"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Marzo, 2010


ENRIQUE SYMNS, realismo sucio argentino

Publicado en De Otros. el 16 de Marzo, 2010, 19:20 por MScalona

            Estofado de Princesa

 

 

Si tenés una mujer estás en un problema,

 pero si hacés el amor con varias

estás en el infierno.

 CHARLES BUKOWSKI

 

 

Si tenés una mujer estás en un problema, pero si hacés

el amor con varias estas en el infierno.

              Charles Bukowski

 

Entró a la redacción apantallando su cuaderno de poemas y canciones, y cuando me vio tropezó con un escritorio, pidió disculpas y su rostro redondo se sonrojó. Habíamos compartido siete u ocho años tras el escenario de un bar nocturno, ella cantando blues y yo haciendo mis monólogos. Era una de esas mujeres que si la veías una sola vez de cerca, su imagen se te pegaba como una liendre a la piel de la memoria. Pero nunca me hubiera atrevido a intentar un aproach con ella. Fui condenadamente tímido y pusilánime  en mis relaciones amorosas ocasionales.

Siempre supe que el verdadero viaje del enamoramiento y el erotismo eran las aventuras circunstanciales, los encontronazos sorpresivos e irremediables con mujeres desconocidas, los amores de un día, los combates nómades del deseo, los aprendizajes desesperados a la luz de una única oportunidad.

Es cierto que mis novias y esposas habían sido siempre mujeres atractivas, pero eran eso irremediablemente: mis novias y esposas. El amor de pareja es la culminación triunfante de las estrategias de sometimiento por parte de la casa sacerdotal que gobierna nuestras vidas desde que un mono, al querer eructar, se sorprendió emitiendo una palabra. El amor es el odio de los dioses, y la convivencia conyugal es la digestión de la bestia.

Creo que aquella mañana, en la redacción de Cerdos y Peces, debuté en esa magia eventual con Besos Flotadores.

La invité a tomar un trago en el antiguo Leon Paley de Corrientes y Ecuador, y leí su cuaderno mientras la espiaba por sobre los versos escritos prolijamente a máquina en unas coquetas páginas amarillas.

Pocas veces puedo vislumbrar si un poema es bueno o malo. Siempre relaciono la poesía con lo verbal, con un fogonazo de palabras que se entrometen salvajemente en esa conspiración malévola que son las conversaciones y las frases correctamente hilvanadas. Algo tan mágico  y revelador de la realidad no puede ser un género literario. Tiene que ser más bien un milagro saneando esa enfermedad que es el lenguaje, una excepción que imposibilita toda la clasificación, todo contacto con el invento de Gutenberg.

Sin embargo, cuando leo unos versos, sé valorar el candor, el dibujo impreso de algún tipo de combate con las cadenas asociativas y con el hedonismo narcisista. Y eso estaba inscripto en aquellos textos.

Mientras la espiaba, ella también me espiaba; mis comentarios sobre sus poemas parecían importarle muy poco. Tenía el cabello corto, enormes ojos verdes y una boca que parecía una muchacha independiente de ella. Su boca era una estudiante de teatro ensayando todo el tiempo gestos provocativos, y cuando sonreía parecía estar besando a un ser imaginario oculto en el aire. Me encantaban sus titubeos, su andar a la deriva en la conversación y sobre todo el fondo sin armas de su mirada.

Y así fue que cuando salimos del bar, de vuelta a la redacción, aquella niña me susurró con una voz ronca y quebrada por la emoción: “¿Puedo darte un beso antes de llegar a la esquina?”.

Caminé con taquicardia aquella calle que desembocaba en Lavalle, y poco antes de llegar a la esquina ella me dio un beso como yo no recordaba haber recibido nunca. Me hizo flotar en el aire, y todo su rubor impregno mis mejillas  como un carbón encendido. Luego mi cenicienta desapareció corriendo por la calle Corrientes.

Una semana después me estaba esperando bajo la llovizna, a la entrada de la galería ubicada justo al lado de las escalinatas de la redacción. Sin decir palabra, me fue empujando hacia el fondo de la galería, donde había un recodo oscuro detrás de un kiosco. Ese gesto me encantó: había estado estudiando el terreno para el secuestro. Y otra vez me atrapó la boca con un beso suave y salvaje. En el erotismo no hay nada- ninguna pirueta, ninguna práctica- que se pueda comparar con uno de esos besos. El beso de las  bocas es la acción donde se hace más evidente la existencia de algo parecido al alma de otro ser rozando tenuemente tu piel.

