"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




11 de Abril, 2010


ALEJANDRO CAPONI

Publicado en Cuentos el 11 de Abril, 2010, 12:58 por MScalona

EL FINAL DE ALGUNAS COSAS

 

 

Aquel domingo a la noche, cuando sonó el teléfono, repasaba unas  declaraciones juradas. Era mayo, faltaba poco para mi cumpleaños. No pasó tanto. Estaba pesado, húmedo, todo el patio chorreaba. La mesa de la cocina tenía un mantel de hule, a cuadros azules y blancos, es como si lo estuviera viendo. Los antebrazos se me pegaban al hule, por la transpiración. Me estaba volviendo loco con aquella declaración. Era de unos chatarreros, recagados en plata, unos mugrientos. No daba, no había manera. Entonces sonó el teléfono. Nunca sonaba el teléfono un domingo a esa hora.

 

Gago era contador. Tan frugal. Gracias a su Madre que, lento, moría en un geriátrico cercano a su casa en el Pasaje Independencia. También hijo único.

 

Años atrás, en la confusión que sobrevive a la secundaria, se imaginó   estudiante de Oceanografía, en Mar del Plata o Puerto Madryn. No tuvo respuesta. Tampoco fue ignorado. Para él existía otro destino. Contador Público Nacional, como su Padre, muerto por un infarto masivo frente a una Olivetti de carro ancho. Así fue, de un momento a otro. El Viejo presionaba la barra espaciadora. Su corazón se detenía. Se sellaban los días de Gago.   

 

Durante un año construyó algo parecido a una suave resistencia. No tenía nada en claro, el mundo fuera del colegio era demasiado inhóspito. Buscó refugio en los bosquejos de una hazaña improbable, unir Rosario y Alaska en moto. Una mañana su Mamá caminó hasta el Salvador, llevó flores a la tumba de su marido, subió al 15 y fue hasta el ex – Comedor Universitario para inscribirlo en los cursillos de Ciencias Económicas. La mente se le oscurecía cada vez más.  Tal vez, no era mala idea. Para avanzar, a veces hay que recular un poco, decía su Tío. Con facilidad saltó los que serían los últimos exámenes de ingreso. En diciembre de 1983 muchas cosas cambiaron. Después llegó el telegrama. En la fecha y hora que se indicaban, documento en mano, debía presentarse en la Rural. Número de sorteo novecientos cincuenta y cuatro, Infantería de Marina. En Rosario Norte, desde la ventanilla del tren y ante un Cabo fanfarrón que preguntaba si tenía familiares viviendo en el exterior, lloró abrazado a su Madre. Resistió catorce meses para ponerse de novio y empezar las clases, apenas, antes de los parciales del 1° semestre.

 

Conocí a Nora en un franco. Fue en septiembre. Habíamos salido un grupo grande, todos de la secundaria y ella era amiga de uno, vivía en su edificio, unos pisos más abajo. En ese momento yo la pasaba más o menos bien, los milicos ya no jodían, ellos sólo jodían a los nuevos y mi Vieja me chupaba un huevo. En mis ausencias conseguía apuntes de materias de primer año. Calculo que por algunos profesores, ex-colegas de mi Viejo. Pretendía que rinda libre antes de la baja, Derecho Civil I, Economía I. Una mañana de lluvia, en un accidente fuera de la base, se mataron cuatro colimbas y un cabo. Iban en una F100, la “P-21”, a los milicos les encantan esos nombres, se dieron de frente con un camión. Uno estaba a punto de irse de baja. Yo mismo había viajado en esa camioneta, con el mismo chofer, el día anterior. Ahí dentro nada valía una mierda. ¿Cómo iba a perder tiempo preparando Derecho Civil I?     

 

Gago no creía que Nora se fijara en él y escuchara sus historias de bichos verdes. Flaco, el pelo demasiado corto, su vida suspendida y guardada en el mismo cajón que el DNI entregado la madrugada de la incorporación. Salieron un par de veces antes de iniciar el noviazgo. Los domingos caminaban por la costanera, siempre había un tema de conversación. Con pocas precisiones le contaba de su viaje en moto hasta Alaska.

