"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2 de Abril, 2010


LLUEVE EN VIERNES SANTO

Publicado en Nuestra Letra. el 2 de Abril, 2010, 21:44 por CELINA

 

                                                       

 

     Está lloviendo. Adentro y afuera. La lluvia comenzó mansa, vacilante. De a poco se torna más fuerte y va invadiendo cada sector del jardín. El perro corre a refugiarse en el galpón. La tortuga ni se digna a aparecer. Ante mis ojos, como por arte de magia, el pasto se torna de color verde oscuro. El peso de las gotas, que ahora caen con violencia, hace que varios limones, grandes y amarillos, caigan de la planta y queden desparramados por el pasto, interrumpiendo la monocromía de su verde. Finalmente, el otoño hizo su aparición. La lluvia era inevitable. Ya en la escuela primaria nos enseñan la importancia del ciclo del agua.

     La lluvia, el viento, la música, algunas frases. Escribir. El pasado, el presente, el futuro. Mi vida transcurre cómoda entre esas obsesiones. Para reforzar mi idea, en la radio Paul Mc Cartney canta Hope of deliverance. Esperanza de liberación.

    A veces creo que mi vida transcurre entre libros y canciones. Puedo asociar cada etapa trascendente al título de algún libro o a la letra de una canción. Los actos son nuestro símbolo dice Borges. Mis símbolos son libros y canciones. ¿Significará algo? Simplemente que me gusta leer y escuchar música.

    Toda moneda tiene dos caras. La lluvia es buena para la tierra, pero su exceso, provoca inundaciones. A nadie le gusta mojarse. Al menos a mi, no. Es incómodo, te da frío, te podés enfermar. Pero si te das un baño y te ponés ropa seca, te preparás un cafecito o unos mates, te sentás a mirar una película, leer un libro, a charlar con alguien, escuchar música, o a no hacer nada, hasta agradecés haberte mojado. Nos vivifica. Después disfrutamos con mayor intensidad de esos pequeños placeres, que suelen escapársenos. Por lo cotidianos. Ahora podés quedarte observando cómo la lluvia continúa cayendo, revolucionando hormigueros, despertando caracoles, formando charcos, salpicando vidrios. Ajena a vos. Sabiendo que tarde o temprano, se detendrá. Te acordás que es Viernes Santo. Y después de la muerte, viene la resurrección. Ya lo decía Marilina Ross, aunque no lo veamos, el sol siempre está.

                                                                     CELINA                                                                                   

                                                                               

Todavía no puedo creer que exista quién escriba asi.

Publicado en De Otros. el 2 de Abril, 2010, 20:08 por maripau
Los Amorosos.

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡ que bueno !- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos. 

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida. 

Jaime Sabines.

ANTONIO DI BENEDETTO a su hija

Publicado en De Otros. el 2 de Abril, 2010, 11:47 por MScalona

EPÍSTOLA PATERNAL A FABIA

 

 

 

                     A Fabia :

 

 

Hoy he estado conversando con don Vicente y su señora; verás lo que les conté.

Ellos viven en la tercera planta de este mismo edificio. Los había encontrado a la salida del templo, en el parquecillo junto a la calle Peñascales; hoy es casi como un domingo, festividad de la Virgen del Pilar, no se trabaja y todo está quieto.

Mis vecinos me invitaron a su apartamento, a un vaso de cerveza; son personas  mayores y es la única bebida con trazas de alcohol que se permiten. Aguardaba par ala comida del hijo, con la nuera y los nietos.

No me pareció impropio que me preguntaran si tengo familia en América, me ven siempre tan solo… Le confesé la separación de mi esposa, ocurrida por mi culpa-dije-, y tuve la inclinación de referirles un poco de ti. Un episodio que tal vez olvidaste hace tiempo, porque no creo que te haya dejado huella, no puede haberte impresionado como a mí, quedé confundido de vergüenza duradera, aún la siento y me remuerde.

Tienes que recordar, eso sí, el primer encuentro- que fue despedida- luego que toleraron que volviera a la libertad, lo que hicieron de la misma manera como me habían desposeído de ella: sin explicaciones, sin decir por qué. Claro que el encierro fue peor: sin formulación de cargos, sin pasarme a juicio, sin la mínima oportunidad de defensa…

Después de ese año y medio en la inmovilidad de La Plata, perdida la costumbre de andar por las calles de un ciudad, consideré que no sería insensato del todo arriesgarme a permanecer unos días en Buenos Aires, antes de salir hacia Europa, de donde, ya entonces lo presentía, para mí no habrá regreso en vida.

Con esta desesperada convicción- proseguí relatando al matrimonio- pedí a mi hija que viajara a la Capital, desde nuestro hogar al pie de la cordillera de los Andes, para el adiós, puesto que yo no podría volver a mi comarca, ni por unos momentos, sin afrontar los riesgos más destructores.

Concertamos el encuentro para la llegada del avión a Ezeiza, tal día tal hora, como bien lo sabes. Acudí al aeropuerto con sobrada anticipación e instalé mi cuerpo, que había quedado tan delicado, al reparo de la sala de espera.