Dos días después, Besos Flotadores, sentada recatadamente en el sillón de mi departamento de la calle Castelli, me contó un sueño muy confuso que tuvo antes de venir a visitarme la primera vez.

Estaba paseando  por un bosque en una época medieval, o dibujada sobre la postal de los cuentos de Perrault o los Hermanos Grimm. Ella era ella misma y también era otra. Repentinamente fue interpelada e hipnotizada por un viejo mago que con sus conjuros le ordenó entregarle su boca para satisfacer sus impulsos sexuales. El Mago necesitaba de aquellas descargas para hacer sus encantamientos, y además le ordenó que gozara sin límites de aquellas tragadas (Besos Flotadores me contó el sueño de manera más delicada que como lo estoy haciendo ahora).

Nunca había recibido una oferta de sexo oral tan bellamente expresada, y esa misma tarde decidimos que la profecía de su sueño se cumpliera. Muchas mujeres me comieron el pene de diversas maneras igualmente maravillosas, y podría escribir un catálogo de estilos sorprendentes, adictivos, perversos y creativos. Pero el de Besos Flotadores era único. Me chupaba como si con ello se nos fuera la vida.

No le importaba el estado en el que se encontraba mi aparato genital debido a las incursiones en la cocaína. Como todos los consumidores saben, la cocaína produce efectos devastadores sobre la sexualidad de las personas, sobre todo el pene. A menudo cuesta mucho inflamarlo y erguido y en otros casos conseguir la eyaculación resulta una tarea imposible.

Besos Flotadores quebrada todos aquellos conjuros químicos, y no se amedrentaba ante ninguna flaccidez o demora. Se lo introducía completamente en la boca, sin importarle la turgencia, y no volvía a abrirla hasta que la última gota de semen hubiera llegado a su estómago. Durante algunas semanas fue nuestra única práctica, además de besarnos apasionadamente en la boca. Ella no se dejó chupar hasta no estar completamente rendida a mis pies.

Su boca era mi droga. Tan intenso era mi deseo que a veces, reunidos con otros redactores en el bar Leo preparando el sumario de la revista, empezaba a hacerle señas desesperadas. Besos Flotadores, respirando agitadamente, se levantaba, y nos escapábamos a alguno de los escondites que teníamos en la zona.

 

 

 

En esos días apareció Rebeca, que había  ganado el concurso erótico organizado por la revista, cuyo premio consistía en la publicación de su texto y en una cena con las “estrellas” de redacción. Tenía 16 años y era un montoncito de carne exquisita, además de una eficaz escritora. También era una niña fascinante y soñadora, de la que traté por todos los medios de no enamorarme. En cuanto conseguí apartarla de la mano de su novio, la llevé a mi departamento, y empezamos a charlar tomando cocaína. Confieso que nunca tuve la voluntad definida de seducir a Rebeca. Pero como era incapaz de recibir un “no” como respuesta a alguna demanda, exponía muy levemente mis deseos. Por esa época había empezado a comprender un extraño fenómeno erótico había empezado a comprender un extraño fenómeno erótico que muchos expertos navegantes de la coca sabrán reconocer. Además del poco o mucho atractivo personal y de la seducción que ejercía sobre ciertas mujeres la leyenda que (sin proponérmelo al principio, asumiendo el riesgo posteriormente) rodeaba mi figura, la cocaína que consumía producía un extraño magnetismo inductor de conductas eróticas en las mujeres que se me acercaban. Una vieja máxima Egipcia dice que no hay que escapar ni perseguir al caballo del deseo, sólo hay que cabalgarlo. La ingestión de cocaína me producía, entre otros efectos, un desapego absoluto de mis deseos, aspiraciones y tendencias.

Mientras los demás hombres concurrían a los bares nocturnos y discotecas para conseguir una mujer y exponían aparatosamente  y sin dignidad a sus deseos, yo entraba a esos sitios verdaderamente extraviado, me depositaba sobre la barra como si todo aquello fuera un sueño y me dejaba seducir por los sucesos que se aproximaban.

Esa noche, en mi casa, Rebeca, quebrando su destino estipulado (el novio que la esperaba ansioso en alguna parte para casarse con ella unos meses después e inundarla de hijos el resto de su vida), se quedó conmigo, y también las dos noches siguientes.

