"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




modelo de figura barthiana: PIGLIA

Publicado en De Otros. el 17 de Mayo, 2010, 13:04 por MScalona

 

prisión  prepetua RICARDO PIGLIA

ed. anagrama,  p. 27-35 

                   

                

La idea fija. Steve se interesa cuando sabe que mi padre es médico y que ha estado en la cárcel. Sólo el que ha estado en prisión puede hablar de enfermedades, dice. Quiere que mi padre sea su médico personal. Empiezan una conversación fantástica sobre el alcohol. Incidentalmente, dice mi padre, todo lo que se ha escrito sobre la bebida es absurdo. Hay que empezar otra vez por el principio. Beber es una actividad seria, desde siempre asociada con la filosofía. El que bebe, dice Steve, intenta disolver una obsesión. Hay que definir primero la magnitud de la obsesión. No hay nada más bello y perturbador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez la luz imantada? Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar interminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga. Todos hablan de obsesiones, dice Steve, nadie las explica tal cual son. La obsesión se construye, dice mi padre, he visto construirse obsesiones como castillos de arena, sólo se necesita un acontecimiento que nos altere drásticamente la vida. Un acontecimiento o una persona, dice mi padre, de los que no podamos discernir si nos ha cambiado la vida para bien o para mal. La estructura de una paradoja, dice Steve, un acontecimiento doble o vacilante en su ser. Nos marca, pero es moralmente ambiguo. La gente se mueve hacia el futuro, dice mi padre, descentrada, sin orientación, fuera del camino en el que se movió en el pasado. Una amputación, dice mi padre, del sentido de la orientación. La obsesión nos hace perder el sentido del tiempo, uno confunde el pasado con el remordimiento.

 

La mujer del párroco. No hablo inglés, dijo Steve, escribo en inglés. Hablo una jerga que todos comprenden y escribo en una lengua privada. A los doce años descubrí la diferencia gracias a la mujer del párroco de la iglesia anabaptista del bajo Harlem a la que me llevaba mi madre. Esa mujer usaba un idioma personal, construido con citas y referencias bíblicas y fragmentos de los sermones dominicales de su marido que había terminado por aprenderse de memoria. Nadie puede imaginar la impresión de altivez que producían las cadencias de la conversación de esa mujer. Leía todo el tiempo la Biblia en la traducción del reverendo A. J. Andrew y por eso su inglés conversaba tonos de la vieja lengua vernácula con sus metáforas alambicadas y sus giros populares. Por primera vez comprendí que el lenguaje servía para otra cosa que para nombrar o dar órdenes. Todos los que hablaban con ella pensaban que estaba loca. Cuando eran benévolos imaginaban que sufría alguna dolencia que la obligaba a hablar de ese modo hermético y arrogante. Como si la mujer del párroco, dijo Steve, padeciera una forma antitética de la tartamudez.

 

La cárcel. Steve habla de la cárcel. La novela carcelaria. La celda de aislamiento. Los pensamientos circulares. Los tatuajes.

El hermano de Steve vivía en un ínfimo inquilinato de la calle 102 East. Había llegado la noche antes, en su primera visita a Nueva York después de años de encierro, con su mujer mexicana Natividad. Viajaron treinta y seis horas y bajaron del Greyhound y cruzaron la calle y entraron en el White Horse a tomarse una cerveza y desde entonces ese bar fue para mi hermano, contaba Steve, el símbolo de Nueva York.

Mi hermano no paraba de decirle a Natividad cosas así: ahora, nena, estamos en New York City y aunque no te dije todo lo que pensaba cuando cruzamos Missouri y sobre todo cuando pasamos por el reformatorio de Boneville, que me hizo acordar de mi encarcelamiento, entonces, quiero decir que es absolutamente necesario que posterguemos todo lo referente a nuestros amores personales y empecemos enseguida a pensar en planes específicos de trabajo y de realización económica. Y así sucesivamente, contó Steve, con el recorrido circular de quien ha estado en prisión.

 

La voz cantante. Mi padre, dijo Steve, dice que la mejor historia del mundo es la más fácil de contar. Conoce varias. Por ejemplo la historia de Randolph, un agrimensor que anduvo levantando mapas por el Delta del Mississippi y se encontró con un viejo que había estado escondido en las islas desde la época de la guerra.

Tenía así casi setenta años y vivía en una balsa y se alimentaba de pescado. Su única preocupación era un trasmisor de onda corta que cuidaba más que a su alma. Parece que durante la guerra había tenido problemas con el ejército norteamericano y entonces se escondió en los pantanos y desde ahí transmitía sus mensajes en inglés y en italiano. Uno de sus temas favoritos era la usura, el carácter satánico del dinero. Le hablaba directamente al presidente de los Estados Unidos, que seguía siendo Truman según el viejo. Cada tanto cambiaba de frecuencia para no ser interceptado por el FBI. A veces cuando estaba muy borracho se ponía a cantar “My Darling Clementine” mientras la balsa navegaba por los riachos pantanosos.