 

No hace mucho, por casualidad, me llegó un libro muy malo, un fulano que llegó hasta Alaska en una Africa Twin y cocinó un refrito de guías de viajero. Me puse a investigar, quería saber algo más y, al pedo, busqué información. No había oído nombrar la James Dalton Highway, Coldfoot, Deadhorse. De Rosario a Bolivia, tal vez Chile, Machu Pichu. De ahí para arriba dudaba. Sabía, sí,  que a Panamá no se podía llegar por tierra, el Istmo de Darién era un tapón cenagoso, infranqueable. Debía abordarse un barco en Colombia. América Central, desconocida de punta a punta. México no tanto y la tierra prometida, Estados Unidos y Canadá. Ahogado, parecía sencillo.

 

No era el contador obsesivo que, con los años, rechazaría cualquier interlineado en una planilla. Ella se interesaba. En esos días la Vieja tuvo el primer episodio a causa de Nora. Un lunes, durante el almuerzo, comentó su noviazgo. La cara de Madre se deformó. Le dijo que eso no le haría bien al estudio, las chinitas sólo querían andar de noche, él tenía la obligación de  recibirse cuanto antes, a ella no le quedaba mucha vida, tan solita, quería ver el título colgado bajo el de su Padre. Gago salió. Al regresar encontró la casa a oscuras, los platos en la mesa y su Tío político sentado en el patio, bajo la parra. Su Madre enterrada en la cama matrimonial, los ojos cerrados, la Tía, hermana mayor, a su lado, tan resignada. Arriba, la foto con marco de madera oval y el vestido de casamiento. Las cortinas de voile blanco corridas. Sólo un velador encendido, amarillento.

 

Dejé ir muchas cosas, también a Nora. Cuando me puse de novio estaba dentro y venía cada quince días. Alfonsín había cortado los presupuestos, los milicos no tenían ni para comer. Hacíamos quince por quince pero se les cruzaba algo y te quedabas. Esperaban un nuevo ataque de los bolches, la Plaza de Armas pasaría a ser Plaza Stalin. A ella no le importó. Me despedía los lunes antes del TIRSA, me daba un sobre con una carta y un chocolate. Yo leía la carta y comía el chocolate en la parada en Pergamino, como a las once. En la barra atendía un viejo desdentado y yo le pedía una Coca. Pesi, Mirinda o Tin, contestaba el viejo. Me gustaba oírlo. Jamás me acostumbré a aquellos viajes. Pasando Pergamino me dormía, bastante profundo. Invariablemente en el asiento veintiocho, cábala supongo. No quería llegar. Cuando el micro paraba en la entrada de algún pueblo espiaba los carteles, la cuenta regresiva. Tapalqué era uno de los últimos. En el ingreso había una especie de rotonda y sobre ella la palabra Tapalqué, blanca, iluminada, enorme. Qué necesidad me pregunto. La visión, desde la ventanilla empañada, por un hueco de la cortina, medio dormido, era extraña. Un flash que me perforaba. Tapalqué. Creo que lo veía más grande. Y me indicaba que estaba cerca. Ella no dejó de darme la carta y el chocolate, así ocho, nueve meses, hasta la baja. Es más, unos días antes de irme se hacía un desfile por el 25 de Mayo. Me habían encajado de escolta del porta estandarte de la base. Decían que tenía buena presencia, “actitud de infante” le llamaban. Era una desgracia, muy malo desfilando, un muñeco de madera mal ensamblado. Ella iba a viajar quinientos kilómetros para verme. Pero Dios, por única vez, se acordó de mí. Un temporal de varios días y se suspendió todo. Sin embargo hubo algo peor. Aguantar a mi Vieja que le tiraba con todo. Sabía que no la toleraba. Cuando íbamos a comer, por ejemplo, la comida era una mierda, quemada o cruda o mal condimentada, me servía primero, faltaba una silla. O por ahí llegábamos a casa, estaban todas las luces apagadas y mi Mamá en cama con algún dolor que desaparecía cuando Nora ya no estaba. Pero nunca perdió la sonrisa y la convicción de poder manejar la situación.

