"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Abril, 2010


GERARDO BUSSI

Publicado en Cuentos el 13 de Abril, 2010, 12:46 por MScalona

PLANETA  TACAAGLÉ

 

“Tú eres la estrella esta noche

Tu sol eléctrico, esta fuera de la vista

Tu luz eclipsó a la luna esta noche

Electrolito,

Estas fuera de la vista”

 

                                                                      Electrolite

                                                                        R.E.M.

 

 

                                 Hoy la tierra quedó en penumbras y sólo se enteraron un montón de estatuas de piedra clavadas en una isla remota. Mirando las fotografías que tengo en la mano, me cuesta imaginar las luces de los reflectores que seguramente en ese mismo instante iluminaron una pelota de fútbol que volaba por la noche, como un planeta, único objeto sin atmósfera y condiciones para la vida humana capaz de generarla a su alrededor. La foto me la pasó un colega de un observatorio chileno. El resultado del partido en donde jugaba esa pelota es anecdótico. Solo puede decirse que los defensores del equipo europeo quedaron parados como moais en la barrera de ese tiro libre, y la pelota, y la copa, se fueron para otro continente.

      

                               Esta foto me lleva a un descubrimiento. Un descubrimiento que tuvo lugar a unas pocas cuadras de esta habitación húmeda y mal iluminada. Un descubrimiento que es como ese río, que puedo sentir encontrándose y escapándose muy cerca de este lugar. La sombra duró 4 minutos y 45 segundos. Así dice el informe que acompaña la imagen. Yo siempre me pregunto si un eclipse es lo que está antes o lo que viene después, si es la sombra que lo cubre todo o la luz que viene después. A pesar de la exactitud del reloj, que puede medir el evento con precisión, me resisto a creer que un suceso de esa magnitud pueda durar menos de 5 minutos, pero me resisto aún mas a pensar que los eclipses son fenómenos que se producen ocasionalmente. Es más, tengo la rara certeza de que están produciéndose todo el tiempo, de que nuestra percepción saturada de la realidad, y de realidad, nos deja abierta una hendija a través de la cual estamos obligados a ver y percibir todo lo que nos rodea. Tal vez por eso, a medida que pasen los años, sólo recordaremos ese día como aquel en que una pelota entró en el ángulo superior izquierdo de un arco, por una hendija, e hizo feliz a todo un país oculto, con una eficiencia difícil de superar.

                                 Siempre me gustó el fútbol, eso no es ningún secreto, pero decidí dedicar buena parte de mi juventud al estudio de los astros, me refiero a los que están en el cielo. Así partí hacia Córdoba a estudiar Astronomía y cambié los atardeceres calurosos de Tacaaglé, por los atardeceres calurosos del observatorio de la ciudad universitaria, matizados con largas tertulias en el bar de la facultad y siempre teniendo a mano, a la vista, algún partido cualquiera de las constelaciones de equipos de la galaxia futbolera.

                                 A mi viejo, el francés, también le gustaba el fútbol. Lo vivía de una manera muy extraña, al menos para mí. Se apasionaba por el fútbol solo en los mundiales y no en todos. Recuerdo que una vez se me ocurrió hacerle una broma, diciéndole que eligiera un cometa cualquiera y lo esperara, que así al menos iba a poder saber con precisión la llegada de algo fugaz. También recuerdo con precisión cómo volaban los mamones que debí esquivar luego de decir eso, mientras él venia corriéndome y arrojando maldiciones al aire en su idioma, que muchas veces (porque no fue la primera), por el calor acumulado en mi cabeza en esas largas tardes de verano, pensé que se trataba de algún dialecto toba que se mezclaba con la lengua de mis antepasados, lo que me asustaba y me hacia correr mas rápido.

 

                                 El francés cuidaba el invernadero más que su casa. Primero pensé que era algún tipo de tradición familiar, por llamarlo de alguna manera. Había leído de la tradición agrícola de Francia y pensé, de manera simplista, que el invernadero era un pedazo de Francia en suelo formoseño. Hasta en algún momento “Tacaaglé” pareció sonarme a “Marseille” o “Nize”; pero no tarde en descartarlo cuando me enteré que mis abuelos habían sido dueños de un almacén de ramos generales en Argel y el oficio de agricultores, que luego transmitieron a mi viejo, lo habían aprendido en Argentina.

