"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Marzo, 2010


Pola Oloixarac

Publicado en De Otros. el 30 de Marzo, 2010, 12:40 por MScalona

 

LAS TEORIAS SALVAJES

 

 

 

 

En los ritos de pasaje practicados por las comunidades Orokaiva, en Nueva Guinea, los niños que van a ser iniciados, varones y niñas, son primero amenazados por adultos que se agazapan tras los arbustos. Los intrusos, que se supone son espíritus, persiguen a los niños gritando “Eres mío, mío, mío”, empujándolos a una plataforma como la que se usa para matar cerdos. Los niños aterrorizados son cubiertos por una capucha que los deja ciegos; son llevados a una cabaña aislada en el bosque, donde se convierten en testigos de secretas ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu. No es infrecuente, narran los antropólogos, que algunos de los niños mueran en el curso de estas ceremonias. Finalmente los niños sobrevivientes regresan a la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus que los amenazaron al principio,  y participan de la caza de cerdos. Regresan ya no como presas sino como predadores, gritando la misma fórmula que habían escuchado de labios enemigos: “Eres mío, mío, mío”. Entre los Nootka, Kwakiutl y Quillayute, en el noroeste del Pacífico, son los lobos –hombres con máscaras de lobos-que amenazan a los pequeños iniciados, persiguiéndolo a punta de lanza hasta empujarlos al centro de los rituales del miedo; al cabo de esas torturas esotéricas son introducidos en los secretos del Culto del Lobo.

 

La vida de la pequeña Kamtchowsky se inició en la ciudad de Buenos Aires, durante los “años de plomo”; el acceso a la conciencia coincidió con la “primavera alfonsinista”. Su padre, Rodolfo Kamtchowsky, provenía de una familia polaca radicada en Rosario durante la década del 30. Era el único varón de la casa; la prematura muerte de su madre lo había llevado a vivir con sus tías. Ya en primero inferior demostró habilidades excepcionales para el pensamiento abstracto; en cuarto grado su maestra de matemática`, que había estudiado en la universidad, se refirió con elogios a su inventiva formal. El pequeño Rodolfo fue a contárselo a sus tías, que se asustaron un poco y decidieron que cuando cumpliera trece años los mandarían a Buenos Aires a estudiar. Rodolfo era un chico alegre, aunque muy tímido; hablaba poco y a veces parecía no registrar lo que le decían. Cuando llegó el momento, Rodolfo se mudó a la casa de otra tía, frente al Parque Lezama. Entró en la escuela técnica Otto Krause y más tarde se recibió de ingeniero en tiempo record.

 

Su elección de carrera y su carácter retraído no fomentaban las relaciones con chicas; en la facultad apenas había conocido a dos, y no podía asegurar que reunieran méritos   suficientes para adjudicarse la denominación “chicas”; tenían el estilo de retaca amorfa que luego heredaría su hija. Pronto se volvería evidente que el destino y la opción intelectual habían hecho de Rodolfo un elemento forzosamente fiel, monógamo y heterosexual. Era natural que apenas la Providencia la acercara una mujer  (una perteneciente al conjunto “Chicas”), Rodolfo se aferraría a ella como ciertos moluscos nadadores viajan por el océano hasta que calvan su apéndice muscular en el sedimento como un hacha, cuya concha o manto tiene la facultad de segregar capas de calcio alrededor de la película mucosa que lo lubrica; al cabo de un tiempo ésta se rompe y el molusco regresa a la deriva, que varía entre el océano y la muerte.

 

La vio caminando por avenida Corrientes. Era una petisa de cabello oscuro y polera ajustada, ojos negros pintados de negro, como un antifaz. Si bien Rodolfo había estado al tanto de datos empíricos similares, cuya única cualidad formidable era su capacidad para volverse perfectamente comunes y generalizables, algo en aquel aluvión de detalles- en los pliegues alternado bajo la nalga, en el boleto de colectivo que sobresalía del bolsillo trasero-fue percibido como sobrenatural. Algo implicaba un exceso respecto de lo que Rodolfo esperaba del mundo. Este pasaje entre el conjunto de datos ambientales y su cualidad personal e intransferible de testigo, sintetizado en “ella”, propició la experiencia de la decisión  en Rodolfo. La siguió por la calle, como si la vigilara, podía ver que otros también la miraban. Al tiempo que  confirmaba en los oteos ajenos a la existencia del elemento en ciernes (y de algún modo, su valor), dedujo imposible que ella no hubiera notado que venía siguiéndola hacía al menos diez cuadras; pero este pensamiento no tenía importancia alguna para la etapa presente (ya intuía lo programático del proceso), y resolvió dejar de pensar.

