"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




15 de Febrero, 2010


SUEÑOS DE VERANO

Publicado en Nuestra Letra. el 15 de Febrero, 2010, 16:38 por CELINA

                  

            

      

Hace calor. No puedo dormir. A lo lejos escucho el ladrido de algunos perros, más cerca, el canto exasperante de un grillo. Zumbidos de mosquitos alrededor de mi oído. Doy vueltas en la cama, gotas saladas escurren de mi cuerpo. El aire no funciona, otra vez se cortó la luz. Las sábanas se adhieren a mi piel. Me paro. De pie frente a la ventana intento atrapar algo de la escasa brisa que corre. No alcanza. Tengo sed. Busco en la heladera algo frío. Una solitaria botella de vino, resabio de alguna velada que no alcanzo a recordar, espera. Agarro un vaso, saco unos hielos. Me gusta el tintineo que producen al caer en la copa. Sirvo el vino, vuelco sin querer sobre la mesa. Lo bebo de un golpe, después decido tomar directamente de la botella. Vuelvo a la cama y me acuesto. Apoyo la botella sobre mi abdomen, veo como sube y baja al compás de mi respiración. Termino lo que queda, menos de la mitad. Igual no logro dormirme. Ni dejar de pensar. Obsesivamente te veo en todos lados. Me falta el aire. Tu mirada está clavada en mi retina. Tu boca, húmeda y oscura cavidad, me desvela. Me levanto, a tientas busco mi ropa. Salgo a la calle desierta. Camino varias cuadras sin saber adónde voy. Necesito escapar. Tu imagen me persigue, corro, me detengo en una esquina. Está oscuro. Veo el extremo de un cigarrillo, que de a ratos se enciende, una mano invisible lo acerca a una boca también invisible. Me imagino tu boca aspirando ese humo. Me acerco un poco más. Es un hombre. Zapatillas deportivas, jeans. Cierro los ojos, te pienso. Sos ese hombre. Nos miramos, adivinándonos en la oscuridad. Camino decidida. Te veo tirar el cigarrillo y pisarlo. Te quedás esperando. No dudo. Mi corazón empieza a latir más rápido. Me recorrés lentamente con la mirada, deteniéndote en mis ojos. Son tus ojos. Sonrío, feliz. Estiro la mano, necesito tocarte. Rodeás mi cintura, nuestros cuerpos se acercan. Tus brazos fuertes me sostienen, nada malo me puede pasar. Acaricio tu cara, que sé de memoria, nos invade el deseo. Al fin nos besamos, tu lengua desliza por mi cuello. Una mano acaricia mis pechos hambrientos. Vuelvo a cerrar los ojos, sólo quiero sentir. Cuando los abro, estoy en mi dormitorio, mi cama está vacía. Desesperadamente te busco y no te encuentro. De lejos los perros ladran, el grillo se burla desde su escondite. La soledad de mi cuerpo me estremece. Estoy confundida. Después, comprendo. Me recuesto, vuelvo a cerrar los ojos. Confío, al menos, en seguir soñándote.

Enrique Vila Matas

Publicado en De Otros. el 15 de Febrero, 2010, 16:35 por MScalona

  JUGUETES  RABIOSOS

Estoy pensando en juguetes rabiosos. Y también en aguas fuertes porteñas, jorobaditos y noctámbulos, lunas rojas y siete locos en trajes fantasmas. Estoy pensando en Roberto Arlt y en aquella mañana en la que sus compañeros de trabajo lo encontraron en la redacción del periódico con los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos. Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. A las preguntas, a las angustias, contestó:

-¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta que se está muriendo?

Son las cuatro de la madrugada en Barcelona y soy yo ahora el que tiene enfrente un vaso con una rosa mustia. El vaso no me quita la angustia, pero me ayuda aún más a pensar en Roberto Arlt, el autor de Los siete locos, hombre de personalidad compleja y estrafalaria, escritor que-digan lo que digan- escribía muy bien, aunque a veces quedara entrampado por los gerundios. Pienso en él y me acuerdo de la atmósfera de sueño y de inquietud en la que vivía un tal Erdosain, ese personaje de Los siete locos  que se pasaba el día circulando por una zozobrante  atmósfera a la que llamaba "la zona de angustia". Erdosain se imaginaba que dicha zona existía sobre el nivel de las ciudades, a dos metros de altura, y era la consecuencia del sufrimiento de los hombres y "como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro (…): angustia de dos dimensiones que guillotinando las gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo".

En realidad pienso en Roberto Arlt desde que ayer, poco después de comprar la rosa, encontré en la calle a un amigo literato que salió por la tangente y, en lugar de hablarme de la rosa, me preguntó si en alguna ocasión, al igual que hiciera Arlt en otros días, me había fijado en las ventanas iluminadas a las cuatro de la madrugada. Hizo una pausa, y luego añadió: "La de historias que hay en ellas".

Y es verdad, las hay. Si lo sabré yo ahora, que estoy insomne en mi personal zona de angustia, a las cuatro de la madrugada, y acabo de mirar por la ventana y he visto, más allá de la rosa mustia, la misteriosa ventana recién iluminada de un vecino, y de inmediato me he preguntado qué historia habrá en ella, qué estará sucediendo ahí en ese interior.