                                 Mis abuelos habían llegado a Formosa en la década del 60, cuando mi viejo tenía apenas 20 años, y todos habían escapado de Argelia poco después del levantamiento de Todos los Santos, cuando miles de franceses debieron abandonar ese país. Después de ese relato, que había escuchado de chico, casi todo lo que había pasado y pasaba en mi casa giraba en tono a ese invernadero, que yo visitaba, junto a mi casa, cada verano.

 

                                 Pero situémonos en tiempo y espacio: Estamos en Misión Tacaaglé, Formosa, una pequeña localidad del NEA, que en algún momento fue una misión fundada por los franciscanos para civilizar a los nativos. Es el mes de Junio de 1982 y hace unos días que el francés esta preocupado. Todos pensamos que es por la rendición del Ejército Argentino. El francés es muy nacionalista y hace unos días que lo vemos dar vueltas con el Ámbito Financiero. Seguía el conflicto por radio casi todos los días, casi como el Mundial que estaba dando sus primeros pasos. Terminamos de cenar, mamá levantó la mesa y el francés habló por primera o segunda vez en todo el día. “Voy a pasar la noche en el invernadero” dijo. Mamá asintió, como siempre, y yo simplemente seguí callado.

 

                                 Después me levanté y me fui a mi cama. Tenía 7 años y solo trataba de pensar en el libro de dibujos del sistema solar, que también estaba tratando de leer. Pero por más que fijaba mi mirada en Júpiter y su misteriosa mancha roja, ésta se convertía en un ojo inquisidor que me preguntaba a cada rato que estaba haciendo el francés en el invernadero. Quizás por eso me levanté, y fui caminando hasta la puerta de tela metálica que comunicaba mi casa con el patio. Del otro lado, pude ver una luz tenue que no terminaba de encenderse en el invernadero. Puse el primer pie en el pasto y escuché voces de animales que parecían envolver ese oasis verde. Por eso traté de no escucharlas y caminé rápido con los ojos apretados, hasta quedar plantado frente a la puerta de esa casa de vidrio y chapa. La luz débil que se movía en su interior y jugaba con una de las ventanas y una sombra inmóvil, que parecía sentada en una silla, componían un sistema de formas que se balanceaba al ritmo de una radio que apenas carraspeaba un sonido. En eso estaba, tratando de divisar la figura de mi viejo, cuando debajo de una de las lámparas que colgaban a un costado del invernadero, fue apareciendo, con la velocidad de alguien que sale de un pantano, pero impecable, Payay. Entonces corrí

 

 

.

 No es la primera vez que Payay asusta a alguien. Y eso que le deje bien claro cuando lo contraté para que me ayudara con el trabajo del invernadero. Me canse de decirle “hasta que el sol se empiece a ir y te vas”, hasta ahí tenés tiempo suficiente para controlar las plantas, regarlas, en especial los mangos y las bananas, y “no te acerqués a los dátiles”, fue la segunda y ultima norma. Pero Payay sólo puede cumplir esta última. Por alguna razón siempre se queda hasta pasada la medianoche custodiando el invernadero. Una vez me dijo que “K`ata” le había pedido que se quedara hasta esa hora, para cuidar a los espíritus sagrados,  y aunque hace mucho tiempo le hago el mismo chiste de que la única Cata que conozco es la dueña de la panadería de Tacaaglé, nunca me hace caso. Después, siempre lo invito a tomar una cerveza, o un te, pero siempre me queda la extraña sensación de que el sabe, que además de plantas y humedad, existe algo más debajo de ese techo de chapa y entre esas ventanas de vidrio. Condiciones artificiales para otra forma de vida. Eso busco, tratar de que se olvide de la noche y los dioses tobas, cuando lo invito a ver el partido que Argentina juega con Bulgaria en esta calurosa tarde de 1986. Solo por eso me aguanto la hora y media de partido entre zombis con sombrero de paja y botellas de cerveza vacías. Solo por eso aliento a Payay a alentar a la Selección Argentina, mientras le lleno el vaso, y me esfuerzo en simular concentración ante cada gambeta de Maradona. Después lo acompaño hasta su casa, su rancho, donde entra en una caminata que dura dos pasos, se afirma, apoyando la palma de su mano en uno de los bordes de la puerta, se da vuelta y mirando fijo hacia algún lugar alrededor mió dice “Don Francés, tiene que dejarme estar de noche en el invernadero.”. Entonces me caliento, no se porqué, y le grito “Te dije mil veces que no me llames Francés, toba de mierda, me llamo Jean Pierre, y si querés llamarme por alguna nacionalidad, decime formoseño”, y cuando voy terminando la frase, me siento bastante ridículo y arrepentido al mismo tiempo.

