"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




25 de Febrero, 2010


Siesta en la Ferretería de Ayacucho y Girondo

Publicado en Parodias el 25 de Febrero, 2010, 20:52 por Pablo Castro

Son los tornillos otros

los cortos, no los rojos

que ajustan la pasión en vuelo.

Del descanso poco queda.

La ducha acosa la migraña

las nanas se evaporan en jabón

el óxido de la siesta acumula

el fregar de los conjuntos

que

se escurren

en el desamor post clímax

de vuelos poco esotéricos

entre acordes de rímel

y cremas de enjuague

Con cariño para Pilar "mamita" Almagro Paz

sin Trenet no hay paraiso.

Publicado en General el 25 de Febrero, 2010, 16:47 por maripau.-

Una mujer, alguna vez pronunció la palabra efímero para insultar a un hombre. Fue hace unos años en una ciudad con mar. De entre las palabras, ella podía haber elegido cualquier otra. Hay muchas en apariencia más crueles. Pero hace días ellos evitaban la certeza de lo que acababa de gritar. Habló como si no le importara, que a pesar de las pieles gusto a sal, eso era lo que eran. Días después, acariciándole el ombligo, él dijo, algo así como: pensar que con otros tendremos hijos… Sus labios paspados estallaban con la risa, pero reían mucho por todas partes. Como cuando todavía no se sabe que nunca es tan fácil y llevadero y parece posible vivir a cacao y traerse de vuelta el mar.

cuento collage...(modificado)

Publicado en Cuentos el 25 de Febrero, 2010, 13:35 por Mayra

Pueblo Mustio

 

Hay personas que hacen del resentimiento su modo de vida.

Resentidas con la sociedad. Quejosas de los que viajan. Enojados con los que estudian. Embrocados con los trabajan. Disgustados con los que se aman. No tienen la inquietud de hacer nada, solo esperan que alguien haga algo, para juzgarlo.

En Pueblo Mustio lo que sobraban eran personas de esta estirpe. La gran mayoría de sus habitantes vivían de la curtiembre del pueblo. Nunca un trabajo más adecuado. Jugarreta del destino o simple intención, para aquellos destinados a sacar el cuero. Juan Sinruta era el exponente máximo aunque nunca recibió el premio de ciudadano ilustre.

Juan tenía treinta y seis años. Había nacido viejo, según sus primos de la ciudad. Siempre muy serio. En jardín de infantes ya revelaba más pasión por la ropa limpia, que por los juegos en el arenero. Prefería sostener el elástico de las niñas a jugar a la pelota. Único niño que festejaba medias y calzoncillos de regalo  para sus cumpleaños.

Digno de felicitaciones por su buen comportamiento, dedicación y obsecuencia. Adorado por las maestras, tenía buenas notas y recomendaciones. Logró así evitar la tintura del cuero y limitarse inmaculado, a la contaduría de la curtiembre de Pueblo Mustio.

Las chicas del pueblo estimuladas por sus madres, tías y abuelas veían en Juan Sinruta al candidato ideal. La historia de Juan con Yolanda Lance, su novia desde la adolescencia,  ejercía en las mujeres un raro magnetismo enmascarado por la lástima.

- Al pobre lo dejó la Yoly – comentaban.

- No sé que se pensaba…después de tantos años… dejarlo así

- Ya andará por ahí premiada.

- Eso seguroso…

 

Por supuesto nadie imaginaba que después de ocho años, Yolanda se fue con el primero que le tocó la teta. Evitando el respeto de Juan,  perdió el respeto del pueblo. Harta de las miradas fruncidas, esquivó ser el blanco de dedos acusadores y se rajó.

A Juan le gustaba esa imagen del abandonado. Lo mimaban. Era invitado a tomar mates en todas las veredas. No se le escapaba ninguno de los chismes de Pueblo Mustio.

Así fue como se enteró del nuevo habitante.

- Vino un viejo loco… de unos setenta y cinco años.

- Parece que se escapa de algo.

- O de la mujer o de un loquero.

- Viene con lo puesto y solo dos valijas.

- Nadie sabe porque terminó acá.

- Es vecino tuyo… vive en la casa de la viuda Chávez.

 

Para Juan ser el vecino del nuevo mustiano representó un lugar especial. Lo coronaba como el informante por excelencia de todo lo que hacía o dejaba de hacer el viejo.

Juan Sinruta aprovechó cuando el viejo no estaba para perforar la pared. Pudo ver la sala de estar un poco desarreglada. Un sofá de dos cuerpos con una mesita ratona eran los únicos muebles. Con el patio no tenía problemas ya que lo separaba un tejido del suyo.

A la cuarta noche el viejo apareció a las tres de la mañana muy bien acompañado. Una morocha de unos cuarenta años,  parecida a la Cuccinota,  sacudía su cabellera colgada de su brazo. El hombre se dejó caer al sillón. Masticaba algo que se puso en la boca. Miraba a la morocha que se desvestía al ritmo de Joe Cocker  de espalda al agujerito. Un culo gordo y firme mareó la vista de Juan como un caleidoscopio.