 

La cajera. Parábamos entonces en el White Horse, unos tipos jugaban al billar, la rubia de la caja se levantaba cada tanto y ponía monedas en la victrola, sin mirar las teclas, de memoria, los ojos en la luz de neón, los mismos discos, una y otra vez.  Después volvía a sentarse en el taburete de patas de caña, en un costado del mostrador, mascaba chicle, miraba al aire, cruzaba el pie izquierdo en el tobillo de la pierna derecha, movía apenas la cabeza al compás de la canción de Frankie Lane. Cada vez que cambiaba de posición se acomodaba las medias con un gesto suave, la palma de la mano derecha en la pantorrilla de la pierna izquierda. Calculé que pasaba ocho horas ahí, todos los días, repitiendo esa red invariable de gestos. Me di cuenta de que era igual a mí. Porque los últimos días de las últimas semanas habían sido iguales a los últimos días de los últimos meses de mi vida.

 

Un padre.  Encontré en el diario una historia que vale la pena, dijo hoy Steve. Un tipo había matado a su mujer y a su hija menor y había enterrado los cuerpos en los fondos del club donde trabajaba de jardinero. Tapó el arma con una almohada para no verle la cara a su hija y ahogar el ruido. En su descargo dijo que estaba convencido de que su mujer era una prostituta y no quería que su hija siguiera el mismo camino.

 

Saber vender. Mi padre, dijo Ratliff, fue un narrador excepcional. Vendía máquinas de coser por el campo. Andaba de un lado a otro, con un camioncito entoldado, y paraba en las chacras y se sentaba a la sombra de los tilos a conversar con las mujeres, que le ofrecían limonada. Era capaz de vender una máquina inservible usando el arte hipnótico de la narración. Narrar, decía mi padre, es como jugar al póquer, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad. 

 

W. H. Hudson. Vine a este país, decía a veces, porque quise conocer el lugar donde nació uno de los mejores narradores del siglo XIX.

 

La caza de elefantes. Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.

La situación actual de la literatura se sintetizaba, según Steve, en una opinión de Roman Jakobson. Cuando lo consultaron para darle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nobokov, dijo: “Señores, respeto el talento literario del Señor Nobokov, ¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dictar clases de zoología?”

La estúpida y siniestra concepción de Jakobson es la expresión sincera de la conciencia de gran crítico y gran lingüista y gran profesor que supone que cualquiera está más capacitado para hablar del arte de la prosa que el mayor novelista de este siglo. La autoridad de Jakobson le permite enunciar lo que todos sus colegas piensan y no se animan a decir. Se trata de una reivindicación gremial: los escritores no deben hablar de literatura para no quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores.

 

La mujer equivocada. Se había enamorado de una loca y después había pensado que era la locura lo que justamente lo atraía en la mujer. Vivieron juntos en verano, en el 56, en la bohemia del Village, en la breve temporada en la que Ratliff fue una de las grandes promesas de la narrativa norteamericana. La muchacha ya arrastraba un aura de tragedia y de escándalo. A los dos o tres días de cumplir los dieciocho años se había escapado con un músico de jazz y se había mezclado en los ambientes turbios de Chicago y de Nueva Orleáns. Viajaban por todo el país y paraban en los hoteles del gueto y le compraban droga a la policía. El padre de la chica, un juez liberal que siempre había defendido las leyes contra la segregación racial, movió todas sus influencias hasta que la localizó en La Habana, donde el tipo estaba tocando en un boîte. El juez se entrevistó secretamente con el músico en el cuarto de su hotel y le dio plata y el tipo la llevó engañada al aeropuerto y la entregó.

De aquella época la muchacha sólo había conservado el placer de sacar en el piano el estilo de Marion MacPartland.

Cuando ella lo dejó para casarse con una especie de millonario que se la llevaba a América del Sur, Steve le dijo que ese acto era más destructivo y más abyecto que la decisión de fugarse con un canalla que tocaba el piano en la banda de Lester Young.

 

Dos autos. Mi madre fue la primera mujer que manejó un auto en el estado de Tennessee. Durante años guardó un recorte de diario donde se la ve con una capelina blanca, la cara cubierta con un tul, manejando un Ford A. Tiempo después perdió la virginidad en uno de esos coches cerrados que ya en ese entonces eran conocidos como los prostíbulos ambulantes. Mi madre estaba orgullosa de haberse iniciado en ese ámbito. Según ella la expansión de los autos cerrados había hecho más por la liberación sexual que ninguna otra cosa en la historia de los Estados Unidos.

 

    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-