Al otro día me levanto temprano y me voy al pueblo a comprar fertilizantes. Saludo a Margot y me subo rápido al rastrojero. Veo que Payay ya esta trabajando en el invernadero, pero me da vergüenza ir a saludarlo. En el pueblo no se habla de otra cosa que del mundial, y el plan austral, así que hago las compras rápido en el almacén, paso por el librero de Tacaaglé para preguntarle si llegó alguno de “elige tu propia aventura”, esos que le gustan a Célestin, ah, y por las dichosas pelotas de telgopor; y me vuelvo para casa.

Estaciono marcha atrás y el rastrojero queda a unos metros del invernadero. Payay no esta, lo cual me parece extraño. Empiezo a descargar las bolsas. Son mas pesadas de lo que pensé. Escucho el grito de Célestin que me saluda desde la casa, y el invernadero empieza a rotar  frente a mí. Una luz expansiva brota entre las plantas, y las paredes de ladrillo de la casa, al otro lado, se hacen blancas y me siento rodar por una escalera.]

 

 

 

                                 Caminar por las calles de Argel es bajar y subir escaleras blancas. El padre le había dicho que el domingo se iban, que no da para más, que hay muertos por todos lados. Igual, el sabía que esa tarde ellos iban a pasar por la Casbah, y que el estaría ahí. Por eso corrió, mientras escuchaba gritos. “Assassin”, “Assassin”, salían de las ventanas, de las casas, de los autos, la ciudad era un megáfono humano, mientras corría hacia la calle donde su amigo Mohamed le había dicho que iba a doblar ese colectivo, a esa hora. No llegó a verlo, pero cuando doblaba esa esquina, lo vio estacionado frente a un café. Había personas armadas en la puerta. “Deben ser del FLN”, pensó, pero no le importo. El estaba ahí. Esperó paciente, agazapado, hasta que vino la noche. Lo tomó desprevenido, producto del cansancio, y su primera mirada hacia esa puerta después de parpadear, lo encontró saliendo con su sonrisa y sus bigotes tan característicos. Entonces volvió a correr.

                                 Cuando llegó hasta el colectivo, los hombres armados lo pararon a punta de pistola, ahí volvió a la realidad, y se tiró al piso suplicando, y lloró. Entonces una voz en perfecto francés pidió “no le hagan nada”, pensó que era un policía, pero cuando se levantó, lo vio frente a el, y ahí se quedó, tratando de decir algo en algún idioma. Se le cruzaron por su pequeña cabeza de 20 años todos los amagues y toques exquisitos que le había visto hacer en los partidos del Saint Etienne, los que pudo ver detrás del vidrio de los bares de ciudad europea, porque en su casa no tenían televisión, los que pudo ver hasta la noticia que había conmocionado al mundo, y que de alguna manera le había dado la posibilidad de tenerlo hoy frente a el. Los guardias armados se alejaron y el se adelantó, como lo hacía habitualmente con sus rivales, y con una sonrisa le dijo.

- Parece que te gusta mucho el fútbol – dándole una caricia paternal en su cabeza.

