto. Me acuerdo de una película de Mel Gibson y Helen Hunt, What does woman want?, donde él -Mel Gibson- "escucha" lo que las mujeres piensan.

   Llega el momento en que resulta insoportable. Vivir entre voces ajenas. Al punto de no saber si eso que pensamos, lo hacemos nosotros. En cierto modo, no era diferente de lo que me venía pasando en el último tiempo. Quizás, como un anticipo de esto que me sucedía ahora. Pero una cosa es recordar frases de Carver, de Clarice Lispector o Lorrie Moore, o de Borges, y otra muy distinta es que mi mente sea usurpada por otra. Con todo lo que eso implica. La memoria, los recuerdos, los gustos y pensamientos íntimos de Homero, convivían con los míos.

  La invasión fue sutil, gradual. En una primera etapa, nuestras memorias convivían en armonía, compartían sólo el espacio físico. No tardaron en empezar a mezclarse, a confundirse.    

   Los pensamientos - los suyos- se me aparecían en forma de sueños. Debo soñar (es sabido que todos lo hacemos) pero en general, cuando me levanto ya no me acuerdo. Ahora me despertaba revolucionada. Soñaba con héroes de guerra, dioses con forma humana y una multitud de guerreros que hablaban una lengua extraña. Yo podía entenderlos. Eso de entender una lengua que a mis oídos sonaba incomprensible, me dio la primera pista. Claro, yo no la entendía, era él que la pensaba. Sus recuerdos comenzaron a pasar a mí. Y así, yo creía soñarlos.

  Las palabras empezaron a revelarse ante mis ojos. Empecé a comprenderlas. Confirmé, que las mismas no son una azarosa sucesión de letras, que unidas las unas a las otras, nos sirven para nombrar objetos, sentimientos o expresar un pensamiento. De chica solía jugar a cambiarle los nombres a las cosas, pasaba largas horas inventando diálogos, en los cuales la silla dejaba de ser silla y pasaba a llamarse mesa, sin dejar de cumplir su función de silla. La pared era el piso, el piso, techo, el perro, gato. Años más tarde, descubriría que Cortázar había inventado un idioma, el glíglico, no cambiando el nombre de las cosas, sino combinando las sílabas de manera diferente. Su Inmiscusión  terrupta es reflejo de su creatividad.  Sin parecerme a Cortázar en nada, ya intuía que las posibilidades que nos brindan las palabras, consideradas por muchos como  estáticas, sin vida, son infinitas. Ahora sé que las palabras tienen vida propia; un relato es palabra en movimiento. Y un escrito, es algo así como el bosquejo de mis pensamientos. Inexacto. Impreciso. Tan sólo un intento. El desafío es encontrar las palabras adecuadas para poder decir o escribir eso que sólo mi mente sabe.

    A diferencia de mis amigas, que no agarraban un libro ni por casualidad, yo me sumergía dentro de ellos, viajaba en el tiempo y en el espacio, era Alicia en el país de las maravillas y Cenicienta; según mi estado de ánimo era Amy, Jo, Beth o Meg. Por las noches, en la soledad de mi habitación, reproducía mentalmente las vidas de esos personajes, les cambiaba los nombres y los países donde vivían, mezclaba las historias a mi antojo.

   Esto era distinto. Yo sabía ciertas cosas, que sabía que no sabía. No era, como muchas veces me sucedía, encontrar una frase, descubrirla verdadera, e incorporarla. Estos eran mis recuerdos. En realidad, los de él. Los dos éramos uno. Así, supe que agonía tiene su origen en la palabra griega agón, que significa lucha, batalla o desafío. De ahí el significado que le damos en la actualidad. La vida es una larga agonía, en el sentido de un desafío, una lucha. Nacer es una agonía y morir es otra agonía. Que los griegos nos legaron, hace más de 2800 años, sus "valores agonales", que ellos consideraban indispensables en sus guerreros o héroes: la valentía, la prudencia, el honor, la necesidad de pelear por lo que consideraban justo. Valores que aún hoy conservamos. Su cultura atravesó los siglos y persiste, enredada, en las cosas que nos rodean. Hasta la archiconocida marca de ropa deportiva Nike, es una palabra griega que se pronuncia como se lee, y que significa victoria.