 

La Mamá de Gago nació un 24 de diciembre de 1935. Menor de tres hermanas y nieta de inmigrantes italianos radicados en el sudeste de la provincia de Córdoba, la promisoria pampa gringa donde se sobrevivía con la trilla a mano del maíz y algún otro recurso como un despacho de bebidas. Tiempo de carencias. No tuvo acceso al estudio, sólo a algo parecido a la instrucción primaria. A su padre no le interesaba mucho más que eso. Era el atardecer, cumplía 20 años. Mientras las abuelas saturaban las mesas de nochebuena con comidas de la lejana Italia, el calor la retuvo hasta más tarde en el bar del balneario, sobre el Río Saladillo. El joven Gago, estudiante para Contador Público en Rosario, tenía parientes en el pueblo y se instaló allí durante algunas semanas. El 24 de diciembre de 1955, poco antes del cierre, tuvo sed y se acercó al galpón bajo los eucaliptos. Cuentan que la atracción fue inmediata. Siempre lo eran. Tan anormal. Pienso en mi propia madre. Su padre, mi abuelo, era un machista, intolerante y de mano cargada. A ella le gustaba recitar, una maestra se ofreció a darle clases gratis, otra vez las  carencias. Mi abuelo le contestó que eran cosas de putas. Dudo de las atracciones inmediatas de entonces. Noviaron cerca de un año, lo necesario para que él concluyera su carrera. Luna de miel en Bariloche convertida en portarretrato sobre la cómoda del dormitorio. Reían. El Contador Gago iniciaba su recorrido en la filial rosarina de un estudio porteño. Eso lo obligaba a viajar seguido por Chaco y Formosa. Era un hombre bueno, honesto y calmo que venía de una familia de clase media. No afrontaron estrecheces y, por una herencia, accedieron a la vivienda propia allí en el Pasaje Independencia entre Suipacha y Avenida Francia. Era confortable pero a ella le molestaban sus vecinos. En particular El Chon, un repartidor de Upar que todos los días a las cuatro de la mañana, del otro lado del tapial, ponía en marcha una Studebaker, blanca y asmática. Un sábado, nueve años después, al volver de una prolongada auditoría en Resistencia, Gago encontró a su esposa en cama. Permaneció allí todo el embarazo. Se levantó a parir de madrugada, con la certeza que su hijo moriría. Cayó en una larga depresión. A su lado, su marido y su hermana mayor. Su cuñado iniciaba la larga espera sentado en el patio, bajo la parra. Ambos jóvenes en aquel tiempo.

 