- Si  Señor Mekloufi – respondió el joven con un entusiasta tono infantil y militar a la vez.

- ¿Sabes por que estamos aquí? – preguntó, ahora serio.

- No Señor Mekloufi – respondió el joven.

- Estamos aquí para que los franceses nos vean. Somos sus estrellas pero no nos ven. ¿No te parece extraño eso? – finalizó en un tono irónico.

El joven quedo mirando hacia al aire, como tratando de visualizar la frase que había quedado flotando entre los dos.

- Es un poco “bizarre” Señor Mekloufi – se animó a decir.

- Ya lo creo que es “bizarre” – dijo, mientras apartó una sonrisa con un movimiento de cabeza – Por eso creamos este equipo – retomó la idea – Para que los franceses, y el mundo entero, puedan ver a las estrellas bajo el cielo al que pertenecen. Si me esperas – cambio de tono ágilmente - me gustaría regalarte un pedazo de ese cielo – concluyó, enigmático, y se dió vuelta, y caminó hacia el colectivo.

 

                                 El joven sintió que con cada paso que daba su ídolo, arrastraba un hilo invisible que se llevaba consigo el delicado equilibrio en el que se mantenía ese puñado de personas frente al café. Como si el centro de gravedad se desplazara, y devolviera el caos naturalmente existente a esos dos metros cuadrados de baldosas blancas y casas apiñadas verticalmente junto al mar. No lo sintió así, tan técnicamente, pero sí a través de los ojos de los hombres armados, que se agrandaban a cada paso de Mekloufi, diciéndole directamente a los suyos que era demasiado blanco, demasiado Francés y demasiado extraño para estar en ese lugar. Lo que el ídolo trajo a su regreso, resulto una anécdota, cuando lo mas importante que el niño fue capaz de ver y escuchar, fue un suspiro de tranquilidad y la figura de un futbolista que volvía, recortándose bajo la luz de la luna.)

 

 

 

                                 Me puso contento que el francés me llamara hoy para invitarme a ver el Mundial. Lo noté entusiasmado, así que no pude decirle que no. Generalmente viajo en verano a Formosa, después de las fiestas, y aprovecho para ponerme al día con los viejos. Esas semanas hay una serie de eventos astronómicos que tengo que seguir, pero ya arreglé con la gente del observatorio de Clorinda, para hacerme una escapada durante esos días y seguirlos desde ahí. Mamá se va ir a visitar unos familiares al sur, así que va a ser como quien dice, una “reunión de hombres”.

                                 Los viajes a Formosa siempre fueron interminables para mí, pero lo curioso, es como todo se va haciendo más lento cuando uno comienza a atravesar su atmósfera. Los objetos y las personas, parecieran luchar contra la resistencia del viento norte. Máxima 30, marcan los carteles que respetan los alguaciles en cada pueblo, mientras llegan como extraterrestres a recibir a los visitantes. La materia, viva o no, alcanza casi el punto de incendio. Las maquinas que ingresan, se convierten en asteroides erráticos, y cuando todo pareciera estar a punto de estallar, el transportador, sea cual fuere, entra, suave, y comienza a flotar en el aire caliente sobrevolando lapachos y algarrobos.

                                 Cada vez que llego a Misión Tacaaglé, y a pesar de que el pueblo creció un poco, me parece que los habitantes de este planeta siguen siendo los mismos. Mi viejo, Payay y el invernadero, forman una trilogía eterna, una cruz del sur incompleta, que yo vengo completar cada vez que llego desde Córdoba. Continuando con el ciclo planetario de Tacaaglé, siempre me recibe Payay. “Como anda Don Cele”. Esta vez lleva una ligera barba blanca y sombrero de paja. Atrás aparece mi viejo, con el mismo sombrero y la misma barba. Me saluda con un apretón de manos, como siempre. Después nos sentamos en la mesa de algarrobo del comedor y tomamos un te con menta, tradición mas árabe que francesa, y hablamos un poco del invernadero y mucho de fútbol.       