Roberto Arlt, al escribir sobre ventanas iluminadas en la alta madrugada, decía: "¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si, en ese momento en que la ventana se ilumina, un hombre hubiera estado ahí espiando?" Esto lo escribió Roberto Arlt mucho antes que todos estuviéramos noticias de cierta ventana indiscreta de Hitchcock. Arlt se adelantaba a todo, tal vez porque era de esas personas que no leen libros, sino que hojean en el cerebro de esos libros. Yo creo que era un hombre de grandes intuiciones y por eso las ventanas iluminadas en la alta madrugada le mantuvieron despierto en tantas ocasiones: "Nada  más llamativo en el cubo negro de la noche que un rectángulo de luz amarilla. ¿Quiénes están ahí adentro?

¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar? Ventana iluminada en la alta madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta detrás de tus vidrios biselados  o rotos se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad".

Mirando desde mi zona de angustia esa ventana iluminada del vecino, mi imaginación se ha despertado y he pensado, en primer lugar, en alguien que a estas horas esta navegando por la infinita red en la pantalla de su ordenador. No sé porque he elegido está opción. Hasta el momento mismo de elegirla se habrían ante mí todas las opciones del mundo, me encontraba como un escritor ante la primera frase de su novela. Ante esa primera frase, el escritor tiene toda la libertad del mundo, se le ofrece la posibilidad de decirlo todo,  de todos los modos posibles. "Hasta el instante previo al momento en que empezamos a escribir-dice Italo Calvino-, tenemos a nuestra disposición el mundo, un mundo dado en bloque, sin un antes ni un después".

Muchas veces, al comenzar desde una zona de angustia un texto sonámbulo como este,  pretendo llevar a cabo un acto que me permita situarme en este mundo. Pero también es cierto que, en cuanto realizo ese acto, es decir , en cuanto escribo la primera frase, mi angustia me deja algo parecido a un regusto de sollozo ante una rosa mustia, pues veo que mi mundo ha quedado ya de inmediato limitado.

En el caso que me ocupa, la frase es está: Estoy pensando en juguetes rabiosos. A estas alturas de mi escrito sonámbulo, a estas alturas de la alta madrugada, no queda otra opción que seguir adelante, aunque mi libertad creativa se haya visto ya restringida: no puedo ser más que alguien que está pensando en juguetes rabiosos y espiando la ventana de un vecino que viaja por una ventana iluminada; no puedo ser más que alguien parecido a Erdosain cuando entraba en la zona de angustia y sentía las primeras náuseas de la pena.

-"¿Qué es lo que hago con mi vida?", decíase entonces Erdosain, queriendo quizás aclarar con esta pregunta los orígenes de la ansiedad que le hacía apetecer una existencia en la cual el mañana no fuera la continuación del hoy con su medida del tiempo, sino algo distinto y siempre inesperado.

Mi angustia viene de mi deseo de ser yo distinto mañana, alguien no atado a la primera frase de sus escritos. Y  ya sólo me calma pensar que, después de todo, no he perdido tanta libertad como creía. Si bien no puedo ya dejar de ser un espía, lo  que puedo imaginar que aparece en la pantalla de mi espacio es ilimitable. Por otra parte, quién sabe. Tal vez mi vecino está espiando otra ventana iluminada  en la alta madrugada, y esa ventana es la mía y para él yo puedo estar ahora a punto de suicidarme, o tal vez celebrando la inmensa fortuna que acabo de ganar en un casino de juego, o, simplemente, ser alguien al que, de tanto mirar la rosa mustia o la luz de su ordenador, se le han quemado las pupilas.

Ventanas que son faros en la alta madrugada. Como decía mi amigo: la de historias que hay en ellas. Historias de ladrones con linternas o de moribundos que dictan su último testamento ante temblorosos familiares; historias de madres que se inclinan atormentadas de sueño sobre una cuna o historias de parejas que hacen el amor, o de tipos que charlan interminablemente sobre el misterio del universo, historias de soñadores que tiene insomnio o de  insomnes que piensan que el más angustioso poema, que se puede escribir sobre la humanidad está ahí, en las ventanas iluminadas de las cuatro de la madrugada.

Ventanas iluminada del vecino, la que estoy ahora contemplando: ventana de alguien que se ha asomado a la "red" y tiene a su disposición el mundo, el mundo dado en bloque, sin un antes y un después, tiene a su disposición todo, hasta a mí mismo, que soy un espía estéril que en cualquier momento puede aparecer en su pantalla diciendo, por ejemplo, que mañana será otro día. Y es verdad. Mañana me desperté y ya no seré el que ha escrito un texto que nació sonámbulo en una ventana iluminada. Mañana seré otro, tal vez alguien que recuerde unos versos de Larkin: "Y de inmediato, / más que en palabras, pienso en ventanas altas: / el cristal en donde cabe el sol, y más allá, / el hondo aire azul, que nada muestra, / y no está en ninguna parte, y es interminable".

Mañana seré otro, es cierto, pero sólo seré el que volverá a tener a su disposición ese juguete rabioso que es el mundo, el que intentará de nuevo situarse en ese mundo y, para ello, desde la gran zona de angustia de la "red", volverá a escribir la primera frase sonámbula de un escrito que, de nuevo, será incapaz de abarcar un mundo que, como el hondo aire azul, no está en ninguna parte, y es interminable.  

                 

                                  ENRIQUE  VILA  MATAS

Bartleby y compañía,  Ed Anagrama


  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-