Recuerdo claramente la muerte de mi Viejo. Yo estaba por empezar la Secundaria. En enero o febrero fuimos de vacaciones a Viña del Mar. Mi Viejo tenía un R12 bastante nuevo, color gris. Fue para la época de esa final entre Independiente y Talleres de Córdoba. Un Nacional que Independiente gana sobre la hora con una jugada de Bochini. Independiente jugaba de visitante y con un par de jugadores menos. Relaciono las dos cosas. Mi Viejo estaba contento con el viaje, maravillado con el cruce de la Cordillera, me señalaba el Aconcagua. Mi Vieja, no. Paralizada con el camino. Decía que nos íbamos a desbarrancar, reverendo hijo de puta traernos acá. Yo tuve ganas de reírme. En el momento ella no hizo nada pero en una parada en camino llano me calzó bajando del auto. Una especialidad de ella, el golpe al entrar o salir de algún lado. Un mediodía tropecé al subir al micro escolar, no tenía más de ocho años, el escalón quedaba muy alto para lo que daban mis piernas. Igual me acomodó mientras trastabillaba, mano derecha abierta en la cara, delante de todos. Me senté en la primera fila. Los asientos eran de cuerina marrón. Me quemaba, estaba muy avergonzado y me esforzaba por no llorar. De la Primaria me acuerdo dos cosas. Las cachetadas en la cara, en cualquier momento o lugar, y las maestras particulares. Ella tenía fijación con las maestras particulares. Cualquier nota debajo de siete disparaba la necesidad de una maestra particular. Inglés. Miss Rambaldi era una reverenda hija de puta. Caía en su Fiat 1500 azul. Me daba clases en mi pieza, en una mesa que anda por ahí.  Mi Vieja le servía un vaso de Seven Up, con hielo, y tres galletitas Desayuno. Matemática era una fija. O lo que fuera. Cualquier cosa con tal de saciar sus obsesiones. A ella la movían las obsesiones. El agua del Pacifico era muy fría. De cualquier forma con mi Papá íbamos a la playa. Mi Mamá casi no salió del hotel. Todo le dolía, nada muy preciso. Una noche me llevaron al cine, daban Rocky, acá era prohibida para menores de 18 pero en Chile no. El escándalo que hizo en la parte que a Rocky le cortan los párpados para que pueda ver en el último round. Nos volvimos tres días antes. Él tuvo un aviso, un dolor en el pecho que mi Mamá atribuyó a ese viaje de mierda. A la altura. Pero pasó. Ya empezaba la temporada de las declaraciones juradas, trabajo y plata grande. En eso estaba cuando el infarto. No hubo nada que hacer. Es triste, morir llenando un formulario con un montón de mentiras. ¿No? A veces me da bronca, quiero acordarme de la cara de mi Viejo y se me mezclan su risa bajando los Caracoles chilenos y sus ojos cerrados en el cajón, la mandíbula tensa. Mucho tiempo me acompañó la imagen de su cuerpo pudriéndose en un nicho del panteón del Consejo de Ciencias Económicas.

 

El impacto fue devastador para todos, en especial la esposa. Conocida la noticia fue a dar con su esqueleto a la cama. Su hermana, su cuñado y personal del estudio se ocuparon de los trámites. El Contador Gago dejó algunas propiedades, una buena pensión y un poco usual seguro de vida en el extranjero.

 

Empecé la secundaria. Raro, no tengo malos recuerdos de aquellos años. Todos esperábamos el Mundial 78. Mi Madre y la profesora de Geografía, la Señorita Straser, decían que el General Videla era un hombre correcto y bien intencionado. Sin mi Viejo, a mi Mamá sólo le quedaba obsesionarse conmigo, presionar con el estudio. Fue una tragedia el tres en Anatomía en tercer año o el uno en Física en cuarto, pero siempre encontraba una solución. Jugábamos mucho a la pelota en el Estadio Municipal. Al terminar nos juntábamos a tomar una Coca en el kiosco mugriento de la esquina de 27 y Lagos, en la parada del 58. El que atendía era medio retrasado, le chorreaban los mocos incluso en verano, pero su heladera era la que más enfriaba en todo Rosario. Sí, todavía mi Vieja no me entraba por ningún lado. Eso fue al salir de la Infantería de Marina.

 

            Madre consiguió el objetivo. Después de la baja su hijo empezó la Facultad. La historia empezaba, por fin, a torcer rumbo al camino que ella aspiraba. Antes de comenzar segundo había aprobado todas las materias de primero. A ese ritmo, en cuatro años colgaría el diploma bajo el de su esposo.

 