                                 Mañana a la mañana es el partido inaugural del Mundial de Sudáfrica, que para los fanáticos del fútbol como nosotros, es prácticamente como la final vista desde la otra punta del negativo. El partido es a las 11, pero es demasiado temprano para mí después de tantas horas de viaje. El francés insiste en que me levante temprano, que me quiere contar algo, y un trago de preocupación baja hacia mi estómago. Le prometo que a las 10 a más tardar estoy arriba. Entonces se va tranquilo a su habitación.

 

 

 

                                 La noche del 10 de Julio es limpia y cerrada. Me desacostumbré a los sonidos de la selva, por eso dejo abierta la ventana y trato de dormirme buscando el cinturón de Orión, las tres marías diría mi abuela. Todas van titilando cada vez más despacio y me llevan hacia el sueño sin dejar rastro.

                                 Un estruendo me trae de nuevo a la tierra. Viene del invernadero. Me asomo y la luz se enciende al primer golpe de vista. Escucho gritos de Payay, mientras el francés pasa corriendo y atraviesa el rectángulo verde que veo desde mi habitación. Cuando llego, ellos se están yendo. “Se llevaron todo” dice el francés con la escopeta en la mano. Payay también lleva una, y salen corriendo hacia la selva. “No están lejos” dice el eco que trato de remontar con gritos, de que paren, que es peligroso, y ya vamos los tres corriendo por la selva. No se porque, pero me da la sensación de que corremos hacia un agujero negro, “pensar eso justo ahora”, me digo, mientras siento algo bastante parecido a una culebra, que apenas tiene tiempo de vernos pisar. Payay y el francés van bastante mas adelante, cuando los veo pararse en la barranca del riacho y escucho los disparos, y el ruido de un motor de lancha que se va.

Cuando llego parece que están poseídos. Les grito, los zamarreo, pero el francés tiene la vista clavada en el delgado y curvo camino de luz que la luna cuarto menguante proyecta sobre el rió. Payay parece hacer lo mismo, pero mira a un lugar más lejano, más allá de la otra orilla, que apenas se insinúa como una mancha menos oscura del otro lado.

                                 El francés pronuncia dos palabras y cobra vida. “La Caja”, dice y se lanza barranca abajo en busca de un cubo marrón que la luna deja ver de a ratos flotando sobre el rió. Payay no lo sigue, pero yo si, porque el francés no sabe nadar. Se que cualquier cosa que diga es inútil, entonces empiezo a correr por el agua, cada vez mas despacio, como un astronauta, mientras lo escucho delante mío, cerca, a su respiración que avanza entrecortada en la oscuridad. Pero el sol no aparece y la luna no lo encuentra, y después no lo escucho más. Algo yace en la invisible gravedad marrón.

 

 

< Trabajo Practico: “El sistema solar”. Es el título que está en la primera de las nueve láminas que preparamos con Payay para la materia “Ciencias Elementales y Básicas”, título muy apropiado para una materia dictada en Misión Tacaaglé. Payay es un gran dibujante, y pintor, por naturaleza supongo, y con toda la información de libros de aventuras y películas que pudimos reunir, creamos planetas cuya superficie de telgopor apenas puede adivinarse, claro, sacando la mesa que los sostiene. Pero tenemos un problema, mayor al de la discusión de si los planetas se definen por su masa o gravedad, o si son dioses. Se trata de Saturno, mas precisamente de sus anillos. No encontramos la forma de imitarlos. La idea que mas nos convence, es esparcir un poco de talco mezclado con varios colorantes que mi mama usa para hacer tortas alrededor del planeta, al momento de hacer la presentación, pero luego de sucesivas pruebas llegamos a la conclusión de que aquella nube, que con una mirada muy optimista podría ser considerada el anillo de un planeta, dura unos pocos minutos en el aire. Entonces tomamos una drástica decisión, que ambos compartimos a duras penas; sacar a Saturno del sistema solar y dar la clase sin el. Y así lo hacemos.>

 

 

 