 

El caleidoscopio fue un tobogán espiralado que lo llevó a esa tarde que jugaba con Anita. Tenía trece años y ella con siete lo seguía a todos lados.

Esa vez, ató una soga a la patineta que le habían regalado en Navidad. Anita divertida sentada sobre la patineta. Con las plantas de los pies unidas y las rodillas separadas, dejaba ver bajo la falda  a tensión, una bombachita blanca con un dibujo pintado.

Tiraba de la soga y caminando hacia atrás respondía a los animados gritos de Anita. – ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!-. Él sordo a sus palabras, concentrado en lo único que le importaba. Definir ese dibujo que se asomaba entre los regordetes jamoncitos de Anita.

Inclinado para descubrir el tesoro avanzaba de espaldas cada vez más rápido. Era una rosa. Roja, con sus hojitas verdes.

La velocidad en aumento y los ojos fijos  como un toro en la flor de Anita hicieron caso omiso a la pendiente de la calle. Las manitos de Anita detenían la circulación de sus dedos, para no desprenderse de la patineta. La caída fue inevitable.

Entreverado entre los rizos, la rosa y  la risa de Anita, rozaba su pito entre sus carnes. Hubiese rugido entre tantas erres. Erre de roer entre sus piernas. Erre de romper, rasgar, rasguñar, reventar. En ese entonces no conocía otros términos como verga o pene. El pito era pito a secas y  notaba que crecía caliente con los vanos movimientos de Anita para desembarazarse de la situación.

Una vieja que pasaba le gritó que soltase a la nena y, por supuesto, obedeció. La única erre que le quedó fue ratonearse con ese episodio durante años.

 

Ahora la morocha se iba, se venía, subía y bajaba sobre el viejo que parecía responder a la altura de las circunstancias. A juzgar por los gritos de la mujer.

 

Seguro se mandó unos viagras. A un viejo así no se le pararía sin ayuda, aunque viniera la Alfano. ¿De donde sacó a esta mina? Me juego la cabeza que está drogada.

 

De esta manera Juan Sinruta encontró su camino. Investigar al viejo se transformó en la razón de su vida. Despertaba y se asomaba al agujerito.

Lo espiaba a la noche. Le buscaba conversación. Lo saludaba de patio a patio.

Una noche decidió seguirlo y terminó en el casino de un pueblo vecino. Lo vio con dos mujeres escoltándolo mientras jugaba al Black Jack. El viejo lo reconoció y lo invitó a participar. Juan rechazó la propuesta tímidamente y se fue a su casa.

 

Quien volviera a tu edad pibe. Haría de la vida un parque de diversiones. Una montaña rusa que me devuelva el miedo. Una rueda gigante que permita ver más allá de este pueblo. Un zamba que sacuda y diga: aún estás vivo. Escaparía de este tren fantasma que pellizca mis talones. Esta guadaña que engancha mi piel arrugada. La estira. La tensa. Y yo aferrándome a este mundo como un niño a su almohada. Tratando de sortear el anzuelo para seguir siendo pez, no pescado.

 

En el tiempo que el viejo no estaba, Juan aprovechaba para perforar la pared y lograr mejores perspectivas. La medianera colador dejaba espiar todo lo que hacía el viejo. Cantaba por los distintos ambientes de la casa. Afinaba la guitarra. Regaba una huerta en el patio. Incluso una noche advirtió que se arrojaba de la cama soñando que atajaba un penal.  Lo veía escribir y recitar poemas. Mujeres bellas  desfilaban  y lo trataban como a un rey.

Al cabo de unos meses las cosas en la curtiembre empezaron a fallar. Juan aparecía mal dormido y distraído. Había adelgazado bastante y casi no deambulaba por las veredas del pueblo. Las mujeres ya no lo veían como buen partido para sus hijas y sobrinas. Los hombres ya no se preocupaban por ganar su beneplácito.

Los malos negocios que Juan había provocado, hicieron que los balances fueran rotundamente negativos.

Las mujeres sospechaban que a Juan Sinruta le habían echo un trabajo. Un gualicho. Buscaban el vudú en el cementerio. En los montes. En el bingo. Seguramente el viejo. Era raro. Histriónico. Zurdo. Promiscuo. Poeta. Sin embargo no pudieron explicar que no cese la maldición cuando el viejo desapareció. ¿Será que Pueblo Mustio ya estaba maldito? Intentaron cruz de sal. Sopa de cucarachas. Cura de empacho. No hubo caso. Juan no volvió a ser el mismo.

 

Mustio es mi nombre y puedo hablar de cuando el diablo llegó. El trabajo fue mermando. Muchos de mis hijos se mudaron a ciudades más prósperas. Los más grandes se abandonaron en una atmósfera de tristeza. La maleza invadió mis calles. La oscuridad derrotó la luz.  La inercia ganó las almas.

Nadie me visita y sé que nadie me llora.

La muerte me besa sedienta dejándome sin aliento. Mi cruz será el olvido. Tal vez la memoria.

 

 

Mayra Rodríguez

24-11-09

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-