Debido a una atávica obsesión, docenas de mujeres a lo largo de mi vida me han contado minuciosamente sus experiencias sexuales más íntimas. Gracias a aquella inclinación  confesional que despertaba en las mujeres, siempre corría el riesgo de convertirme en “el mejor amigo” de una chica y, por tanto, jamás gozar de sus fragancias y temblores. Soy una especie de arduo lesbiano que desea a las mujeres casi como si yo mismo fuera una mujer.

Durante el transcurro de esas noches, Rebeca me contó una y otra vez, con increíble minuciosidad, los detalles de las violaciones a las que había sido sometida por un tío suyo durante la pubertad. Como me sucedía todas las veces con la narración de aquellas apropiaciones traumatizantes que significan siempre las violaciones, el relato me espantaba y me excitaba al mismo tiempo, despertando un combate épico entre mi moral y mis impulsos repudiables espejados en aquellos hombres fantasmales y ausentes.

Así que, influido por aquella indecisión, me dediqué durante aquel fin de semana a comerme el coño pequeño y virginal de aquella niña, una y otra vez, atrapando su tajito en un beso eterno que duró dos o tres noches mientras ella continuaba relatando exhaustivamente las humillaciones y depredaciones a las que había sido sometida.

 

 

A partir de Rebeca y casi sin percatarme de la transferencia del contenido erótico, empecé a degustar aquellos besos sobre la intimidad de una mujer con mucho más apetito y goce que esa obsesiva  y mendiga adicción en que se había convertido mi necesidad de ser chupado.

Según una encuesta que realizado en todos los países y ciudades del mundo que visité, la verdad desnuda en que a la mayoría de los hombres lo que les gusta es que se la chupen y lo que más le gusta, si es posible, es que se lo traguen. Te lo cuenta el jefe de una gavilla de violadores en San Pablo: <<O cherife se come a boca de mulher, el lugarteniente face a bunda (el trasero) y la tropa renga el coelho (la vagina)>>. Lo dicen las encuestas realizadas por el doctor Serrano Vincens entre estudiantes madrileños y también te lo cuentan las prostitutas de Las Condes en Santiago de Chile o lo confirman las charlas con todos los amigos y amigos de los amigos que he tenido en cualquier parte.

Así que ante tal conocimiento, sin dejar de realizar la práctica, fue inevitable cuestionarme el vicio. Sobre todo la actitud de inacción y entrega en la que se ubica la succión más que las consideraciones del pudor y la repugnancia que rondan desgraciadamente esa actividad. Es una pasividad en la que la mujer habitualmente no queda implicada pasionalmente en el evento, se transforma en una especie de sacerdotisa que manipula a su arbitrio la virilidad del mancho.

Aquella versión pasiva que yo tenía de la fellatio me la quebró algunos meses después Claudia Nurdes, el último amor de mi vida, una morocha bocona fugada de una alucinación sexual, dulce y frágil como una niña pero potentemente imaginativa, una de las pocas mujeres de las que he estado activamente enamorado y a las que al mismo tiempo he deseado desesperadamente.  A poco de transcurrir nuestro amantazgo, un día se aburrió de mis pérfidos titubeos cada vez que nos encontrábamos. Es que era inevitable que no importara si en un bar, en su casa o en una plaza, si bailando, conversando o trabajando, a los dos o tres minutos de saludarla yo me deshiciera de ganas como un árabe libidinoso por meterme en su boca. Era una actitud miserable de mi parte y encima, tras el consumo  excesivo de cocaína, se transformaba en subtexto pegajoso e ineludible de nuestra relación, restándole creatividad y fluidez. Fue una de las tantas mujeres a las que nunca poseí por la concha.

Caludia Nurdes, un día, en casa de Daniel Riga, me arrastró a una oscura alacena que había en la cocina, se arrodilló entre mis piernas y me dijo:

-No quiero chupártela, te doy mi boca, pero cojéemela.

-Úsame la boca como si fuera la concha, por dios…

Y así fue como me monté sobre su cara y me la cogí.

Claudia me enseñó distintas posturas. Ella arrodillada, con su cabeza apretada una pared, y yo de pie moviéndome acompasadamente hasta hundirme del todo en su cara. Acostada en una cama mientras yo sentaba mi culo entre sus tetas tratando de alcanzar el fondo de su garganta. O ella encima mío, yo atrapando con violencia sus cabellos con mis manos (un gesto considerado de poca elegancia por todas las chupadoras) y moviendo su rostro de acuerdo al ritmo que me conviniese.