No me olvidaba del viaje a Alaska. Creía que no iba resultar complicado librarme de mi Vieja. Aparte de Nora pocos más sabían de esa idea. Uno era mi Tío, el cuñado de mi Mamá. Él no tenía hijos, yo era el único sobrino. Gracias al taller de tornería tenía un buen pasar. La cuestión es que de un principio vio como iba la cosa y un día me dijo: “… estudiá, dale el diploma a tu Vieja y ahí hacés lo que querés… hagamos una cosa, empezá a aprobar y te regalo una moto…” Jamás se supo de mi repentina motivación en primer año. Mi Tío cumplió, una Yamaha 125 azul, usada, del año 81. La llamé Mayflower. Él me aconsejó guardarla en la tornería. No le hice caso. Llegué tarde a la cena, en moto. Mi Vieja ladró qué desgracia hemos tenido con vos, algo más que no recuerdo y, por supuesto, se metió en cama. Tuve la “Yamajita” un par de años. Con Nora paseábamos, ella me agarraba la cintura y apoyaba su cabeza en mi hombro. Decíamos que íbamos a comprar dos camperas de cuero iguales, con nuestros nombres en la espalda. También me pegué un par de palos y renegué con las roturas. Terminé vendiéndola en poca plata a un tipo que arreglaba heladeras en los FONAVI de Rodríguez y Gálvez y, casualidad o no, empecé a aprobar exámenes. Uno tras otro. Volvía de rendir y mi Mamá sólo preguntaba dos cosas, ¿cuánto sacaste? y ¿cuándo es el próximo? También, despacio, empecé a alejarme de Nora. Aunque de eso no me dí cuenta. Tenía algo más de veinte y ya estaba vencido. Al final, me había entrado.

 

            Gago terminó de cursar quinto año, apenas le quedaban tres materias para recibirse. Nora trabajaba en una repartición del estado y quería casamiento. Obviamente la relación con su suegra, regida por la más absoluta frialdad, no había mejorado. Eran dos enemigos que se estudiaban desde lejos para asestar la estocada final. En enero Gago y Nora fueron a Villa Gesell. Ella cantaba en el Coro Estable de Rosario y concurrieron al Encuentro que todos los años se hacía en el Anfiteatro del Pinar. Una noche se separaron del fogón. Ella usaba una camisa blanca, corta, su ombligo perfecto, una mini de jean y zapatillas de lona. Perdidos entre los árboles, se abrazaron, se besaron. Nora se apoyó contra un pino dándole la espalda. Él la penetró desde atrás. Fue la última vez. De haberlo sabido, se habría esforzado por retrasar la eyaculación. Un poco más allá, el resplandor del fuego, oscilante, lamía los troncos. Alguien, en una guitarra, rasgaba “El momento en que estás presente”. De regreso, le confió a Madre que habían fijado fecha.

 

Llegué al mediodía. Tenía puesta una remera con la cara de Bob Marley que Nora me había comprado en un puesto de la calle Tres. Mi Vieja, al verme, lanzó su típico lamento “ay nene, tenés al Che Guevara”. La confusión me hizo creer que el ambiente era cordial, justo para plantear nuestra decisión. Lo hice mientras almorzábamos. A los cinco minutos estaba llamando a Ecco y a mi Tía. Estuvo una semana en reposo, a oscuras, murmurando. Poco después vino el primer ACV. Nora no aceptó mi idea de postergar todo sin plazo y, simplemente, se fue. Nunca más me atendió el teléfono y por terceros me enteré, como a los siete meses, que salía con un compañero de trabajo, un abogado mayor que ella, separado. Es extraño, Rosario es chica pero no volví a verla. Varios años después la crucé en Santa Fe y Entre Ríos. Hablamos unos minutos, boludeces, el clima, esas cosas. Empujaba un cochecito con un bebé. Una nena más grande, no soy muy bueno para calcular edades de chicos, caminaba a su lado. El tiempo no había pasado para ella, la vi muy linda, se había cambiado el color del pelo. Pero lo peor es que me di cuenta que, en ciertos aspectos, el tiempo tampoco había pasado para mí. Mi Vieja ya había tenido el segundo ACV. Del primero salió más o menos bien pero una tarde se cayó y se quebró la cadera. Con el segundo fue que decidí internarla en el geriátrico. La última materia la rendí con distinguido. Nunca le mostré el diploma.