Aterrizaron varias máquinas con mínimo de tiempo de diferencia y pronto ingresaron a la sala muchos viajeros. Entre todos presté atención aun contingente de jovencitas que lucían muy animadas y contentas. Las supe compañeras tuyas en la excursión de fin de curso, era época de haber pasado los exámenes. No te distinguía en el conjunto, en cambio noté que algunas de ellas me observaban y cuchicheaban. Me encogí en la butaca, tratando de pasar desapercibido, quien sabe que estarían diciendo si me habían identificado como el padre al que le ocurrió aquella historia.

Creo que ante la circunstancia, quedé con la cabeza vencida, inclinada quiero decir, sin ánimo para mirar de frente. Hasta darme cuenta que alguien, una de las jóvenes, se detenía ante mí. Alcé la vista y no se reaclaraba la situación. Vacilante, casi temeroso, pregunté: “¿Eres compañera de Fabia?”. De modo muy considerado, como con cuidado de no hacerme perder la serenidad, vino la respuesta, que fue un respetuoso reclamo: “Papá, soy Fabia. ¿No reconoces a tu hija…?

En aquel año y medio- procuré que la pareja entendiera- habías cambiado, las adolescentes a esa edad se modifican aceleradamente y dejaste de ser lo que era tal como te conservara en la memoria del último día en nuestro hogar, ¿lo recuerdas?

Tu madre se había trasladado a Córdoba para hacerme tratar su alucinante y angustiosa dolencia y nosotros quedamos solos. Como yo no podía atenderte debidamente, tú comías y dormías en casa de aquella compañera tuya de tan hospitalaria familia. Por mi parte, seguía en nuestra casa, a donde iba únicamente en las horas de dormir o al mediodía a tomar un bocado; cenaba en el restaurante de la Asociación de Prensa.

Ese día en la mañana compre tomates, queso pan y cargué con ellos. Estaba en la cocina cortando un tomate para untarlo de aceite cuando llegaste con prisa a buscar unos útiles o cuadernos que precisabas par ala clase. Te ofrecí compartir la comida, no aceptaste, estabas sofocada de urgencia o preocupaciones. Puse en ti una mirada mansa y creo que comprensiva. Una vez más era como siempre: nuestros encuentros fugaces, a causa de mi existencia enredada por las faenas del periodismo, sin tiempo par ala familia y cuando aparecía por casa era el momento de vuestro reposo.

-¿Ha llegado carta de tu madre?- fue a lo único que atiné, con ociosa interrogación, ¿te acuerda también de eso? Fueron las últimas palabras que escucharías de tu padre en largísimo tiempo.

Después, cuando estuve en ese lugar en La Plata- que a pesar de sus rigores yo prefería imaginar que era un hotel o un monasterio- cargaba la aflicción de haberte dejado tan pobre. Lo mismo que me quema actualmente, ya que- tú padeces la consecuencia- en tierra de exilio no ha conseguido rehacerme.

Pobrecita mi desvalida hija, que ni hermana tiene. Pienso con penetrante tormento en las noches que debió quedar sumida en los miedos de su habitación callada y sola. Tan necesitada de afecto y compañía para dormir y jugar amarradita a ella.

Pobre, mi niña sin padre. Este padre crucificado en la responsabilidad que no ha podido cumplir durante el crecimiento y la educación: de ser mentor y sostén de su criatura.

Estos suspiros se anudan a la evocación del episodio que confíe a don Vicente y a la esposa, aunque sin participarles ni el tamaño ni el pormenor de mi preocupación por no poder asistirse de cerca.

Hijita, ya ves, si he buscado el alivio de hacer confianza en los extraños, no he sido suficientemente sincero y sigo sintiéndome incómodo conmigo. A sabiendas de las imposibilidades, suelo buscarte, no especialmente en los aeropuertos, sino en todo el mundo de gente.

Con esa cavilación que llevo embuchada: si te encontrara, ¿Cómo te reconocería?  La vez anterior había perdido tus rasgos durante el año y medio de no verte… ¡Y ya han pasado otros siete más!

Esta mañana, la señora de don Vicente deslizó con prudencia su curiosidad, que no consideré malsana:

-La hija… ¿le escribe?

-Sí, sí. Me mandó un retrato, una fotografía de tamaño postal.             

Podréis verla. La traeré otro día.

Yo me ponía ostentoso de cierta dignidad conservada sin menoscabo de convencerlos que entre nosotros se mantiene el sentimiento, que no me has abandonado.

En tanto, guardaba para mí el acre sabor del desengaño por mi incapacidad de socorrerme con todo lo que corresponde a un padre: educar, sostener, orientar, escuchar a su pequeña, dialogar con ella… Nadie lo sentirá tanto, si tiene conciencia, como el que no puede hacerlo.

Digo esto, Fabia, por la carta en que me cuentas tus cosas. Un poco de ellas, no demasiado. No te reprocho, supongo que es por no darme pesadumbres. En esa carta hay un párrafo, una línea que me traspasa:

“Cuando al final del día vuelvo a casa y no hay qué comer…”.

Sin volver a leerla, seguiré escuchándola.

 

 

Con cariño,

    Papá.

 

 

 

 

Del libro  CUENTOS COMPLETOS

Edit  Adriana Hidalgo

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-