Pero aquella adicción a la oralidad eyaculativa se debió especialmente a una de mis alumnas de taller de periodismo. Graciela fue y es una apasionada y reconocida groupie de escritores de la literatura y devoró las ansias de periodistas y escritores más talentosos que yo, hasta casarse con uno de los más exitosos, que vive en Estados Unidos.

Me propuso ser mi esclava sexual. Y para demostrarme que no era una pura charlatanería de merqueros, redactó un contrato en el que especificaba con mucho detalle lo que yo podía hacer con su cuerpo todas veces que me viniera en ganas.  Debo admitir que no fui un amo muy imaginativo y que, inducido probablemente por el dominio subliminal de la voluntad de mi esclava, me dedique solamente a dejarme devorar una y otra vez por su boca. Lo suficientemente amplia y gimnasta como para despertar rápidamente el deseo de penetrarla.

Era como una serpiente, mordiendo y retrocediendo, alcanzando cimas de voluptuoso fragor y repentinamente descendiendo al sutil merodeo de pequeños y torturantes besos. Sobre todo me enloquecía recitando sobre mi pene los textos más tortuosos de Pessoa y Michaux.

Cuando un hombre está bien chupado, de inmediato despierta el deseo de otras bocas femeninas por apropiarse del tesoro. Así que mientras Graciela me perseguía continuamente tratando de descubrir si le era fellatoriamente fiel, yo la traicionaba una y otra vez casi sin proponérmelo. A ella no le importaba  si yo me cogía el culo de Dios y la vagina de María Santísima, sólo me reclamaba exclusividad par aquellos besos. Y lo lamentable fue que Rosa, una rosarina que conocí  en un recital y que cuando tenía seis años le chupaba el pene a su padre, o Ximena, una rubia despampanante  que era novia de un locutor de Rock and Pop y que se llamaba así misma Garganta Profunda o Antonia, una pintora depresiva que en sus ataques de llanto sólo podía consolarse sorbiendo mi pene, o Lobita, una mujercita inolvidable de boca pequeña y modales de muñeca, me atrapaban continuamente con sus bocas jugosas, a veces un poco secas, desalivadas por el consumo de merca, con labios no siempre aptos  pero con una recia decisión  por satisfacerme, excesivamente impacientes en determinadas circunstancias  y a veces laboriosamente metódicas siguiendo paso a paso una cierta formula en ocasiones reprimiendo las arcadas y en otras exagerando el suspiro de satisfacción cuando el líquido impactaba en sus gargantas, pero siempre evitando el desgraciado gesto de asquito, con sus ojos felinos persiguiendo mi propia mirada par atrapar mi alma en el momento del orgasmo u ocultándose tras sus cabellos para que yo no percibiese la abstracción, su necesidad de pensar en otra cosa o las ganas de darse otro saque.

Así eran aquellos tiempos.

En el asiento delantero del auto de una psicóloga, en los inmundos baño de mi revista ómnibus que volvía desde Villa Gesell, en el baño mi revista y en el bar Gracias Nena, en la caja de un ascensor, en una terraza, muchas veces en la playa y hasta en los lugares más oscuros de Cemento y sobre todo de Ave Porco, me zambullí en el océano de piel misteriosa de mujeres desconocidas.

El goce era un manantial siempre cercano. La cocaína había diseñado un plan de fuga increíblemente eficaz para escapar de ese nosocomio en que consiste la monogamia permanente.

Una noche perfecta y terrible en Villa Gesell, estaba completamente trastornado por una mujer que se llamaba Moira. Me mareaba tanto su presencia que me comportaba ante ella como un estupido macho insensible. Cuanto más me gustaba una mujer, más torpe e incomprensible es mi conducta. No sabía como hacer para que no mis palabras sino mis actos le manifestaran la necesidad imprescindible que tenía de estar con ella. Moira era mesera de uno de los bares de la costa y trabajaba hasta la madrugada. La noche de año nuevo quedamos en encontrarnos en una fiesta que se realizaba en un boliche de los extremos más lejanos de la ciudad. Llegue muy temprano a aguardarla. Estaba otra vez posesionado por esa fiebre dolorosa y espléndida que consiste en esperar a la mujer de tu vida.

Eran muchas horas de acecho hasta que ella terminara su turno, y me distraje.

