"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




24 de Marzo, 2010


Escritura para Niños - LA CARO

Publicado en Sugerencias. el 24 de Marzo, 2010, 13:44 por MScalona
La Libélula by you.

De cabeza mandaría un pibe mío ahí... con la Caro...

LILIAN NEUMAN

Publicado en De Otros. el 24 de Marzo, 2010, 12:17 por MScalona

Un lugar tan pequeño que no existe en ningún plano. Una casa vieja y en una habitación, la que daba a la calle, un mostrador que la atravesaba a lo largo y  ni siquiera en la entrada un cartel.

Tal vez se llamase tiendita, o mercería; era un negocio familiar en donde podían comprarse sobres y lápices, cuadernos de marcas que ya no existían, medias ( can can), sombras de párpados y perfumes baratos, juguete de plástico, hebillas nacaradas, aspirinas, historietas viejas, libros de la fuente Estefanía y Blasco Ibáñez, collares de perlas falsas; un inventario infinito, un revoltijo en el que aquella mujer de pelo blanco, ajada e insegura dentro de sus vestidos descoloridos, ni bien me veía entrar se ponía de pie y sabía lo que tenía que hacer: Con lentitud pero con decisión se inclinaba hasta el último estante del mueble de madera y reaparecía, y ponía sobre ese mismo mueble una caja rectangular, esa caja sin fondo, ese sueño de todo ilusionista: la caja perfecta que dará siempre de sí.

Allí dentro, aquellos pequeños paquetes blancos se amontonaban sin orden alguno. Eran una serie infinita de sacapuntas de bronce, ninguno era igual a otro –principal aspiración de todo coleccionista-, ninguno se repetía ni estaba en ningún otro negocio que en ése ni en ninguna otra caja que ésa. Eran pequeñas joyas, diminutas y pesadas, uno un fonógrafo, otro una rueca, un trombón, una trompeta, un piano de cola, una máquina de coser; eran réplicas en miniatura, exactas, que yo desenvolvía y examinaba una por una mientras la anciana esperaba paciente, mirándome en silencio.

Y así luego de meditarlo unos últimos instantes, me quedaba con uno, sólo uno, tenía que ser un solo sacapuntas cada vez, para que hubiese una próxima vez, y otra próxima vez, para que siempre existiese esa escena ritual, ese único momento en que salía de mi casa  y llegaba allí.

Una vez que yo había elegido, la mujer sabía lo que tenía que hacer. Primero terminaba de envolverlo en ese mismo papel blanco, luego hacía dos envoltorios más en papel madera y al fin una atadura de hilo grueso. Y allí venia el momento que ella murmuraba, en su castellano con acento yddish, dónde habrá una caja. Yo intentaba una frase educada, que no se preocupara por eso, que de la caja me ocupaba yo, pero ella una vez más buscaba entre tan revoltijo y al fin volvía con una pequeña caja de cartón cualquiera, en esa caja ponía mi paquete, yo le pagaba y salía de allí.

Entonces empezaba a caminar con pasos rápido, impaciente, de pronto no recordaba que un momento antes mientras elegía un sacapuntas me había sentido débil y, en cambio, tenía un objetivo en esta vida, tenía que llegar rápidamente al correo, no tenía que distraerme con nada en el trayecto, no tenía que encontrarme con nadie porque el correo cerraría sin mí. Y una vez allí, despachaba por fin esa caja. La despachaba a nombre de mi padre.

Una encomienda a nombre de mi padre y a la ciudad de mi padre, sin duda para él una ciudad muy parecida, por pequeña y anónima, perdida en el último rincón de un negocio oscuro, a la ciudad donde vivía yo.

            ¿En que ciudad vivía yo? Y en que otra  ciudad estaría mi padre en aquel tiempo, su último tiempo antes de morir.

               

               

               

               

               

                                                          

                                                          

                                                          

                                                          

                                                          

                                                                     

                                                                 

Mi padre fue un judío renegado, o un ateo, o un rebelde. Lo cierto es que siempre le había encantado,  sentado en el último banco, como un alumno malo, portarse mal en las bodas de la sinagoga, mirar con sorna al rabino del barrio, meterse con ( la rama andaluza chupacirio de la familia) y darle vuelta la cara a los Cohen ( judíos ortodoxos y obtusos) de enfrente de casa.

Pero mi padre leía a escondidas el antiguo testamento, una tarde en que me encontró un libro de misa que me habían regalado en una fiesta de primera comunión me miró confundido y al fin-como puede esto entenderse, como esto pueda entenderlo yo-, se sentía judío.

Mi padre fue un hombre y, por tanto, fue tantas cosas que no me atrevo a numerar, porque un hombre –ahora lo sé- contiene tantos hombres como vidas tiene un gato y tanto más. En principio, mi padre fue un coleccionista.

Durante años me pasé tardes enteras examinando una por una su colección de cajas y muñecas musicales. Las muñecas eran las más difíciles de maniobrar porque no había que despeinarlas ni descuidar los accesorios del atuendo. La bailarina flamenca llevaba un par de castañuelas de madera- sevillanas legítimas, aclaraba mi padre-, unas miniaturas que estaban sabiamente encajadas  entre las manos. La joven con mantón de Manila sostenía un abanico de encaje y piedras, la bailarina clásica llevaba un tutú que al fin acabó manchado de café con leche. Me gustaba ponerlas a todas en funcionamiento, a la vez, todas girando al son de una música extraña y dislocada.