                                 Hoy cruza por mi mente la idea de que aquel planeta nos envió una maldición desde el cosmos por haberlo discriminado de nuestra presentación de la primaria. Que ese anillo de partículas de hielo y radiación ultravioleta a años luz de la tierra, rodean ahora la caja que hace cinco minutos estoy mirando, y me impiden tocarla. El tiempo que duró el eclipse. El tiempo que adicionó el arbitro en la final. Una eternidad. Los policías de Tacaaglé ven muchas series yanquis. Lo deduzco por las tres vueltas de cinta amarilla que tiene la caja, que casi no dejan ver su exterior. Igual tardo tres eclipses y un tiempo suplementario en animarme a abrirla. Es profunda y oscura como un cráter.

                                 Con la luz de una linterna trato de iluminar su interior, como si estuviera elevado doscientos metros por encima de ella y no a unos pocos centímetros. Si tuviera una sonda de exploración, la hubiese enviado a su interior, pero como no la tengo meto la mano con cuidado. Lo primero que encuentro son fotos. Fotos blanco y negro, como las que tomaría un satétile, como la que muestra a ese sol negro del que se escapan rayos por detrás, y que acabo de dejar a un costado. Se ve gente contenta. Alcanzo a distinguir a mis abuelos. Pero hay vestimentas europeas y musulmanas por igual. Después, van desapareciendo las señales de ciudad, y las últimas cinco fotos se repiten, como escenas de un mismo partido de fútbol tomadas con diferentes cámaras, chicos que corren detrás de una pelota, o algo parecido, en un desierto, o algo parecido, o en una cancha de fútbol, o algo parecido. Sigo explorando con mis dedos hacia abajo y toco paquetes de semillas, y en el fondo de  la caja, cubriendo la superficie, una tela o un trapo. Es verde, o lo que queda de ese color. Siento que esta a punto de desintegrarse, entonces la pongo con cuidado sobre una mesa, junto a unas macetas vacías, como si ese tiempo de desintegración hubiese empezado a correr más rápido. Es una camiseta de fútbol, lo que queda de una camiseta de fútbol. Tres letras blancas apenas se leen al frente y en la espalda hay un número mucho mas nítido, pero no por eso legible. El número es con seguridad un 9, pero no hay una palabra en toda la caja que pueda siquiera empezar a resolver el rompecabezas. Atino a buscar mi telescopio recién instalado, a un costado, para ver mejor. Me siento un idiota. Solo puedo examinar el archivo fotográfico en mi cabeza. Las palabras son un recurso escaso en Planeta Tacaaglé, siempre lo fueron, y mi casa es la regla que confirma la excepción. Me queda la imaginación, la que fue capaz de hacer de esos puntos brillantes en el cielo, mundos cercanos para mí. Entonces me parece ver al francés entrando por la puerta del invernadero. Es una noche de invierno, lo que hace tolerable la estadía en esta cápsula. Va hacia la planta de dátiles a buscar sus raíces, pienso. Saca una caja detrás de ella. Después enciende la radio, no es cualquier radio, y mueve el dial, como buscando la combinación de una caja fuerte. Se abre una voz en un lenguaje incomprensible, parecido al que le escucho hablar a veces a Payay. Después saca la camiseta y la pone sobre una mesa, como el paño sagrado de un santuario. Las voces conversan a un ritmo creciente. La pasión no tiene nacionalidad, se dice a si mismo. Hablan de un partido bochornoso, dos equipos europeos se ponen de acuerdo para dejar afuera del mundial a uno de África. La indignación va silenciado la naturaleza a su alrededor. Entonces escucha ruidos y debe suspender el ritual. Guardar su ceremonia hasta dentro de cuatro años, con mucha suerte.  La misma que le hubiese permitido ver que por primera vez están en octavos, y que siguieron corriendo, y pensando, y jugando, y un tiro libre, un cuerpo esférico trasladándose y rotando sobre su propio eje, los llevo, como a mí, hasta donde nunca habían llegado.

 

 

 

 

GERARDO BUSSI

 

Este cuento fue seleccionado 1º en su nivel, 1º año 2009

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-