  Disfruté fugazmente de esos conocimientos. Hasta que Homero no se conformó con compartir su memoria, su mente con la mía. La quiso toda para él. Por las noches, hacía uso de ella a su antojo. Aprovechaba mis horas de sueño. La forma en que los dioses olímpicos utilizaban para manejar a los griegos, haciéndoles creer que las ideas con las cuales despertaban, eran suyas. Yo creía que soñaba. Me despertaba fascinada por todas esas batallas inconcebibles para mi escasa creatividad.  En mis textos, empezaron a filtrarse nombres griegos y frases singulares. El amanecer pasó a ser la Aurora de rosados dedos; en lugar de decir que estaba nublado decía que Zeus amontonaba las nubes y se alegraba con el rayo. Mis personajes vestían tremolantes cascos y hermosas grebas, las mujeres deseaban hermosos peplos y el tener pies ligeros pasó a ser una virtud de lo más común. Cuando volvía a ser yo y leía esas frases extravagantes, las borraba. Al otro día volvían a aparecer. Creía que me estaba volviendo loca. O sonámbula, y que inspirada por esos sueños- cada vez  más extensos y poblados de miles de detalles-  me levantaba y escribía esos relatos sin sentido, cargados de adjetivos empalagosos, de sucesos que ni en mil años mi mente hubiera concebido.  No hace falta decir que de literatura griega no sé prácticamente nada. Lo más cerca que estuve de ella, fue el Juramento Hipocrático.

   Hasta ahí, estaba preocupada. El mayor inconveniente era que vivía muerta de sueño. La preocupación se transformó en alarma cuando me di cuenta de que mi memoria estaba siendo reemplazada por la de Homero. Empecé a hacer cosas sin sentido. A vestirme raro. A hablar raro. En casa me miraban como si yo, no fuera yo. En cierta forma era así. Cierta mañana, encontré un relato escrito -eso lo averigüé después- en dialecto jónico.

   Entonces sucedió algo que no tenía previsto. Homero empezó a sacar provecho de la información que me sacaba. Así supo de Borges y su Pierre Menard. Ahora soy conciente de que nuestras memorias interactúan, y que se están fusionando. Tratando de ser una sola. Los dos luchamos encarnizadamente por predominar. Pero Homero tiene cientos de recursos más. Una mente que ideó semejante historia, no puede menos que ser genial. La literatura existe a partir suyo. Ahora, el maestro de todos, se vale de una artimaña frecuentemente utilizada por los escritores. Robar ideas. Nada menos que a Borges. Un maestro robando a otro maestro. Pero Homero es el primero. Antes de él, no hubo nadie.

   Se había propuesto reescribir la Ilíada  y la Odisea. Se estaba dando cuenta de quién era. Y quería disfrutarlo, a través mío. Yo era su Pierre Menard. Alguien que se atribuiría la reinvención de su obra más famosa. Con la nada sutil diferencia- aunque nadie se enteraría- de que estaría escrita por el mismísimo Homero. Y en el idioma original.

   ¿Cómo iba a explicarlo? ¿Quién me creería? Sería acusada de plagio. Me mirarían como a una desquiciada. ¿Cómo explicar que escribía en una lengua que ya no existe? Me imaginaba acosada por periodistas y obligada a tratarme con psicólogos y psiquiatras. Mi vida se transformaría en una pesadilla. No quería imaginar lo que pasaría conmigo si Homero se adueñaba de mi memoria.

  En estos días, está pasando otra cosa. Presiento cuando su mente invade la mía. Y cada vez me cuesta más resistirme. Durante las noches, podemos hablar. Nuestras mentes se dieron cuenta de que no nos necesitan, se pasan la información que les hace falta. Como una computadora que se autoabastece, nuestras memorias están eliminando lo que consideran inútil. Empecé a olvidar algunas cosas. Ya no recuerdo a qué escuela fui, los nombres de mis abuelos o quién fue mi primer novio. A medida que escribo estas líneas, empiezo a olvidar las precedentes. Llegará el día- no muy lejano- en que no recordaré más nada.

   En este preciso momento, me doy cuenta de algo más. Nunca creí que escribiría un libro. De todos modos, no seré yo quién lo haga.

                                                                                                      

          

                 

          

                 

                                                                                                   CELINA                                                                           

  
Autores
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