Pero sobre todo lo que me importaba era desarmar. Me importaba entender el funcionamiento. Era el acto ritual – como ritual era la acción de la anciana de la tienda cuando cuando  aparecía con una caja llena de sacapuntas -, ese acto lento, siempre el mismo, el de levantar con cuidado una tapa de terciopelo, esa operación que de daba inequívoca en las cajas que realmente tenían forma de caja: un pequeño joyero, una cigarrera en forma de dado, una caja clásica dorada y marfil. Y una vez abiertas, lentamente, como destripada frente a mis ojos, le daba cuerda a todas a la vez para que no sonase la música disonante y finalmente triste, como la de todas las muñecas girando solitarias, porque lo mejor no sucedía al fin sino poco antes, cada vez que abría una nueva caja, cada vez que expectante, solemne, levantaba la tapa, levantaba luego el compartimiento rojo,  desapareció, con un dedo, y otra vez la desilusión.

Buscaba una caja en especial, una caja que tuviera, por debajo de ese compartimiento, un mecanismo distinto al del rodillo. Todas las cajas que abría tenían ese mismo rodillo dorado, pequeñito y eficaz, que giraba obsecuente y aburrido para repetir la melodía una y otra vez, y todas las veces que se le pidieran. En cambio el mecanismo que yo buscaba era similar al de un xilofón, con dos palillos acabados en dos perlas que repiqueteaban en un teclado circular –teclas redondas formando un óvalo, o un  círculo - , ése, ese mecanismo buscaba y sin duda era mucho más difícil de conseguir. También, el día que pudiera verlo, sería mucho más difícil de atrapar en su funcionamiento. Así como podía meter el dedo en el rodillo y la música se volvía grave y lenta, ridícula, no sería en cambio tan difícil de interrumpir, fastidiar, atrapar en el aire los palillos del xilofón. Un mecanismo astuto, hábil e impredecible, un par de palillos  golpeando veloces para dar una música distinta y feliz.

Jamás encontré una caja como ésa, jamás di con ese tesoro único que podía aparecer al abrir la próxima caja, cada caja nueva que mi padre dejaba sobre la mesa del comedor (de lujo) indirectamente para mí.

Más tarde mi padre me inició como coleccionista de lápices gigantes, coches, barcos, tractores en miniatura, tacitas de porcelana, bibelots y biscuits, tapas de gaseosas, hebillas de cinturones, objetos, objetos que se pierden en el tiempo, que viajan en tren o en avión, que van a manos de otros, que son rescatados de cajas olvidadas, recuperados, perdidos otra vez y ahora intento enumerar, como si así recuperara la vida de mi padre.

En cambio,  el día  después de su muerte, sin  premeditarlo  pero con una decisión que parecía haberse adelantado a mí, entré en su casa que hacía tiempo ya no era  mía como un detective o un ladrón, aunque sin saber qué iría a buscar, qué intentaba descubrir. Y salí de allí por última vez con un botín desordenado e incompleto de cajas viejas y sacapuntas antiguos.

               LILIAN   NEUMAN

De la novela  Levantar Ciudades, Edic. Destino, finalista del Premio NADAL 1999. Lilian es rosarina, nació en 1960 y vive desde 1990 en Barcelona; es colaboradora habitual del diario LA VANGUARDIA, la revista WOMAN, editora de varias editoriales españolas y profesora de Edición en Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra.-

en mayo, 360 págs., 19/02/96, 17 reescrituras

Publicado en Sugerencias. el 24 de Marzo, 2010, 11:55 por MScalona

Imprimir by you.

todas las fotos son de EDGARDO JUÁREZ, los txts de contratapa y

solapa son simulados, porque aún no están hechos, y eso se enitende con el mail

de LILIAN NEUMAN (Barcelona, Finalista Premio Nadal, 1999; La Vanguardia;

Editora de Mondadori España y profesora de Edición en la Universitat

Pompeu Fabra, donde hace varios años usaba este original

para que sus alumnos "lo editaran"). Estoy feliz.


----- Original Message -----
From: lilian Neuman
Sent: Tuesday, March 23, 2010 11:26 AM
Subject: un detalle

hola!
 mientras me escribías  por El Portador, yo estaba en plena campaña de recepción de algo que te interesará.
 los alumnos de la Pompeu Fabra han hecho un trabajo que no es más que esto: texto de contraportada.
 y hay algunos que hasta hicieron un diseño de libro y portada.
 Total, tendrás que tener en cuenta que han leído una parte, pero esta sorpresa te interesará: la gente ha hecho una lectura muy buena y hay textos que no pueden no gustarte.
 no es que tengas que utilizarlos, pero te enviaré los mejores, para que veas.
 yo, en tanto, me pongo con tu encargo.
 un abrazo, lilian
ps, y además hay muchos alumnos que me pìden la novela entera. Yo les habái dicho que estabas en tren de publicarla, y que te iba a pedir la version definitiva.
 eso,  lilian
ps la coincidencia ha sido genial, porque yo no tenía noticias tuyas, pero pensaba que ya las iba a tener.

Marguerite Yourcenar

Publicado en De Otros. el 24 de Marzo, 2010, 10:59 por F_Artana

Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que éste o aquél ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que éste o aquél, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión de ellos, mucho por compasión de nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y mediocremente.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-