"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




ANTONIO DI BENEDETTO a su hija

Publicado en De Otros. el 2 de Abril, 2010, 11:47 por MScalona

EPÍSTOLA PATERNAL A FABIA

 

 

 

                     A Fabia :

 

 

Hoy he estado conversando con don Vicente y su señora; verás lo que les conté.

Ellos viven en la tercera planta de este mismo edificio. Los había encontrado a la salida del templo, en el parquecillo junto a la calle Peñascales; hoy es casi como un domingo, festividad de la Virgen del Pilar, no se trabaja y todo está quieto.

Mis vecinos me invitaron a su apartamento, a un vaso de cerveza; son personas  mayores y es la única bebida con trazas de alcohol que se permiten. Aguardaba par ala comida del hijo, con la nuera y los nietos.

No me pareció impropio que me preguntaran si tengo familia en América, me ven siempre tan solo… Le confesé la separación de mi esposa, ocurrida por mi culpa-dije-, y tuve la inclinación de referirles un poco de ti. Un episodio que tal vez olvidaste hace tiempo, porque no creo que te haya dejado huella, no puede haberte impresionado como a mí, quedé confundido de vergüenza duradera, aún la siento y me remuerde.

Tienes que recordar, eso sí, el primer encuentro- que fue despedida- luego que toleraron que volviera a la libertad, lo que hicieron de la misma manera como me habían desposeído de ella: sin explicaciones, sin decir por qué. Claro que el encierro fue peor: sin formulación de cargos, sin pasarme a juicio, sin la mínima oportunidad de defensa…

Después de ese año y medio en la inmovilidad de La Plata, perdida la costumbre de andar por las calles de un ciudad, consideré que no sería insensato del todo arriesgarme a permanecer unos días en Buenos Aires, antes de salir hacia Europa, de donde, ya entonces lo presentía, para mí no habrá regreso en vida.

Con esta desesperada convicción- proseguí relatando al matrimonio- pedí a mi hija que viajara a la Capital, desde nuestro hogar al pie de la cordillera de los Andes, para el adiós, puesto que yo no podría volver a mi comarca, ni por unos momentos, sin afrontar los riesgos más destructores.

Concertamos el encuentro para la llegada del avión a Ezeiza, tal día tal hora, como bien lo sabes. Acudí al aeropuerto con sobrada anticipación e instalé mi cuerpo, que había quedado tan delicado, al reparo de la sala de espera.

Aterrizaron varias máquinas con mínimo de tiempo de diferencia y pronto ingresaron a la sala muchos viajeros. Entre todos presté atención aun contingente de jovencitas que lucían muy animadas y contentas. Las supe compañeras tuyas en la excursión de fin de curso, era época de haber pasado los exámenes. No te distinguía en el conjunto, en cambio noté que algunas de ellas me observaban y cuchicheaban. Me encogí en la butaca, tratando de pasar desapercibido, quien sabe que estarían diciendo si me habían identificado como el padre al que le ocurrió aquella historia.

Creo que ante la circunstancia, quedé con la cabeza vencida, inclinada quiero decir, sin ánimo para mirar de frente. Hasta darme cuenta que alguien, una de las jóvenes, se detenía ante mí. Alcé la vista y no se reaclaraba la situación. Vacilante, casi temeroso, pregunté: “¿Eres compañera de Fabia?”. De modo muy considerado, como con cuidado de no hacerme perder la serenidad, vino la respuesta, que fue un respetuoso reclamo: “Papá, soy Fabia. ¿No reconoces a tu hija…?

En aquel año y medio- procuré que la pareja entendiera- habías cambiado, las adolescentes a esa edad se modifican aceleradamente y dejaste de ser lo que era tal como te conservara en la memoria del último día en nuestro hogar, ¿lo recuerdas?

Tu madre se había trasladado a Córdoba para hacerme tratar su alucinante y angustiosa dolencia y nosotros quedamos solos. Como yo no podía atenderte debidamente, tú comías y dormías en casa de aquella compañera tuya de tan hospitalaria familia. Por mi parte, seguía en nuestra casa, a donde iba únicamente en las horas de dormir o al mediodía a tomar un bocado; cenaba en el restaurante de la Asociación de Prensa.

Ese día en la mañana compre tomates, queso pan y cargué con ellos. Estaba en la cocina cortando un tomate para untarlo de aceite cuando llegaste con prisa a buscar unos útiles o cuadernos que precisabas par ala clase. Te ofrecí compartir la comida, no aceptaste, estabas sofocada de urgencia o preocupaciones. Puse en ti una mirada mansa y creo que comprensiva. Una vez más era como siempre: nuestros encuentros fugaces, a causa de mi existencia enredada por las faenas del periodismo, sin tiempo par ala familia y cuando aparecía por casa era el momento de vuestro reposo.

-¿Ha llegado carta de tu madre?- fue a lo único que atiné, con ociosa interrogación, ¿te acuerda también de eso? Fueron las últimas palabras que escucharías de tu padre en largísimo tiempo.

Después, cuando estuve en ese lugar en La Plata- que a pesar de sus rigores yo prefería imaginar que era un hotel o un monasterio- cargaba la aflicción de haberte dejado tan pobre. Lo mismo que me quema actualmente, ya que- tú padeces la consecuencia- en tierra de exilio no ha conseguido rehacerme.

Pobrecita mi desvalida hija, que ni hermana tiene. Pienso con penetrante tormento en las noches que debió quedar sumida en los miedos de su habitación callada y sola. Tan necesitada de afecto y compañía para dormir y jugar amarradita a ella.

Pobre, mi niña sin padre. Este padre crucificado en la responsabilidad que no ha podido cumplir durante el crecimiento y la educación: de ser mentor y sostén de su criatura.

Estos suspiros se anudan a la evocación del episodio que confíe a don Vicente y a la esposa, aunque sin participarles ni el tamaño ni el pormenor de mi preocupación por no poder asistirse de cerca.

Hijita, ya ves, si he buscado el alivio de hacer confianza en los extraños, no he sido suficientemente sincero y sigo sintiéndome incómodo conmigo. A sabiendas de las imposibilidades, suelo buscarte, no especialmente en los aeropuertos, sino en todo el mundo de gente.

Con esa cavilación que llevo embuchada: si te encontrara, ¿Cómo te reconocería?  La vez anterior había perdido tus rasgos durante el año y medio de no verte… ¡Y ya han pasado otros siete más!

Esta mañana, la señora de don Vicente deslizó con prudencia su curiosidad, que no consideré malsana:

-La hija… ¿le escribe?

-Sí, sí. Me mandó un retrato, una fotografía de tamaño postal.             

Podréis verla. La traeré otro día.

Yo me ponía ostentoso de cierta dignidad conservada sin menoscabo de convencerlos que entre nosotros se mantiene el sentimiento, que no me has abandonado.

En tanto, guardaba para mí el acre sabor del desengaño por mi incapacidad de socorrerme con todo lo que corresponde a un padre: educar, sostener, orientar, escuchar a su pequeña, dialogar con ella… Nadie lo sentirá tanto, si tiene conciencia, como el que no puede hacerlo.

Digo esto, Fabia, por la carta en que me cuentas tus cosas. Un poco de ellas, no demasiado. No te reprocho, supongo que es por no darme pesadumbres. En esa carta hay un párrafo, una línea que me traspasa:

“Cuando al final del día vuelvo a casa y no hay qué comer…”.

Sin volver a leerla, seguiré escuchándola.

 

 

Con cariño,

    Papá.

 

 

 

 

Del libro  CUENTOS COMPLETOS

Edit  Adriana Hidalgo

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-