En lugar de concentrar mi expectativa en una actitud visible que demostrara el ardor que me consumía, monté disperso monólogo para llamar la atención de la clienta y, al terminarlo, casi sonámbulo, olvidado de mi destino, cuando Moira entró a la fiesta me encontró  trastabillando entre las tetas de una admiradora.

Recuerdo la expresión desolada de su rostro y luego su súbito gesto de despedida. Salió corriendo hacia la playa  y se perdió en la oscuridad.

No sé cuántas horas caminé buscándola por aquellas playas hasta llegar casi al amanecer al centro del balneario. Trate de despertar a los dueños de la pensión en donde ella pernoctaba y fui expulsado con amenazas.

Como un zombi fui de nuevo a la playa y me eché a llorar oculto entre las dunas. Y no sé donde, como una aparición, como un regalo telepático de mis amigos extraterrestres, como un signo de la fatalidad que me aguardaba, apareció Natalia, una paraguaya pequeña y esmirriada, de ojos esquivos y bondadosos, que me preguntó qué me pasaba.

¿Cómo contarle que todo lo que había obtenido en mi vida se había ido escurriendo mientras lo disfrutaba? Que la última vez que Besos Flotadores vino a visitarme a mi nueva casa en San Telmo para presentarme a su novio, con un engaño la conduje hasta el baño y sentado en el inodoro me derramé por última vez en su boca mientras el llanto de su novio en el comedor la hizo decidir un futuro y la arrancó para siempre del magnetismo que ejercía sobre su voluntad la pija del viejo mago; que Rebeca un día se cansó  de mis besos profesionales sobre la tersura  de su pubis adolescente y se casó con un tipo que le prometió cuidarla de sí misma para siempre y se la llevo a vivir a Bariloche; que traicioné y ultrajé la conciencia de mis esclava Graciela; que Ximena y Lobito y Rosa a su hombre elegido mucho antes de conocerme; que el sida fue como un cañonazo del espanto que impacto en la santa promiscuidad de nuestras vidas y que cada una de aquellas aventuras románticas o eróticas no eran ahora nada más que recuerdos, tumbas condecoradas de una vida abandonada, canciones lateras de una década fantasmal.

La paraguaya, casi sin escucharme, se inclinó entre mis piernas y me desabrochó las calzas. Antes de hundirse en aquel hueco oscuro, dijo, casi disculpándose:

-Note preocupes, podés pensar en lo que quieras…

Y se trago los vientos de mi desesperación.     

 

 

      

 

                                                                                  ENRIQUE  SYMNS 

                                                                                 El Señor de los Venenos

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Café Literario en FRANCÉS

Publicado en Sugerencias. el 16 de Marzo, 2010, 9:41 por MScalona
CAFÉ LITERARIO FRANCÉS by you.

NATALIA MASSEI, la responsable, asiste a nuestro taller.-

Concurso Cuentos 2009

Publicado en General el 16 de Marzo, 2010, 9:20 por MScalona

   AÑO  2009

 

 

SAN REMO SOTTOSOPRA      

NENEACABALO

EL POLACO

UNA MUJER INFIEL

 

 

    AÑO   2009

 

 

1- A MI QUÉ ME IMPORTA

2- ELEGÍA

3-JAIR o LOS LÍMITES…

 

 

 

   AÑO  2009

 

1- LOS PAREDES

2- EL FINAL DE ALGUNAS COSAS

3- PÁJAROS MUERTOS

4- UNOS DÍAS DE MUCHO CALOR

5- TERMINAL

6- COMUNIÓN

7- SEÑALES IMPERCEPTIBLES

8- EDUARDO Y EL MUNDO

 

    AÑO    2009

 

 

1-   LA URGENCIA

2-   LA MUJER DEL TRAJE AZUL

3-   DESPOJOS

4-   PLANETA TACAAGLÉ

5-   LA MANTA AZUL

6-   EL PERRO DEL QUIJOTE

7-   NAMOCAT

8-   HISTORIA DE CARLA o ….

9-   DOMINGO DE GLORIA

10- SUSTITUCIONES

11- EL VIAJE

12- LOBOS Y CORDEROS

13- PLAZO

                                       

los 3 jurados,  AGUADO-RIESTRA y un servidor ya estamos en la tarea,

con fallo y devoluciones en la semana del 29 marzo- 2 de abril ...

muchaas deserciones en el cuadro superior

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-