 

Entonces ocurrió el milagro, empezó a llover y Rodolfo tenía un paraguas. El joven ingeniero apuró el paso; emocionado, observó como ella aceptaba, riendo, su protección contra los elementos, un poco distraída. Entraron al bar la Giralda a calentarse y secarse: Rodolfo prácticamente no había mojado, con que sólo haría lo primero, enrojeció un poco, pero ella no pareció notarlo. Ella se sacó la polera, revelando el rastro de un corpiño color carne, y Rodolfo disimuló su erección sentándose lo más rápido que pudo. Pidieron chocolate caliente, ella engulló unas medialunas. Esa misma tarde, algo impresionado por su verborragia y la de su amiga, pero encantado ante su capacidad, evidentemente innata, para hablar e imaginársela desnuda al mismo tiempo, Rodolfo le contó que su tía de Buenos Aires le había dicho que sus tías de Rosario debieron trabajar de prostitutas para lograr su manutención. Su joven interlocutora cursaba el segundo años de Psicología; comentó lánguidamente que, en realidad, él creía que era su propia, madre quien se dedicaba a esos comercios. Al terminar la frase, ella miró su reflejo en la ventana, practicando la escucha psicoanalítica “en flotante”; luego indagó su reacción. La madre de Rodolfo Kamtchowsky mordió el churro bañado que tenía en la mano y se quedó pensando.   

 

 

 

POLA   OLOIXARAC  (Argentina, 1977)

Las Teorías Salvajes  (novela)

Edit. Entropía p. 13-16

 

Necesitando el taller

Publicado en General el 30 de Marzo, 2010, 2:17 por reemplace x su nombre

Pequeñas delicias del Cine cotidiano

 

 

    3

 

 

Mientras EE.UU. se rajaba y los océanos entraban en ebullición, me saqué los anteojos de plástico y acudiendo al llamado de Luputus, hice un viaje astral.

Costó la elevación y el zigzag entre  paquetes de pop corn y nachos. Sobre todo por la presencia de un señor calvo, muy bronceado y musculoso que intentó silenciarme. Lo miré confundida y dudé. La ausencia de folículos pilosos podía considerarse un detalle menor, aunque opacaba su perfil de héroe. Rumores sobre la caída de los paradigmas me retumbaban: el héroe podía ser hasta el acomodador,  y su led: mortal.  Al menos era gordito y porrudo.

Sofocada, hice caso omiso a sus señales manipuladoras y escapé del shoping por la puerta grande. ¡Desacato!

 

    2

 

 

Llegué a la avenida Avellaneda y seguí hasta el río, lo vi tan desbordado como yo y los mares. Subí en dirección norte y sin prestar atención a los semáforos, frené en la bajada del Espinillo.

Los ranchos incrustados en la barranca simulaban formaciones rocosas, mi descenso forzoso me ayudó a detectar las chapas. Una sombra de paraísos compacta camuflaba a tres mujeres con niños colgantes. Otros chapoteaban entre camalotes y culebras mientras los reyes de la comarca dormían en sillas de madera, espantando las moscas de cuando en vez;  autómatas con ramas adheridas a sus manos. La red, artesanalmente plegada a un costado, otra pausa en el pentagrama.

 

     1

 

 

Dos gotas heladas rodaron por mi nuca, justo detrás de las orejas, cuando imaginé el rodaje en ese escenario.  Mi mente colgaba de una soga.

Un tirón en el brazo me ayudó a volver de un estornudo. El pelado moqueaba, emocionado con EL presidente negro y su nobleza, muriendo al lado de sus conciudadanos.

 

 

Acción

 

 

Absorta, se me escapó un puaj y un prrsh. La h sonó estrepitosa, como si no fuera muda. Contemplé un rato en silencio las caras de mis compañeros de butacas, sintiendo una necesidad imperiosa de madre.

Maravillada con el poder de la ficción, desee ser Alicia para conocer a Johnny Deep y pedirle un chocolate.

Lara la la la, la la…

 

                                                                              *  Ce *

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-