  

            Por sus notas fue convocado para trabajar en un estudio importante. Subió todos los peldaños y al cabo de unos cuantos años lo hicieron gerente del departamento tributario. No era difícil detectar su contracción al trabajo, a la permanente actualización. En soledad o frente a algún amigo confesaba no tengo otra cosa que hacer. La vieja mesa de la cocina siempre tapizada de papeles, planillas, la Errepar, cosas que él aborrecía, que lo anclaban a lo conocido. Todos los días, como a las siete y media, visitaba a su Madre. Era la hora de la cena, el ambiente impregnado por un fétido olor a sopa. Se quedaba treinta minutos, máximo. No era mucho lo que conversaban, el último ACV la había dejado en malas condiciones. Por otra parte ¿cuándo había conversado con su Mamá? Debía rebuscar muy en el fondo de su memoria. Los domingos, cerca de las doce, compraba flores en la esquina de 27 y Lagos y la acompañaba hasta las cinco de la tarde. Luego del almuerzo salían al patio donde ella, en una silla de ruedas, clavaba la vista en algún punto del muro tapizado por una enredadera. Se sentaba a su lado e, inútilmente, le leía La Capital. Cada tanto Gago repasaba el entorno de viejos ajados, remotos, doblados, amarillentos que, nada más, esperaban.      

           

Aquel domingo a la noche, no muy lejano, cuando sonó el teléfono, Gago hocicaba con la declaración jurada de la chatarrería de Garbuglia Hermanos. Un quebranto de ciento noventa mil doscientos treinta y seis pesos y en el activo, como altas del ejercicio, dos Volkswagen Passat, trescientos cincuenta mil pesos pagados al contado. Justo antes del sonido metálico de la campanilla, aún conservaba el aparato de baquelita negra y horquilla con el disco de ENTel, se levantó y miró por la ventana. El patio, los viejos sillones de planchuela verde fabricados por el Tío, muerto cinco años atrás, los helechos, los malvones, el lazo de amor, el potus, chorreaban humedad. Era uno de esos raros calores de inicio de mayo. En la televisión un relator vociferaba “…lo que viene, lo que viene…”. Unos jugadores de futbol de mirada equina caminaban, resignados, rumbo a la cancha. El queso frío de la pizza chorreaba en su embalaje de cartón. La enfermera del geriátrico pronunció las palabras esperadas, más el innecesario lo siento. Él contestó que en un rato iba para allá. Acomodó los papeles en la caja de archivo azul con la etiqueta “Garbuglia Hnos.”, cerró la ERREPAR y apagó la computadora. Escogió un pantalón de gabardina gris, una camisa blanca y zapatos negros. Iría sin corbata. Extendió las prendas sobre el colchón. En cuclillas frente al placard, tomó el calzado haciendo pinza con los dedos índice y pulgar derechos, y lo depositó bajo la cama, oculto por la colcha marrón que colgaba cerca del piso de parquet. Pensó en afeitarse pero iba a demorar algunos minutos más. Nadie le reprocharía esa sombra de barba. Desnudo frente al espejo de su dormitorio, se vio blanco, algo demacrado. Los hombros caídos. La panza, casi lampiña, con diez kilos de más. El pene asomando entre una mata negra. Las manos huesudas. Las piernas largas y flacas. Recordó a Nora en el pinar, el último verano juntos en Villa Gesell. Cantaba “Ojos Claros Serenos”. Reía, se contoneaba y lo miraba. Se adivinó un poco más viejo.

 

Parado unos segundos en el umbral miró el cielo. Percibió el ardor postrero del verano. La llovizna, impalpable, se hacía aureola en las luces de mercurio. Bajo el paraguas caminó hacia Lagos. Al otro lado de la avenida el kiosco donde, adolescente, compraba revistas usadas. También Killing y unas pornográficas alemanas que usaba para masturbarse. Torció al sur. La calle estaba tranquila. Cruzó la vía muerta de Gálvez y enseguida cambió de dirección. Sintió necesidad de un café, el bar de la YPF de 27 y Lagos. Antes de entrar se detuvo en los cromados de una Harley Davidson allí estacionada. Empujó una puerta de vidrio que abría hacia fuera. Su reflejo se interpuso. Tiene cuarenta y cinco años.

 

 

Desterro, febrero 2010

ALEJANDRO  CAPONI

Este cuento obtuvo el 1º premio en su categoría, 2º año 2009

L i n i e r s

Publicado en La vi y me gustó el 11 de Abril, 2010, 11:17 por MScalona

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-